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Renta Básica de Ciudadanía:
por un debate sin hipocresías
José Antonio Pérez
La pobreza no es una condición necesaria de la
condición humana, como sostiene la vulgar opinión acuñada
por el cinismo antropológico.
ATTAC Madrid
La propuesta de la Renta Básica de Ciudadanía
(RBC) un ingreso mínimo garantizado para todo el mundo, con
independencia de cuales sean las circunstancias socioeconómicas
de cada persona suscita amor u odio a primera vista. Seduce de inmediato
a todos aquellos que albergan un sincero deseo de poner fin aquí
y ahora a la pobreza, sin esperar a que se cumplan las profecías
de las distintas biblias políticas. Y al mismo tiempo, esta propuesta
desencadena una cascada de iracundas críticas en los que comulgan
con las sagradas formas del Orden Establecido. Un orden que, como todos
sabemos aunque muchos prefieren ignorarlo para no tener que escuchar al
implacable juez de su conciencia, está basado en la injusticia.
Entre las críticas más conspicuas contra la RBC destacan:
1) Con un ingreso garantizado nadie trabajaría; 2) No hay que dársela
también a los ricos 3) Es economicamente inviable. El próximo
martes 29 de abril, se celebrará en el Ateneo de Madrid una Conferencia/
debate, convocada por el Observatorio de RBC de Attac_Madrid, para analizar
estos aspectos. También en este artículo discutiremos brevemente
esas objeciones. Pero conviene aclarar de entrada que, al margen del carácter
cuasi metafísico que adquieren a veces los debate sobre esta materia,
todas esas críticas a la RBC se derrumban ante la evidencia de
que un ingreso mínimo garantizado para toda la población
se viene aplicando de manera real desde hace décadas en la región
más septentrional del continente americano.
El ingreso garantizado: una realidad en Alaska
La mejor prueba de que una renta básica incondicional es posible
es que una fórmula de ese tipo funciona de manera efectiva en el
Estado de Alaska (EE.UU de América del Norte).
En los años 60, Jay Hammond, alcalde de Bristol Bay, una villa
de pescadores, percibió el contraste entre la gran riqueza que
salía de aquel lugar en forma del pescado y el hecho de que muchos
de sus habitantes fueran demasiado pobres. El alcalde propuso aplicar
un impuesto del 3% sobre el pescado para crear un fondo que pertenecería
a todos. Tras las resistencias iniciales, el impuesto fue finalmente aprobado
y el alcalde fue elegido gobernador del estado de Alaska. Junto a la pesca,
el otro factor de riqueza de Alaska es la enorme reserva petrolífera.
En 1986, el gobernador Hammond dijo a sus 300.000 conciudadanos: Hay
que pensar no solamente en la generación presente, sino también
en la futura. El petróleo, como otros recursos naturales, no son
renovables. Vamos separar 50% de los royalties provenientes de la explotación
de los recursos naturales para crear un fondo que será de todos.
La propuesta fue aprobada por la Asamblea Legislativa y también
por un referendum popular. Desde los años 80 los recursos así
obtenidos son invertidos en títulos de renta fija, acciones de
empresas del propio Alaska, de los EE UU e internacionales y en inversiones
inmobiliarios, que constituyen el Alaska Permanent Fund. (http://www.pfd.state.ak.us)
Cada persona residente en Alaska, de cualquier origen, raza, sexo o edad,
tiene el derecho de recibir anualmente un dividendo social cuyo monto
es variable en función del rendimiento obtenido por el Permanent
Fund Dividend Application, el organismo gestor. En 2006, el dividendo
fue de 1.106.96 dólares anuales.
En la década de los 90 del siglo XX, el Estado de Alaska distribuyó
el 6% de su Producto Interior Bruto a todos sus habitantes, que actualmente
llegan a 700.000. Como consecuencia, Alaska se tornó el más
igualitario de todos los estados norteamericanos. De 1989 a 1999, el ingreso
medio del 20% de las familias más ricas de los EUA creció
un 26%. Del 20% de las familias más pobres creció un 12%.
En Alaska, en el mismo período, el ingreso medio del 20% de las
familias más ricas creció 7%; del 20% de las familias más
pobres creció un 28%, cuatro veces más.
Una propuesta para acabar con la pobreza
La pobreza no es una condición necesaria de la naturaleza humana,
como sostiene la vulgar opinión acuñada por el cinismo antropológico,
sino una deliberada opción social. Los pobres y los ociosos
son un fruto necesario de los ricos y los activos, hizo notar el
monje veneciano Gianmaria Ortes, un temprano escritor económico
del siglo XVIII.
Adam Smith, el gran mentor del liberalismo económico, en su obra
Una Investigación sobre la Riqueza de las Naciones, escribió
este lapidario análisis: En las naciones de cazadores casi
no hay propiedad, o como máximo no hay ninguna que supere el valor
de dos o tres días de trabajo; y por eso no hay un magistrado permanente
ni una administración regular de la justicia [
]. Cuando hay
grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico
debe haber al menos quinientos pobres.
Thomas Paine, un temprano defensor de los derechos humanos, también
rechazó con contundencia que la pobreza sea una cualidad inherente
a la condición natural del ser humano. Escritor y activista revolucionario
que jugó un destacado papel en el proceso de independencia de los
Estados Unidos de América del Norte, en 1776, Paine afirmó
que: Si ese estado que se llama orgullosamente, quizá de
modo erróneo, civilización ha promovido más la felicidad
general del hombre o la ha dañado más es una cuestión
que puede ser fuertemente contestada. [
]. Lo más opulento
y lo más miserable de la especie humana se encontrarán en
los países que se llaman civilizados.
Pobres por real decreto
Como demuestra el panorama de la civilizada España actual, la pobreza
no depende tanto del tamaño de la riqueza de una nación,
como del cariz de las opciones políticas que adopten sus gobiernos.
Con el mismo presupuesto se puede elegir entre comprar cañones
o mantequilla.
En España hay ocho millones y medio de pobres. Entendiendo por
tales aquellas personas con ingresos por debajo del umbral de pobreza,
según el Instituto Nacional de Estadísitica. Estos pobres
españoles lo son por decreto. Y esta afirmación no responde
a mera retórica: se trata de personas que dependen de ingresos
cuya cuantía ha sido deliberadamente establecida por debajo del
umbral de pobreza por los políticos rectores del sistema de protección
social. La acción de gobierno se sustancia a través de decretos.
De manera que es por decreto como se establece la pobreza de millones
de jubilados que reciben pensiones mínimas, de los perceptores
de pensiones asistenciales y de quienes reciben prestaciones del subsidio
por desempleo. Todos ellos son pobres en virtud de Reales Decretos-Leyes
sancionados por el Jefe del Estado.
Algo parecido sucede con esas rentas de indigencia que los servicios sociales
de las administraciones autonómicas facilitan a las personas que
acreditan hallarse en situación de evidente pobreza. Salvo en el
País Vasco, se trata de prestaciones situadas asimismo por debajo
del umbral de pobreza. Para tener derecho a ellas, los interesados, al
igual que los antiguos pobres de solemnidad, deben acreditar su pobreza
sometiéndose a las severas y a menudo humillantes inspecciones
que efectúan dichos servicios. Si superan lo que en el argot administrativo
asistencial se conoce como prueba de recursos (means test) obtendrán
entonces alguna de esas ayudas. Concedidas, eso sí, bajo ese principio
de la hipocresía política que persigue la inserción
social de los afectados.
Hacia un ingreso de ciudadanía
Quienes todavía entienden la acción de los servicios sociales
como una administración de beneficiencia parecen haber olvidado
que las ayudas inspiradas en las Poor Laws, las Leyes de Pobres Isabelinas
de la Inglaterra de 1597, forman ya parte de la historia. Un genuino ciudadano
no necesita ser insertado en ningún lugar, pues, por propio derecho,
forma parte del cuerpo social en el que reside la soberanía. Por
ello, en el pensamiento político avanzado cobra cada vez mayor
fuerza la propuesta de establecer un ingreso de ciudadanía. O lo
que es lo mismo: una renta pagada por el Gobierno, con carácter
universal, que ofrezca a todas las personas la garantía de que
no les ha de faltar un suelo material mínimo sobre el que construir
una vida en libertad.
La primera formulación de este derecho se la debemos al mentado
Thomas Paine, quien propuso crear un fondo nacional, del cual se pagaría
a cada persona, al alcanzar la edad de veintiún años, la
suma de quince libras esterlinas, como compensación parcial por
la pérdida de su herencia natural causada por la introducción
del sistema de propiedad territorial. Y además, la suma de diez
libras al año, de por vida, a cada persona actualmente viva de
cincuenta años de edad, y a todos los demás cuando alcancen
esa edad. Nótese que el ingreso propuesto por el republicano
Paine tiene un carácter de derecho civil, nada que ver con un socorro
de pobres: Al defender el caso de las personas así desposeídas
dice Paine estoy haciendo un alegato por un derecho, y no
por una caridad.
Esta idea ha sido defendida posteriormente por eximias personalidades
del mundo de la ciencia, como Norbert Wiener o J. Robert Oppenheimer.
En la década de 1960, Milton Friedman, James Tobin, Paul Samuelson,
John Kenneth Galbraith y otros notables economistas publicaron informes
favorables a establecer un impuesto negativo sobre la renta
(negative income tax). Un mecanismo a través del cual la tarifa
del impuesto sobre la renta se reduce hasta llegar a anularse cuando se
aplica a las categorías de ingresos más reducidos. A partir
del momento en que la tarifa es cero, se convierte en una renta conforme
los ingresos van disminuyendo.
La propuesta del ingreso garantizado se ha formulado bajo diversas denominaciones:
dividendo social (social dividend); ingreso básico (basic income);
ingreso garantizado (guaranteed income); ingreso ciudadano (citizens
income); ingreso social (social income), (revenue social); rédito
de ciudadanía (reditto de cittadinanza); salario del ciudadano
(citizens wage), (bürgergehalt); subsidio universal (allocation
universelle), (universal grant).
A partir de 1985, la idea fue relanzada con fuerza desde la Universidad
de Lovaina por el colectivo Charles Fourier, liderado por Philippe Van
Parijs y Robert Van der Veen. Este grupo fue el precursor del actual movimiento
internacional Basic Income Earth Network (BIEN) que aboga por el establecimiento
del ingreso garantizado definido como: Un ingreso pagado por el Estado
a cada miembro pleno de la sociedad de forma absolutamente incondicional.
Lo que que implica que lo recibirá cada persona: a) incluso si
no quiere trabajar; b) sin tener en cuenta si es rico o pobre; c) sin
importar con quien vive; d) con independencia de la parte del país
en la que viva.
Una renta que no tenga la contrapartida del trabajo suscita abundantes
críticas nucleadas en torno al tópico fácil de la
holgazanería. Sin embargo, dos décadas de experimento neoliberal
han bastado para evidenciar la quiebra social producida por un modelo
económico generador de paro, precariedad y pobreza. Y la propuesta
del ingreso básico ha vuelto en la actualidad por razones de índole
práctico. Según Osmo Soinninvaara, ministro de Salud y Servicios
Sociales de Finlandia: La fuerza de trabajo no calificada no encuentra
su lugar en el mercado laboral, lo que lleva a una tendencia de desempleo
estructural creciente. Simultáneamente, la obligación de
aceptar un ofrecimiento laboral como condición para recibir los
beneficios por desempleo ya no funciona. Los empleadores no contratan
a la gente sólo para disponer de su tiempo; quieren también
su esfuerzo sincero.
Por su parte, el Nobel de Economía Herbert A. Simon sostiene que,
probablemente, no menos de un 90% de los ingresos generados en las sociedades
ricas depende no de la productividad individual, sino del capital social.
De manera que no carecería de fundamento moral abogar por un impuesto
sobre la renta con tipos elevados, que devolviera la riqueza a sus auténticos
propietarios: el cuerpo social en su conjunto.
Universalidad: derecho de ricos y pobres
Un ingreso garantizado para toda la ciudadanía incluye, es cierto,
a los ricos. Mas no debiera pasarse por alto el pequeño detalle
de que también incluye a los pobres. Los incluye como ciudadanos
de primera, no como insertables de tercera. Una sutil razón
para incluir a los ricos en la percepción de la renta básica
es la de universalizar un derecho del que ellos ya disfrutan de todos
modos, como es el de la obtención de rentas. Todas las grandes
reformas sociales han tenido como aspiración de fondo la de extender
al conjunto de la población el acceso siquiera en su expresión
mínima a aquellas ventajas que ya estaban al alcance de los
ricos: la atención médica, la enseñanza y la subsistencia
en la vejez o en el accidente.
Adam Smith también fue muy claro en este aspecto: En especial
los ricos están necesariamente interesados en conservar un estado
de cosas que pueda asegurarles sus propias ventajas [
]. El gobierno
civil, en la medida en que es instituido en aras de la seguridad de la
propiedad, es en realidad instituido para defender a los ricos frente
a los pobres, o a aquellos que tienen alguna propiedad contra los que
no tienen ninguna.
La sociedad en su conjunto obtendría un mayor beneficio pagando
también la renta básica a los ricos, que dejando que sean
ellos, o sus delegados políticos y administrativos, quienes evalúen
las necesidades ajenas y fijen la cuantía de las rentas mínimas
y las condiciones de acceso a ellas. Un ejemplo de universalidad la proporciona
el derecho al voto. Desde que se estableció el derecho al sufragio
universal, los ricos, aunque siguen contando con poderosos medios de influencia,
al menos no pueden impedir que los desfavorecidos entren en un colegio
electoral. De manera similar, aunque los ricos no suelen frecuentar los
hospitales públicos, gracias a la universalidad del derecho a la
sanidad pública, los pobres pueden ser atendidos en los hospitales
en calidad de ciudadanos, y no como receptores de una beneficiencia discreccional.
En este país hemos asistido a encendidos debates sobre la autonomía
territorial, aunque nada se haya dicho sobre la libertad real de las personas.
El ingreso de ciudadanía es el primer paso hacia un auténtico
Estatuto de Autonomía Personal para todos los habitantes de España.
La pobreza implica sometimiento, por lo que, con independencia de la bandera
a cuya sombra transcurra su existencia, un pobre nunca podrá ser
un ciudadano libre, ni pertenecer a otra nación que no sea el Reino
de la Necesidad.
, José Antonio Pérez Coordinador
delObservatorio Renta Básica, Attac Madrid
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