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La lección francesa Estrella Digital Los españoles somos muy dados a criticar a los franceses por muchas cosas y tendemos, demasiadas veces, a olvidar que Francia ha demostrado también ser un país admirable en muchas ocasiones. Esta vez también lo ha sido. Lo ha sido, primero, por el grado de debate y discusión previos al referéndum. Algunos agudos comentaristas españoles han pretendido ningunear ese debate afirmando que, fundamentalmente, se refería a asuntos internos. Por supuesto. Olvidan que el asunto de la Unión Europea es, cada vez más y de manera preponderante, un asunto interno. Ese grado de debate nos debe causar a los españoles una profunda envidia porque contrasta con el desierto de ideas y de voces en nuestro país. Esto viene ya de lejos. Cuando las Cortes aprobaron en cinco minutos el Tratado de Maastricht, el entonces líder laborista británico Smith dijo al entonces presidente González, con asombro, que ese tema en su país era objeto de debate durante meses y que aquí se despachaba en un abrir y cerrar de ojos. Ventajas de la democracia plana española. Los franceses han sido admirables además porque han votado en un alto porcentaje y porque han sabido votar no a esa cosa que se apellida como Constitución europea. Ha votado aproximadamente un setenta por ciento, algo ligeramente superior al porcentaje del cuarenta y tres por ciento de nuestro país. (En algunos telediarios en TVE Internacional hemos podido escuchar estos días que en España votó a favor del tratado más del setenta por ciento de los ciudadanos, clara mentira porque esa cifra se refiere a los votantes, lo que es ligeramente diferente). Y la mayoría ha votado no, pero no ha dicho que no a Europa, como también se nos ha dicho y se nos dice, sino que han votado no a ÉSTA (con mayúsculas) Europa que se nos presenta en un claro trágala, en una nueva versión moderna del tradicional despotismo ilustrado, como la única posible. Hay que decir que quienes han votado no tienen toda la razón porque rechazan tanto el procedimiento de elaboración de un engendro denominado pomposamente Constitución (Mi Constitución, como dice Giscard) como el contenido del ilegible e indigerible texto de una norma claramente neoconservadora y liberal. Se dice no a esos señoritos que se arrogan una representación popular de la que carecen y pretenden parecerse a los Framers de la Constitución de Estados Unidos y nos dicen que si esto no se aprueba, será el absoluto caos. En el fondo, lo que les interesa es que el tema sea lo más oscuro posible, que se conozca poco, que no se debata y que la abstención crezca. Exactamente igual que en el plano interno de cada país. Es en ese caldo de cultivo donde esas oligarquías partidistas y profesionales crecen. Hay que decirle de vez en cuando que hasta aquí hemos llegado, y esta vez es una de ésas. Es un no a esta Europa que, en su verborrea oficial y de puertas para afuera y queriendo ser un contraste con el sistema de Estados Unidos, se nos presenta como solidaria, social, de los ciudadanos, etc. No es así, los hechos y las políticas nos demuestran que la idea es parecerse cada vez mas a Estados Unidos y su sistema económico y social con la permanente coartada de la eficacia, y en ese camino el texto es un paso más y enormemente importante. Se dice que fuerzas tan dispares como las que defienden, en Francia y en otras partes de la Unión, el no no pueden administrar el mismo. No hay que preocuparse: ese no lo van administrar los de siempre, los que administran los intereses más poderosos, los vicarios de los que de verdad mandan. Pueden haber perdido en Francia una batalla pero no la guerra. Plantearán un nuevo referéndum, esta vez para ganar, o nos engañarán de nuevo desde Bruselas. Aun así, habrá valido la pena esta lección que han recibido y este susto que han tenido.
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