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Asturias en el marasmo
Carlos Javier Blanco
Asturias vive hoy en el marasmo dentro de un mar
agitado de comunidades revueltas. El estado español bulle en revisiones
estatutarias, históricas y federalistas. Pero la paz de Asturias
es la paz patológica de quien ha sufrido pasadas castraciones y
sometimientos. Las reconversiones -manu militari - asolaron la nación
asturiana desde los años 80, y fueron ordenadas por los mismos
gobernantes que se dicen socialistas y obreros,
los mismos que también ahora se han hecho con el patio en Madrid
y en Oviedo. A esos gobernantes socialistas los asturianos les debemos
el haber enflaquecido nuestro potencial industrial para facilitar el triunfo
aplastante de la Globalización. A esos enemigos de la clase obrera
les debemos la bajada imparable del nivel de renta y de vida de la comunidad
asturiana, que pasó de estar entre las primeras del estado español,
a engrosar la cola de las más pobres en poco más de una
década. Del goteo incesante de emigrantes asturianos que siguen
regando todas las provincias españolas, y algunos países
extranjeros, apenas se nos dice nada. Gran parte de esa emigración
es juvenil, valiosa y muy bien preparada. Un futuro incierto o, simplemente,
vedado les impulsa a huir hacia mercados laborales foráneos donde
la cualificación y las ganas de trabajar siguen siendo importantes.
La clase obrera asturiana, diezmada y obligada a jubilarse prematuramente,
pudo mandar a sus hijos a la universidad y, en ocasiones, alcanzar altos
niveles de vida y de formación. Pero una reconversión sin
alternativas, en puridad una extinción de la industria y la minería,
no dejó escapatoria a cientos de miles de jóvenes que debieran
ser la clave del futuro de ese pequeño país que es Asturias.
Nos hablaron mucho del turismo y del autoempleo. Pero ya va siendo hora
de ajustar cuentas con quienes nos han venido engañando durante
largos años, porque una comunidad como ésta no puede sobrevivir
sólo con casas rurales y pequeños despachos y chamizos
dedicados al sector servicios. No da para todos.
El marasmo de Asturias, su parálisis y sometimiento, en medio de
la gran revisión del modelo de estado y del concierto de los territorios
del estado español, como el que sucede estos días, es una
patología de orden estrictamente político. No podrá
decirse lo mismo en otras manifestaciones culturales y sociales en las
cuales Asturias siempre ha demostrado ser nación, y no simplemente
un territorio administrado. Es cierto que ese dinamismo de los asturianos
en cuanto toca a la fibra de su patria chica no ha sido nunca encauzado
debidamente, y que más bien parece una reverberación: corazones
y cerebros que se conmueven por cosas que sienten suyas, aunque del Pajares
(o del Huerna) hacia debajo de esto casi nadie sepa, y a casi nadie le
interesa. A los gobernantes de Madrid, tanto como a sus esbirros de Oviedo,
les debe parecer estupenda esta situación. Tener allí al
norte un cero a la izquierda, un sumando nulo en voz y reclamaciones,
pero un sumando positivo cuando se trata de contabilizar votos dentro
de unas siglas estatalistas y -¡por supuesto!- constitucionalistas.
No se sabe cuánto tiempo la parálisis seguirá arraigada
en este suelo verde, tras de estas altas montañas que esconden
una realidad social que muchos españoles se niegan a ver, o apenas
pueden intuir en sus escasas visitas de turistas veraniegos. El político
de Estado, sospecho, no tendrá otra óptica muy
diferente de la del turista de estampas. Paga por obtenerlas, y el Principado
se las da. Solamente eso: estampitas típicas y folclóricas,
pueblos escenográficos, maquetas de vida tradicional con muñecos
de cera que resultan ser de carne y hueso, tocados con la montera, con
gaita y tambor. Pero por detrás de la estampa a todo color, predominando
el verde y el azul, se ha arrancado de cuajo la conciencia nacional, la
cual los propios asturianos, muy urbanizados y trance de ser globales,
ya ignoran e incluso menosprecian.
No tienen culpa, hoy, los de fuera. La ignorancia y amalgama que sufre
Asturias con respecto de todos los demás territorios administrados,
directa o indirectamente, por Madrid es debida en lo fundamental a los
sectores dominantes nativos. Sus intelectuales orgánicos, los primeros.
Muchos procedían de la burguesía pudiente, católica
y tradicionalista, que de forma idéntica a la vieja burguesía
de las demás provincias españolas habían apoyado
a Franco y en consecuencia habían disfrutado de todos los privilegios
de la Victoria. Por más que algunos mostraran alguna inclinación
foclórica y asturianista, su orgullo patrio consiste en esa broma
que se da en llamar Covadonguismo. Don Pelayo sería
el primer rey de España, y desde ahí hasta Juan Carlos de
Borbón, etc. Asturias detendría el avance de los moros,
y gracias a ello España es cristiana, valdría decir, occidental,
etc. El Covadonguismo de estos asturianos es un orgullo gratuito: no hay
que pagar un canon por disfrutarlo, y sirve para sentirse importante incluso
en aquellos momentos en que nadie re-conoce esos títulos de nobleza.
Por debajo de todo ello, hay un deseo explícito de vincularse a
una unidad suprema, España, que todos niños del franquismo
asociaron a no sé qué Imperio.
Los covadonguistas siempre vivieron muy cómodamente instalados
en la prensa regional. Este difusor de ideología trató
de vender papel entre los asturianos, hablando en parte de sus cosas de
la tierra, pero al mismo tiempo vinculándolos a las grandes corrientes
políticas del estado, defendiendo a capa y espada la españolidad
y la aquiescencia del sentir mayoritario por todos los cambios
que fueron viniendo desde el franquismo: aceptación del rey y del
principado de Asturias, aprobación de la constitución de
1978, el estatuto de autonomía, etc.
Muchos intelectuales orgánicos coparon la universidad. Allí
había puestos cómodos para cierta burguesía que ya
no podía limitarse, en los nuevos tiempos, a ser simplemente rentista.
Había que conseguir puestos y sueldos pero, por supuesto, nada
de trabajar. Muchos cargos académicos se transmitieron de padres
a hijos, por no hablar ya de nietos, esposas y sobrinos. La valía
importó siempre muy poco, y en Oviedo se conocían varias
sagas de académicos ilustres. A esto había que
sumar la endémica endogamia que aquejaba a cualquier universidad
española. Este ambiente hoy por hoy no superado- permitió
una gran docilidad hacia las exigencias intelectuales, criterios y pautas
que marcaban los sumos pontífices de Madrid en las diversas especialidades.
Muy poca cosa hizo la universidad de Oviedo por el resurgir de la conciencia
nacional, por el apoyo a la lengua asturiana, por impulsar los estudios
históricos, etnológicos y lingüísticos pertinentes
para que este patrimonio no se perdiera definitivamente.
La más alta institución académica y cultural, la
Universidad asturiana, se permitió el lujo de bloquear durante
largos años los estudios de lingüística asturiana,
reduciéndolos a una posición marginal incluso en tiempos
en que la democracia traía nuevos aires y en los que por todas
las regiones de España simples dialectos del castellano y del catalán
gozaban de una mayor protección y reconocimiento oficiales. Las
elites políticas se obstinaron en negarle la co-oficialidad a la
lengua asturiana y los dos partidos mayoritarios hicieron su caldo en
aquella fracción sociológica de asturianos que se burlaban
de su propia lengua, y la asociaban mentalmente con el atraso y la ruralidad.
Los grupos políticos y culturales de orientación más
nacionalista, que en Asturias gravitan desde el centro hasta la izquierda,
pero nunca hacia el conservadurismo católico o tradicionalista-
típico de otras nacionalidades, se vieron siempre sumidos en una
incomprensible desunión. Hubo, y hay, una selva de siglas y de
grupos minúsculos, algunos muy activos, pero electoralmente impotentes.
Entre el mimetismo por la acción propia de formaciones foráneas,
y la pose exclusivamente estética y en parte también mimética
(v.gr. el celtismo mal entendido), está por ver si algún
día limarán sus diferencias, cuando no rencillas, y apostarán
por un verdadero bloque no ya electoral, sino verdaderamente político
en el sentido grande de la palabra, el cual incluye la acción cultural
y social pertinente para romper con el bipartidismo vigente, que permite
a Madrid administrar externamente sus territorios como si fueran feudos
y colonias, y que hace del Principado una institución provincial
y provinciana a la antigua usanza, una especie de Diputación.
Asturias vive hoy en el marasmo dentro de un mar agitado de comunidades
revueltas. Este revoltijo de naciones, nacionalidades históricas
y otras que no lo son, regiones y estados asociados, todo este bullicio
de diferencias que se llama España está a punto de entrar
en una senda abierta por los oportunistas, los privilegiados y los que
no se quieren quedar atrás. Asturias no ha pasado por esta puerta,
y se aferra al bloque centralista, que ningún bien le ha hecho,
porque no se siente privilegiada, no se permite el lujo de ser oportunista
ni chantajista, y depende de sus comunidades hermanas para sobrevivir.
Somos pocos, estamos lejos, y hemos dejado liquidar nuestro gran patrimonio
nacionalista. ¿Tendremos lo que nos merecemos?
Carlos Javier Blanco.
Profesor de Filosofía
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