Xenofobia vaticana
by JUANA ACOSTA

Sunday June 20, 2004 at 05:48 AM http://peru.indymedia.org/news/2004/06/9047.php


El pasado 18 de mayo Karol Wojtyla cumplió 84 años y en los diarios locales e internacionales no faltaron artículos señalando su entereza y los récords acumulados en su papado. Así, mencionaban sus varias centenas de canonizaciones y sus santificaciones (entre las que incluyó la de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, una de las corrientes más reaccionarias de la iglesia católica), sus 102 viajes evangelizadores a lo largo del mundo (los que incluyeron sus peleas anticomunistas) y su carrera dentro del Vaticano que lo llevó a liderar el papado más largo de su historia.

Tan ocupados estuvieron los medios cubriendo la noticia que poco –o más bien nada– dijeron del reciente rebrote xenófobo del Vaticano sugiriendo a las católicas occidentales evitar el casamiento con hombres musulmanes, teniendo en cuenta la “amarga experiencia” que han tenido quienes lo han hecho. El tema mereció un documento de 70 páginas en que llaman a los musulmanes a “que muestren más respeto por los derechos humanos, la igualdad de los sexos y la democracia”.

Si no fuesen tan pérfidos hasta serían graciosos los reclamos de la Iglesia. Sin lugar a dudas las mujeres musulmanas no ocupan un lugar preponderante en su sociedad y son sometidas a vejámenes terribles en nombre del Islam. Pero eso no da derecho a condena alguna por parte de la iglesia católica, ya que las mujeres occidentales no vivimos en la panacea y, en parte, gracias a sus oscurantistas prédicas.

Es la iglesia católica, la iglesia del Vaticano, quien condena a miles y miles de mujeres año tras año a morir a causa de abortos clandestinos. Parece que las muertes de esas mujeres no cuentan demasiado porque es la misma iglesia la que condena y prohíbe las pastillas anticonceptivas, la ligadura de trompas, la vacectomía, y todo método anticonceptivo que, de ser utilizados correctamente, evitarían gran parte de los abortos, último recurso que tenemos para evitar embarazos no deseados, sea por el motivo que sea. Pero ahí no acaban las prohibiciones: el uso de preservativos tampoco es permitido, con lo cual hay que agregarle a su lista de condenados a muerte a todos los que se contagian de HIV (sida).

¿Cuál es, en verdad, el “pecado” que la Iglesia condena?: El goce a tener una vida sexual plena y libre, la libertad de conciencia, el derecho a decidir tener o no hijos; en definitiva, el derecho de decidir sobre nuestros cuerpos. ¿Y qué es lo que le otorga ese derecho de decidir sobre los pecados de las mujeres occidentales?: El decirse portadora de la palabra de su dios, en cuyo nombre la Inquisición mataba a las “brujas” en la Edad Media, y en cuyo nombre se realizaron las sangrientas Cruzadas (la primera acción de “fundamentalismo religioso” de la historia de la humanidad). Y también en su nombre bendijeron a Hitler, Mussolini, Franco, Videla, Massera y cuanto genocida haya pisado estas tierras occidentales, lo que podrá incluir próximamente a Bush.

Pero hablemos de su democracia e igualdad. La Iglesia es “tan democrática” que no le importa si quienes no profesamos su fe no sólo quedamos sometidas a sus designios y debemos soportar su ingerencia en la vida pública y privada sino que, sobre todo, debemos sostenerla económicamente ya que el Estado dedica a su sostén buena parte de lo recaudado por los impuestos que pagamos.

Es “tan democrática e igualitaria” que las mujeres, en su liturgia clerical, no están más que para lavar y planchar las ropas de los curas: no pueden dar misa, ni confesar y salvar de los pecados a nadie; básicamente no tienen ningún papel de decisión importante en sus estructuras, salvo algunas monjas que tienen el “privilegio” de poder prepararle la tarta de frutas a Wojtyla en su cumpleaños y decidir si se la harán de frutillas o de manzanas. ¿A eso le llamarán igualdad de los sexos los supuestos representantes del dios de los católicos?

Si tan preocupados están por el bienestar de sus feligreses bueno sería que hagan un documento sugiriendo a las mujeres occidentales que no manden a sus hijos e hijas a colegios católicos, ni los den a resguardo de hogares comandados por curas y monjas dado que muchos –demasiados– “hombres de dios” violarán a sus hijos e hijas, abusarán de ellos y no tendrán condena alguna por sus pecados terrenales, tal cual ha ocurrido con el cura Grassi, con el monseñor Storni de Santa Fe y con tantos otros. Claro que en lugar de 70 páginas deberán gastar bastante más que eso al hacer la lista de los “curas violadores”… ¿Se los podría llamar así, verdad?

Estas son algunas de las bondades de la prédica católica que hoy por hoy calza perfectamente con la campaña contra los “demonios musulmanes” (que nada entienden de derechos humanos, respeto, igualdad y democracia) emprendida por la dupla Bush–Blair. Y por eso, Wojtyla les recomienda “humanizarse” a estos modernos cruzados que van a “salvar” a los pueblos del Medio Oriente: torturándolos en sus cárceles, bombardeando sus territorios y ocupándolos para apropiarse de sus riquezas, de su petróleo, de sus vidas a cambio de su democracia y su dios verdaderos.

Ojo, cualquier parecido con la “evangelización” de América latina es pura casualidad. Todos sabemos que la cruz evangelizó a los salvajes indígenas, quienes agradecidos de tanta luz le dieron el oro, la plata y todas las tierras y riquezas a sus conquistadores… y hasta les dieron sus vidas.

Hoy les podemos sugerir que no nos evangelicen más; no se ocupen de nuestros pecados que con los suyos tienen para varios siglos de condena.

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Aborto e hipocresía
La Iglesia Católica se tomó más de 400 años para aceptar que la tierra no era el centro del universo, como opinaba Galileo Galilei.
En la cuestión del aborto, la Iglesia aplica el precepto "creced y multiplicaos", y que hay vida humana consciente desde el momento de la concepción. A partir de allí, intenta desconocer que tanto mujeres como hombres no tienen relaciones sexuales con el único objetivo de tener hijos sino por placer, por el goce de la sexualidad.
Pero así como su oscurantismo no frenó las vueltas de la tierra alrededor del sol, su posición contra la legalización del aborto, no hace que éste desaparezca. Estadísticas recientes hablan de que en el ámbito nacional las internaciones por aborto en los hospitales públicos ascendieron de 48.000 en 1995 a 78.000 en el 2000. El 35% de las muertes de adolescentes es producto de abortos mal practicados. El 40% de las mujeres de nivel bajo lo realizó con una partera; el 60% de las de nivel medio, con un médico, lo mismo que un 83% de las de nivel alto. Un 40% de mujeres que interrumpieron su embarazo, lo hicieron porque no habían planeado procrear; un 24% por riesgo de vida; y 15% porque no quería tener más hijos (Clarín, 8/3/04).
Aun cuando estas estadísticas no sean exactas, dan una pintura del cuadro de barbarie al que se ven sometidas las mujeres pobres. Por su lado, la sumisión de la Justicia ante la Iglesia, ha provocado el dramático caso de Romina Tejerina a quien se le negó la posibilidad de realizar un aborto terapéutico luego de ser violada por su padrastro. Hoy, mientras su violador goza de plena libertad, Romina está presa debido a que ocasionó la muerte de su bebé en medio de un desequilibrio postraumático. Diversas organizaciones populares impulsamos una campaña para lograr su libertad.
Entre tanto, la gran burguesía defiende una postura contraria a la despenalización del aborto y sencillamente paga lo necesario para practicarlo cuando lo necesita, con riesgo nulo, e inventa un "viaje de descanso". La pequeña burguesía sufre sobre todo económicamente el carácter clandestino del aborto, asumiendo también un margen de riesgo. Son las mujeres de las capas más bajas las que agregan dos nombres diarios a la larga lista de muertes por aborto en el país.
Según la ONU, si los anticonceptivos fueran puestos al alcance de todos se podrían evitar un millón y medio de abortos y tres millones de embarazos no deseados en América latina por año. Pero la Iglesia también se opone a los anticonceptivos.
En nombre de la defensa de la vida, se opone incluso al uso de preservativos para prevenir el sida, haciendo virtual apología de la muerte. Y se llama a silencio sobre las causas por las cuales 12 millones de niños latinoamericanos menores de cinco años mueren por hambre o enfermedades curables.
Con esta supuesta "defensa" de la vida, el Vaticano es el principal responsable de la mayoría de las muertes evitables.
B. B.
¿Qué habrá detrás?
Un breve repaso por la historia de cualquier institución política debería implicar la pregunta planteada, cuya razón de ser aumenta cuánto más vieja y dilatada sea la institución. Por caso, es fácil intuir (si no deducir) que algo hay detrás de cada acción u omisión de la Iglesia. De hecho, un par de casos clave, entre muchos otros, ilustran cómo el Vaticano manipula las "razones celestiales" en función de sus propias necesidades terrenales.
Es común escuchar a los sacerdotes justificar el celibato de distintas maneras, pero es la versión psicoanalítica la que, en definitiva, parece la más elaborada. Hábilmente, esquivando la pregunta de un conductor televisivo que hacía alusión directa al tema, un cura mediático explicó que ellos no podían contraer matrimonio debido a que el hecho de ejercer su paternidad en el seno de una familia se contraponía con su obligación de ser el padre de toda una comunidad.
Como Federico Engels señaló oportunamente, el concepto de familia es genuino producto del capitalismo. Propiedad privada y herencia se relacionan de manera estrecha con este símbolo de lo occidental y lo cristiano. De conformar los curas católicos sus propias familias, ¿quién o quiénes heredarían sus bienes? Como es lógico en cualquier institución política, el poder económico constituye un efectivo instrumento de dominación, y la Iglesia no estuvo ni está dispuesta a perder un ápice de su patrimonio, como podría suceder en caso de que los hijos de los religiosos heredaran sus bienes.
El segundo caso en que la Iglesia disfrazó sus intenciones con supuestos "actos de fe" se relaciona con el secreto de confesión. Nada hay en la Biblia ni en los Evangelios que indique que un buen cristiano deba confesarse ante tal o cual sacerdote para expiar sus pecados. Pero basta remontarse a los tiempos de la "santa" inquisición (o, mucho más cerca tanto espacial como cronológicamente, a la época de la dictadura y al accionar de los curas en los centros clandestinos de detención) para comprender que requerir un secreto de confesión es mucho más marketinero -y efectivo- que exigir una delación. Por cierto, en uno y otro momento, si el recurso fallaba, siempre estaba a mano la tortura para averiguar quién era el "hereje" y, lo que es mucho más importante, cuáles eran y a cuánto ascendían sus bienes.
Más allá de la intolerancia y el autoritarismo, que surgen obvios e impúdicos de la tenaz oposición de la Iglesia a cualquier iniciativa que intente abordar la problemática del aborto, con estos antecedentes, cabe preguntarse entonces qué hay detrás de la militancia de sus fieles más reaccionarios para impedir la libre elección de la mujer de parir o no parir.
Seguramente, como en los casos expuestos, algo hay detrás del argumento espiritual. Todos los caminos, siempre, conducen a la consolidación del poder.
MARÍA PEREYRA

www.geocities.com/CapitolHill/Senate/9094/UltimoBR/principal.htm

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