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El pasado 18 de mayo Karol Wojtyla cumplió
84 años y en los diarios locales e internacionales no faltaron
artículos señalando su entereza y los récords acumulados
en su papado. Así, mencionaban sus varias centenas de canonizaciones
y sus santificaciones (entre las que incluyó la de Escrivá
de Balaguer, fundador del Opus Dei, una de las corrientes más reaccionarias
de la iglesia católica), sus 102 viajes evangelizadores a lo largo
del mundo (los que incluyeron sus peleas anticomunistas) y su carrera
dentro del Vaticano que lo llevó a liderar el papado más
largo de su historia.
Tan ocupados estuvieron los medios cubriendo la noticia
que poco o más bien nada dijeron del reciente rebrote
xenófobo del Vaticano sugiriendo a las católicas occidentales
evitar el casamiento con hombres musulmanes, teniendo en cuenta la amarga
experiencia que han tenido quienes lo han hecho. El tema mereció
un documento de 70 páginas en que llaman a los musulmanes a que
muestren más respeto por los derechos humanos, la igualdad de los
sexos y la democracia.
Si no fuesen tan pérfidos hasta serían
graciosos los reclamos de la Iglesia. Sin lugar a dudas las mujeres musulmanas
no ocupan un lugar preponderante en su sociedad y son sometidas a vejámenes
terribles en nombre del Islam. Pero eso no da derecho a condena alguna
por parte de la iglesia católica, ya que las mujeres occidentales
no vivimos en la panacea y, en parte, gracias a sus oscurantistas prédicas.
Es la iglesia católica, la iglesia del Vaticano,
quien condena a miles y miles de mujeres año tras año a
morir a causa de abortos clandestinos. Parece que las muertes de esas
mujeres no cuentan demasiado porque es la misma iglesia la que condena
y prohíbe las pastillas anticonceptivas, la ligadura de trompas,
la vacectomía, y todo método anticonceptivo que, de ser
utilizados correctamente, evitarían gran parte de los abortos,
último recurso que tenemos para evitar embarazos no deseados, sea
por el motivo que sea. Pero ahí no acaban las prohibiciones: el
uso de preservativos tampoco es permitido, con lo cual hay que agregarle
a su lista de condenados a muerte a todos los que se contagian de HIV
(sida).
¿Cuál es, en verdad, el pecado
que la Iglesia condena?: El goce a tener una vida sexual plena y libre,
la libertad de conciencia, el derecho a decidir tener o no hijos; en definitiva,
el derecho de decidir sobre nuestros cuerpos. ¿Y qué es
lo que le otorga ese derecho de decidir sobre los pecados de las mujeres
occidentales?: El decirse portadora de la palabra de su dios, en cuyo
nombre la Inquisición mataba a las brujas en la Edad
Media, y en cuyo nombre se realizaron las sangrientas Cruzadas (la primera
acción de fundamentalismo religioso de la historia
de la humanidad). Y también en su nombre bendijeron a Hitler, Mussolini,
Franco, Videla, Massera y cuanto genocida haya pisado estas tierras occidentales,
lo que podrá incluir próximamente a Bush.
Pero hablemos de su democracia e igualdad. La Iglesia
es tan democrática que no le importa si quienes no
profesamos su fe no sólo quedamos sometidas a sus designios y debemos
soportar su ingerencia en la vida pública y privada sino que, sobre
todo, debemos sostenerla económicamente ya que el Estado dedica
a su sostén buena parte de lo recaudado por los impuestos que pagamos.
Es tan democrática e igualitaria
que las mujeres, en su liturgia clerical, no están más que
para lavar y planchar las ropas de los curas: no pueden dar misa, ni confesar
y salvar de los pecados a nadie; básicamente no tienen ningún
papel de decisión importante en sus estructuras, salvo algunas
monjas que tienen el privilegio de poder prepararle la tarta
de frutas a Wojtyla en su cumpleaños y decidir si se la harán
de frutillas o de manzanas. ¿A eso le llamarán igualdad
de los sexos los supuestos representantes del dios de los católicos?
Si tan preocupados están por el bienestar
de sus feligreses bueno sería que hagan un documento sugiriendo
a las mujeres occidentales que no manden a sus hijos e hijas a colegios
católicos, ni los den a resguardo de hogares comandados por curas
y monjas dado que muchos demasiados hombres de dios
violarán a sus hijos e hijas, abusarán de ellos y no tendrán
condena alguna por sus pecados terrenales, tal cual ha ocurrido con el
cura Grassi, con el monseñor Storni de Santa Fe y con tantos otros.
Claro que en lugar de 70 páginas deberán gastar bastante
más que eso al hacer la lista de los curas violadores
¿Se los podría llamar así, verdad?
Estas son algunas de las bondades de la prédica
católica que hoy por hoy calza perfectamente con la campaña
contra los demonios musulmanes (que nada entienden de derechos
humanos, respeto, igualdad y democracia) emprendida por la dupla BushBlair.
Y por eso, Wojtyla les recomienda humanizarse a estos modernos
cruzados que van a salvar a los pueblos del Medio Oriente:
torturándolos en sus cárceles, bombardeando sus territorios
y ocupándolos para apropiarse de sus riquezas, de su petróleo,
de sus vidas a cambio de su democracia y su dios verdaderos.
Ojo, cualquier parecido con la evangelización
de América latina es pura casualidad. Todos sabemos que la cruz
evangelizó a los salvajes indígenas, quienes agradecidos
de tanta luz le dieron el oro, la plata y todas las tierras y riquezas
a sus conquistadores
y hasta les dieron sus vidas.
Hoy les podemos sugerir que no nos evangelicen más;
no se ocupen de nuestros pecados que con los suyos tienen para varios
siglos de condena.
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Aborto e hipocresía
La Iglesia Católica se tomó más de 400 años
para aceptar que la tierra no era el centro del universo, como opinaba
Galileo Galilei.
En la cuestión del aborto, la Iglesia aplica el precepto "creced
y multiplicaos", y que hay vida humana consciente desde el momento
de la concepción. A partir de allí, intenta desconocer que
tanto mujeres como hombres no tienen relaciones sexuales con el único
objetivo de tener hijos sino por placer, por el goce de la sexualidad.
Pero así como su oscurantismo no frenó las vueltas de la
tierra alrededor del sol, su posición contra la legalización
del aborto, no hace que éste desaparezca. Estadísticas recientes
hablan de que en el ámbito nacional las internaciones por aborto
en los hospitales públicos ascendieron de 48.000 en 1995 a 78.000
en el 2000. El 35% de las muertes de adolescentes es producto de abortos
mal practicados. El 40% de las mujeres de nivel bajo lo realizó
con una partera; el 60% de las de nivel medio, con un médico, lo
mismo que un 83% de las de nivel alto. Un 40% de mujeres que interrumpieron
su embarazo, lo hicieron porque no habían planeado procrear; un
24% por riesgo de vida; y 15% porque no quería tener más
hijos (Clarín, 8/3/04).
Aun cuando estas estadísticas no sean exactas, dan una pintura
del cuadro de barbarie al que se ven sometidas las mujeres pobres. Por
su lado, la sumisión de la Justicia ante la Iglesia, ha provocado
el dramático caso de Romina Tejerina a quien se le negó
la posibilidad de realizar un aborto terapéutico luego de ser violada
por su padrastro. Hoy, mientras su violador goza de plena libertad, Romina
está presa debido a que ocasionó la muerte de su bebé
en medio de un desequilibrio postraumático. Diversas organizaciones
populares impulsamos una campaña para lograr su libertad.
Entre tanto, la gran burguesía defiende una postura contraria a
la despenalización del aborto y sencillamente paga lo necesario
para practicarlo cuando lo necesita, con riesgo nulo, e inventa un "viaje
de descanso". La pequeña burguesía sufre sobre todo
económicamente el carácter clandestino del aborto, asumiendo
también un margen de riesgo. Son las mujeres de las capas más
bajas las que agregan dos nombres diarios a la larga lista de muertes
por aborto en el país.
Según la ONU, si los anticonceptivos fueran puestos al alcance
de todos se podrían evitar un millón y medio de abortos
y tres millones de embarazos no deseados en América latina por
año. Pero la Iglesia también se opone a los anticonceptivos.
En nombre de la defensa de la vida, se opone incluso al uso de preservativos
para prevenir el sida, haciendo virtual apología de la muerte.
Y se llama a silencio sobre las causas por las cuales 12 millones de niños
latinoamericanos menores de cinco años mueren por hambre o enfermedades
curables.
Con esta supuesta "defensa" de la vida, el Vaticano es el principal
responsable de la mayoría de las muertes evitables.
B. B.
¿Qué habrá detrás?
Un breve repaso por la historia de cualquier institución política
debería implicar la pregunta planteada, cuya razón de ser
aumenta cuánto más vieja y dilatada sea la institución.
Por caso, es fácil intuir (si no deducir) que algo hay detrás
de cada acción u omisión de la Iglesia. De hecho, un par
de casos clave, entre muchos otros, ilustran cómo el Vaticano manipula
las "razones celestiales" en función de sus propias necesidades
terrenales.
Es común escuchar a los sacerdotes justificar el celibato de distintas
maneras, pero es la versión psicoanalítica la que, en definitiva,
parece la más elaborada. Hábilmente, esquivando la pregunta
de un conductor televisivo que hacía alusión directa al
tema, un cura mediático explicó que ellos no podían
contraer matrimonio debido a que el hecho de ejercer su paternidad en
el seno de una familia se contraponía con su obligación
de ser el padre de toda una comunidad.
Como Federico Engels señaló oportunamente, el concepto de
familia es genuino producto del capitalismo. Propiedad privada y herencia
se relacionan de manera estrecha con este símbolo de lo occidental
y lo cristiano. De conformar los curas católicos sus propias familias,
¿quién o quiénes heredarían sus bienes? Como
es lógico en cualquier institución política, el poder
económico constituye un efectivo instrumento de dominación,
y la Iglesia no estuvo ni está dispuesta a perder un ápice
de su patrimonio, como podría suceder en caso de que los hijos
de los religiosos heredaran sus bienes.
El segundo caso en que la Iglesia disfrazó sus intenciones con
supuestos "actos de fe" se relaciona con el secreto de confesión.
Nada hay en la Biblia ni en los Evangelios que indique que un buen cristiano
deba confesarse ante tal o cual sacerdote para expiar sus pecados. Pero
basta remontarse a los tiempos de la "santa" inquisición
(o, mucho más cerca tanto espacial como cronológicamente,
a la época de la dictadura y al accionar de los curas en los centros
clandestinos de detención) para comprender que requerir un secreto
de confesión es mucho más marketinero -y efectivo- que exigir
una delación. Por cierto, en uno y otro momento, si el recurso
fallaba, siempre estaba a mano la tortura para averiguar quién
era el "hereje" y, lo que es mucho más importante, cuáles
eran y a cuánto ascendían sus bienes.
Más allá de la intolerancia y el autoritarismo, que surgen
obvios e impúdicos de la tenaz oposición de la Iglesia a
cualquier iniciativa que intente abordar la problemática del aborto,
con estos antecedentes, cabe preguntarse entonces qué hay detrás
de la militancia de sus fieles más reaccionarios para impedir la
libre elección de la mujer de parir o no parir.
Seguramente, como en los casos expuestos, algo hay detrás del argumento
espiritual. Todos los caminos, siempre, conducen a la consolidación
del poder.
MARÍA PEREYRA
www.geocities.com/CapitolHill/Senate/9094/UltimoBR/principal.htm
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