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Apología del voto nulo Como están las cosas, el voto nulo es la única opción auténticamente libre, crítica y alternativa que nos deja el sistema electoral. Hay quienes pensamos que las elecciones políticas
se utilizan mayormente como mecanismo de dominación: su función
es exclusivamente legitimadora del sistema. El mecanismo es maléfico
y no merece la pena insistir ahora en como funciona. Llegamos, pues, a la conclusión de que hay que reaccionar contra el sistema electoralista. El enemigo es la dominación arbitraria de unos pocos, pero ésta se muestra también en un mecanismo de manipulación ideológica que lleva a muchos demócratas sinceros -y no sólo a los partidos, que están evidentemente interesados en alcanzar ellos ese poder ilegítimo- a aceptar acríticamente la bondad de las elecciones políticas como el más óptimo instrumento de participación política de los ciudadanos. Hay que diseñar, pues, estrategias eficaces pero correctas y consecuentes con la crítica indicada. ¿Cuáles? Esencialmente puede pensarse en tres: abstención, voto en blanco, voto nulo. Como los círculos sociales críticos
desde los que se suele articular la democracia radical están impregnados
del virus de la democracia electoralista, sólo suele pensarse en
los dos primeros. Si no estás de acuerdo con las elecciones -suele
decirse- pues no votes. Es una postura defendida históricamente
desde colectivos de raigambre, como el anarquismo. La principal virtud
de la abstención es su capacidad desligitimadora. Últimamente repuntan de las iniciativas que
piden el voto en blanco. Se trata de un tipo de voto pensado para quienes
no son capaces de decidirse entre las distintas opciones electorales que
se le presentan. Frente a ello, la opción más reivindicativa, no cabe duda de que es el voto nulo. Ante todo, implica saltarse las normas, optar por algo que no está previsto como opción. El voto nulo es el voto de los torpes, de los analfabetos, de los que se equivocan al votar; nunca es malo estar con los analfabetos. Utilizar políticamente el voto nulo es subvertir el sistema. Lanza un mensaje de denuncia activista: nos saltamos las reglas. En segundo lugar, el voto nulo es el único voto libre, porque es el único voto realmente creativo. Denunciamos que nos den a elegir como borregos entre dos o tres opciones (muy parecidas entre si). La vida es múltiple, compleja y rica. Las opciones son miles y dependen de cada persona. Con el voto nulo cada uno puede votar a quien quiera, imaginario o real. El voto nulo sirve tanto de ejercicio de la libertad de expresión como de denuncia. Por último, el voto nulo es el único voto activista. Quien vota nulo se molesta en pensar y elaborar una papeleta, se molesta en ir al colegio electoral... y todo ello para realizar un acto de protesta, sin más valor que el de la denuncia pública y simbólica. Ese es el modelo de activista social que transformará la sociedad globalizada. No el que sigue a los partidos y sus sistemas a modo de masa gigantesca hacia el palacio de invierno, sino el creativo, luchador e independiente; imprevisible; autónomo.
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