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Desobediencia civil y movimiento
antiglobalización.
Una herramienta de intervención
política.
por Pablo Iglesias Turrión
mailto:iglesiasturrion@hotmail.com
1. INTRODUCCIÓN
2. LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO PRÁCTICA DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS
SOCIALES. NOTAS SOBRE UN CONCEPTO DE DESOBEDIENCIA CIVIL.
3. DESOBEDIENCIA CIVIL Y MOVIMIENTO ANTIGLOBALIZAZIÓN. UNA ESTRATEGIA
QUE COMIENZA EN ITALIA.
BIBLIOGRAFÍA
A Karry y a tod@s los que apostaron por la desobediencia
1. INTRODUCCIÓN
Abordar en un momento como el actual la cuestión de la desobediencia,
pensamos que tiene una relevancia más que especial. A la vista
de los hechos sorprendentes que han venido a marcar los recientes desarrollos
históricos que parecían condenados, como se apresuraron
a asegurarnos los teóricos del fin de la historia, a circular en
torno a su propio y cacareado agotamiento, parece que hemos vuelto a una
incertidumbre sobre el futuro que nos aguarda que, a pesar de su brutalidad
sin límites, siempre resulta más grata a la hora de teorizar
sobre las prácticas de los movimientos sociales y el Derecho, que
el precario determinismo que nos proponía, con cierta aceptación
-todo hay que decirlo- por gran parte de la Academia, el malogrado Fukuyama.
La aparición en escena del bautizado por los medios de difusión
de masas Movimiento antiglobalización y los atentados del 11 de
septiembre han servido para escenificar en las retinas de millones de
almas, el comienzo de este nuevo milenio marcado, creemos que irrebatiblemente,
por la incertidumbre que señalábamos.
Conductores televisivos y columnistas profesionales, bien apuntalados
por la intelectualidad orgánica que descansa en las Universidades,
han proclamado la llegada de una nueva fase en la historia. Más
allá de la retórica con la que hay que vivir, dos elementos
se nos presentan con cierta nitidez. En primer lugar, una nueva organización
mundial de la economía en torno a los capitales financieros, en
pugna constante por el control de mercados y territorios: la Globalización
o Neoliberalismo. En segundo lugar, una reordenación jurídico-sistémica
global, especialmente acentuada tras el 11S, en la que los clásicos
agentes de producción normativa -los Estados-nación- se
ven sustituidos o condicionados por instancias supranacionales. A día
de hoy, casi podríamos afirmar que la situación de Guerra
permanente viene implicando globalmente un Estado de excepción
permanente. La "ley patriótica" norteamericana promovida
por John Ashcroft "(...)que permite a las autoridades: Detención
prácticamente por tiempo indefinido de sospechosos, atarlos, encerrarlos
en celdas de aislamiento, controlar su correo, sus conversaciones telefónicas,
sus comunicaciones vía Internet, y registrar su domicilio sin autorización
judicial(...)"[1] o la definición europea de "terrorismo"
proyectada al calor del 11S por la Comisión europea el 19 de Septiembre
de 2001 y aprobada en la Cumbre de jefes de gobierno de la U.E. celebrada
en Laeken en Diciembre, que incluye entre los delitos calificables como
terroristas "(...)los daños a los medios de transporte público,a
las infraestructuras públicas, los ataques mediante interferencias
con sistemas de información, la "amenaza de cometer cualquier
delito de los enumerados anteriormente", así como el cajón
de sastre que supone el "fomento, ayuda o participación en
un grupo terrorista(...)"[2] creemos que son buenos ejemplos de ese
Estado de excepción permanente al que nos referíamos y a
todas luces parecen más dirigidos hacia un recorte sin precedentes
de libertades civiles y derechos individuales en los Estados demoliberales
o Democracias occidentales que a una prevención o combate del terrorismo
difuso islámico.
Señalaba recientemente Fernández Durán que "(...)asistimos
a la aparición de una nueva geografía del conflicto, sin
fronteras precisas ni actores reconocibles(...)"[3]. Efectivamente
los campos de batalla que inevitablemente habrán de incluir el
conflicto político se definen hoy desde lo simbólico. Como
reflexionaba no hace mucho Holm-Detler Köhler desde las páginas
del diario "El Mundo" a propósito de los atentados del
11s "(...) El poder de Bin Laden no es real sino simbólico
(...) La superioridad es tal que matando a Bin Laden físicamente
(...) Bush sólo conseguirá aumentar su poder simbólico"
[4].
En este contexto, la desobediencia civil se ha revelado como un instrumento
de intervención fundamental de los nuevos movimientos sociales
a los que nos referíamos, los cuales, a nuestro parecer, han sabido
rearmarla conceptual y discursivamente como una estrategia de praxis política
adaptada a las circunstancias actuales caracterizadas globalmente, como
decimos, por restricciones jurídicas en los espacios de intervención
ciudadana, construyéndola como una nueva herramienta de intervención
social democrática.
Juan Carlos Velasco Arroyo ha señalado que "(...)Una adecuada
descripción del complejo proceso de elaboración de las normas
jurídicas en un Estado democrático no puede alcanzarse con
la mera consideración de los aspectos institucionales. Dicho proceso
depende en gran medida de la variedad y riqueza de otros elementos no
institucionalizados de la vida ciudadana, que sirven de cauce para el
ejercicio de los derechos de participación. El principio de la
soberanía popular -sobre el que se asienta el sistema democrático-
se expresa tanto dentro como fuera de los órganos institucionales
de representación (...)"[5].
Más allá de consideraciones sobre el Estado democrático
y sus fuentes de producción jurídica, que la soberanía
popular va más allá de las instituciones es algo que debe
quedar fuera de toda duda.
Pensamos que la relevancia de la desobediencia civil como objeto de estudio
desde la filosofía del Derecho (o desde cualquier disciplina social
o humanística) debe enraizar necesariamente en su fenomenología
histórica. De otro modo estaríamos disertando poco menos
que sobre el sexo de los ángeles. No entendemos por ello cómo
muchos de los principales estudiosos en la materia (en especial Falcón
y Tella y Malem Seña) se pierden en un laberinto abstracto de delimitación
conceptual que les lleva absurdamente a excluir experiencias históricas
sin las cuales el estudio, insistimos que necesariamente fenomenológico,
de la desobediencia civil, pierde poco a poco sentido, viéndose
incluso mutiladas categorías teóricas fundamentales para
afrontar su proyección actual y futura. Sirva como ejemplo de lo
que decimos lo siguiente.
Inicialmente, Falcón y Tella propone una definición tridimensional
a nuestro parecer bastante afortunada, al plantear la desobediencia civil
como acto/s de carácter ilícito con pretensiones de legitimidad,
dentro del sistema democrático (quizá fuera más útil
referirnos a sistemas en los que la capacidad represiva de las autoridades
tuviera ciertos límites pero sobre esto reflexionaremos en el siguiente
apartado), en busca de eficacia a través de distintos medios. Es,
sin embargo, al desarrollar esta triple dimensión cuando se introduce
un elenco interminable de requisitos formales (consciencia, intencionalidad,
apelación a principios éticos, un cierto compromiso con
el ordenamiento jurídico, diferenciación entre desobediencia
directa o indirecta[6], la aceptación voluntaria de sanciones,
la excepcionalidad, el carácter responsable, la regla del menor
costo, la proporcionalidad, el cómo, los medios, el carácter
colectivo, la publicidad, la no violencia, el carácter organizado
y deliberado, la finalidad simbólica, educadora, innovadora y estabilizadora
etc.) que al afrontar la delimitación del concepto de desobediencia
civil desde una perspectiva negativa a partir de la confrontación
con figuras afines, que a nuestro entender debiera ser el método
más fructífero para llegar a una solución conceptual
aceptable y útil, se termina por excluir la insumisión al
Servicio Militar Obligatorio en España como fenómeno de
desobediencia civil quedando este limitado a la desobediencia/insumisión
a la Prestación Social Sustitutoria como fenómeno de desobediencia
civil indirecta (¿?). Si por algo se caracteriza el trabajo de
Falcón y Tella es por estar bien documentado. Por ello no podemos
presuponer que la autora desconoce las experiencias del movimiento de
insumisión en el Estado español, que como es sabido ha tenido
expresiones de desobediencia directamente hacia el SMO y el Ejército
(insumisión en los cuarteles), de rechazo inequívoco al
conjunto del ordenamiento jurídico vigente (como es el caso de
buena parte de los insumisos vascos y catalanes movidos fundamentalmente
por un planteamiento político patriótico o independentista
más que antimilitarista), el gran número de insumisos que
estuvieron hasta hace bien poco en situación de busca y captura
por negarse precisamente a asumir la sanción carcelaria, o las
propias campañas políticas por la despenalización
de la insumisión[7]. Lo que ocurre, pensamos, es que la estrechez
conceptual previamente establecida difícilmente sirve para analizar
el fenómeno. Sucede así que resulta poco menos que imposible
estudiar adecuadamente el fenómeno de la insumisión en España
como ejemplo de desobediencia civil. Ocurre lo mismo con las paradigmáticas
expresiones thorouniana y gandhiana. Anunciados en la propia obra de Falcón
y Tella como "principales representantes de la desobediencia civil"
se concluye en el caso de Thoreau que nos encontramos ante un caso de
"objeción de conciencia fiscal" pues, de nuevo, no se
cumplen muchos de los requisitos establecidos por la autora para hablar
de desobediencia civil (fines innovadores, agotamiento de recursos, carácter
colectivo etc.)[8] y en el caso de Gandhi tampoco se considera que su
desobediencia estuvo "en la línea moderna de Rawls"[9].
Tampoco a Luther King le tocaría estar entre los desobedientes
civiles para la autora: "no fue un desobediente civil en sentido
propio"[10].
Al final, a partir de los requisitos conceptuales establecidos, habrá
que concluir que solo son representativos de la desobediencia civil los
ejemplos imaginados de sentadas propuestos por la autora a lo largo de
la obra o contadas y limitadas expresiones del movimiento antimilitarista
norteamericano de los años 60[11]. No podemos por menos que preguntarnos
en última instancia si tiene alguna relevancia lo que estamos estudiando,
pues casi todas las experiencias interesantes son incapaces de superar
los minuciosos requisitos conceptuales que la autora construye para la
desobediencia civil.
La delimitación conceptual de Malem Seña no difiere en exceso
de la de Falcón Tella. Nuevamente se concluye que Thoreau y Ghandi
no pueden ser considerados "genuinos desobedientes civiles"[12]
y el movimiento de la insumisión resulta ajeno al estudio.
Por su parte, Ugartemendia llega a una conclusión mucho más
sensata a nuestro parecer, al excluir la posibilidad de consenso en torno
al concepto de desobediencia civil[13]. Al mismo tiempo, la pretensión
de su estudio, que gira en torno a la posible protección jurídica
de las prácticas desobedientes, nos parece mucho más fructífera
que la de sus colegas. Por otra parte el sentido y relevancia del estudio
del autor queda más que claro al abordar el fenómeno de
la insumisión como expresión fundamental en el Estado español
de desobediencia civil.
No queríamos, sin embargo, dejar de mencionar, llegados a este
punto, una de las reflexiones que hacía del prologuista de Ugartemendia,
Guruz Jauregui, que sugiere que "(...)la posibilidad de concebir
una desobediencia civil susceptible de defensa y protección jurídica
en el Estado constitucional democrático descansa (...) en la constatación
de diferentes e incluso divergentes interpretaciones (...) de la Constitución.
(...) La desobediencia civil provocaría de esta forma, y mediante
una lectura puntualmente diferente de la Constitución, un debate
constitucional entre la interpretación oficial y otra alternativa(...)"[14].
La falta de consenso con respecto a la inminente ilegalización
de Batasuna entre juristas y entre partidos (en este último caso
particularmente en el País Vasco) dota a esta reflexión
de una actualidad inquietante, máxime si pensamos en los procesos
desarrollados en la escena política vasca y sus potencialidades.
Profundizaremos en el siguiente apartado sobre las cuestiones conceptuales
que atañen a la desobediencia civil pero queremos reiterar que
nuestro objetivo no será otro que el de construir un concepto adecuado
para el estudio de algunas expresiones actuales de intervención
social, en unos escenarios de conflicto político entre la ciudadanía
en un sentido global y los agentes (nacionales y no) de producción
jurídica, en los que la desobediencia civil se esta configurando
como una herramienta de participación democrática que definirá,
estamos convencidos de ello, buena parte de las nuevas formas de hacer
política de los movimientos sociales.
2. LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO PRÁCTICA DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS
SOCIALES. NOTAS SOBRE UN CONCEPTO DE DESOBEDIENCIA CIVIL.
2.1.Mordiendo la manzana.
"Cada persona gana su dignidad sólo cuando se rebela, cuando
desobedece, cuando desafía al poder y a la autoridad".
Franco Berardi. Come si cura il nazi.
Cómo señalábamos en la introducción, no pensamos
que nos lleve a ningún lugar interesante sumergirnos en la ardua
tarea de llevar a cabo una precisa y concreta delimitación conceptual
de la desobediencia civil. Pensamos que los autores Malem Seña
y Falcón y Tella han realizado ya un encomiable y fatigoso esfuerzo
cuyos resultados, como decíamos, no terminan de convencernos.
Sin embargo, nos parece imprescindible tratar de construir una caracterización
flexible y versátil de la desobediencia civil como forma de intervención
de algunos movimientos sociales en diferentes contextos políticos,
geográficos e históricos para poder afrontar después
el tema clave: la configuración de toda una estrategia de intervención
política y democrática global a partir de la desobediencia
civil que una parte de los movimientos contra la globalización
económica están llevando a cabo.
Creemos con vehemencia que aproximarnos a los distintos escenarios de
acción social o ciudadana nos dará claves más fructíferas
para llenar de contenido la desobediencia civil, que adentrarnos en los
pantanos de los encuentros y desencuentros doctrinales. Además,
las propias dinámicas en la construcción de discurso de
los actores sociales sobrepasan cualquier pretensión de ordenación
academicista. Sirva de ejemplo que tras las movilizaciones de Génova
contra la reunión del G8, el movimiento de desobediencia civil
italiano interpretó que se producía un salto cualitativo
en las formas de intervención política pasándose
de la fase de desobediencia civil a la fase de la desobediencia social[15].
Es una pena que los autores a los que nos referimos, incuestionables autoridades
en la materia, no hayan tenido la habilidad suficiente para crear categorías
de estudio que puedan resistir el ritmo de los procesos de movilización
e intervención social. Como ha apuntado Carlos Olmo Bedau, no es
conveniente definir la desobediencia civil en base a lo que se entiende
que debería ser[16] o como señala Juan Claudio Acinas "(...)reduciéndola
a lo que se estima tolerable(...)"[17].
En esta tarea, entendemos fundamental profundizar en el examen de categorías
como la violencia política (como muchas expresiones de la práctica
revolucionaria), la acción institucional/no institucional, la publicidad,
la cuestión de las sanciones, la visibilización de los conflictos,
el escenario de lo simbólico como espacio de enfrentamiento etc...
no tanto por el hecho de que estas categorías se puedan relacionar
con la desobediencia civil como figuras afines o de significados cercanos,
sino porque resultan sencillamente imprescindibles para analizar las practicas
políticas de infinidad de sujetos y en particular de los movimientos
sociales. De este modo, la tarea de confrontación conceptual de
la desobediencia civil tratará de revelarse como un análisis
que intentará explicar la desobediencia como un fenómeno
que en enraíza en circunstancias, fases y procesos determinados,
más como una opción de intervención política
que que como un mecanismo definible mediante un manual.
Desde el psicoanálisis social, Erich Fromm ponía en relación
las voces desobediencia y evolución proponiendo los mitos de Adán
y Eva y Prometeo para explicar el camino evolutivo del individuo hacia
su libertad. Cuando Adan y Eva muerden la manzana van a "romper sus
vínculos con la naturaleza y a transformarse en individuos".
Prometeo roba el fuego a los dioses y asume sus cadenas antes que doblegarse
ante estos[18]. Aparecen estos, como actos simbólicos de desobediencia.
A su vez la Autoridad (máxima en este caso pues se presenta como
divinidad) necesita a su vez de la simbología del castigo para
poder definirse[19].
No creemos que las elaboraciones de Fromm vayan a resultar definitivas
en la tarea de llenar de contenido la desobediencia civil, pero este autor
señala con gran lucidez uno de los elementos claves para entender
la práctica desobediente: el plano simbólico. Efectivamente,
una de las claves de la desobediencia como herramienta de intervención
es situar el conflicto político en el plano simbólico. Ante
una inferioridad objetiva frente al poder de la autoridad (no hay desobediencia
posible sin autoridad y sin poder) la desobediencia civil sirve para condicionar
el escenario de confrontación en lo simbólico y cuando menos
posibilitar ese enfrentamiento. En la misma línea entendemos que
van las palabras de Berardi con las que abríamos este capítulo
en las que se refería a la dignidad ganada con la desobediencia.
Puesto que hemos insistido en la importancia de la fenomenología
de las experiencias de desobediencia para aproximarnos a una definición,
detallaremos a continuación dos acciones concretas de desobediencia
civil llevadas a cabo hace pocos meses, que esperamos sirvan para ilustrar
desde ahora el iter expositivo de este apartado.
Antes de ello queremos, sin embargo, proponer una primera definición
como punto de referencia para continuar la exposición, a partir
de cuatro líneas fundamentales.
En primer lugar la desobediencia civil se presentaría como un acto
o conjunto de actos interrelacionados que representarían la violación
de una norma jurídica o de una prohibición u orden de la
autoridad con pretensiones de legitimidad ante la sociedad[20].
En segundo lugar, la desobediencia civil se enmarca en un contexto normativo
flexible no necesariamente democrático (resultaría además
bastante complicado definir un contexto democrático, en especial
en estos momentos), esto es, que contiene espacios abiertos a formas de
confrontación con el poder, fuera de la legalidad, distintas (y
obviamente más "suaves") de la violencia política.
En tercer lugar, el objetivo fundamental de la desobediencia civil se
centra en construir un escenario de conflicto simbólico que permita
que el enfrentamiento se produzca. El objetivo no pasa necesariamente
por una victoria, tal como la derogación de una ley, su modificación,
o un cambio en un programa de gobierno, como señalan Rawls o Bedau[21]
sino que puede pretender únicamente a visibilización pública
de ese conflicto mediante el enfrentamiento. La propia construcción
de un "teatro" para llevar a cabo un enfrentamiento y hacer
visible un conflicto excluye cualquier manifestación de violencia
política (que corresponde a otros escenarios políticos como
el militar que puede expresarse como guerra entre estados, insurgencia
guerrillera, terrorismo etc..) independientemente de las diferentes consecuencias
físicas o materiales que el enfrentamiento pueda tener sobre desobedientes,
cosas, agentes represores o el propio publico.
En cuarto lugar, la desobediencia civil, expresada como práctica
de movimiento, es una estrategia de intervención política
que no responde necesariamente a un agotamiento previo de recursos. Como
indica A.H. Colombo "(...) recurrir a la desobediencia civil no requiere
necesariamente agotar "todas" las instancias y mecanismos legales
establecidos, ya que los disidentes pueden demostrar argumentativamente
su inoperancia para la formulación de los reclamos, o exhibir cómo
las formas pervierten los contenidos. No es necesario que organicen primero
un partido político e intervengan en las próximas elecciones
para demostrar que el código electoral y el estatuto de los partidos
son tramposos(...)"[22]. Por contra, a nuestro entender, debe responder
a análisis (y es aquí, en el plano del diseño político
colectivo de la desobediencia como estrategia, donde ha de expresarse
su carácter organizado) sobre la eficacia y virtud de diferentes
formas de intervención, que concluyen en la decisión de
su uso y práctica ante determinas y potencialmente diversas circunstancias.
2.2. Siamo tutti clandestini. Bolonia, Italia, 25 de enero de 2002.
La mañana del 25 de enero de 2002, unas decenas de militantes del
movimiento italiano I disobbedienti se concentran frente al Centro de
permanencia temporal y atención para inmigrantes sin papeles (todavía
sin "inquilinos") situado en la Via Mattei de la ciudad italiana
de Bolonia, región Emilia-Romagna. Preparan una acción de
desobediencia civil para llamar la atención sobre las condiciones
en las que se mantiene a los inmigrantes ilegales en estos centros . Frente
a ellos, vigilando el Centro, unas decenas de policías antidisturbios
presuntamente alertados de la acción de protesta. Los desobedientes
avanzan hacia la entrada de lo que consideran una prisión para
personas que no han cometido ningún delito, con la intención
de penetrar en el centro. La policía trata de impedirles la entrada
pero tras empujones y algunos golpes (la policía hace uso de sus
defensas reglamentarias) el grupo de activistas penetra en el centro sellando
las entradas con cadenas e impidiendo así la entrada policial.
Han entrado provistos de diversas herramientas y proceden a desmontar
todas las instalaciones del centro (celdas, puertas, instalación
eléctrica, ventanas, rejas). Fuera, un grupo de personas manifiesta
su apoyo a la acción. Entre los asistentes a la concentración
de apoyo se encuentran cargos públicos (concejales y diputados)
de los partidos Verde y Rifondazione Comunista. También hay periodistas.
Tras desmontar la totalidad del Centro se llega al acuerdo, en el que
median los cargos públicos presentes, de que los manifestantes
abandonarán el centro si no se producen detenciones. Cuando comienzan
a abandonar el Centro, la policía incumple el acuerdo y trata de
detener a algunos activistas. Estos permanecen en grupo resistiendo la
carga policial sin que se produzcan detenidos. Posteriormente y a partir
de las filmaciones de vídeo tomadas por la policía algunos
miembros de I disobbedienti han sido denunciados y se encuentran pendientes
de un proceso penal. Son acusados de diversos delitos[23].
2.3. Can Masdeu resiste. Barcelona, mayo 2002.
Barcelona, 2 de mayo de 2002. El juez el titular del juzgado de Instrucción
número 4 de Barcelona, Josep Maria Miquel había ordenado
tres días antes el desalojo del Centro social Can Masdeu, inmueble
propiedad de un fundación y del ayuntamiento de Barcelona, abandonado
durante varios años, ocupado por un grupo de jóvenes que
lo habían convertido en un espacio donde se realizaban actividades
socioculturales. Varias dotaciones de policía nacional antidisturbios
se desplaza al lugar para hacer efectiva la orden de desalojo. Se encuentran
con 11 jóvenes que se han colgado de diferentes formas en la fachada
del edificio. La policía intenta en vano descolgarles y comprueba
la imposibilidad de hacerlo sin poner en riesgo su integridad física.
Los bomberos se niegan a intervenir. Grupos de jóvenes se concentran
en las inmediaciones del edificio para apoyar la acción y protestar
contra el desalojo. Estos intentan en repetidas ocasiones acercarse a
los activistas colgados para facilitarles agua y alimentos. La policía
se lo impide. Se producen varias cargas con el resultado de varios heridos.
Tras varias horas algunos de los jóvenes no se encuentran en situación
física de mantenerse colgados y abandonan la acción. Otros
tantos resisten. Durante la noche, la policía ilumina con focos
y linternas a los activistas colgados para evitar que puedan dormir. Tras
tres días, 6 jóvenes se mantienen colgados. No han recibido
agua ni alimentos. Tras conocer un informe médico en el que se
alerta del peligro para la integridad física de los jóvenes
si la situación se prolonga, el juez suspende el desalojo[24].
2.4. Sobre la presunta lealtad constitucional de la desobediencia civil.
Mucho hemos leído sobre las supuestas virtudes constitucionales
de la desobediencia civil . Algunos autores llegan a situarla incluso
como última garantía de la legitimidad del Estado democrático.
Enseguida iremos con ello, pero antes de nada queremos hacer notar dos
sensatas reflexiones de Ariel Hector Colombo a propósito de Habermas.
Señala Colombo que "(...)su implícita sugerencia -se
refiere a Habermas- relativa a que la desobediencia civil para ser legítima
debe aceptar el modelo liberal de democracia anula de antemano sus potenciales
políticos, y olvida que en el pasado ese modelo fue instaurado
progresivamente gracias a las barricadas, huelgas y movimientos populares
reprimidos por los ordenamientos legales, o sea, con herramientas de raíz
claramente revolucionaria(...)"[25].
Por otra parte, con la misma astucia, refiriéndose esta vez tanto
a Rawls como a Habermas, señala que ambos autores coinciden "(...)en
que el Estado no debe tratar a los disidentes -se refiere a los desobedientes
civiles- como delincuentes comunes sino como ciudadanos a los que debe
reconocerse su compromiso democrático, aunque (cínicamente)
ambos autores creen que deben mantenerse las penalizaciones para evitar
que ese tipo de acción tienda a la normalización(...)"[26].
Autores como María Velasco llegan incluso a definir la desobediencia
civil como "(...)aquellas formas de insumisión al Derecho
motivadas por consideraciones políticas o morales que, no obstante
ilícitas, guardan una mínima lealtad constitucional, es
decir, aceptan el sistema de legitimidad democrático como el más
correcto para la adopción de las decisiones colectivas(...)"[27].
Juan Ignacio Ugartemendia por su parte señala en un artículo
escrito en 1998 que "(...) una desobediencia (infracción jurídica)
realizada dentro del marco constitucional democrático podrá
ser entendida bien como civil (o constitucional o intraordinamental) o
bien como no civil (uncivil disobedience o contraconstitucional o extraordinamental)
según se realice respetando o no la obligación política,
que en el citado marco jurídico-político viene fundamentada
y justificada en la Constitución Democrática(...)".
Ugartemendia no solo vuelve a atribuir la lealtad constitucional a la
desobediencia civil sino que construye una categoría del todo novedosa;
la desobediencia "incivil", "(...)aquélla que rechaza
o pretende subvertir el orden constitucional establecido, por ejemplo,
a través del terrorismo, la revolución, el golpe de estado,
etc..(...)"[28] todo ello para indicarnos cual de los dos tipos de
desobediencia puede ser merecedora de protección jurídica.
A partir de aquí nos plantea dos posibles vías de protección
jurídica de la desobediencia civil, bien mediante las normas constitucionales,
bien mediante las normas de derechos fundamentales[29]. Ya hemos citado
al inicio de este trabajo la tesis doctoral de este autor dedicada fundamentalmente
a esta cuestión.
Si bien hemos reconocido la prudencia de Ugartemendia a la hora de admitir
la imposibilidad de consenso en torno a un concepto unívoco de
desobediencia civil, entendemos que su teoría sobre la posible
protección jurídica de esta, que explícitamente separa
dos posibles expresiones, la desobediencia civil y la "incivil",
resulta más que aventurada. Si partimos de los ejemplos de acciones
que hemos propuesto, hemos de concluir -salvo que llevemos a cabo un ejercicio
esquizofrénico de interpretación constitucional- que ambos
quedarían fuera de la desobediencia civil para este autor. Incluso
podríamos afirmar que, si bien es obvio que estas dos acciones
no pretendían subvertir el orden constitucional, el rechazo a la
Constitución (perfectamente constitucional por otra parte) esta
latente en ambas (en el caso italiano es afirmable que no va contra la
Constitución, por muy rechazable que sea, la construcción
de centros de reclusión para inmigrantes ilegales, y la norma fundamental
del 78 estaablece el derecho a la propiedad privada por encima en este
caso de los derechos que pudieran alegar los ocupantes, por mucho que
este condicionado, en teoría, a finalidades sociales). Sin embargo,
situar estas dos acciones en un elenco junto al terrorismo o el golpe
de estado resultaría sencillamente delirante.
Nos da la impresión de que las concepciones de este autor no son
de mucha utilidad para estudiar las experiencias de desobediencia en el
Estado español y en Europa. Como ha señalado con gran lucidez
Carlos Olmo Bou a propósito del tema "(...)Esa tajante división
entre uno y otro ámbito impide a veces percatarse de toda una serie
de ideas, de deseos, de intuiciones, de valores e incluso actitudes,...
que forman parte de la identidad de estos arrecifes asociativos, que pueden
considerarse 'revolucionarios' y que alimentan una transgresión
de la ley, esta sí, parcial (...)"[30]. Intuimos que estas
concepciones estrechas tan solo permitirían la aproximación
a casos como los referidos por el propio Ugartemendia "(...) como
la desobediencia civil por parte de diversos políticos para protestar
contra la regulación de la parejas de hecho, o contra la Ley del
Catalán, etc.(...)[31] o lo que pueda representar la desobediencia
civil de los rectores contra la Ley Orgánica de Universidades anunciada
recientemente por Gregorio Peces-Barba. Como decimos, la construcción
conceptual se nos antoja demasiado estrecha.
No se nos escapa que estas tesis se asientan en las elaboraciones de autores
como Rawls, Dworkin o Habermas.
Rawls que, según Colombo, concibe la democracia como un caso de
justicia procesal imperfecta[32], entiende que cuando se producen leyes
injustas (por parte de la mayoría) que sobrepasan ciertos límites,
a saber, la libertad del conjunto de la sociedad y la igualdad (salvo
desigualdades "positivas" que favorezcan a los materialmente
más débiles) es cuando se dan las condiciones para que la
desobediencia civil pueda jugar un papel "corrector"[33].
Caminando un poco más allá, Dworkin interpreta la desobediencia
civil como instrumento de cambio constitucional con la virtualidad de
actuar como test de validez constitucional de las leyes[34].
Por su parte, Habermas llega a situar la desobediencia civil como expresión
de madurez democrática, incluso como elemento legitimador en última
instancia del sistema democrático. En la teoría habermasiana
del "dinamismo constitucional" la desobediencia civil jugaría
un papel fundamental[35]. Pero a pesar de este antihobbesianismo habermasiano,
tampoco puede exceder la desobediencia civil los límites constitucionales
y, como ha apuntado Colombo, Habermas excluye "(...)las acciones
de reparto(...)"[36], esto es, las que cuestionarían en mayor
o menor medida el sistema económico.
Como ya hemos señalado, entendemos que desde el momento en que
la "lealtad constitucional" se plantea como requisito de validez
de la desobediencia civil, cualquier intento de aproximación a
las prácticas de los movimientos sociales queda mutilada.
Bien es cierto que, en ocasiones, podrá encontrarse en los textos
fundamentales justificaciones a determinadas acciones de desobediencia
civil a pesar de que puedan tener estas, o los grupos que las llevan a
cabo, una vocación política de rechazo a la Constitución.
A esto no son ajenos los movimientos sociales -como cualquier otro agente
político- a la hora de diseñar sus estrategias (los ejemplos
de acciones propuestos, en determinadas circunstancias, podrían
servir para expresar esta "ambivalencia"). En este sentido,
Olmo Bau señala que "(...)en cualquier caso el matiz que interesa
destacar aquí es que la lealtad de estas transgresiones no lo es
hacia la Constitución, sino hacia unos principios (morales), hacia
unos derechos, que sí, pueden inspirar o estar recogidos en la
propia Constitución (...)"[37].
Nos da la impresión de que las posturas que requieren este compromiso
constitucional a la desobediencia civil para definirla como tal, no hacen
sino tratar de reconducir la gran simpatía social hacia determinadas
expresiones del fenómeno o en todo caso manifiestan un compromiso
-ahora si- con los principios de la democracia liberal, de escasa utilidad
a la hora de afrontar el fenómeno en sus expresiones más
relevantes que de hecho son las que habrán podido crear un interés
doctrinal[38].
Concluimos este apartado recordando la astucia con la que Colombo denunciaba
el "cinismo" de Habermas y Dworkin que, en última instancia,
reconocían la necesidad de la sanción para la desobediencia
civil a pesar de su presunta lealtad constitucional. Que la desobediencia
política irá acompañada de sanción en la mayor
parte de los casos se revela prácticamente como una cuestión
de sentido común, que cualquier iniciado en el Derecho podrá
percibir. Pero pretender dotarla de lealtad constitucional, atribuirle
un papel legitimador del conjunto del sistema o incluso, como en el caso
de Ugartemendia, construirle una protección jurídica que
la blindaría solo en caso de que demostrara esa lealtad constitucional,
cuando resulta obvia la necesidad de la penalización (sería
sencillamente absurdo que el ordenamiento jurídico normalizara
la práctica de le desobediencia y en ese sentido dejaría
de ser tal desobediencia) no escapa del cinismo apuntado. Es cierto que
determinadas prácticas desobedientes podrán obtener protección
jurídica o simplemente ser declaradas como no constitutivas de
delito o ilícito alguno (es ese sentido hay muchas sentencias judiciales
interesantes a propósito de los insumisos), pero no creemos que
ello sea posible solo desde la vía de la lealtad constitucional
y el compromiso con la democracia liberal.
Pretender construir un modelo de "desobediencia civil institucionalizada"
no deja de ser un intento de "nadar y guardar la ropa" de escasa
utilidad, insistimos, para la investigación jurídica y social.
2.5. Desobediencia civil y democracia liberal
Ha quedado ya señalada la supuesta "lealtad constitucional"
de la desobediencia civil como un territorio común entre buena
parte de la doctrina. Algo parecido sucede a la hora de entender que la
desobediencia civil alcanza su máxima expresión en los sistemas
demoliberales. Con todo, hemos encontrado curiosas excepciones ofrecidas,
como no podía ser de otro modo, por la bibliografía mexicana.
Así Humberto Schettino, doctor en filosofía, nos señala
que "(...)la mayoría de los teóricos de la desobediencia
civil coinciden en que ésta es aceptable bajo la existencia de
un Estado y/o régimen de gobierno en el que no se respetan los
derecho individuales, no se respetan los procedimientos democráticos(...)".
No sabemos a que teóricos "mayoritarios" se refiere este
autor, su artículo solo contiene una referencia bibliográfica
y esta tan solo indica una revista ("Nexos") sin mayor especificación.
Lo que creímos en principio un artículo científico,
se va convirtiendo después, ante nuestro asombro, en una filípica
contra las acciones del Consejo General de Huelga (C.G.H.) de la Universidad
Nacional Autónoma de México (U.N.A.M.) y contra el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (E.Z.L.N.) y en una defensa, casi
panfletaria, del Partido de Acción Nacional (P.A.N.) al que atribuye
un papel crucial en la historia de la desobediencia civil en México
refiriéndose a las sacrificadas huelgas de hambre de los líderes
panistas del estado de Chihuahua en los años ochenta[39].
Anécdotas a parte, la mayor parte de la doctrina -como decíamos-
entiende que la desobediencia civil se da fundamentalmente en los sistemas
de democracia liberal. Falcón y Tella señala que en teoría
el fenómeno estaría más justificado en los sistemas
autoritarios pero que en la práctica alcanza mayor viabilidad en
las democracias que en las dictaduras[40]. Alvarado Pérez señala
asimismo que este fenómeno alcanza "(...)su máxima
expresión en sociedades democráticas(...)"[41]. La
propia distinción que realizaba Ugartemendia ente desobediencia
civil e "incivil" presuponía el contexto democrático[42].
Juan Velasco, que reconoce que la intervención democrática
va más allá de lo institucional, afirma que "(...)las
sociedades democráticas aparecen como el escenario habitual en
donde se representa la desobediencia civil(...)"[43].
No insistiremos citando más ejemplos del acuerdo doctrinal, pues
entendemos que, cuantitativamente, este hecho; la predominancia de las
experiencias de desobediencia civil en contextos de democracia formal,
es cierto. Sin embargo, hay algo en la visión de estos autores
que no compartimos. Parece que habría que deducir de sus afirmaciones
que son los sistemas demoliberales los que contienen espacios que permiten
poner en práctica iniciativas de desobediencia civil, en tanto
que son democráticos, y es aquí donde disentimos. La clave,
a nuestro parecer, no esta tanto en que sean democráticos sino
en los espacios de expresión conflictual que los diferentes sistemas
configuran. Así, nos encontramos con sistemas de democracia formal
reconocidos como puedan ser muchos de los Estados latinoamericanos (sobre
cuestiones de democracia estrictamente formal recomendamos la obra de
todo un experto en la materia, José Ramón Montero) en los
que sería todo un suicido para los movimientos sociales poner en
práctica acciones de desobediencia civil, o con sistemas no reconocidos
internacionalmente como democráticos, como la Yugoslavia de Slobodan
Milosevic donde grupos como el movimiento juvenil Otpor o Mujeres de negro
pusieron en práctica iniciativas de desobediencia civil de importancia
sobresaliente en el contexto serbio e internacional[44]. No acudimos directamente
al ejemplo de la India Ghandiana pues entendemos que esta cuestión
tiene plena actualidad y, como ya sabemos, buena parte de la doctrina
excluye las expresiones de desobediencia ghandiana fuera del espacio conceptual
-académico- de la desobediencia civil. Al contrario, la desobediencia
civil en la Yugoslavia de Milosevic reúne todas las características
conceptuales de la "desobediencia académica", lealtad
constitucional incluida, a excepción del contexto "democrático"[45].
Hay que añadir que las recientes reformas legislativas en las supuestas
democracias consolidadas (sirvan de ejemplo las referidas Ley patriótica
en EEUU y la definición europea de terrorismo) ponen duras trabas
al ejercicio de la desobediencia civil. En esa dirección, como
han advertido muchos grupos contra la globalización económica,
las estrategias represivas en las cumbres de Gotemburgo (Unión
Europea, celebrada en mayo de 2001, donde hubo tres manifestantes heridos
de bala) y Génova ( reunión del G8 en la que fue muerto
por disparos del cuerpo de "Carabinieri" el joven activista
Carlo Giuliani) respondían, entre otras cosas, a un intento de
construir un escenario de conflicto que imposibilitara acciones de desobediencia
civil[46]. Luca Casarini, portavoz del movimiento italiano I disobbedienti
(los desobedientes) ha declarado a la Comisión del Parlamento italiano
que investigaba los hechos de violencia acaecidos en las manifestaciones
de Génova, a propósito de estos y de la muerte de Carlo
Giuliani, que la policía incumplió los acuerdos tomados
con las organizaciones sociales en cuanto al recorrido de las marchas
y las formas de intervención policial[47].
Lo fundamental para entender la posibilidad de poner en marcha prácticas
desobedientes se haya ciertamente en los espacios que puede permitir el
ordenamiento jurídico, pero ni estos espacios son patrimonio exclusivo
de los sistemas demoliberales, ni estos permiten siempre los escenarios
adecuados para estos tipos de confrontación.
2.6. La desobediencia civil en el escenario global: más allá
de la democracia formal.
Señalábamos en la introducción que la desobediencia
civil esta siendo configurada por los movimientos antiglobalización
como instrumento de intervención política democrática
que va más allá de las fronteras del Estado-Nación.
Lo que muchos analistas denominaron "nuevo orden mundial", en
torno al modelo de globalización económica, ha rediseñado
los escenarios de conflicto político. Como señalaba el Subcomandante
Marcos "(...)El hijo (el neoliberalismo) devora al padre (el capitalismo
nacional), y de paso destruye todas las falacias discursivas de la ideología
capitalista: en el nuevo orden mundial no hay ni democracia, ni libertad,
ni igualdad, ni fraternidad(...)"[48].
Nadie duda ya de la influencia que el discurso neozapatista ha tenido
en los nuevos movimientos que aparecieron en Seattle y se extendieron
por Europa y el Mundo. En el centro de la construcción de estrategias
por parte de los nuevos movimientos sociales aparece este escenario global
que, lógicamente, va más allá de los debilitados
modelos de democracia formal de los Estados occidentales.
Tras los atentados del 11S este proceso se ha acentuado. Como señala
Carlos Gil Cuevas en un artículo sobre la situación internacional
tras el 11 de septiembre, se han configurado tres espacios de guerra "(...)
en primer lugar, el propiamente bélico, del que los bombardeos
y la invasión de Afganistán serian el más claro exponente.
En segundo lugar, el legislativo-represivo, en el que destacan la Patriot
Act estadounidense y las medidas antiterroristas que se están desarrollando
en el seno de la UE (que, por cierto, se empezaron a discutir antes del
11S). Y por ultimo, el informativo-propagandístico; dentro de este
último llama la atención una información aparecida
en El País el 19 de febrero de 2002 cuyo titular anunciaba la creación
por parte del Pentágono de un gabinete que tendría la función
específica y explícita de intoxicar a la prensa de todo
el mundo para influir a favor de EEUU, tras lo cual, ni el periodista
que firmaba la crónica ni ningún otro ha dado a entender
que deje de considerar al Pentágono como una fuente creíble(...)"[49]..
En un contexto de estado de excepción permanente en el que las
decisiones claves son tomadas, bien directamente por la Administración
norteamericana, bien por instituciones supranacionales (F.M.I., B.M.,
O.M.C., O.T.A.N. etc.) las posibilidades de intervención democrática
de la ciudadanía han quedado más que limitadas y a esto
no son ajenos los movimientos sociales que han visto en la desobediencia
civil una herramienta de intervención política y, le pese
quien le pese, de cuestionamiento sistémico.
La vocación democrática en las acciones de desobediencia
civil es algo difícil de obviar, pero que estas van más
allá de los modelos institucionales es algo que han observado también
algunos estudiosos de la desobediencia civil. Olmo Bau destaca "(...)
una crítica de la democracia liberal propias de estos movimientos,
que en líneas generales abogan por proceso de descentralización
y comunalización de la vida política, la desinstitucionalización
y desprofesionalización de esta, la apertura de nuevos espacios
de participación ciudadana,... la profundización, en fin,
de la democracia(...)[50].
Por su parte Juan Carlos Velasco indica que "(...)Tomarse en serio
la desobediencia civil implica considerarla fundamentalmente como un legítimo
instrumento de participación ciudadana, por encima de cualquier
otro tipo de reflexión(...)"[51].
Cualquier identificación de la democracia con los sistemas de participación
electoral o incluso con el modelo político liberal resulta del
todo tendencioso y la vacía de contenido como expresión
de participación dinámica. En una situación como
la actual la soberanía popular difícilmente podrá
expresarse dentro de la legalidad y creemos que no es pertinente "dar
la vuelta a la tortilla" y tratar de entender la desobediencia civil
como última ratio del Estado democrático, como muchos autores
pretenden (algunos de ellos probablemente desde planteamientos muy críticos
con la democracia liberal). Así el propio Velasco señala
que "(...) pretendo comprender el fenómeno de la desobediencia
civil en las sociedades avanzadas como una piedra de toque de la legitimidad
del derecho democrático(...)[52]. No hay por que temer llamar a
las cosas por su nombre, la vocación antagonista no excluye, ni
muchísimo menos, la esencia democrática, al contrario, profundiza
en ella. Los intentos de gran parte de la doctrina de descafeinar el concepto
de desobediencia civil dejándolo inútil para el estudio
de sus expresiones históricas más importantes parecen una
minuciosa labor para excluir de una expresión de carga valorativa
indudablemente positiva en la sociedad, todo aquello que no sea del agrado
del legislador o sus guardianes espirituales. Pero con todo, a pesar de
que los mejores sastres y diseñadores de la academia traten de
vestir a la mona de seda, la práctica de los movimientos sociales
se burla de la teoría y en ese sentido, como estamos tratando de
demostrar, los académicos se van quedando poco a poco sin expresiones
históricas de desobediencia civil para fundamentar sus estudios.
Como apunta Olmo Bau, siempre con buen sentido de la realidad "(...)El
conocimiento de las estrategias y formas de acción de estos movimientos,
de las condiciones que influyen en ellas, de su papel en sus peculiares
procesos de formación de identidad,... sigue siendo bajo, pese
a algunos aportes significativos (Rucht, Riechmann, Fernández Buey,
...). Prestar atención, sin embargo, a los repertorios de métodos
de acción colectiva de estos movimientos, es algo fundamental para
una comprensión profunda de estas dinámicas e iniciativas(...)"[53]
y refiriéndose al movimiento de las okupaciones señala:
"(...)Antimilitarismos, feminismos, ecologismos, anticapitalismos,
comunismos, anarquismos y otros ismos (etiquetas siempre insuficientes,
cuando no inútiles) se dan cita en estos espacios en los que se
dice abiertamente que no se vive en el mejor de los mundos posibles y
que cabe construir, día a día, otra realidad. Laboratorios
en los que intuir, con suerte practicar, otras formas de entender las
relaciones interpersonales, la sexualidad, la organización, la
economía, la comunicación,... la vida cotidiana(...)"[54].
Este mismo autor pone de relieve una cuestión que se nos antoja
fundamental; la desobediencia como posible expresión de soberanía,
de poder constituyente en el sentido negriano de la expresión.
Nos refiere Olmo Bau una reflexión de una de las máximas
autoridades en el Estado español en Derecho constitucional, Pedro
de Vega, que reconoce "(...)O se considera que la Constitución
como ley suprema puede prever y organizar sus propios procesos transformadores
y de cambio, en cuyo caso el principio democrático queda convertido
en mera declaración retórica, o se estima que, para salvar
la soberanía popular, es al pueblo a quien corresponderá
siempre, como titular del poder constituyente, realizar y aprobar cualquier
modificación de la Constitución, en cuyo supuesto quien
se verá corrosivamente afectada será la idea de supremacía(...).
Sin ánimo de secuestrar el criterio de de Vega, si compartimos
con Olmo Bau que "(...)la práxis de la desobediencia sería
un acto de soberanía (fragmentada) en el momento de la finalización
de aquella, de la fijación de sus resultados. Antes esa práxis
es poder constituyente (fragmentado) en movimiento(...)"[55]. En
esa línea, Juan Carlos Velasco, desde la defensa del Estado democrático,
reconoce que "(...)El principio de la soberanía popular -sobre
el que se asienta el sistema democrático- se expresa tanto dentro
como fuera de los órganos institucionales de representación(...)"[56].
A día de hoy y la vista del auge mundial de los movimientos sociales
contra la globalización económica, cabe afirmar que la desobediencia
civil, como instrumento estratégico de intervención política,
se expresará, como ya lo viene haciendo, como un fenómeno
antisistémico y radicalmente democrático.
2.7. Sobre la cuestión de la violencia.
La mayor parte de los autores entienden la no violencia como un requisito
indispensable para poder hablar de desobediencia civil. Falcón
y Tella lo plantea desde la perspectiva en que, para los desobedientes
civiles "(...) la violencia es monopolio del Estado(...)"[57].
Malem Seña irá aun más lejos al afirmar que la desobediencia
civil implica "(...)el reconocimiento del monopolio que ejerce el
Estado sobre la violencia y la negativa a emplear la fuerza física
en el marco de las demostraciones de protesta(...)"[58]. Acinas,
más allá de consideraciones sobre los requisitos que ha
de cumplir la desobediencia civil, defiende la viabilidad de la no violencia
como estrategia de intervención a partir de algunas experiencias
históricas tanto en la India como en la Europa de la Segunda Guerra
Mundial[59]. Asimismo, Alvarado Pérez, en su elenco de requisitos
formales que habrá de cumplir la desobediencia civil, incluye que
"(...)la desobediencia civil se ejercerá siempre de manera
pacífica(...)"[60].
Que situar la violencia del lado del poder ha sido y es una de las características
definitorias de la desobediencia civil resulta obvio, pero entendemos
que el concepto de violencia ha sido objeto de perversiones tendenciosas
de las que tristemente no escapan muchos de los estudiosos del tema. Creemos
que desde el momento en que nos referimos a la desobediencia civil como
un instrumento de intervención política, procede en todo
caso usar una categoría que se refiera a la violencia política
y no una inaplicable visión de la violencia como conflicto físico
entre sujetos o entre sujetos y cosas o bienes.
Volvemos así a la cuestión de los escenarios de enfrentamiento
político. El enfrentamiento militar, expresado como guerra entre
estados, como confrontación militar civil, como el uso de la tortura
contra el adversario, como guerrilla insurgente enfrentada a un ejército
regular, como terrorismo contra o desde el Estado, o las expresiones que
anteceden o acompañan el enfrentamiento militar como pueda ser
la guerrilla urbana, calificada en tiempos como gimnasia revolucionaria
(organizada militar y políticamente y no como expresión
espontanea de descontento popular o autodefensa ante agresiones represivas[61]),
o la huelga revolucionaria, si pueden ser situadas como expresiones de
violencia política, en la medida en que es la vida humana el valor
que se pone en cuestión para resolver el enfrentamiento. En el
resto de planos de conflicto político, aunque pueda darse el enfrentamiento
físico, creemos que no cabe hablar de violencia.
En el caso de la desobediencia civil, como señalaban algunos de
los autores, no se cuestiona, a diferencia de en las expresiones militares
de intervención política, el monopolio del Estado en el
ejercicio de la fuerza, independientemente de que se planteen, como por
otra parte es lógico, fórmulas de resistencia frente a ese
ejercicio monopolístico de la fuerza, que puedan conllevar algún
tipo de menoscabo tanto para los que desobedecen como para aquellos que
tratan de impedirlo.
Pensamos además que esta diferenciación entre prácticas
que aplican o tratan de aplicar la violencia política y prácticas
que optan por otros escenarios (la desobediencia civil, la manifestación
legal, la lucha sindical, la intervención electoral y parlamentaria)
es la única que nos puede conducir a resultados mínimamente
fructíferos al analizar las experiencias de los movimientos sociales
desde el análisis jurídico o social. De otro modo, entendiendo
la violencia como la simple aplicación de fuerza física
sobre cosas o personas, nos veríamos obligados a llevar a cabo
una minuciosa interpretación de cada acción que pretendiera
ser calificada como desobediencia civil para establecer finalmente si
se cumple o no el requisito de la "no violencia". En este sentido
Olmo Bau incluye, en buena lógica a nuestro parecer, dentro de
la desobediencia política las siguientes expresiones de intervención:
"(...)Entre los casos prácticos destacan, sin duda, la objeción
de conciencia y la insumisión. Pero también la objeción
fiscal; la ocupación de inmuebles en desuso para la organización
de espacios socio-culturales y vitales; la descolegiación; la realización
de abortos públicamente; la autoinculpación colectiva de
la comisión o la inducción de delitos (aborto, suicidio
asistido); el impago del recibo del agua en el área metropolitana
de Barcelona;... o actos más puntuales como el taponamiento de
los vertidos a la Bahia de Portman, el corte de los cables de las obras
de la presa de Itoiz o el baile de las giraldillas falsas reclamando el
acercamiento de los presos vascos(...)"[62].
Con respecto a esta cuestión de la violencia resulta interesante
lo que señalan algunos de estos nuevos desobedientes. El grupo
de activistas antiglobalización madrileños l@s invisibles
señalaba a finales del 2000 "(...)es el momento de redefinir
la acción directa, la cual pensamos como modo de intervención
y comunicación social colectiva, nunca como fin en si mismo; el
momento de proyectar la desobediencia civil como forma de recuperación
de espacios a través de la acción colectiva y contundente
de mentes y cuerpos, pero quizá ahora debamos preocuparnos especialmente
en situar la violencia como contradicción de los que siempre fueron
y son los violentos(...)[63].
Que la violencia es situada por los desobedientes civiles y los movimientos
sociales en general como patrimonio exclusivo del Estado se aprecia al
observar sus denuncias sobre la violencia estructural. Desde el momento
en que un sistema de organización política y económica
-entienden- condena a millones de personas a la pobreza (por ejemplo)
difícilmente se puede situar la violencia del lado de los movimientos
sociales aunque se enfrenten a la policía.
Entendemos que, en las circunstancias actuales, para entender las dinámicas
en las que van a moverse los nuevos movimientos sociales y las formas
de expresión de los conflictos político y sistémico,
en un marco de conflictualidad bélica mundial permanente, se hace
más necesario que nunca diferenciar la violencia como instrumento
político (en estos momentos patrimonio prácticamente exclusivo
de los Estados y de algunas organizaciones dirigidas por magnates del
petróleo) de la conflictualidad social expresada incluso desde
el conflicto físico.
2.8. Criterios para distinguir la desobediencia civil de otras figuras.
Para finalizar este primer apartado en el que hemos tratado de trazar
unas líneas que sirvieran para caracterizar la desobediencia civil
como práctica dinámica de los nuevos movimientos sociales
antiglobalización, pensamos que corresponde establecer unos criterios
que no sirvan para diferenciar la desobediencia de otros modelos o prácticas
de intervención política.
Esta cuestión no ha creado dificultades solo entre los académicos
que han estudiado el fenómeno y que han elaborado exhaustivos elencos
de figuras distintivas, sino también entre los propios movimientos
sociales a la hora de definir sus propias prácticas y experiencias[64].
De entre los trabajos que se han ocupado de la distinción con otras
figuras queremos resaltar dos. En primer lugar, en la ya clásica
obra de Jorge Malem Seña "Concepto y justificación
de la desobediencia civil" se plantea la distinción de la
desobediencia civil con categorías (algunas del todo novedosas)
como la desobediencia revolucionaria, el derecho de resistencia, la mera
disidencia, la disidencia anarquista (puesto que "(...)los desobedientes
civiles, a diferencia de los anarquistas, son fieles acólitos del
sistema democrático(...)" imposibilitando así cualquier
iniciativa de desobediencia civil de inspiración anarquista), la
objeción de conciencia etc.[65].
Falcón y Tella por su parte, amplía el elenco llegando a
relacionar la desobediencia civil con el terrorismo, la huelga general
política y de hambre, las test cases, la traición, las guerras
religiosas, la guerra atómica, la desobediencia eclesiástica,
la guerrilla, el derecho de asilo etc.[66].
Ya hemos señalado en este estudio que entendemos que los requisitos
conceptuales y aspectos distintivos que estos autores construyen nos resultan
de gran estrechez para el estudio de la desobediencia civil. Al mismo
tiempo excluyen fenómenos históricos claves (experiencia
ghandiana, luchas por los derechos civiles en EEUU etc.) que han dado
buena parte de su relevancia al estudio de la desobediencia civil.
Pensamos que a lo largo de este estudio ya hemos señalado más
que implícitamente las claves para entender determinadas iniciativas
dentro de la desobediencia. Sin embargo y con ánimo de sistematizar
ofreceremos dos criterios que se nos antojan fundamentales para distinguir
la desobediencia civil de otras figuras.
En primer lugar y puesto que uno de los presupuestos (creemos que irrenunciables)
de la desobediencia es, bien la ilegalidad, bien el incumplimiento de
una orden que emana de alguna autoridad, habrá que entender fuera
del espacio de la desobediencia civil aquellas iniciativas que cumplan
los requisitos de la legalidad, a saber, manifestaciones y concentraciones
autorizadas, intervención electoral, distribución de propaganda,
ejercicio del derecho de huelga etc.
En segundo lugar y en la línea de lo que ya hemos apuntado, en
la desobediencia civil se construye un escenario de conflicto simbólico
con el poder y la autoridad. La clave de este conflicto es posibilitar
que se de ese enfrentamiento y hacerlo visible ante la sociedad. Las consecuencias
que la realización del enfrentamiento y su visibilización
pública puedan tener son tan múltiples y diversas como los
análisis y cálculos políticos de los desobedientes.
Este escenario simbólico servirá para distinguir la desobediencia
civil de la intervención política militar (violenta esta
si) y de la práctica política ilegal clandestina, provenga
bien de sujetos que combaten el poder, en cuyo caso los elementos de publicidad
y enfrentamiento estarían más difusos y encuadrados por
lo general en formas de intervención política más
complejas en las que el actor político no puede dejarse ver ni
puede, por lo general, permitirse el enfrentamiento simbólico con
el enemigo (las experiencias de lucha antifranquista en nuestro país
pueden ser ejemplo de lo que decimos), bien del propio poder (pensemos
en el uso ilegal de fondos reservados, presiones al poder judicial, pago
de favores políticos, manipulación de resultados electorales,
malos tratos a detenidos en comisaría etc.) en cuyo caso no hay
ninguna intención de enfrentamiento directo y mucho menos de visibilidad.
Se podría oponer a estos criterios que prácticamente todas
aquella iniciativas de intervención política que quedaran
fuera de la legalidad, fuera del enfrentamiento militar y fuera de la
clandestinidad, podrían quedar dentro del arco de la desobediencia.
Pensamos que cuantitativamente no son tantas estas expresiones y que,
en cualquier caso, si lo que se pretende es estudiar, desde el derecho
o desde las ciencias sociales en general, las dinámicas de intervención
de los movimientos sociales, se hace necesario un concepto flexible y
abierto que nos permita entender y seguir los ritmos de los campos de
batalla político de los tiempos presentes. Pocos autores se han
percatado de esto pero aquellos, como Olmo Bau, que han demostrado ser
buenos conocedores de los movimientos sociales, no han dudado en partir
de categorías amplias par aproximarse al estudio de los fenómenos
desobedientes.
Terminamos recordando algo que señalara con gran sentido común
Juan Claudio Acinas: "(...) el incumplimiento público de una
ley, disposición gubernamental u orden de la autoridad, por motivos
político o morales; (...) no tiene por qué ser ilegal, fiel
a los fundamentos constitucionales, no violenta y además dar la
bienvenida a su castigo(...)"[67].
3. DESOBEDIENCIA CIVIL Y MOVIMIENTO ANTIGLOBALIZAZIÓN. UNA ESTRATEGIA
QUE COMIENZA EN ITALIA.
Dentro de la heterogeneidad de los movimientos contra la globalización
económica, han aparecido a nivel mundial, a lo largo de los procesos
de contestación social inaugurados tras Seattle, diferentes subjetividades
en torno a distintas formas de intervención política, referencias
simbólicas e incluso tradiciones. De entre ellas destaca Attac
(Acción ciudadana por una tasa Tobin de ayuda a los ciudadanos)
de origen francés, ocupando un espacio de reformismo radical en
el que destaca la confluencia de diferentes expresiones de partidos de
izquierda de distintos estados que ha jugado un papel de mediación
con el poder político a diferentes niveles y con un peso destacable
en el segundo y último Foro Social Mundial de Portoalegre (Brasil).
Por otra parte, hay que mencionar a la red mundial AGP (Acción
Global de los Pueblos), mucho más heterogénea que Attac
y más nítidamente situada en el anticapitalismo político.
AGP (PGA por sus siglas en inglés) jugó un papel crucial
en Seattle y en la organización de las manifestaciones en Praga
en septiembre de 2000 contra la reunión del F.M.I. y el B.M., que
representó la primera gran intervención internacional del
movimiento antiglobalización en Europa.
Ha habido otras expresiones de gran importancia como el archiconocido
Black Bloc, como expresión del enfrentamiento callejero y la acción
directa contra el capitalismo. Sin embargo, el hecho de que fuera de los
EEUU no exista ningún tipo de articulación política
en torno a esa denominación y la criminalización e intoxicación
mediática, en especial a partir de Génova, en torno a esta
expresión política, nos impide llevar a cabo una aproximación
clara.
Con un importante papel en la red AGP pero participando también
desde un posicionamiento crítico en el último Foro Social
de Portoalegre, destacan los desobedientes italianos, un movimiento de
inspiración neozapatista, que fue capaz de configurar desde sus
experiencias nacionales y a partir de Praga una estrategia nueva dentro
del movimiento antiglobalización en torno a una reconfiguración
de la desobediencia civil/social como estrategia de intervención
antisistémica.
Creemos que ha sido y es esta una de las expresiones más llamativas
de este nuevo movimiento que ha sido capaz de impregnar buena parte de
las expresiones mundiales de los nuevos movimientos sociales y que probablemente
resulte definitiva en el proceso de reconfiguración estratégica
constante que se esta viviendo en la sociedad civil, cuyas expresiones
de conflictualidad social vienen experimentando un crecimiento sin precedentes
que se ha hecho sentir en el Estado español durante el primer semestre
del 2002 coincidiendo con la presidencia española de la U.E.[68].
3.1. Notas sobre el movimiento Tute Bianche. Los cuerpos como herramienta
para desobedecer.
Así como los desempleados franceses han asaltado la Bolsa de Valores
de París, fuimos capaces de afianzar una nueva modalidad de la
lucha político-social hablando a toda la sociedad, alargando el
conflicto, invadiendo canales de comunicación, restituyendo una
garantía a todos los excluidos de todos los colores que hoy sienten
la fragilidad de su propio porvenir.
Movimiento tute bianche.
Como ya señalamos en un trabajo anterior, la génesis del
movimiento de las tute bianche (monos blancos) no es fácil de precisar[69].
En cualquier caso tres son los elementos claves para tratar de enmarcar
el origen de este movimiento.
En primer lugar, es un movimiento que nace de varios de los centros sociales
ocupados italianos agrupados en torno al documento político "Carta
di Milano" (fundamentalmente centros sociales del norte de Italia)
que establecía una serie de formas de intervención política
que llenaba de contenido la práctica de los centros sociales participantes
en la elaboración del documento y los diferenciaba de otras formas
de hacer política de otros sectores del movimiento de la izquierda
no institucional italiana. De entre los centros sociales participantes
en el movimiento tute bianche destacan el C.S.O. Pedro de Padua, el C.S.
Rivolta de Venecia, el Leoncavallo de Milán, el Corto Circuito
de Roma o el C.S. La Talpa e l´Orologio de Imperia. Puesto que la
realidad de los centros sociales ocupados no es todo lo conocida que mereciera
ser y en particular la experiencia italiana, señalaremos que los
centros sociales en Italia proceden en gran medida de la tradición
autónoma de los años setenta, que jugó un papel crucial
en aquellos años de importantísimas movilizaciones sociales
en Italia y que fue uno de los sectores más castigados por la represión
política vivida en ese país los años ochenta[70].
El movimiento de los centros sociales ha vivido a lo largo de su historia
complejos procesos de encuentros y desencuentros. Sin embargo, tras las
movilizaciones de Génova en Julio de 2001, el movimiento de los
centros sociales ha vivido un proceso de unidad de acción histórico
(entre centros sociales del sur y norte de Italia, históricamente
escindidos en diferentes estrategias de intervención política)
en torno a la estrategia de la desobediencia civil/social.
En segundo lugar, en septiembre de 1994 se produjo el desalojo del segundo
C.S. Leoncavallo en Milán. En la manifestación de repulsa
contra este desalojo en la que participaron militantes de los centros
sociales de toda Italia, los militantes del Leoncavallo vistieron monos
blancos en respuesta a las declaraciones del alcalde de Milán,
Marco Formentini, que les había definido como fantasmas, como inexistentes.
Al mismo tiempo, en la manifestación que resultó ser multitudinaria
(más de 20.000 personas), los militantes fueron capaces de organizar
un enfrentamiento con la policía que obligó a esta a retirarse
a la carrera. Fue la primera vez que se usaron en Italia los monos blancos[71].
En tercer lugar, dos hechos históricos determinantes para el discurso
político de este grupo de centros sociales: las movilizaciones
francesas contra el paro y el levantamiento zapatista. Desde los centros
sociales se entiende que "(...)los centros sociales y las formas
sociales autorganizadas hacen referencia también a la multitud
de trabajadores "de nueva generación" (autónomos,
precarios, así llamados anómalos porque no están
subordinados, parados de forma continua o intermitente) como fuente natural
y directa de sus usuarios y militantes y como lugar privilegiado de capacidad
de acción política(...)". Asimismo entienden que "(...)la
fuerza de la rebelión zapatista es reconducible también
a su capacidad de lectura de las transformaciones en curso en la estructura
de dominio y a la necesaria transformación en los procesos de liberación.
Tal fuerza ha sido determinada sobretodo por la capacidad de los indios
de transformar , a través de su cultura y sus saberes , el código
genético de los primeros guerrilleros de la selva, que se acercaron
a ellos con los viejos dogmas de los "grupos de fuego(...)"[72].
En esa línea, plantean que el modo de producción postfordista
existen una serie de sujetos fundamentales en la producción de
riqueza pero sistemáticamente invisibilizados.
Se hacía necesario por lo tanto construir un instrumento dinámico
que proclame esta invisibilidad de los nuevos sujetos de la producción
postfordista "(...)excluidos y ocultados a la visibilidad , invisibles
en el mundo de la comunicación y de la imagen. Invisibles pero
absolutamente centrales en las nuevas formas de producción y acumulación
capitalista(...)"[73]ese instrumento serán los monos blancos
"(...)Si los pasamontañas en el sudeste mejicano son el modo
de la realidad chiapaneca para aparecer a los ojos del mundo, los monos
blancos -le tute bianche- son la adaptación de la lección
en Europa: cubrimos nuestro rostro para hacernos visibles y para poderlo
mostrar cuando tengamos asegurada nuestra supervivencia, cubrimos nuestra
figura para salir del limbo de las categorizaciones sorpasadas sobre el
sistema productivo y para defender los derechos de sujetos que no aceptan
ya más,s estar en el centro del sistema de la producción
pero a los márgenes de la percepción general y de la representación(...)"[74],
y redefinir la acción política para tratar de romper esta
invisibilidad (la desobediencia civil).
Las primeras acciones de desobediencia civil de las tute bianche giran
en torno al reddito universale di Cittadinanza (renta universal de ciudadanía),
una reivindicación que al exigir una renta mínima para cualquier
sujeto por el hecho de ser ciudadano, denunciaba precisamente cómo
se niega en las sociedades desarrolladas el carácter de ciudadano
a muchísimas personas. Las tute bianche usan de forma sonada el
transporte público gratuitamente, ocupan las empresas de transporte
público, entran de la misma forma a espectáculos (cine,
teatro) como una forma de desobediencia a las dinámicas de funcionamiento
mercantil en la sociedad, reivindicando el derecho a la cultura gratuita
para los trabajadores precarios, los parados, los inmigrantes etc.
El movimiento tute bianche no solamente fue capaz de dirigirse "(...)al
corazón de las nuevas contradicciones, sino que al mismo tiempo
están siendo capaces de analizar las potencialidades de una nueva
militancia(...)"[75]. Esta ha sido una de las aportaciones claves
de este movimiento que sirvió para anunciar los sujetos que en
los países occidentales asumirían el protagonismo de la
lucha antisistémica a partir de Seattle. Como han señalado
Negri y Hardt "(...)En la era posmoderna, a medida que la figura
del pueblo se disuelve, es el militante quien mejor expresa la vida de
la multitud: el agente de la producción biopolítica y la
resistencia contra el Imperio. Cuando hablamos del militante, no pensamos
en algo parecido al triste, ascético agente de la Tercera Internacional
cuya alma estaba profundamente permeada por la razón de Estado
soviética(...)nos referimos a alguien más parecido a los
combatientes comunistas y libertadores de las revoluciones del siglo veinte,
los intelectuales que fueron perseguidos y exiliados en el transcurso
de las luchas antifascistas, los republicanos de la Guerra Civil española
y los movimientos de resistencia europeos, y los guerreros de la libertad
de todas las guerras anticoloniales y anti-imperialistas(...)El militante
político revolucionario actual, por el contrario, debe redescubrir
la que ha sido siempre su propia forma: no la actividad representativa
sino la constituyente. Hoy la militancia es una actividad innovadora,
constructiva y positiva(...)[76].
Los monos blancos y las acciones de desobediencia civil fueron usados
también en campañas a favor de la autodeterminación
del pueblo kurdo, de apoyo a los zapatistas en Chiapas etc. Sin embargo,
es a partir del 2000 cuando las tute bianche adquieren una visibilidad
en Italia (y posteriormente en Europa y el mundo) sin precedentes, a partir
de un diseño del todo novedoso de la desobediencia civil como forma
de intervención y comunicación política.
A finales de enero de 2000 se produce en Milán una multitudinaria
manifestación por la clausura del Centro de permanencia temporal
para inmigrantes de Via Corelli. Al final de la manifestación,
unos 500 monos blancos pertrechados con cascos, protecciones de gomaespuma
en el cuerpo y las extremidades, máscaras antigás, escudos,
cámaras de ruedas de camión recubiertas con plástico,
formando cordones ordenados, proponen al conjunto de la manifestación
dirigirse directamente hasta Via Corelli para comprobar la situación
en que se encuentran los internos de lo que consideran un centro de detención
para seres humanos cuyo único delito es no tener la documentación
en regla. Lo plantean como una acción de desobediencia civil, no
van a aceptar la prohibición policial de no avanzar hacia Via Corelli.
Declaran asimismo que no van a utilizar ningún instrumento agresivo
contra la policía ni van a atacarla. Declaran que todos los materiales
que portan (escudos, cascos etc.) son estrictamente defensivos, idóneos
para resistir los golpes y las cargas de la policía. Sin embargo,
declaran que van a avanzar sobre las líneas policiales tratando
de romperlas para llegar a Via Corelli. Tras la carga de los monos blancos,
la policía se ve obligada ha retroceder varios metros y finalmente
se negocia la entrada de una delegación de los monos blancos que
acompañada de varios medios de comunicación certifica las
condiciones inhumanas en las que se encuentran los inmigrantes. El escándalo
producido en la sociedad italiana tras ver las imágenes del interior
del centro de detención obligó a las autoridades a su clausura.
Tras esta acción, esta forma de desobediencia civil se repite en
Bolonia con motivo de la reunión de la OCDE en Junio de 2000, en
la que los monos blancos avanzan hacia el palacio de congresos de la ciudad,
en Génova, con motivo de una cumbre internacional sobre productos
transgénicos, en Venecia y en otros lugares de Italia hasta Septiembre
de 2000 (reunión del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional
en Praga) donde las tute bianche adquieren visibilidad internacional y
esta nueva filosofía de la desobediencia civil comienza a extenderse
por el mundo.
Esta nueva concepción de la desobediencia no solamente aporta elementos
para construir los espacios de conflicto simbólico a partir del
uso del cuerpo como herramienta de intervención fuera de los escenarios
de la violencia política. Al mismo tiempo señala una de
las posibilidades clave para la intervención política democrática
de las multitudes. Como señalaba Federico Mariani, del grupo Ya
basta! (una organización italiana de solidaridad internacional
nacida de los centros sociales que asumió un papel crucial en el
impulso del movimiento de los monos blancos) en una entrevista tras las
movilizaciones de Praga, "(...)las nuevas condiciones la desobediencia
civil utilizando nuestros cuerpos como un arma, puede liberar fuerzas
ciudadanas que ya no responden a los viejos esquemas(...)" y añade:
"(...)Nos entrenamos para resistir a la policía. Construimos
escudos, acopiamos máscaras antigás, cámaras de llanta
para utilizarlas como barrera; y diseñamos protecciones para el
cuerpo. Utilizamos el cuerpo como arma de lucha política(...)"[77]
Las movilizaciones de Praga representaron el punto de contacto de las
tute bianche italianas con movimientos de otros países. En el bloque
de la desobediencia civil (el yellow bloc), en el marco de los bloqueos
de aquel 26 de septiembre de Praga, participaron por primera vez militantes
españoles, finlandeses e ingleses[78]. Tras aquella experiencia
los monos blancos y la nueva estrategia de desobediencia civil comenzaron
a ser experimentados por sectores del movimiento antiglobalización
del Estado español, México, Reino Unido, Finlandia e incluso
Australia[79].
3.2. Una estrategia insoportable para los Estados.
Les anunciamos oficialmente que también nosotros estamos en pié
de guerra. Estaremos en Genova y nuestro ejercito de sonadores, de pobres
y niños, de indios del mundo, de mujeres y de hombres, de gays
, lesbianas, artistas y obreros, de jóvenes y ancianos ,de blancos
,de negros, amarillos y rojos, desobedecerá a vuestras imposiciones.
Declración de guerra de las tute bianche a los poderosos del Mundo.
A pesar del crecimiento cuantitativo que las movilizaciones contra la
globalización económica vienen experimentando, de las que
pueden ser buen ejemplo las recientes manifestaciones en Madrid y Barcelona
en el marco de la presidencia española de la U.E. que han superado
con creces la capacidad movilizadora de los sindicatos españoles
mayoritarios, somos de los que pensamos que el movimiento antiglobalización
toco techo en su capacidad de cuestionamiento sistémico en las
movilizaciones de Génova de Julio de 2001 con motivo de la reunión
de los siete países más ricos del planeta y Rusia (G8).
La represión sin precedentes desatada en Génova contra los
manifestantes (que no ha tenido que repetirse al mismo nivel en España
ha pesar de la demostrada disposición del gobierno español
y la importante dimensión cuantitativa de las movilizaciones) que
se cobró la vida del joven activista Carlo Giuliani, tuvo, a nuestro
parecer, la intención de destruir la desobediencia civil como estrategia
de conflicto, imposibilitando de facto un escenario de enfrentamiento
consensuable, que hubiera evitado no solo la muerte de un joven, sino
la imagen precariamente democrática que el gobierno italiano exhibió
ante el mundo. Sin embargo, los costes políticos de un enfrentamiento
sin sangre resultaron ser demasiado altos para el gobierno italiano que
apostó por la vía de la violencia política. La rocambolesca
reaparición de las "Brigadas Rojas" en Italia asesinando
al profesor Biagi, que repetidas veces había solicitado una protección
que le había sido negada por el ministro del interior Scajola,
camina en el sentido que decimos. Como ha señalado el portavoz
de los desobedientes italianos, Luca Casarini a propósito del atentado
contra Biagi, estos "(...)Son homicidios que "estabilizan".
Sólo sirven a aquellos que quieren clausurar los grandes movimientos,
que quieren expandir la "guerra contra los civiles" que hemos
conocido en Génova así como en Nueva York y en Afganistán,
para producir una nueva soberanía, despótica, antidemocrática,
en la que las violaciones de los derechos humanos son algo normal(...)"
y añade "(...)Ha sido un homicidio para el régimen
no sólo por el uso político innoble que de él está
haciendo la Cofindustria (patronal), el gobierno, los aparatos políticos
de poder y también una izquierda que en lugar de ir hasta el fondo
de lo que estos son, continúan tapando evidencias enormes, objetivas.
Lo ha sido porque había sido anunciado por ministros, presidentes
del consejo, subsecretarios. Ha sido evocado para decir que el conflicto
social por los derechos propios, por la democracia que durante los últimos
años se ha expresado de forma radical, pacífica, desobediente,
no homicida, implica siempre y únicamente peligro. Muertos. Tragedias.
Miedo(...)"[80].
Somos conscientes de que lo que afirmamos puede resultar aventurado para
muchos, pero no era gratuita una de las afirmaciones con las que iniciábamos
este estudio. Cuando señalábamos que la desobediencia civil
podía configurarse en el nuevo contexto político internacional
como un elemento esencial de intervención política democrática
de la ciudadanía, al menos en los estados "desarrollados",
estabamos otorgando a la desobediencia una importancia casi sin precedentes
históricos. Obviamente un fenómeno de tal trascendencia
habría de enfrentarse a pruebas dramáticas. Génova
representó la primera gran derrota de la nueva desobediencia civil
y el tiempo ha señalado que también fue la primera gran
derrota del movimiento antiglobalización fuera de Italia. Tan solo
en este país el movimiento de los desobedientes ha mantenido y
aumentado su capacidad de intervención política.
Una de las claves que permitió al movimiento de las tute bianche
adquirir en Italia y en el mundo un gran protagonismo fue su versatilidad
en la gestión de la comunicación social, construyendo escenarios
de combate político en los que cada vez participaban más
sujetos y que presenciaban cada vez más espectadores.
Tres elementos se nos antojan como claves en la configuración de
esta nueva estrategia desobediente. De un lado, la elaboración
de un discurso de praxis política nuevo en un momento de anquilosamiento
en las elaboraciones de la izquierda. Ya nos hemos referido a la influencia
del pensamiento neozapatista en los nuevos movimientos sociales en Europa,
pero fueron las tute bianche las capaces de adaptar este discurso a la
acción política europea. En segundo lugar y junto a un discurso
abierto, unos niveles de organización cuya eficacia poco ha tenido
que envidiar a las disciplinadas fórmulas marxista-leninistas (no
por casualidad, durante la marcha zapatista durante los meses de febrero
y marzo en México, a las tute bianche les fueron encomendadas,
por parte de los comandantes del EZLN, labores de seguridad[81]). En tercer
lugar, la construcción de una categoría de creación
política nueva, el conflicto-consenso. Mucho se ha acusado al movimiento
tute bianche de llevar a cabo pactos con las autoridades y construir teatros
para el enfrentamientos. Nada más cerca de la realidad (y de la
virtualidad). La gestión del choque físico con la policía
implica la asunción conjunta de unas mínimas reglas del
juego (algo, por otra parte, que debiera resultar del todo normal en las
sociedades de democracia formal) en el enfrentamiento. Los desobedientes
italianos consiguieron construir espacios de enfrentamiento callejero
con mínimos costes en número de heridos entre sus filas,
ofreciendo al mismo tiempo garantías a la autoridad (abstención
de usar instrumentos agresivos como bastones o piedras, ningún
daño en el mobiliario urbano) y seguridad para los manifestantes
que no practicaran la desobediencia y para los transeúntes. La
espectacularidad de los choques era capaz de expresar en toda su crudeza
ante millares de espectadores un conflicto, ahora si real, de millones
de sujetos invisibilizados en el planeta (inmigrantes, precarios, parados,
sin papeles, excluidos etc.) con el poder simbolizado en este caso en
las fuerzas policiales. La capacidad de generar entre los desobedientes
y la sociedad cada vez mayores espacios de consenso, permitía aumentar
poco a poco las posibilidades de intervención e incluso transformación
social. Los desobedientes estaban siendo capaces de sentar las bases para
el ejercicio ciudadano de poder constituyente ante las dificultades de
los Machtpolitiker (políticos del poder) para gestionar un enfrentamiento
de tales características.
El protagonismo sin precedentes adquirido por las tute bianche en la prensa
italiana e internacional en los meses previos a la cumbre de Génova,
similar si no mayor al del Foro Social de Génova (que agrupaba
al conjunto de movimientos antiglobalización incluyendo a partidos
con representación parlamentaria y a las propias tute bianche)
estaba incluso condicionando la vida política en Italia.
La estrategia gubernamental durante los días 20 y 21 de Julio trató
de construir un escenario que se resolviera con un enfrentamiento entre
piedras y pistolas, destruyendo así la capacidad de articulación
de espacios de consenso social de los desobedientes civiles y el conjunto
del movimiento, y previniendo posibles contagios a expresiones del movimiento
internacional presentes en Génova. Después de Génova
ya nada fue igual.
3.3. Notas sobre el movimiento de los desobedientes. De la desobediencia
civil a la desobediencia social.
Antes y durante la movilizaciones de Génova, el estadio Carlini
fue el espacio de encuentro de todos aquellos activistas y grupos italianos
y extranjeros que convergían en torno a la estrategia de la desobediencia
civil.
De aquella experiencia surgió lo que se llamó "Laboratorio
Carlini", un espacio de confluencia de diferentes movimientos italianos
en torno a esta estrategia. Del Laboratorio Carlini surgió en octubre
de 2001 durante una reunión en Florencia, el "Laboratorio
de la Desobediencia Social", que "(...) fue constituido por
iniciativa de las ex Tute Bianche, de las y de los Giovani Comuniste/i
(Jóvenes Comunistas), de los Centros Sociales de la Carta de Milán,
de la Asociación "Ya Basta", de las y de los desobedientes
de la Red NoGlobal campana y de la red R.A.G.E. de Roma, sobre la base
de la experiencia del Estadio Carlini y de la desobediencia civil organizada
en las jornadas de Julio en Génova contra el G8(..)"[82].
El "laboratorio de la desobediencia social" tuvo una participación
decisiva en la manifestación contra la guerra el 10 de noviembre
en Roma y el 17 del mismo mes organizaron en toda Italia la "Primera
jornada nacional de la desobediencia social". En ciudades de toda
Italia (Milán, Turín, Venecia, Roma, Nápoles etc.)
se llevaron a cabo diferentes acciones (ocupaciones simbólicas,
teatro de calle etc.) contra la guerra en Afganistán. El objetivo
político planteado fue el de "construir conflicto creando
consenso " y "con la humanidad contra el dominio, violar leyes
injustas"[83].
Habíamos señalado anteriormente que la represión
en Génova supuso, a nuestro entender, la primera derrota de la
desobediencia civil. En esa línea, los desobedientes italianos
interpretaron que la fase de la desobediencia civil había sido
superada y era necesario construir un escenario de conflicto más
amplio en el que pudiera hablarse ya de desobediencia social. Poca bibliografía
existe sobre la desobediencia social, pero esta no ha implicado cambios
llamativos en la estrategia trazada inicialmente por las tute bianche.
La clave la encontramos en una voluntad del movimiento manifestada tras
Génova.
Si bien, en las formas de desobediencia civil previas a Génova
existía un elemento fundamental de mediación militante con
la sociedad, que jugaba un papel de espectadora en los escenarios de conflicto
construidos y gestionados por los activistas desobedientes, se entiende
que ahora los niveles de represión a los que han tenido que enfrentarse
los desobedientes (para los cuales las prácticas de desobediencia
civil no han expresado aquí toda su eficacia) requieren construir
mecanismos de desobediencia que involucren a cada vez mayores sectores
de población a pesar de que ello conlleve la renuncia -por lo menos
temporal- al choque físico.
En ese sentido, lo que diferenciaría la desobediencia civil de
la social serían precisamente los niveles de implicación
social. En el primer caso serían los activistas los que habrían
de asumir el protagonismo en la ejecución y gestión de un
conflicto ante la sociedad y en el segundo caso, se tratarían de
construir formulas de intervención de las que pudieran participar
subjetividades sociales no militantes[84].
Durante la reunión de coordinación del Laboratorio de la
Desobediencia Social desarrollada en el C.S. "Teatro Polivalente
Occupato" en Bolonia el 12 de enero de 2002 se tomó la decisión
de hacer trascender el experimento del laboratorio en todo un movimiento
de movimientos. En el documento constitutivo señalaban: "(...)La
síntesis del profundo debate entre las varias voces presentes en
Bolonia esta representada por la decisión común de transformarse
de Laboratorio en Movimiento de las y los desobedientes, al interior del
general movimiento de movimientos que continúa realizando la respuesta
a la globalización neoliberal y la oposición a la Guerra
Global Permanente, militar, económica y social(...)" y posteriormente
añaden: "(...)Ha aparecido entonces una doble necesidad: garantizar
la continuidad de la extensión de un uso social de la Desobediencia
como vía para abrir espacios al conflicto y a una socialidad alternativa
al pode, y, por otro lado, individuar trayectorias y terrenos de verificación
de la efectiva radicalidad y eficacia de las prácticas adoptadas
por los distintos sujetos en sus respectivos ámbitos(...)"[85].
Este intento de reinvención de la desobediencia parte de una premisa:
los sucesos de Génova y el escenario creado tras el 11 de septiembre
ha reconfigurado las formas e instrumentos en el ejercicio del poder.
Los desobedientes entienden que la Guerra Global Permanente es una elección
política que se encuadra en la fase actual de dominio capitalista
que conlleva nuevas formas de control y dominio social que implica asimismo
una reconfiguración de las estrategias de respuesta. Como ha señalado
Angel Luis Lara "(...)se trata de un cambio estratégico por
el cual las tácticas basadas en el ataque a los símbolos
de la globalización capitalista dejan su lugar al ejercicio de
las capacidades para difundirse horizontalmente en lo social en invertir,
desde lo cotidiano, las tramas de reproducción del sistema. Algunos
miembros de los centros sociales italianos, y del movimiento de Tute Bianche,
lo han enunciado como el paso de la desobediencia civil a la desobediencia
social, dando a entender que es necesario otorgar a la construcción
de tejido social una mayor importancia, y que las tareas fundamentales
son las que apuntan hacia la recuperación de la clásica
proposición pensar global, actuar local(...)"[86].
Nos queda poco más que esperar para saber como se desarrollará
el movimiento de los desobedientes en Italia. Lo que en cualquier caso
queda fuera de toda duda es su contextualización con la concreta
situación de los movimientos sociales en Italia.
A partir de ahora las distintas realidades en diferentes lugares del planeta
irán trazando sus propios caminos. Lo que, sin embargo, si ha quedado
señalado, es la vía de la desobediencia como posibilidad
de intervención estratégica dinámica de los movimientos
sociales. Si algo han enseñado a los movimientos sociales el conjunto
de experiencias a partir de Seattle, es la necesidad de construir escenarios
de conflicto para la intervención política que permitan
avanzar nuevos modos de intervención democrática constituyente.
Para ello la desobediencia ha mostrado ya sus virtudes en este sentido.
Como apuntábamos, el tiempo dirá.
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[1] Ignacio Ramonet, Adiós a las libertades, Le Monde Diplomatique,
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[3] Fernández Durán, Ramón. Occidente contra el Mundo
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[4] Köhler, Holm-Detlev, Bin Laden es más posmoderno que Bush.
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[5] Velasco Arroyo, Juan Carlos.Tomarse en serio la desobediencia civil.
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Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP).
Buenos Aires 2001. (www.inecip.org)., página 1 del documento.
[6] Llegándose en este caso a afirmar la existencia de fenómenos
de desobediencia civil mestiza entre la directa y la indirecta como la
destrucción de actas de reclutamiento con el fin de denunciar la
injusticia de la guerra del Vietnam. En María José Falcón
y Tella. La desobediencia civil. Madrid. Marcial Pons, 2000. p.50.
[7] De ello se percata astutamente Juan Ignacio Ugartemendia al señalar
que la opción conceptual elegida, será la que determine
la inclusión de unas u otra prácticas dentro de la insumisión
como desobediencia civil. Ugartemendia, Juan Ignacio. La desobediencia
civil en el Estado constitucional democrático. Madrid. Marcial
Pons, 1999.páginas 322 y 323.
[8] Falcón y Tella, M.J. "La desobediencia civil", op.
cit., pp. 442-446.
[9] Falcón y Tella, M.J. La desobediencia civil, op. cit., p. 454.
[10] Falcón y Tella, M.J., op. cit., p. 464.
[11] Las 5 líneas a penas dedicadas a Italia refiriéndose
únicamente al movimiento de Dnilo Dolci son casi un menosprecio,
no olvidemos que la obra esta publicada en el año 2000, a las importantes
expresiones de desobediencia civil en Italia, entre las que destaca el
movimiento de las tute bianche al que nos referiremos con posterioridad
en este trabajo.
[12] Malem Seña, J.F., "Concepto y justificación de
la desobediencia civil", Barcelona, Ariel, 1988. p 79.
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