¿EFECTO LLAMADA?
Mª Ángeles Maeso

 

No soy una experta en migraciones, bueno, no soy una experta en nada. Pero hace tiempo que desconfío de lo que me cuentan otros. Hace tiempo que tengo para mí que la realidad no es un constructo cultural hecho con las interpretaciones de los listos. Hace tiempo que hablo por lo que veo.

Y a diario veo chicos inmigrantes en mis clases y en mi barrio. Y a menudo oigo hablar del "efecto llamada" que explica la presencia del inmigrante en las calles y en las aulas. Y no me encaja.

Creo más bien que es el efecto contrario, "el efecto huida" lo que pone en movimiento a tantísimas personas, en cantidades desconocidas en la historia de los desplazamientos humanos. Y creo que las causas no hay que buscarlas en los gritos de llamada que esté dando Europa o América del Norte para acoger a los africanos, sudamericanos o asiáticos, no.

Creo que las causas se encuentran en la propia organización social interna de los países que resultan expulsoras de seres humanos y sobre todo, en las injustas políticas económicas impuestas por los FMI, BM, OMC, el G-8 y demás siglas. Tras ellas se esconden los organismos que disfrazan la voracidad del mercado hasta vaciar de recursos determinados territorios. Una vez que sus habitantes estén condenados al hambre y empujados por la miseria o por el terror a llamar en masa a otros países, oímos que determinados gobiernos nos hablan del "efecto llamada".

Este fue el caso del gobierno Aznar que en enero de 2.001 justificó la derogación de ley de extranjería vigente en ese momento (L.O 4/2.000) acusándola de provocar el "efecto llamada" y de saturar nuestro "umbral de acogida". Pero el único efecto llamada es el reclamo de las mafias para traer a desesperados, publicitando el paraíso y la aventura hacia una tierra prometida inexistente; el efecto llamada se inventa con operaciones de marketing, con ofertas tipo 3x1 que consisten en que una vez que se ha pagado por el viaje se tiene derecho a tres intentos de entrada en el país, caso de ser detenido o deportado. No hay más llamando a nadie. Si el que se puso en marcha, atraído por semejante oferta, muere en el intento, simplemente se tratará de una persona sin nombre, traficada en un barco sin bandera y enterrada en una tumba sin flores. Nadie, efectivamente, le llamó. No de otra cosa hablamos cuando nombramos el efecto llamada.

Sólo los desesperados están dispuestos a correr esos riesgos. La mayoría vienen huyendo de la muerte. Por tiros, por hambre, por pedradas... Entre los chicos y chicas que vienen a mis clases, ninguno querría estar aquí. La mayoría se entristece al recordar sus casas de Tánger y algunos se avergüenzan al describir sus actuales chabolas, en barrios de barro sin más ley que la del más fuerte, muy bien drogado y muy bien armado, por cierto. Cuando comprobé que la mayoría de estos alumnos vivían con sus madres, sin padre, comprendí que estaban malviviendo aquí no por haber respondido a ningún "efecto llamada". Que sólo la defensa de la vida y la huida de la muerte era la causa. La huida de las madres de las consecuencias del repudio explicaba su presencia entre nosotros. El "efecto salida" sería lo primero.

Si se empleó "efecto llamada" es porque tal expresión conlleva una connotación semántica de riqueza económica que beneficia a quien gobierna. Pronunciar esas dos palabras es dar de inmediato la impresión de país rico que despierta la envidia de los pobres; es, antes que nada, dejar de ser visto como pobre. Si, por el contrario, se emplea "efecto salida" esta imagen del bienestar se diluye para hacer más visible el país de origen que el país receptor.

La lengua cuenta con recursos para ocultar unas realidades y para realzar otras. De eso se encargan los eufemismos. Cualquier gobernante sabe mucho de ellos. Por eso, como decía al principio, yo no hablo de lo que oigo, sino de lo que veo.

 

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