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INVISIBLES IV: ¡QUÉ
PENA!
Mª Ángeles Maeso El príncipe muy deseado viene, levantaos ciudadanos: el pueblo dé voces de alegría y la ribera dé muestras de placer y de regocijo . La cita procede de uno de los arcos construidos para el recibimiento en Génova a Felipe II. Se trata de una inscripción de 1548 y sin embargo resulta de plena actualidad. Estamos ante una fiesta de la Monarquía y las fiestas reales, ya sean para celebrar bodas, bautizos, canonizaciones, etc. son ante todo un instrumento de propaganda política encaminado a perpetuar el estatus de quien las organiza, en este caso, de la Corona. Para cumplir ese objetivo, la fiesta debe ser un éxito y para que la fiesta sea un éxito debe cumplirse una condición: la manifestación multitudinaria, que el pueblo haga de coro a esa alegría como si fuera la suya. Por eso, como en la Génova del siglo XVI en el Madrid de 2004 piden los gobernantes que nos sumemos a la felicidad de la Familia Real; que expresemos -nos pide Gallardón- en las calles, franca y visiblemente tranquila alegría; que participemos con abierto entusiasmo en la celebración de la boda del Heredero de la Corona. Sabe muy bien el Excm. Sr. Alcalde cuán importante es dar una imagen feliz y festiva. Tal y como somos, dice el bando de marras en un alarde tal de exultación que raya en el cinismo. Para ello, para conseguir la foto de un pueblo palmero y sonriente, nos abrirán las puertas del metro como si de una barra libre se tratara y nos permitirán viajar gratis por los sótanos de la ciudad durante este fin de semana. Eso sí, se supone que gozosos, vivarachos, jubilosos, satisfechos, regocijantes... De lo contrario no habrá flash para la historia. Pero a mí, este bando me ha torcido el estoico gesto con que vengo aguantando los fastos de otros. Esto de ser apelada como ciudadana e invitada a viajar gratis por el metro me ha hecho recordar una vieja reclamación de los colectivos de parados que en este Madrid son y han sido muchos. Muchos pidiendo transporte gratuito para los desempleados. Muchos, pero no más que los jubilados, que ya gozan de ello. ¿Por qué una medida de indiscutible beneficio para el que carece de ingresos ha topado siempre con los noes administrativos? Pasar gratis por las taquillas exhibiendo la tarjeta del desempleo ¿no es acaso un estímulo para salir a buscar eso que yace tan escondido como las pepitas del oro que ahora es un buen puesto de trabajo? ¿Por qué, si al parecer, tal medida no pone en peligro ni las arcas de ningún erario, ni la paz de los horarios en los que viaja un desempleado? El motivo de la cerril negativa, al buen decir de Antonio Pérez (Diccionario del paro, Debate, 2003) es que esa medida haría visibles a los desempleados, pues el número de condenados a la carencia de ingresos, y por tanto con derecho a viajar gratis, sería considerablemente superior al que nos dan en cada recuento. Tan elevado que avergonzaría a cualquier gobernante... Hoy, tras tanta insistencia en la alegría como pide el bando de Gallardón, comprendo mucho más esa negativa para el viaje de balde y a diario de los desempleados: Condenados a dar vueltas de una entrevista a otra, rumiando humillaciones sin cuento, agarrados a promesas en las que ya no se cree ¿qué tristeza no ensuciará sus caras? Hoy nos llaman ciudadanos y nos abren las puertas del metro, para que circule libremente el mismo estallido de júbilo colectivo que se reclamaba en el XVI para un emperador. Hoy, la fiesta que protagonizan unos pocos busca, como ante una visita de Felipe II suspender el ánimo de los súbditos, asombrar, dejar pasmado al pueblo. Deslumbrar y una vez más oscurecer a los de siempre. De nosotros, de los invisibles requieren un anónimo corear y un bulto amorfo, la masa sonriente que debajo de las alfombras, muy por debajo, más o menos por donde circula el metro, haga más firme el suelo que ellos pisan. Radiante de alegría, Zapatero les ha deseado a los novios que su felicidad sea el espejo de la felicidad de todos los españoles y yo me pregunto si sabrá este hombre lo que está diciendo y si esto es o no es empezar ofendiendo: Si el anterior nos pedía optimismo porque España iba bien, éste acusa de incurrir en abominable pecado a quien no es feliz... ¡Pues qué pena! ¡Qué pena!
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