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La dignidad de Joan Comorera
La Vanguardia, 05 de Junio, 2004 GREGORIO MORAN
Joan Comorera i Solé es una figura insólita en la vida política catalana y española. Apostaría un doblón y lo ganaría a que ni figura en los libros de texto de las escuelas de nuestros nietos donde cualquier impresentable mediocridad tiene representación. Y lo entiendo, porque los libros de enseñanza, como la mayoría de los libros de historia, se hacen como los historiales clínicos de los médicos: tienen como objetivo el de preservar al paciente de antiguas epidemias. Ahora que Esquerra Republicana exige la rehabilitación jurídica de Lluís Companys, un político muy limitado que si no fuera por la dignidad con que asumió la ignominia de su asesinato legal, quedaría capitidisminuido por la incompetencia de su labor política, no vendría mal que le echaran una ojeada a Comorera, aunque sólo fuera por ampliar su cultura, sobrepasar la cultureta y admitir que en un mundo de amateurs era un profesional. Sería interesante seguir la pista de las dos personalidades catalanas más notables del siglo XX en la política española, me refiero a Francesc Cambó y Joan Comorera, tan diferentes en objetivos pero tan similares en algo insólito en el hacer político del Estado, la profesionalidad política. (El tercero sería Jordi Pujol, indiscutible en ese rasgo de la profesionalidad, que se nota más cuando falta que cuando ejerce, pero Pujol siempre marcó su territorio de un modo tal que siendo importante nunca quiso ser protagonista en la política española.) Cambó y Comorera, sí. Se sabe bastante de Cambó, pero apenas se cita a Comorera. ¿Quién hay capaz de asumir el legado de Comorera? Esquerra Republicana se mueve entre el radicalismo de boquilla que representó el tarragonés Marcelino Domingo otro hijo de Guardia Civil, al que Carod Rovira dedicó un libro editado en 1989 por Josep Bargalló, el conservadurismo de Heribert Barrera y el redentorismo de Companys, aspirante a salvador de los pueblos de España. Por su parte, la imagen del veterano PSUC está en figuras sombrías como Paco Frutos, esa pareja de impostores jubilados de López Raimundo-Teresa Pàmies, o gentes de otra galaxia, y lo digo en el mejor sentido, como Joan Saura y la mayoría de la actual Iniciativa per Catalunya, para quienes un hombre como Comorera les parecerá un paisaje al que no quieren volver. Hay muchos rasgos en Comorera que le convierten en pieza única. En la historia del movimiento comunista en España, Joan Comorera será el primer hombre con cultura y formación universitaria que llega a la dirección. Antes y después de él hubo otros, pero o eran hombres de paja o jamás alcanzaron a pasar de figurantes. Item más, Comorera es el primer profesional de la política en la historia del comunismo en España, y esto no es un demérito, al contrario, ese inclinación de tenderos a despreciar la profesionalidad como un ejercicio de baja estofa es lo que permitió a tipos como Lerroux convertirse en Barcelona en portavoces de esos enemigos de la política como profesión. (Si alguien desea formarse en este asunto le recomiendo uno de los textos más despreciables y ensalzados de Ortega y Gasset, Vieja y nueva política, texto que atacando al conde de Romanones serviría de anillo al dedo para la formación de José Antonio Primo de Rivera.) La creación del Partido Socialista Unificado de Cataluña en 1936 es una peculiaridad que responde a la vida política catalana y que no puede asimilarse a la del resto de España. Digo más, la trayectoria del PSUC durante el franquismo responde en sus mejores momentos a la personalidad y la huella de su fundación, y de Joan Comorera, su valedor, hasta el punto que no es posible referirse a la construcción de una Catalunya democrática y autónoma sin el PSUC, cosa que podría obviarse con cualquier otro elemento político de oposición. Los dos referentes de Catalunya en la lucha contra la dictadura y por la libertad son el PSUC y la abadía de Montserrat, por este orden. Y eso no hubiera sido posible sin las raíces que había dejado una figura como la de Comorera. No voy a referirme a la larga y sinuosa y contradictoria biografía de Comorera desde sus comienzos como periodista a los 18 años hasta su papel como abogado, varias veces conseller de la Generalitat. Miquel Caminal le dedicó una obra en tres volúmenes y yo he escrito sobre él un puñado de páginas en Miseria y grandeza del PCE. Quiero detenerme en el último Comorera. El hombre que da su vida por la libertad de Catalunya en un momento que muy pocos lo hacían. Convertido en chivo expiatorio del PCE-PSUC en 1948, tras una pelea interna en la que tenía todas las de perder y que ya escribí para volver a repetirlo, Comorera hace algo insólito que aún hoy exalta y emociona. En vez de retirarse a México o convertirse en exiliado de lujo, asume el máximo riesgo, el de su propia vida. Imaginemos sin demasiado esfuerzo la hazaña de este hombre. Denunciado como un traidor, como agente de los servicios de espionaje anglonorteamericanos por gentes como Carrillo, Pasionaria, Claudín y tantas figuras del PSUC oficial (López Raimundo, Serradell, Moix y Vidiella) conscientes absolutamente de la gratuidad de sus calumnias, Comorera toma una decisión que ninguno de ellos hubiera imaginado. Entrar clandestinamente en la España franquista y seguir con su actividad política frente a la dictadura, hasta que le detuvieran. Sin medios, sin dinero tiene gracia que George Simenon, el novelista belga, fuera uno de sus intermediarios económicos, igual que el gran Oskar Lange, el economista y diplomático polaco, lo fue en la política denunciado por sus antiguos compañeros, que llegaron a poner negro sobre blanco los nombres de sus contactos en Catalunya, la historia de este hombre es una odisea desde su entrada por el monte el 29 de enero de 1951 hasta su detención el 9 de junio de 1954. ¡Qué sarcasmo! Todo el mundo conoce a Gregorio López Raimundo, uno de los tipos más inanes y desdeñables de la política en Catalunya y fuera de ella, porque supuestamente dirigió el boicot a los tranvías de Catalunya en 1951, cuando ni siquiera estaba en Barcelona, y en toda su vida no hizo otra cosa que no entender nada de la peculiaridad del PSUC y así acabó la cosa como el rosario de la aurora. Cuando le detuvieron, apenas llegado a Barcelona se hizo por él una gran campaña: versos de Alberti e incluso un himno con música de Bacarisse y letra de Juan Rejano contra la pena de muerte a Gregorio López Raimundo, asunto que dejó literalmente perplejos a aquellos sangrientos verdugos que no se sorprendían de nada. ¿Por qué se hacía una campaña contra la pena de muerte si ni siquiera la pedían? Le cayeron cuatro años y se convirtió en mítico héroe de la resistencia al que Raimon, en un alarde de buena vista, fue capaz de detectar la bondad en la cara. A Joan Comorera le condenaron a 30 años, treinta, y murió en la cárcel de Burgos el 7 de mayo de 1958, a los 63 años, sin atención médica y sin alcanzar la categoría de héroe y sin que ninguno de sus cicateros colegas le rindiera el homenaje que merece. Su mujer, la modista Rosa Santacana, que decía siempre que odiaba la política tanto como amaba a su marido, no pudo ver ni el cadáver; no la dejaron. Ella murió aventada en Split, cuando aquello era Yugoslavia. ¿No hay nadie en este país que defienda la dignidad de Joan Comorera mientras se pavonean sus verdugos y sus cómplices? No pido una placa en el 248 de Consell de Cent, pido un homenaje nacional para uno de los escasos hombres dignos y coherentes de los años del cólera. Y que su memoria no se pierda.
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