¿Crisis, recesión o depresión en la economía mundial?,
Macrino Suárez

La Nueva España

 

La crisis financiera desencadenada por la caída brutal de las bolsas mundiales el pasado día 21 no sólo es la más importante de los últimos 30 años, sino que tiene una característica específica que la diferencia de las anteriores.

En efecto, aquéllas o procedían de paises emergentes (Tailandia, México, Argentina, Brasil) o fueron provocadas por hechos ajenos al sistema económico financiero (guerras de Irak y de Afganistán, burbuja tecnológica en internet).

Sin embargo, la actual tiene como origen el núcleo central del sistema económico capitalista: el sistema financiero de EE UU; aquéllas no afectaron a la economía real del sistema y fueron superadas: eso sí, con los costes sociales y humanos consiguientes soportados por las poblaciones locales.

La de ahora implica ya directa y gravemente a la economía de EE UU, que representa el 30% de la actividad económica mundial. La crisis ya apuntó en agosto de 2007, con el problema de las hipotecas basura, y no mereció la debida atención de las autoridades financieras norteamericanas. Esto, añadido a las causas estructurales bien conocidas del deterioro constante del sistema financiero norteamericano: déficits fiscal y exterior cada vez más insostenibles, no podía dejar de tener repercusiones negativas sobre la economía real.

Así empezaron a aflorar, como consecuencia de los problemas financieros, síntomas de crisis económica: desaceleración del crecimiento del PIB (menos del 1%), inflación (4,1%), caída del consumo y del ahorro, frenazo en la creación de empleo (18.000 nuevos contratos en diciembre contra 115.000 en noviembre), aumento de la burbuja crediticia, no sólo por los bajos tipos de interés, sino también por el efecto multiplicador de liquidez disponible por la proliferación de instrumentos financieros (derivados y bonos cubriendo el riesgo bancario) y crisis inmobiliaria: las ventas de viviendas cayeron en un 27% en 2007. En diciembre la recesión ya parecía clara. Pero fue precisamente el anuncio de que la Ambac Assurance, una de las aseguradoras más importantes del país, y compradora de bonos bancarios sobre las hipotecas basura, bajaba en su índice de solvencia, lo que desencadenó la hecatombe bursátil del 21 de enero. Los inversores y los mercados interpretaron esta descalificación como la posibilidad de que no pudieran las aseguradoras atender los riesgos asumidos. El peligro de un efecto dominó en el conjunto de las aseguradoras aparecía como posible.

Ante esta situación el ajuste era irremediable. Estaba en juego el paso de la economía norteamericana de un inicio de recesión a la confirmación de este proceso que llevaría a una depresión abierta con consecuencias gravísimas para el sistema económico capitalista.

Ante la crudeza de los hechos, la Reserva Federal y el Gobierno reaccionan tarde e insuficientemente inyectando liquidez con un descenso de los tipos de interés excepcional (de 75 puntos) y con ayudas fiscales a los consumidores (plan Bush). Dirigidas esencialmente a calmar a los mercados, su tardía (da la impresión que esta situación los cogió por sorpresa, lo que es poco creíble) dificulta sus posibilidades de compensación de los efectos combinados del deterioro de la economía real, del desplome del mercado inmobiliario, de la propagación de la crisis de las hipotecas basura a otras entidades financieras (aseguradoras compradoras de bonos) y de la multiplicación de otros instrumentos (principalmente los derivados) que alimenta negativamente el proceso.

Pero para la evolución de la economía mundial es mucho más decisivo disponer de un diagnóstico cierto del estado de salud del sistema financiero norteamericano que las medidas propuestas. El plan Bush no tiene credibilidad como instrumento de estímulo de la actividad económica porque además de desconocerse su asignación detallada ni tampoco su plan de aplicación, no incluye ninguna medida de mejora de los problemas estructurales de la economía norteamericana.

Sus problemas de fondo siguen sin resolver: a) necesidad urgente de una transparencia total sobre las instituciones financieras implicadas (banca y aseguradoras ) sobre la cuantía del compromiso asumido, y b) saneamiento de su economía real y de su sistema financiero. Mientras esto no se lleve a cabo, la desconfianza sobre la solvencia de la primera potencia económica del mundo seguirá minando al sistema capitalista.

¿Cómo puede afectar esta situación al resto de las economías? En pleno escenario de integración financiera global, si a finales del trimestre actual las instituciones financieras norteamericanas presentan unas cuentas claras, se superará la crisis financiera y se neutralizará por el momento la recesión. Eso sí, con el dinero público, lo que confirma una vez más que los mercados dejados a su libre albedrío son incapaces de autorregularse por sí mismos.

Sólo el relanzamiento de la economía norteamericana como consecuencia de un saneamiento drástico puede evitar la recesión. Parece evidente que la economía norteamericana padece de un exceso de gastos que no puede equilibrar con su propio ahorro y que la financiación de sus déficits (exterior y fiscal) acudiendo a los capitales exteriores será cada vez más difícil, salvo si acude a los fondos soberanos de países emergentes que coartarían su libertad de acción política. Entre estos gastos improductivos destacan los que ocasiona su esfuerzo militar que la República Imperial usa para mantener su liderazgo mundial y para abastecerse de petróleo y materias primas baratas, en la más pura tradición de la política de las cañoneras, en aras de que el objetivo de «business» es el «business» (Milton Friedman) y que las consecuencias humanas y sociales no son un problema económico.

Y si la crisis se traduce en depresión, ¿a quién afectara? Parece evidente que esta vez no afectará a los países emergentes, sino a los países europeos. En efecto, América Latina dispone de petróleo y materias primas que verán su precio aumentar; los países asiáticos y los del Golfo Pérsico que disponen de enormes fondos soberanos no serían afectados.

Otra cosa sería lo que pudiera pasar en los países europeos. La dependencia energética por un lado y la interdependencia de la economía norteamericana por el otro harían que fuesen los más perjudicados. En primer lugar aquellos en los que la burbuja inmobiliaria no ha pinchado todavía: el Reino Unido (donde las ventas de vivienda llevan ya cuatro trimestres en baja), Irlanda y España, donde todavía no se sabe si sus bancos están implicados o no en la compra de hipotecas basura y cuyo modelo de crecimiento basado en el sector inmobiliario y en el consumo interno no es fiable y viene acompañado por una inflación galopante que le hace perder competitividad y por un sistema productivo que no es sólido. Francia, donde el asunto Société Générale puede que sea sólo la punta visible del iceberg, también podría sufrir consecuencias negativas, aunque dispone de una estructura económica más sólida.

El problema clave sigue siendo la exagerada financiarización de la economía que sigue primando al sector financiero y dejando de lado a la economía real. Hoy en día los mercados bursátiles valorizan más a una empresa no por su comportamiento económico, sino por el valor que tienen sus acciones, y éste depende más de sus inversiones financieras que de su situación económica. Basta con echarle una ojeada a las cotizaciones de la Bolsa española para comprobar, por ejemplo, que ciertas empresas eléctricas con un funcionamiento que deja mucho que desear y en algunos casos catastrófico ven sus acciones subir porque empresas constructoras o inmobiliarias compran sus acciones porque desconfían de la evolución futura de su sector. Y esto con qué fin ¿construir postes eléctricos u obtener pingües superbeneficios?

En el fondo, se está volviendo al eterno problema de la economía: ¿cómo articular el binomio de las dos variables fundamentales: acumulación-repartición? Teniendo únicamente como objetivo el crecimiento constante de los superbeneficios, acompañado del deterioro del poder adquisitivo de los asalariados ( La parte de los salarios en la renta nacional de EE UU es actualmente igual a la de 1929, y en la UE ha bajado hasta el 58%). ¿No es escandaloso el crecimiento en progresión geométrica de los superbeneficios de las entidades financieras al lado del deterioro alarmante del poder adquisitivo de los salarios y de las dificultades de las pymes que se limitan a funcionar dentro de la economía real? ¿No estaremos en una fase de transición para encontrar nuevas fórmulas de vinculación entre acumulación y repartición?

¿No es de un cinismo radical seguir propugnando la desreglamentación total de los mercados financieros y pedir, no obstante, la intervención del Estado para sacarlos de las hecatombes que ellos mismos provocan, con el dinero de los contribuyentes que a finales de cuenta son siempre los que realmente soportan las consecuenciass

 

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