|
La raza del caballo de Franco
José María Delgado Gallego Comandante en jefe de una caballería que sofoca calles y plazas de España, a Franco lo apearon de su pedestal unos obreros, quizás subcontratados, en una empresa que lo fuere a su vez de otra que subcontrataba Fomento, ingenuos todos de responsabilidad alguna en el evento apenas simbólico. Con nocturnidad timorata, pretextos higiénicos: no era ocasión de provocar. La sorpresa fue doble: para los ultraliberales neocons que militan/votan PP sin apearse del caballo del Caudillo, franquistas que sin dejar de serlo se descubrieron instalados en la mas rancia tradición democrática, la que los une al Partido Republicano gobernante en las EEUU, a esta hora inspirados en el mas acendrado victimario surgido del Holocausto administrado por Wolfowitz y Sharon, reconciliados con la Santa Iglesia - alejada finalmente de taranconadas e insensateces teológicotercermundistas - al paso que transitan sobre el punte tendido por el llamado "sionismo cristiano" con los hermanos separados por la Torah y las 95 tesis de Wittenberg. La permanencia de aquél Franco ecuestre en la Plaza de san Juan de la Cruz de Madrid, alzado sobre su orondez, su agigantado enanismo y su mediocridad de sacristía y Fanta, era todo un símbolo de su victoria colectiva sobre la izquierda obrera y republicana. Victoria, sin duda, del otrora llamado "franquismo sociológico" residenciado en el aznarismo , pero no, desde luego, tanto referida a la de 1939 - que esa es historia - como de la de 1978, la que consagró en pacto constitucional su reciclaje en demócratas, con el rey que Franco puso sobre todos los españoles menos sobre Él mismo y el Ejército como garante de la unidad de España, (y no los ciudadanos en libre y constitucional pacto republicano) incluyendo la jubilación asegurada para los torturadores del Brigada Político Social y de los jueces - no todos jubilados - que se libraron de su Nuremberg. Protestaron, lo dicen los periódicos, airados sobre sus abrigos de pieles y sus carteras de documentos, Blas Piñar y sus huestes dieron el toque salpimentador. La cruz de la sorpresa fue sin duda la existencia de tantos franquistas sin complejos que tienen a Zaplana como portavoz, pues incluso en la transición que a la fecha pretenden aprehender como estrategia propia y gananciosa, se condujeron con mayor recato. "El Partido Popular se delata a sí mismo", escribe Alberto Arce en La Insignia y continúa: " Una docena de fascistas nostálgicos hacen el ridículo en público y el gobierno del Partido Socialista no se atreve a salir con orgullo, decisión y claridad a los medios de comunicación y decir que sí, que retira la última estatua de Franco que quedaba en Madrid pese a quien pese. ¿Ante quien hay que explicarse para desterrar de una vez por todas los símbolos de la dictadura? ¿Por qué no se avisó con antelación de que la estatua sería bajada del pedestal? ¿Acaso temían que miles de personas se congregasen en el lugar para recordar que la historia no se cerrará hasta que no se asuman las justas reivindicaciones de las víctimas, de los defensores de la II República? ¿Es que nuestros ministros socialistas no se atreverían a encabezar ese acto público?" Por supuesto que no, añado, el "republicanismo
cívico" versión ZP no dá para tamañas
desmesuras, les basta y sobra con algún gesto, amagar por aquello
de la memoria del abuelo republicano fusilado, la dignidad vacua sin cuestionar
el buen rollito con la Zarzuela. Pero quizás podamos esperar la
definitiva reconciliación del PP con el Monarca, que según
dicen los populares es del PSOE o al menos felipista, ahora que Felipe
González les parece un aceptable estadista, a kilómetros
del "radical" Zapatero.
|
Página
Principal
elreformador@nodo50.org