«EL SEXO NO ES UNA MERCANCÍA»
Pepe Arrastia

El interesante artículo de www.justicewomen.com “La solución de Suecia para la prostitución” y el ver que muchas simpatías y “comprensión” hacia las prostitutas, son puro machismo camuflado de progresía que en realidad lo que hacen es justificar la prostitución, me incitan a estos comentarios:

La consideración de las prostitutas como víctimas (que sin duda lo son) no puede implicar, ni mucho menos, la aceptación del mercado sexual como algo irremediable o necesario, que hay que “humanizar” legalizándolo y reglamentándolo.

Se me acaba de ocurrir un slogan (aunque no creo ser el primero) en la onda del altermundialismo : «El sexo no es una mercancía».

Por consiguiente, el adecuado tratamiento al mercado del sexo no puede ser otro que su completa y profunda erradicación.

Sabemos que, aunque recóndita, sigue existiendo la esclavitud. Y que en algunos lugares las familias siguen vendiendo a sus hijos. ¿Sería sensato proponer la reglamentación de ese mercado? Desde luego que no, porque por muy antigua y arraigada que esté esa práctica, la consideramos inhumana y criminal, y nos parece normal y racional que compradores y vendedores sean tratados como delincuentes y como tales perseguirlos para acabar definitivamente con ese “mercado”.

Sin embargo no suele verse tan claro cuando se trata del mercado del sexo. Aquí se mezclan hipocresía y atavismos. Se utilizan estúpidos tópicos como “el oficio más antiguo” o que “gracias a él las señoritas de bien han podido conservar la virginidad”, y demagógicamente se emplean argumentos favorables a emigrantes, inválidos, hombres sin posibilidad de emparejamiento o sin tener ninguna posibilidad de satisfacer sus naturales necesidades sexuales, como no sea pagándolas, y ello gracias a “los servicios” de profesionales. Considerando, pues, esta actividad como necesaria e incluso presentándola como solidaria. La falsedad de esta apreciación radica en el tratamiento de los conceptos que utiliza. Uno de ellos es el de las necesidades sexuales y otro el de la satisfacción de las mismas.

En mi adolescencia descubrí que la sociedad crea más necesidad sexual (fundamentalmente en los varones) de la biológicamente normal y al mismo tiempo reprime la libre práctica del sexo. Lo cual, como es fácil de comprender, coloca socialmente la sexualidad dentro de un patológico círculo “vicioso”, donde la neurótica bipolaridad “reprimido-represor” suele mostrarnos lo aberrante como natural y lo natural como aberrante.

Pero esto no es el resultado de un determinado tipo de sociedad, sino que somos víctimas de nuestra filogénesis, en la que hemos ido explicándonos, justificando y adaptando las pautas que arrastramos de nuestro primitivo e irracional comportamiento animal. Este evolutivo proceso de millones de años está marcado fundamentalmente por la simultaneidad de comportamientos animales meramente instintivos con los adquiridos mediante la gradual formación del pensamiento racional. En un permanente conflicto de adaptación práctica y de estructuración ideológica.

La hembra humana no dejó de experimentar los periodos de celo de la noche a la mañana, sino que gradualmente se debió de ir produciendo. En un larguísimo proceso en el que las pautas de comportamiento generadas por los estados del celo se mantendrían como hábitos de conducta, ya biológicamente innecesarios, pero irremediablemente interiorizados en una conciencia racional ya capaz de necesitar explicarse y justificar como natural dichos comportamientos. Edificando las primeras y rudimentarias estructuras ideológicas que viciadas desde el principio se mantienen hoy, muy elaboradas e igualmente viciadas. De ese pasado, de la existencia del celo en las hembras y de la ausencia del mismo en los machos se nutren muchos comportamientos y concepciones sexuales actuales.

Así, la mercantilización de las relaciones sexuales, no es algo que se ciñe a los prostíbulos y a las “profesionales”, sino que se practica “desde siempre” en las alcobas matrimoniales. Lo mismo que los bebés aprenden tan pronto a chantajear a sus progenitores con sus lloros, la hembra humana recoge desde la infancia el profundo legado cultural de nuestra peculiar y única filogénesis y de la diferencia en cuanto a la intensidad de necesidad sexual de hembras y varones, aprende que, además, de implicar unas pautas de comportamiento, es susceptible de provechosa utilización.

De alguna manera, estas neuróticas actitudes están presentes en nuestra cotidianidad. Hasta en las más elementales relaciones de género (y como reflejo imitativo también en las homosexuales) está implícita la cosificación del sexo.

Pero esto, que a mi entender ocurre, no considero que, ineluctablemente, tenga que seguir ocurriendo. El ser humano ha demostrado sobradamente, indivudual y colectivamente, ser capaz de dejar de comportarse según las pautas heredadas de su primate pasado y hacerlo conforme a las que resultan tras la criba de la razón.

Tanto el chantaje sexual como la mercantilización del sexo, es decir la prostitución, son de origen irracional y por lo mismo deberían desaparecer. Habrá que seguir luchando para que así sea.

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