Nota de Re(d)S: el presente relato se publicó originariamente en el volumen
La Papela de loco y otros relatos, José María Delgado Gallego, Portada Editorial, Sevilla 1995.

El tomate

José María Delgado Gallego



Lo siento pero tendrás que hacerlo tú. Y a lo se. Sií, ya he llamado a su casa. Que está en el hospital. No saben hasta cuando. ¿Grave?, no lo se..., no creo, no han dicho que estuviera grave. Ya he llamado a la agencia, ¡también podías haberlo hecho tu! Mañana vendrá. Sin falta me han dicho.

Me he enterado esta mañana en la panadería: la Juana, la del Colorao, si hombre, la que vive en el bloque de tu madre. Si mujer, claro que la tienes que conocer, una así chiquinina y canija, ¡esa misma! Eso, que la pobre se encajó el otro día en le hospital, ella sola, en la primera planta, donde han puesto ahora el psiquiátrico. No señora, el manicomio lo cerraron. No. Ahora atienden allí a los locos, a los drogaditos y a la gente así. Pues allí se fue, la pobre, con su bolsa de la compra, que había salido a comprar y se encajó allí sola. Callaíta, callaíta, solita la pobre con su bolsa de la compra. ¡Coño que lleva allí más de una semana y todavía no ha abierto la boca!

Precisamente esta misma mañana me asomé a la terraza porque estaba cayendo una tormenta grandísima y la ví mirando el escaparate de la tienda de ropa. Si, claro que la conocía, la habíamos tenido limpiando la escalera. A mí me daba mucha lástima, parecía así como enferma. Sí... Pues eso: que me llamó la atención verla allí debajo de la lluvia mirando los trajes de novia del escaparate. Si que es verdad, aquí llegó toda mojada, sin paraguas, la cara y todo, que por un momento me pareció que estuviera llorando. No sé, no me acuerdo si compró algo. Encarna, la de la frutería... Si que son preciosos. ¿Se ha fijado en uno de satén con manga larga y escote de pedrería? Bueno, pues uno idéntico llevaba la niña de Asunción el sábado, vamos que iba monísima, monísima. Verá usted, no es que sea una belleza, y que conste es muy buena muchacha. Yo la peino a ella y a su madre, vamos que son clientes de toda la vida. Lo que le decía, que iba guapisima, con aquel traje tan precioso.
Creo que tenía un hijo enganchao, o una hija. Yo por que me lo dijo un día mi chiquilla: "Mira mamá, esa mujer es la madre de..." ¡Ande usted ya! Que va, que va. El niño mayor si que estuvo, pero ya hace tiempo. Se curó y está la mar de bien. Trabajando. Y a otra de las niñas, la mayorcita, la tiene estudiando. Esa mujer ha pasao mucho, con el marido, siempre metío en el bar. Pero mira, ahora estaba la mar de bien, ya no bebía. Que anda malo también, el pobre. Que le vamos a hacer, la vida.

La pobre. Ahora que empezaba a levantar cabeza.

Me compró medio kilo de tomates, y me acuerdo que se llevó uno que pesaba casi seiscientos gramos, la mar de gordo. Vamos que yo se lo iba a regalar porque además me pagó en pesetillas. ¿Que quieres?, ¡qué me da muchísimo coraje de las pesetas chiquininas estas! Ahí tengo ese bote lleno, que ni las cuento. Pero vamos, que no es la única: se nota que ya estamos a final de mes y empiezan a aparecer las pesetas. Se ve que las madres le meten mano a la hucha de los niños.

Tu que vas a tomar? ¡Manolo! ¡Que nos tienes abandonadas! Venga. Yo un croissant y esta una tostada, un descafeinado con leche y una leche manchada. ¡Que guapa viene hoy la Prieto! Su trabajo debe haberle costado. ¿Que mala leche traes? ¿No? ¿Yo? ¿Mala leche yo? ¡Ella si que tiene mala leche! ¿ Sabes el número que me montó anteayer ?: me gritó. Digo. Porque me negué a hacer un trabajo de auxiliar. Y además me amenazó con dar parte a la enfermera jefe. Fíjate, el plan de la tía. Nada hija, y todo porque se armó un alboroto en la planta a causa de una loca, una esquizofrénica que, oye, ¡que saltó sobre mí la tía! Lleva ya unos días en la planta y al principio muy bien, no daba problemas, siempre con una bolsa de plástico colgada del brazo, con un tomate dentro, fíjate que manía, y a cada instante mirando dentro, no se le fuera a escapar el tomate. Otras veces se pasaba las horas mirando la bolsa con una sonrisa rara, como embelesada. Totalmente ida. Total, que a los pocos días, ya puedes imaginarte, la peste que el tomate tenía en toda la sala. Y, nada, eso, que fui a cogerle la bolsa para tirarla y la loca se me vino encima. Digo, ¡Que si me descuido me marca la cara con las uñas! Bueno, pues llegó la tía, la Prieto, y no te imaginas como se puso, la bronca que me echó: que ella era la psiquiatra de turno y que mientras ella no lo mandara, etc., etc. Pero eso no fue lo peor: tuvo la desfachatez, después de hacerme pasar tanta vergüenza, de mandarme a la cocina a traerle otro tomate a la loca. ¡Y ahí si que no! Para nada. Que le dije que nones, que no iba, que ese trabajo de la auxiliar. ¿Sabes que hizo? - después de amenazarme totalmente enfurecida, fuera de si completamente -, pues bajar ella misma a la cocina, a por el tomate para la loca. Yo me fui. Vamos, que las compañeras - Julia y Reme - me quitaron de enmedio. Me tuvieron que dar una pastilla para los nervios, del ataque de nervios que me entró, harta de llorar. Yo desde luego, no pienso hablarle en lo que me queda de vida. Pero verás, verás, dentro de dos o tres días, cuando el tomate que le trajo se pudra también. ¿Tu crees que va acordarse de cambiarlo? Para nada, me apuesto lo que quieras.

¡La tía, oye, la bronca que me echó!

31-5-92.



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