|
La Papela de loco y otros relatos, José María Delgado Gallego, Portada Editorial, Sevilla 1995. El tomate José María Delgado Gallego
Me he enterado
esta mañana en la panadería: la Juana, la del Colorao,
si hombre, la que vive en el bloque de tu madre. Si mujer, claro que la
tienes que conocer, una así chiquinina y canija, ¡esa misma!
Eso, que la pobre se encajó el otro día en le hospital,
ella sola, en la primera planta, donde han puesto ahora el psiquiátrico.
No señora, el manicomio lo cerraron. No. Ahora atienden allí
a los locos, a los drogaditos y a la gente así. Pues allí
se fue, la pobre, con su bolsa de la compra, que había salido a
comprar y se encajó allí sola. Callaíta, callaíta,
solita la pobre con su bolsa de la compra. ¡Coño que lleva
allí más de una semana y todavía no ha abierto la
boca! Me compró medio kilo de tomates, y me acuerdo que se llevó uno que pesaba casi seiscientos gramos, la mar de gordo. Vamos que yo se lo iba a regalar porque además me pagó en pesetillas. ¿Que quieres?, ¡qué me da muchísimo coraje de las pesetas chiquininas estas! Ahí tengo ese bote lleno, que ni las cuento. Pero vamos, que no es la única: se nota que ya estamos a final de mes y empiezan a aparecer las pesetas. Se ve que las madres le meten mano a la hucha de los niños. Tu que vas a
tomar? ¡Manolo! ¡Que nos tienes abandonadas! Venga. Yo un
croissant y esta una tostada, un descafeinado con leche y una leche
manchada. ¡Que guapa viene hoy la Prieto! Su trabajo debe haberle
costado. ¿Que mala leche traes? ¿No? ¿Yo? ¿Mala
leche yo? ¡Ella si que tiene mala leche! ¿ Sabes el número
que me montó anteayer ?: me gritó. Digo. Porque me negué
a hacer un trabajo de auxiliar. Y además me amenazó con
dar parte a la enfermera jefe. Fíjate, el plan de la tía.
Nada hija, y todo porque se armó un alboroto en la planta a causa
de una loca, una esquizofrénica que, oye, ¡que saltó
sobre mí la tía! Lleva ya unos días en la planta
y al principio muy bien, no daba problemas, siempre con una bolsa de plástico
colgada del brazo, con un tomate dentro, fíjate que manía,
y a cada instante mirando dentro, no se le fuera a escapar el tomate.
Otras veces se pasaba las horas mirando la bolsa con una sonrisa rara,
como embelesada. Totalmente ida. Total, que a los pocos días, ya
puedes imaginarte, la peste que el tomate tenía en toda la sala.
Y, nada, eso, que fui a cogerle la bolsa para tirarla y la loca se me
vino encima. Digo, ¡Que si me descuido me marca la cara con las
uñas! Bueno, pues llegó la tía, la Prieto, y no te
imaginas como se puso, la bronca que me echó: que ella era la psiquiatra
de turno y que mientras ella no lo mandara, etc., etc. Pero eso no fue
lo peor: tuvo la desfachatez, después de hacerme pasar tanta vergüenza,
de mandarme a la cocina a traerle otro tomate a la loca. ¡Y ahí
si que no! Para nada. Que le dije que nones, que no iba, que ese trabajo
de la auxiliar. ¿Sabes que hizo? - después de amenazarme
totalmente enfurecida, fuera de si completamente -, pues bajar ella misma
a la cocina, a por el tomate para la loca. Yo me fui. Vamos, que las compañeras
- Julia y Reme - me quitaron de enmedio. Me tuvieron que dar una pastilla
para los nervios, del ataque de nervios que me entró, harta de
llorar. Yo desde luego, no pienso hablarle en lo que me queda de vida.
Pero verás, verás, dentro de dos o tres días, cuando
el tomate que le trajo se pudra también. ¿Tu crees que va
acordarse de cambiarlo? Para nada, me apuesto lo que quieras.
|
Página
Principal
elreformador@nodo50.org