procede: Diario El Correo, 2 abril 2004: http://www.diario-elcorreo.es/vizcaya/pg040402/prensa/noticias/Articulos_OPI_VIZ/200404/02/VIZ-OPI-235.html


La necesaria reforma electoral

DANIEL REBOREDO/HISTORIADOR
Una vez celebradas las elecciones generales del 14 de marzo (después del atentado terrorista acaecido tres días antes) y en el día de constitución de las Cortes, nos encontramos en un momento óptimo para reflexionar sobre nuestro sistema electoral. La transición española a la democracia ofrece un buen ejemplo de un sistema electoral que se creó para las primeras elecciones democráticas (decreto-ley de 18 de marzo de 1977) y que, sin embargo, ha marcado de forma decisiva el sistema electoral español porque muchos de sus elementos fueron recogidos por la Constitución de 1978 (número de diputados, circunscripción electoral provincial, opción por criterios de representación proporcional, elección de cuatro senadores por cada provincia); porque se amplió su vigencia temporal (elecciones de 1979 y 1982) y, finalmente, porque el sistema electoral establecido funcionó de acuerdo con los objetivos de nuestros antiguos representantes (aceptable grado de representatividad sin excesiva fragmentación de las Cámaras, gobiernos estables, alternancia en el poder, alto grado de legitimación). La ley orgánica de 19 de junio de 1985 copió del decreto el número total de diputados, el mínimo inicial que correspondía a cada circunscripción, el método d'Hont como fórmula proporcional (menos proporcional que el sistema Saint-Lague o el de residuos máximos), las listas cerradas y bloqueadas para el Congreso y los elementos esenciales para la elección de los senadores. Las posteriores leyes orgánicas de 1991, 1992, 1994 y 1995, no han modificado el sistema electoral y las leyes electorales de las comunidades autónomas han repetido el modelo excepto algunas peculiaridades relacionadas con la circunscripción. Sólo la opción por una circunscripción nacional en las elecciones para el Parlamento europeo ha variado nuestro inmovilismo electoral.

El sistema electoral español es lamentable e injusto, ya que aglutina las peores características de todos los sistemas electorales sin que destaque alguna virtud. Su gran aportación son las listas cerradas al ser designados los candidatos por los partidos políticos. Por si fuera poco, a ello se suma -a diferencia de las listas abiertas- que los candidatos vienen perfectamente ordenados bajo criterios ajenos a los ciudadanos. El sistema español es tan nefasto que ni siquiera tiene la alta proporcionalidad de los sistemas de listas. Ofrece la peor combinación de los dos aspectos que favorecen la proporcionalidad: el método d'Hondt, que es de largo el peor, y el bajo tamaño medio de la circunscripción electoral española (5-7 diputados). Es incluso menos proporcional que algunos sistemas mayoritarios unipersonales. La lealtad total al partido es prerrequisito para aparecer y mantenerse en las listas. Votamos grandes listas de funcionarios de los partidos y vivimos en la ficción de hacerlo a quien queremos cuando la realidad prorratea la representación de unos pocos grupos de poder. El voto es siempre a la lista. Utilizado en la mayoría de los países europeos, sólo aporta un cierto grado de proporcionalidad que no margina del todo a las minorías políticas. Ya que hablamos de Europa, debemos señalar que el sistema electoral francés, aunque mejorable, es mejor que el de otros países democráticos. Ofrece circunscripciones uninominales a dos vueltas, lo que lo hace más democrático (se elige directamente a los candidatos) al quitar poder a los partidos dándoselo a los ciudadanos (EE UU y Gran Bretaña participan, en cierta medida, de algo similar) y al ser un sistema mayoritario pero que, al realizarse a dos vueltas, da peso político a partidos pequeños como el Partido Comunista, Alianza Nacional o el Partido Radical. En cualquier caso, no es la panacea ni el paradigma que buscamos.

Nuestra democracia es tan precaria que utilizar el citado término sólo se entiende en oposición a la dictadura franquista. Más de 25 años de democracia han desvirtuado esta patética excusa. Dudamos que el problema de la reforma electoral tenga solución -la propia Constitución desecha la iniciativa popular legislativa para temas constitucionales y leyes orgánicas como la Ley Electoral-, aunque no debemos cejar en el empeño. Lo sorprendente de esta situación es que la ciudadanía no perciba los males de este sistema. Pero es así. El debate no existe, la democracia como sistema político sólo nos interesa para las conversaciones de café. Sólo algún grupo, ahora felizmente organizado, y ciudadanos a título individual reflexionan sobre una cuestión que es mucho más importante de lo que se piensa.

Pero es que, además, cíclicamente, algunas lumbreras del inmovilismo más caduco proponen algo peor, el cambio a un sistema mayoritario unipersonal. Pasaríamos de un sistema malo y dudosamente democrático a otro bastante peor en el que muchos partidos minoritarios desaparecerían del espectro electoral, entre ellos los nacionalistas e Izquierda Unida, y se consolidaría definitivamente el proyecto bipartidista de la Transición. En poco tiempo el régimen evolucionaría hacia una democracia con dos partidos que escenificarían una falsa disparidad y discrepancia, vacía de contenido y de representatividad. Algo de esto vivimos en la actualidad. Que algunas de las democracias más antiguas del planeta (Gran Bretaña, EE UU, Canadá) tengan este sistema no debe taparnos los ojos, y el entendimiento, para ver que son democracias anquilosadas y poco justas, y que en su interior existen fuertes organizaciones que trabajan en pro de otras alternativas, como el denominado 'voto personal transferible', que es el más justo y avanzado de los sistemas electorales. Aglutina las características positivas del resto de sistemas electorales y sus propias virtudes: es altamente proporcional (% de votos tiende al % de escaños) y, por ello, las minorías importantes no son expulsadas del sistema; la selección de los candidatos es nominal, con nombres y apellidos, eliminando en parte el control de los partidos; las circunscripciones son 'multipersonales'; desaparece el voto malgastado y el chantaje del voto inútil; inutiliza la manipulación de los limites geográficos de las circunscripciones unipersonales; y, finalmente, es el único sistema que permite la representación de grupos, minorías sociales y ciudadanos independientes. Este sistema se utiliza en el senado australiano, en Malta, en Irlanda, en las elecciones locales y europeas de Irlanda del Norte desde 1973 y en algunos ayuntamientos importantes en EE UU. Sin ser la panacea, es el sistema electoral menos malo. Si en España lo adoptáramos cedería, en gran medida, la presión de nuestros partidos mayoritarios sobre la sociedad, sobre sus diputados y sobre los ciudadanos.

La ausencia de cultura electoral en España hace que incluso la escasa ciudadanía interesada por el tema llegue a pensar que sólo existen el actual sistema de listas y el mayoritario unipersonal. Pero estas alternativas existen. Izquierda Unida planteó incrementar la proporcionalidad aumentando el tamaño de las circunscripciones (de la provincia a la comunidad autónoma, o incluso una sola circunscripción nacional). Realmente la oferta era interesada y pobre, puesto que sólo pretendían eliminar lo que les perjudica, la baja proporcionalidad. En este punto, y abogando por el sistema del voto personal transferible, debemos recordar que la democracia no es sólo, ni siquiera principalmente, el sistema electoral. Integran su estructura la elección separada del poder ejecutivo, del legislativo y de la jefatura del Estado; los mecanismos de democracia directa (referéndum vinculantes e iniciativa popular sin restricciones); métodos auxiliares como primarias; mecanismos populares de destitución de diputados o disolución de poderes; etcétera. En fin, la utopía de la democracia pura y absoluta. Pero, recuperando la realidad, el día 14 volvimos a participar, de una u otra forma, de un sistema electoral parcial e injusto que seguiremos cuestionando hasta que sea cambiado.

 

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