¿Y nosotros, para la "Pobreza Cero", qué podemos hacer?
P. Gepé


Hay asuntos en los que lo más difícil parece ser un descenso a ras del suelo desde las elevadas cumbres. Ese es el caso, por ejemplo, del "Llamamiento a los dirigentes mundiales para que cumplan los objetivos de la 'Declaración del Milenio' (un 0,7% del PIB en la Ayuda oficial al Desarrollo del Tercer Mundo, cancelación de su Deuda Externa a los Países más empobrecidos, cambios en las Reglas internacionales del Comercio sobre difusión de tecnología y servicios públicos, implantar alguna Tasa Tobin a nivel Global, etc.)" por el que estos días se ha convocado y reunido en nuestras calles a multitudes, movilizadas tras de la invocada 'Pobreza cero'...

Los poderes políticos se persiguen, se negocian y se aprovechan para engordar unas cuentas concretas con prosaicos dineros, del aquí y del ahora, por más que el discurso busque difuminarse en un despiste de seductoras identidades -u otros apetitosos sueñuelos no menos estupefacientes- a fin de encandilarnos con su portentosa altura de miras (¡1 Globo, 2 globos, 3 globos!), en la espera de futuribles muy claros o puros pero luego siempre postergados más allá... de este -nuestro único- presente real.

Entrevistado este domingo por RNE -al editarse en formato de bolsillo su último 'Manual del Manifestante'- el conocido "ciudadano Pérez", José Antonio nos recordaba de memoria la cita con que se advierte de que 'la pobreza no es un estado natural del ser humano, sino una institución social establecida por las estructuras de poder'. Algo que ya enseña Adam Smith, filósofo cuya herencia intelectual reclaman muchos voceros del neoliberalismo que posiblemente no han leído sus obras: "Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres (...) El gobierno civil, en la medida en que es instituido en aras de la seguridad de la propiedad, es en realidad instituido para defender a los ricos frente a los pobres..." Y -terminó apostillando JAP- si esto era ya así hace más de dos siglos, ¿cómo no se habrá multiplicado ese ratio hoy, con todo lo que desde entonces han avanzado las cosas?

A la vista de ello podrían entrarnos sospechas de que quizá lo más práctico fuese recuperar alguna firme y rotunda exigencia, a los legisladores escogidos mediante el voto -con unas reivindicaciones inequívocamente cuantificadas de forma precisa- para que hayan de mojarse en un "Programa Social Mínimo, a cumplir inaplazablemente, dentro de cada Legislatura"... Y, por no perder la eficacia, empezar en todo caso desde lo más próximo, traduciendo Principios jurídicos vigentes en pago efectivo de pensiones, salarios y prestaciones: esto es, cualquier forma contante y sonante de 'ingresos -o renta básica- garantizados', incluso para quienes hoy en el Estado español no alcanzan a escapar de la pobreza (que por cierto suman, según estadísticas de la UE, más de 8,5 millones de personas).

José María Delgado ironizaba al final de un reciente artículo -'¿Quien gestionará la vergüenza del Sí español al TCUE?'- sobre las razones de nuestros vecinos galos para su posterior negativa a refrendar lo mismo: "...en nuestro sentido, los franceses se hallan anticuados: todavía hablan de Trabajo y Desempleo, aún no han descubierto el Reino de la Precariedad, aquello que no es ni lo uno ni lo otro, una suerte de limbo en el que solo existe el Presente y el teléfono móvil presto para ser localizado sin mediar urgencia yatrológica...". Y un poco de eso puede ser algo de lo que aquí nos falte más, el valor para afrontar ofensivamente la virtualidad en positivo de los impuestos (¡no sólo futuros o exteriores; sino ya y, al menos, en el actual Reino de España!) como primera palanca a nuestro alcance con potencia redistributiva -de posible civilidad- contra el darwinismo salvaje de los mercados.

Aunque acaso les parezca muy 'demodé' a cuantos charlatanes siguen vendiendo el humo de su decimonónica 'modernidad', si nos atrevemos a echar las cuentas fiscales (sin caer en esa burda trampa suicida por la que resultaría ser "de izquierdas el bajar ingresos" en la Hacienda), va a acabarse el cuento permanente de que -entre tanto alarde por los éxitos públicos y poderíos globales en nuestra sociedad- "no se ve que haya maneras de cómo costear..." algo prioritariamente necesario para sus gentes.

Sería por ende digno de plantearse no seguir dejando pasivamente sin atajar por más tiempo, lo primero, esos onerosísimos retrocesos añadidos -por el enésimo 'retoque legal' de cuya inminencia nos avisaba hace una semana el Presidente de los Inspectores Fiscales, José María Peláez- en la, ya demasiado maltrecha, salud de nuestro erario colectivo... Aunque según lo visto hasta ahora el artículo con que se alertaba sobre tan monumental estafa de guante blanco -"Amnistía fiscal para las grandes fortunas"- ha sido perfectamente ignorado por el abanico de nuestros media progresistas (desde 'El País' a 'Rebelión', por ejemplo), que tan atentos andan con las cuestiones sobre matrimonios, religión, banderas, género, sufragios, cultura, preferencias sexuales, violencia no laboral, estatutos y balances o deudas... pero entre los territorios, ¿quién sabe?; ¡a lo mejor puede enmendarse aún!

Porque lo que, desde luego, no cabrá confiar en que termine logrando ninguno de sus pretendidos ecos transnacionales son esos últimos y bienintencionados cortejos, ostensiblemente menos concurridos que otros bien recientes pero también ninguneados sin problema por las autoridades nacionales mucho más próximas: del viejo 'Domund', por lo menos, quedaban siempre los evidentes resultados de una tangible Cuestación ("cash", o en efectivo). Con esta ultimísima postmodernidad de la "Rogativa supuestamente alterglobal" sólo percibimos una asombrosa pervivencia de algunos de los rasgos tradicionalmente habituales en las vetustas de otrora -como esa asistencia de "primeras autoridades políticas (gubernamentales sobre todo), religiosas (obispos), sindicales (las cúpulas) y militares (el infalible ministro de Defensa)...- pero, esta vez, ya sin la fé de que vaya a servir para que ningún S. Precario se avenga a hacernos el milagro pedido.

 

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