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El 'no'
de los pueblos
Ignacio Sotelo
Después del triunfo del no en Francia y Holanda, nadie pensará que sea factible seguir con el proyecto, ya que probablemente tampoco se aprobaría en los países más euroescépticos, como Dinamarca, la República Checa, Irlanda o el Reino Unido. Los líderes europeos no tienen otra salida que congelar el proceso de ratificación, y elaborar a la mayor brevedad un tratado internacional en el que se recogiesen los puntos positivos del fenecido Tratado Constitucional: la ponderación del voto, los pequeños avances en los derechos del Parlamento Europeo, y la figura, tal como estaba diseñada, del ministro de Asuntos Exteriores europeo. Lo que tenía de positivo el Tratado Constitucional puede salvarse en un nuevo tratado y, una vez que la demagogia gubernamental nos ha hecho conscientes de que necesitamos una Constitución europea, habrá que ponerse a la obra, ahora sí en serio, aunque no ignoro los obstáculos que se opondrían a la apertura de un verdadero proceso constitucional. Lo más positivo de este intento de darnos gato por liebre es que han colocado en un primer plano la necesidad de una Constitución europea, en la que antes de Niza sólo pensaban unos pocos europeístas consecuentes, entre los que se encontraba Marcelino Oreja. Los Gobiernos que han planteado un referéndum indicativo en Francia y en Holanda lo han hecho porque querían aprovecharse del europeísmo profundo de sus pueblos para conseguir una revalidación política interna. Es menester encarar la crisis de legitimidad de nuestras democracias en un momento en que el capitalismo globalizado obliga a un rápido desmontaje del Estado de bienestar. El resultado hasta ahora es una distancia creciente entre la clase política, a favor del Tratado Constitucional en su mayoría, y la ciudadanía, que dice no en cuanto le dan una oportunidad. Es un dato que no debe echarse en saco roto. Lo que más me duele es que España siga siendo diferente. Nos colocamos los primeros con un referéndum que salió adelante con un voto afirmativo alto. Aunque si se hubiera tratado de un referéndum no indicativo, el Gobierno lo habría perdido por no haber alcanzado una participación del 50%. Sin debate alguno, los españoles todavía votamos tal como aconsejan los grandes partidos y los medios dominantes, y hasta tenemos el equívoco honor de ser los únicos que hemos permanecido en la OTAN con un referéndum positivo, contradiciendo a Kissinger, que se oponía a que se celebrase aquel referéndum con el argumento de que ningún pueblo entraría voluntariamente en una alianza militar. España, sí.
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