INVISIBLES VIII : LAS OCHO HORAS DE PRECARIO SANZ
María Ángeles Maeso


Le han ofrecido una suplencia: dos horas de Creación literaria en un centro municipal, situado en una lujosa zona residencial. Seguramente la mejor de la ciudad. En tiempo de elecciones, Precario ha visto por la tele a algunos miembros del Gobierno votando en ese mismo centro al que él acudirá.

El joven que le llama para ofrecerle esta oportunidad le dice que tiene delante su currículo y que le resultará fácil improvisar esas dos horas. Le pide el número del móvil por si hubiera algún cambio que comunicarle y le cita para el día siguiente en la oficina de la empresa, pidiéndole que lleve fotocopia del DNI y de la tarjeta de la Seguridad Social.
Una vez colgado el teléfono, Precario repara en que no le ha dicho cuánto va a cobrar y se siente idiota por haber dejado el cabo más importante sin atar. Busca el número de esa empresa, que se dedica a cubrir con profesionales sobradamente preparados como él, las actividades de los centros culturales que dependen del Ayuntamiento, pero no consigue hablar porque comunican constantemente. Desanimado, abandona y hace cábalas sobre ese dinero que en ningún caso será inferior a 30 euros la hora, y ya sería quedarse corto con lo fijado por el Colegio de Licenciados... De modo que se aferra a esos 60 euros para compensar el esfuerzo de acudir a casa dios y sin saber cómo.

Cuando llega a la empresa, el amable chico que por teléfono le había citado no está.

-Ha tenido que ir a un centro para hacer una sustitución, le aclara alguien; y le piden que espere hasta que pueda atenderle otro "compañero".

Permanece en pie ante la mesa de una secretaria o, mejor, "compañera" a la que supone también conductora, telefonista, experta en tiempo libre, profesora de dibujo, de matemáticas, de técnicas de estudio, de alemán, de cocina, de bolillos, de bailes de salón, de inglés, de yoga... Pues, al parecer, ahí estarán capacitados todos para salir a impartir lo que sea en el centro que haga falta, como le ha sucedió al "compañero" que habló con Precario. La torre de papeles, que casi oculta a la persona que habla por teléfono, es un rimero de currículos que, en su altura, aterra... Precario se pregunta si toda esa gente estará esperando a que él no acepte las dos horas en ese centro, donde votan los presidentes, y se siente afortunado.

Su sonrisa se cruza de pronto con la de una amiga que trabaja en esa empresa, la que le hizo el favor de entregar su currículo a la persona que organiza las actividades en los centros culturales. Los dos se sonríen con alegría:

-¿Te han llamado? ¡Qué bien, cómo me alegro!
-Bueno, sólo es una sustitución.
-Sí, sí. Pero tú coge lo que sea, que nunca se sabe.
-Sí, claro.
-Hay mucha gente sacándose un sueldo así, hoy unas horas aquí, mañana pueden ser cuatro allí... Lo importante es que te metan en su lista de disponibles. Cáeles bien, que tienen muchos de donde tirar.

Pasada media hora le recibe un "compañero", también muy sonriente, y le explica su tardanza:
-Es que tenemos una cosa que se llama "calidad"... y eso significa que cada hora de trabajo que os damos lleva su papeleo.

Le da un impreso, le pide que lo lea y que lo firme. A Precario le parece extraño que para un contrato de dos horas hayan fijado 90 días de prueba, que es lo que han rellenado. Recuerda que desea agradar y calla. Como en el apartado referido a la retribución indica según convenio, Precario le pregunta al "compañero" cuánto cobrará:

-Pues mira, la hora de sustitución la estamos pagando a 10 euros; son dos, pues en total 20, que cobrarás a partir del día 5, casi dentro de un mes. Tendrás que venir otra mañana a cobrar tu cheque, ¿de acuerdo? Voy a enseñarte en un plano dónde está el centro, ¿tienes coche?

Como Precario le explica que irá en transporte público le dice que mejor llame a información, ya que él siempre ha ido en vehículo propio.

Mientras espera el autobús para volver a casa, Precario repara en que lleva dos días con esta "oportunidad" en la cabeza, a la que ya ha dedicado más tiempo y dinero de lo que se merece, y que todavía no sabe cómo llegar al remoto punto situado en las antípodas de su barrio. Averiguarlo le llevó su tiempo. Poner los pies en él aún más.

Las señoras a las que iba dedicado el taller le recibieron con una bandeja de ahumados, algo que a Precario le sorprendió. Nada extraordinario, sin embargo, había en esos canapés, coronados con huevas de caviar, pues era la costumbre que se encargaba de cumplir cada día una alumna.

Tampoco debería haberse extrañado de que algunas de ellas vistieran lo que en su familia usan en las bodas de postín. Espaldas al aire, echarpe y tacones de aguja, para tomar apuntes y salir a la pizarra, sin que a nadie le llamara la atención... Precario se alegró de haberse tomado su tiempo esa mañana para arreglarse con lo mejor de su armario. Las dos horas transcurrieron, en efecto, sin dificultad y la amabilidad de las alumnas le siguió hasta la parada misma del autobús, para protegerlo con un paraguas de la lluvia.

Ya en el asiento, Precario siguió pensando en ellas, que recibían esos cursos por el mismo precio que quienes acuden a un centro cultural de la periferia más castigada. Ambos son municipales por igual. Al profesor temporero que los imparte también se le paga igual. Sumando tiempos de oficina, preparación y transporte, menos de dos euros por hora.
Miraba la lluvia con desgana. La radio informaba que habían detenido a un pedófilo que se ganaba la vida cuidando niños. Ofrecía sus servicios a un precio tan bajo -explicaba el locutor- que alarmó a algunos padres sobre la honestidad de su actividad. El conductor del autobús había subido el volumen y Precario oyó con nitidez que ese precio, tan nimio que resultaba sospechoso, era de tres euros.

Repasó mentalmente sus cuentas y resultó que eso era bastante más de lo que él y los dueños de los curriculos que vio en la mesa cobraban por sus servicios... Precario enrojeció de ira, pero sobre todo de vergüenza. Supuso que, si él contaba a cómo le salía su hora, también la gente sospecharía que algo sucio se escondía en su trabajo. Bajó la cabeza y deseó que amainara la lluvia. Tuvo suerte. Al bajar del autobús se había descubierto una mota negra, tal vez una hueva de caviar, en una manga. Se la sacudió lentamente. Cuando llegó a su barrio su aspecto era impecable. Precario Sanz, del tamaño de esa misma hueva negra, resultaba invisible bajo su traje.
(1 de junio de 2005)

 

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