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www.ecoportal.net/content/view/full/31611
La Ultima Andanada de Mitología Productivista Por Joaquín Valdivielso * Con la publicación de El ecologista escéptico como punta de lanza, una nueva oleada de criticismo antiecologista emerge para recordarnos que vivimos en el más sostenible y en prácticamente el mejor de los mundos posibles. Los universos ideológicos neoliberal y neoconservador no se comprenderían sin su par neoproductivista. Cuando, coincidiendo con la caída del Muro de
Berlín y la desintegración del bloque soviético,
Francis Fukuyama cantó el final de la historia, vino a rematar
una labor constante de lustros por la que los ideales neoliberales y neoconservadores
se hicieron hegemónicos. La apelación a la idea hegeliana
del "final de la historia" pretende remitir no ya al final de
las historias concretas, sino al final de la Historia en el sentido en
que esta fue elaborada por las diversas ilustraciones y el proyecto moderno
en general: un proceso lineal, aunque desigual, de mejora progresiva moral
y material, un ascenso en los valores y las instituciones por el que queda
atrás la superstición, se disuelven los mitos. Esta misma
narración, de sobra conocida, ha dedicado no pocos capítulos
a desactivar aquellas visiones que justamente ponían la presunta
historia en curso frente al espejo de sus propios mitos. Uno de ellos
es el que reza que el progreso material logrado es no sólo deseable
sino una aspiración factible para todos y para todo tiempo venidero.
La polémica Lomborg
Para cualquiera de los retos ecológicos que podamos imaginar, Lomborg proporciona una contundente refutación -el libro, ya de por sí extenso, se apoya en 3000 citas y casi dos centenares de gráficos y tablas. "Ahora disponemos de más tiempo libre, mayor seguridad y menos accidentes, más comodidades, sueldos más altos, menos hambre, más comida y una vida más larga y saludable. Esta es la fantástica historia de la humanidad, y afirmar que esta civilización 'funciona mal' es, como mínimo, inmoral" (p. 449). Este es "el estado real del mundo". Por lo tanto, "no debemos dejar que sean las organizaciones ecologistas, los grupos de presión o los medios de comunicación los que dicten las prioridades" por mucho ruido que hagan; que en las admoniciones alarmistas no hay más que "mitología ambiental" inventada "para atraer subvenciones": "cuanto peor hagan aparecer el estado del medio ambiente, más fácil les resultará onvencernos de que debemos gastar más dinero en ello en lugar de hacerlo en hospitales, guarderías, etc." (pp. 82 y 452). Nadie diría que Lomborg mismo se declara vegetariano y antiguo socio de Greenpeace, entre otras cosas porque ésta es duramente criticada como autora de la letanía, junto a los famosos informes del World Watch Institute, el WWF, y referentes tan claves para el ecologismo como Paul Ehrlich o David Pimentel. De la misma forma se considera de izquierdas, a pesar de que han sido y son los círculos más conservadores y proestablishment los que promocionan sus ideas. Además de merecer auténticas apologías en the Economist, The Washington Post o New York Times, en 2001 fue nombrado "Líder global del mañana" por el Foro Económico Mundial, un año más tarde el gobierno conservador danés le hacía director del Instituto de Evaluación Ambiental, para ser poco después considerado una de las "50 estrellas de Europa" por Business Week. Es cierto también que se ha dado y se da una reacción opuesta, dentro y fuera de la comunidad científica, por la que no ya sólo el mundo del ecologismo en general sino publicaciones como Nature, Science o Scientific American han sido y son más que críticas con sus tesis.(1) En gran medida, el discurso Lomborg es, pues, más una "contraletanía" que un trabajo científico. Se suma en definitiva a una larga tradición de tecnoutópicos que, dejando de lado la discusión sobre el antropocentrismo, arrancan poniendo en duda la cientificidad del "tremendismo" ecologista para acabar defendiendo una idea convencional y productivista de progreso.(2) El método científico y 'El estado real del mundo' A finales del 2002, el Comité Danés sobre Deshonestidad Científica, tras el examen de un grupo de trabajo formado por cinco expertos, cuatro de ellos catedráticos de diversas disciplinas, sentenció la publicación como "claramente contraria a los criterios de la buena práctica científica" -por el uso sesgado de datos y fuentes- si bien no pudo demostrar que fuese "deliberadamente o con grave negligencia". Más allá de la culpabilidad objetiva pero no subjetiva de Lomborg, el Comité tuvo que hacer frente al problema de determinar hasta qué punto podía o no ser calificada de ciencia -en lo que no se pusieron de acuerdo. Esto es relevante en la medida en que el discurso Lomborg reivindica el estatus de ciencia libre de valores, parapetado en "la forma mucho más clara de ver el mundo" que ofrecen las estadísticas. A pesar de reconocer que "la identificación de un problema depende de la teoría con que interpretamos aquello que observamos en el mundo" (p. 80), cae en el dogma positivista de que todos traicionan la (imposible) neutralidad epistemológica menos uno mismo, y es ahí donde el discurso productivista probablemente pueda ser juzgado con menores riesgos.
El abono ideológico del neoproductivismo Los sesgos del trabajo de Lomborg, involuntarios o no, son perfectamente coherentes con todo un conjunto de puentes ideológicos con el ideario neoliberal y neoconservador. En primer lugar, la creencia en la sustituibilidad entre factores que son cualitativamente distintos pero que son asimilados a la noción de capital: trabajo (capital humano o social) por tecnología y mercancías (capital manufacturado), este por recursos (capital natural), y todos ellos por capital financiero. Esta es la puerta al uso y abuso del análisis coste-beneficio en la evaluación de las distintas alternativas en casos de incertidumbre: reducidos todos los cauces posibles de acción a costes y beneficios mesurados en moneda el saldo final más favorable indica la opción a elegir. Es así como Lomborg menosprecia la política climática -en sus cálculos el coste del Protocolo de Kyoto para el año 2010 es mayor que el de eliminar la carestía de agua mundial y salvar 2 millones de vidas. La ilusión de que el stock de recursos naturales puede aumentar con más capital y que "el único bien escaso es el dinero" (p. 45) lleva simplemente al absurdo. Por ejemplo, el valor monetario de los alimentos, incluidos los insumos energéticos, se lleva a lo sumo el 5% del PIB mundial. Probablemente la humanidad podría vivir con un PIB un 5% menor -en gastos militares por ejemplo- pero no si es el de la comida -los tanques no se comen. Del mismo modo, las cifras pueden ocultar efectos distributivos perversos y valoraciones arbitrarias: el ejemplo que Lomborg toma para el cambio climático descuenta el valor de la vida de un norteamericano a más de 5 millones de dólares, pero el de un subsahariano algo por encima de 40 mil, 100 veces menos. Además, hace abstracción de aquello que no está monetarizado; aunque la biodiversidad es clave en los servicios ambientales -ciclos del agua y de los nutrientes, el control de las lluvias, la estabilidad atmosférica, la polinización de las cosechas, etc.- crematísticamente apenas cuenta como despensa de alimentos y medicinas. Además, en último término la regulación ambiental -muy estudiada para distintos casos de contaminantes- se ha mostrado una vez en marcha mucho más barata de lo que sus oponentes sostenían. En general, el análisis coste-beneficio y la noción de sustituibilidad subyacente reflejan el universo mecanicista y utilitarista -que la ciencia contemporánea va dejando atrás- al asignar con grandes dosis de arbitrariedad un valor monetario a vidas, descontar los intereses de generaciones futuras, excluir las consecuencias distributivas de los riesgos, así como ignorar las variables que no pueden ser cuantificadas (valor de especies perdidas, servicios ambientales deteriorados, riesgos que pueden significar pérdidas catastróficas). Por el contrario, la perspectiva de las ciencias ambientales y particularmente de la ecología nos sitúan en intrincadas redes de vida que no pueden ser explicadas según el modelo del reloj o del mecano -la naturaleza como un espacio lineal, pasivo, predecible y corregible-, cuya transformación precipitada puede implicar cambios irreversibles -la interdependencia puede llevar a que la desaparición de un elemento desestabilice todo el conjunto. En gran medida, quienes están acostumbrados a la incertidumbre, a los dilemas propios del conocimiento y la regulación en la ciencia contemporánea, se muestran reticentes a darse por sabedores del estado real del mundo. Así, la evaluación de la ciencia a raíz del cambio de paradigma ocurrido en los años 70, tiende a pensarse a partir de múltiples criterios y valores. Tenidas en cuenta las dimensiones políticas, éticas y científicas del análisis de la regulación ambiental hay métodos más adaptados a la incertidumbre, abiertos ya a la inconmensurabilidad ya a la legitimidad (como al Análisis Multicriterio, distintas formas de participación ciudadana e incluso la formación del grupos de consenso como es el propio IPCC, encargado de estudiar el cambio climático). En segundo, asume la noción de Curva de Kuznet ambiental: la calidad ambiental decrece para cada incremento de renta, pero sólo hasta un nivel de riqueza en que justamente mejora a medida que la renta aumenta (gráficamente describe una U invertida); "a mejores ingresos le corresponden mejores niveles de protección ambiental" (p. 74). Sin embargo, lo cierto es que no hay pruebas sólidas de que el desarrollo ambiental sea resultado directo del desarrollo económico al menos para las tendencias más relevantes. Hay varias razones por las que lo que ha sido verdad para los países ricos no tiene que ser necesariamente verdad para el conjunto (falacia de la composición). Para ser cierta, la actividad económica y sus efectos ambientales deberían coincidir geográficamente, y no es el caso. El espacio ecológico global está distribuido de una manera muy desigual: la "huella ecológica" de un consumidor de un país rico o sobredesarrollado es mucho mayor que la de uno en un país pobre, entre otras cosas por la capacidad de importar sostenibilidad a bajo precio en los productos y materiales adquiridos en el océano de las relaciones comerciales globales. El americano medio consume 330 veces más energía que el etíope medio porque compra recursos (fósiles) no renovables y porque no paga los servicios ambientales deteriorados por su uso (como el cambio climático). Además, para las sociedades con mayor consumo, una reducción del impacto por unidad extra (donde pone la atención el enfoque marginalista asumido también por Lomborg) queda compensado por el incremento agregado; es decir, si la renta crece más rápido que la eficiencia en recursos, el impacto es cada vez mayor. De esa manera, los costes de transacción de los países menos desarrollados podrían ser simplemente inalcanzables: nunca podrían llegar al consumo de los ricos excepto si disponen de otras áreas en las que apropiarse del plus de servicios y recursos ambientales. En último lugar, se da por bueno el axioma de la correlación entre precios y escasez. No es casual que la conversión ideológica de Lomborg se produjera al leer al economista Julian Simon, famoso entre otras cosas por haber ganado una apuesta en 1980 contra prestigiosos científicos vinculados al ecologismo que aseguraban que las principales materias primas subirían de precio a corto plazo -pensaban ellos, como síntoma del agotamiento de recursos. Para ambos, eso demuestra que no son escasas -nunca que el axioma está errado o que los precios de las materias primas o de los alimentos no responden a los requisitos de la competencia perfecta, como si no hubiera subsidios a la producción energética o a la agroquímica. La confianza en la curva de Kuznet o la creencia en la sustituibilidad son opciones normativas, coherentes con los presupuestos marginalistas, mecanicistas y utilitaristas del universo teórico neoliberal, y perfectamente compatibles con la invitación a conservar las relaciones sociales que nos llevan camino de la prosperidad y a extender las instituciones -sobre todo el comercio global sin controles democráticos- que lo alimentan. Es difícil encontrar tensiones entre estos presupuestos y recomendaciones y la agenda de la administración de G.W. Bush. Pero más difícil aún es considerar esto una demostración de escepticismo. Letanía catastrofista y ecologismo La más evidente de las falacias en Lomborg -los ecologistas están equivocados; por lo tanto, el medio ambiente está mejorando (non sequitur)- obliga a hacer una reflexión sobre la realidad del ecologismo. La contraletanía productivista se sostiene en una descripción del ecologismo con tres rasgos destacados: (1) catastrofismo malthusiano de connotaciones primermundistas, (2) funcionamiento como un grupo de interés, (3) efecto contrapruducente en la determinación de prioridades sociales y en la buena gestión de recursos escasos. En el ideario ecologista es sin duda central la idea
de límite: en un espacio finito como es el planeta la apropiación
humana del entorno necesariamente tiene que hacer frente a límites
impuestos por la naturaleza. Es cierto que a partir de esa idea, y especialmente
durante los años setenta, numerosas voces de alarma sobreestimaron
el efecto de la población frente a otros en el deterioro ambiental,
vaticinaron el colapso traumático de la civilización industrial
a causa del agotamiento de recursos -en particular del petróleo-
y en general abusaron de la imagen de la supervivencia de la especie humana
en peligro. A menudo esto alimentó discursos radicales por el control
de la población en los países en desarrollo y otras posiciones
conservadoras -la insistencia de los informes del WorldWatch Institute
en los peligros para la estabilidad alimenticia mundial de la incorporación
de China a la dieta occidental no siempre ha contribuido a la separación
del ecologismo de estos clichés. Ahora bien, este tipo de visión
paternalista, malthusiana y catastrofista es poco o nada representativa
del cologismo hoy día, ni siquiera lo era hace 30 años más
allá de ciertos círculos conservacionistas y académicos,
especialmente en Estados Unidos.
*Joaquín Valdivielso - Área de Ecología y Medio Ambiente de Esquerra Unida de ses Illes Balears - Izquierda Unida de las Islas Baleares - Publicado en El Viejo Topo, número 192, páginas 55 a 59, abril de 2004
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