La conciencia de derrota

GREGORIO MORÁN - 12/06/2004

Uno de los conceptos más equívocos de la psicología doméstica, de la psicología, por así decirlo, para andar por casa, es el de la autoestima. Nunca he entendido bien eso de valorarse uno mismo, incluso más allá de su valía real como procedimiento para aguantar los embates de la vida, de la estupidez o de la historia. Por ejemplo, cuando contemplo las imágenes de la conmemoración del desembarco en Normandía, o la conversión del deporte en ideología para descerebrados, o las declaraciones insurreccionales del banquero Alfredo Sáenz, en fin, que cuando percibo eso no hay autoestima que me permita conservar la calma y hacerme superar la conciencia no sólo de que soy un gilipollas, lo cual no es grave si uno es consciente de ello, sino lo que es más alarmante: que algunos llevamos mucho tiempo siéndolo. Por más que echo mano de la autoestima no logro superarlo y aunque no me afecta a mi vida diaria, o eso creo yo, que diría un psiquiatra, lo que está por encima de todo es la conciencia de derrota. Lo demás es un asunto personal y por tanto intransferible, pero la conciencia de derrota no, eso es algo que va más allá del ego.

Primer plano: las tropas de los ejércitos aliados desembarcan en las costas de Normandía y el comentarista narra el homenaje que hoy, sesenta años después, les ofrecen las poblaciones liberadas, no sólo de Francia. Y yo pregunto, ¿nosotros qué debemos hacer? ¿Montar un ceremonial de Estado para congratularnos del feliz desembarco que supuso el comienzo del fin del nazismo? ¿Hacer un despliegue informativo adecuado para llevar a las nuevas generaciones lo que supuso luchar por la libertad en Europa con las armas en la mano? ¿O quedarnos en el limbo? Es decir, no hacer nada y no decir nada más que boberías; ¿no me negarán ustedes que ha dado de sí lo del espía Juan Pujol, que engañó a los alemanes y que fue el factor decisivo, óiganlo bien, que lo dicen los expertos españoles y catalanes, por escribirlo al modo del nuevo columnismo de la cebolla (traducción directa de la seba), decisivo en la derrota de los ejércitos alemanes?

Alguno de los supervivientes periodísticos de aquellos años del cólera dice que la mayoría de la prensa española, y muy especialmente la catalana, era aliadófila. Eso informativamente hablando es mentira. No es que sea falso, es que es mentira. Probablemente fueran agentes emboscados de los servicios de espionaje británicos o norteamericanos, probablemente en su casa escuchaban la BBC y las radios de la Casablanca liberada, pero en el papel, en lo que la gente leía, no eran aliadófilos y se cuidaban muy mucho de darlo a entender porque, de ser descubiertos como aliadófilos, hubieran dejado de escribir en los periódicos. Me estoy refiriendo al largo verano de 1944, cuando Francisco Franco Bahamonde estaba aún convencido de que los nazis ganaban la guerra gracias al armamento secreto.

Mi colega Josep Ramoneda se preguntaba en El País por qué no se ha dedicado más importancia en España a ese ceremonial de Normandía. Debería mi colega trasladar su pregunta a su jefe, Juan Luis Cebrián, y sólo con que él le contara qué hacía su padre, eximio periodista, en junio de 1944, tendría los datos suficientes para entender la peculiaridad española frente al desembarco de Normandía. Porque el padre de Ramoneda, a lo que sé, era notario, pero si hubiera sido periodista lo hubiera entendido perfectamente.

Y es que, en España, el asunto de los padres aún no está superado. Aquí ocurre que si alguien dice que su padre era un fascista y que ejerció de tal durante tropecientos años en cargos públicos de confianza, salen sus hijos diciendo que su progenitor era una buena persona y que se afecta al buen nombre de la familia. A mí cuando apareció aquel oscuro asunto del padre de los Trías y Pepe Ribas, lo que me dejó perplejo es que no señalaran que su padre era un fascista en un mundo de fascistas a los que no se citaba, sino que le redimían de su condición de fascista. De donde se deduce que en España no sólo no hemos matado al padre, como cualquier generación que se precie, y especialmente la nuestra, que tenía sobradas razones para matarlo, sino que además lo entronizamos. ¿Cabe alguna duda de por qué lo mejor ante el desembarco de Normandía es el limbo?

Pero donde mi conciencia de derrotado alcanza cotas de humillación es tras haber leído la declaración de guerra social de un banquero anunciando la hora fatal: “Hay que desmontar el Estado de bienestar y no tenemos demasiado tiempo para hacerlo”. Hacía muchos años, muchos, que no se oía una cosa igual. Me vino a la memoria María Antonieta cuando le informaron de que el pueblo protestaba porque no tenían pan. “¡Pues que coman pastas!”, respondió con ingenuidad; no había mala intención, sólo ignorancia. Ya el precedente aquel de los terratenientes españoles en los años treinta, cuando los peones no tenían para comer y les respondían “¡comed República!”; eso tenía mala entraña, hay que reconocerlo. Pero un individuo como Alfredo Sáenz que cobra al año, sin contar las regalías, 12 millones de euros –casi 2.000 millones de las añejas pesetas– tenga la desvergüenza de anunciar que para seguir ganando él los 12 millones de euros es preciso desmontar el modesto Estado de bienestar conseguido en España con muchos más sudores de los que ha olido el señor Sáenz en su vida, me parece que es digno de una glosa.

Y una glosa humillante para el que la escribe porque lo normal tratándose de un político sería exigirle que dimitiera, si fuera un juez que se le expedientara, si de un periodista que lo pusieran en la calle; pero, tratándose de un banquero, ¿qué se puede pedir? En otra época mucho más injusta que ésta una provocación como la de Sáenz hubiera significado como mínimo una amenaza de boicot al banco del que él es número dos, nada menos. Porque mientras ese individuo esté ahí es una amenaza no sólo para nuestros intereses sino para nuestra supervivencia. ¿Y quién es este chulo que se pone el mundo por montera y dice a lo mejor lo que algunos piensan y no se atreven a decir? A mí que lo piensen no me preocupa un comino, lo que me inquieta es que lo digan; porque se trata de un banquero no de un pensador, y sé que si lo dice es porque quiere hacerlo. Y lo hará, lo ha anunciado.

Los restos de Neguri, ese barrio legendario de las afueras de Bilbao, han dejado unos posos que se reducen hoy a poco más que figuras como las de Alfredo Sáenz. Ya no son aquellos que mandaban las camisas a planchar a Londres, ni los que compraban en subastas cuadros notables y partituras de Haydn o Bocherini: éstos ya son herederos de los que ni ven cuadros ni escuchan música. Una de las cosas más divertidas es la inclusión en el currículum de Alfredo Sáenz de los cuatro cursos de solfeo que hizo, dicen, cuando era niño. Cualquiera que conozca a Sáenz y su supuesta pasión musical por algo que no sea cómo suenan los billetes cuando los cuenta la máquina registradora, se desternillará de risa. La vida de los depredadores se ha hecho muy difícil. Hay mucha competencia y la fauna se ha vuelto aún más despiadada. Esto dio nacimiento a una figura en alza y muy poco estudiada, el killer laboral. No es un criminal ni un fuera de la ley; todo lo contrario, es un escrupuloso cumplidor, si no hay más remedio, de las reglas del juego de la legalidad –no por nada Alfredo Sáenz es asiduo visitante de los juzgados como imputado o testigo capital–. Un killer laboral no es otra cosa que un liquidador de puestos de trabajo. El que se hace cargo de la situación y la resuelve rebajando costes. Alguien tiene que hacerlo y ocurre con oficios menos remunerados co-mo verdugo, funcionario de prisiones o empleado de limpieza del Ayuntamiento.

A Alfredo Sáenz se deben fórmulas preciosas, auténticas aportaciones en el campo del lenguaje muy especializado de los killers laborales. Mi preferida, y que se pueda citar sin ofender al buen gusto de los lectores, es la de “achatarrar capacidad instalada”. Pensarán ustedes que se trata de una críptica definición de cuestiones económicas. No, es mucho más sencillo. Achatarrar es un derivado del diccionario Sáenz de relaciones labores del término chatarra. Y capacidad instalada indica las oficinas abiertas actualmente del BSCH. Es decir, que el supuesto arcano se traduce así: convertir en chatarra a los empleados de las oficinas del BSCH.

Les hago una apuesta en la seguridad de que la gano. El próximo 19 de junio hay junta general del BSCH. No hay ni un solo asistente a la junta que no considere que un político cuando se excede en sus riesgos debe dimitir, ¿apuestan algo a que nadie plantea la dimisión del señor Alfredo Sáenz? Pensar que lo hará él mismo motu proprio excedería mi capacidad de asombro. Desde la conversión de san Agustín de Hipona no se habría conocido algo semejante. Fernando Pessoa es más conocido como poeta que como narrador, de él es uno de los textos más inteligentes que pueden leerse estrictamente vinculado a lo que estamos contando. Es una narración que no llega a 50 páginas –hoy se considera una provocación animar a la lectura de un libro que sobrepase las trescientas–, se titula El banquero anarquista y ahí está escrito: “La misma lógica que me demuestra que el hombre no nace para estar casado, o para ser portugués, o para ser rico o pobre, me demuestra también que no se nace para ser solidario. No se nace sino para uno mismo.

 

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