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Invisibles Comenzaron siendo dos y no los vimos. Uno en el muelle de la base de Rota y otro en la Playa de la Costilla. Al día siguiente, uno más y al siguiente otro. Cuatro muertos y no se ven. Luego, fueron catorce los cadáveres recuperados en diferentes playas: La Puntilla, Fuentebravía, Puerto de Santa María. De golpe catorce muertos más y no se ven. Diez más, que nos hacen veintiocho, y tampoco se ven. Luego, otros cuatro más, que arrojan un saldo de treinta y dos, y no se ven. A estas alturas se sabe que llegarán a cuarenta y cinco los cadáveres que escupa el mar. Y a estas alturas sabemos que tampoco se verán. Gente sin fortuna, sin nombre, sin futuro, sin color. ¿Qué más da? Nada que ver con ellos. O sí. Cuidado. Puede que justamente por tener algo que ver no los veamos. En una sociedad hambrienta de sensaciones, ¿como es posible que tanta muerte amontonada no reciba un trato preferente? ¿Cuántos reportajes conmovedores no se podrían hacer con estas vidas que suben hasta nosotros y a nuestros pies se quedan invisibles? ¿Qué haría falta para que ese goteo de cadáveres acaparara el interés mediático? A estas preguntas pretendo responder. Es de suponer que tal invisibilidad sería menos rotunda si el Reino de España no estuviera hipnotizado por las imágenes de sus blancos príncipes. Como súbditos medievales, algunos españoles miran la felicidad en la familia real experimentando ese estado de bienestar que sólo puede alcanzar el que olvida desde donde mira; sólo haciendo omisión de la propia subjetividad es posible llevar a los ciudadanos a un mundo tan ajeno en el que ningún residuo de realidad tiene que ver con ellos. Sólo pactando con la mentira, viendo ese mundo real como irreal, se puede entender tanto rostro de sonrisa imbécil ante los televisores. ¿Seguiría disfrutando el voyeur si de pronto reparara desde donde está observando? Un simple desvío en el punto de vista, una mirada hacía el lugar donde se sitúa el espectador podría llevarle a sentirse ridículo. Puede que, si reparara en los metros de su salón, hasta insultado. Y si abriera el diario de sus usos y costumbres, hasta dolido. Por eso, hay que acordar que lo que se ve es un cuento que no forma parte de la realidad, que hay que verlo como una película. Naturalmente todo sucede inconscientemente, o mejor dicho, como resultado del inconsciente ideológico. Pero así es como funciona y así es como cumple su terapia la mentira, porque tal pacto se asienta en el autoengaño de percibir lo real como irreal. Pero sucede que esa familia no es una familia de actores, que es una familia real, tan real que da nombre al Estado (Reino de España) y esos que vemos por la tele son sus reyes y sus hijos. Cuesta admitirlo en pleno siglo XXI, pero es así. Real. Realidad vista como cuento. Para que ese mecanismo de la percepción interesada sea eficaz es preciso que la realidad, esa que vamos a trastocar, esté suficientemente distanciado de nosotros: Ellos, los reyes y sus hijos en noviazgo están, en efecto, muy lejos de nosotros. Es posible entonces verlos como príncipes de cuentos. Así, como realidad ficcional, resultan perfectamente visibles. De lo contrario esta operación irrealizadora no funciona. Cuando eso que nos conmueve está cerca, muy o un poco cerca de nosotros, el asunto se complica, no podemos trastocarlo para verlo como asuntos de otro mundo, de cuento, de película. Para eso hace falta ser artistas, así es como opera el escritor; si no somos tan hábiles, directamente movemos la cabeza, y elegimos no ver. Esto es lo que hacemos con estos treinta y cinco náufragos. Los media no nos enseñan sus rostros, y tampoco nosotros queremos verlos. No queremos saber nada de esas vidas. No queremos verlas. ¿Por qué? Si se trata de algo tan ajeno a nosotros, ¿no podríamos irrealizarlo del mismo modo que a los reyes? Probemos: Un muerto, dos, cinco, catorce, treinta y cinco muertos... ¿Cómo no se van a ver? ¿Que hay en ellos que nos espanta? No somos negros, no hablamos su lengua, no somos ilegales, etc. Entonces, ¿qué tenemos en común? ¿Acaso es tan corta la distancia que nos separa que no podemos irrealizarlos y verlos como personajes de otro mundo? Veamos, pues: Venían en una zodiac, una embarcación demasiado frágil, es evidente que confiaban en sí mismos, que eran sólo cuerpo y voluntad, manos para remar, la fuerza de sus brazos como única riqueza.... ¿No nos suena esto a aprendizaje escolar? Si alguna vez los viéramos en esos esfuerzos denodados, ¿no nos darían esa imagen que difundía las bondades del capitalismo? La idea del trabajo, del sagrado esfuerzo para lograr una superación, la épica del ciudadano que lucha por hacerse a sí mismo, que suda para hacerse un sitio, ¿no podría ser representada con esa misma foto de los hombres que luchan contra el mar como el viejo de Hemingway? ¿No es esa foto, la de quienes con sus solas manos dirigen su destino, la que se desmorona? ¿No será que nos muestra demasiado cerca los pedazos de aquel sueño? Estos muertos que no queremos ver dejan en la arena la pregunta que nos espanta: Si ese sueño se estrella hoy en nosotros, mañana, ¿en quién? A esos cuerpos sin color los hacemos invisibles porque esa interrogación nos golpea de lleno. Se resisten a ser percibidos como irreales. Nos aterra constatar lo que nos diferencia de ellos -un DNI, una cuenta bancaria, un contrato laboral- son papeles demasiado frágiles para envolver nuestra desnudez. Da demasiado frío. Resulta inevitable que se nos estremezca, al menos treinta y cinco veces, nuestra cadena de ADN. ¿Y Letizia Ortiz? Pues no hay más
que ver. |
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