La otra cara de las elecciones en Irak
Gema Martín Muñoz*
* es profesora de Sociología del Mundo
Árabe de la Universidad
Autónoma de Madrid y autora del libro Irak, un fracaso de Occidente
(Tusquets).
EL PAÍS - Opinión - 11-02-2005
Una ola de entusiasmo parece haber dominado las
apreciaciones e informaciones sobre las elecciones celebradas en Irak
el 30 de enero pasado. Quizás haya sido fruto del alivio por
ver que la violencia ese día no se expresó con la brutalidad
que se temía y por una valoración apresurada de las filas
de iraquíes en las puertas de los colegios electorales. Pero
ahí acababa todo lo que aparentemente podía ser considerado
positivo. Por el contrario, estos comicios no sólo no han cumplido
con los fundamentos básicos de ejercicio democrático,
sino que, además, han potenciado de manera alarmante la división
y el sectarismo en la nación iraquí dando paso a posibles
evoluciones aún más negativas de las ya
existentes.
En primer lugar, no se puede ignorar que todo el proceso político
iraquí, incluyendo estas elecciones, se está rigiendo
por las reglas impuestas por la fuerza ocupante tal y como las dejó
establecidas Paul Bremer antes de partir de Bagdad, incluyendo el nombramiento
de los miembros de la Comisión Electoral Iraquí. En segundo
lugar, se podría decir que lo que Washington ha logrado ha sido
inspirar la celebración de las primeras elecciones "secretas"
de la historia: la mayor parte de los candidatos eran secretos, los
votantes no sabían dónde estarían los colegios
electorales, no ha podido desarrollarse campaña electoral (incluso
el casi monopolio que Ayad Alaui ha gozado en la TV iraquí de
poco ha servido porque la mayor parte de los iraquíes no tienen
electricidad), las draconianas restricciones a la libertad de prensa
iraquí llevada a cabo por el autoritario Gobierno de Alaui han
cercenado cualquier posibilidad de información veraz, y, lo que
es muy importante, no ha habido ninguna observación internacional
que dé credibilidad al proceso. ¿En qué otro escenario
electoral del mundo se calificarían como un "éxito"
comicios así organizados? A ello se une el hecho de que en estas
elecciones los iraquíes elegían a un Parlamento que nombrará
a un consejo presidencial de tres miembros, quien a su vez elegirá
al primer ministro. Lo que abre un gran espacio a posibles componendas.
Pero, aun así, ese nuevo Gobierno no va a ser un Gobierno libre
dado que estará limitado por el cumplimiento de las leyes que
Bremer dejó aprobadas en junio de 2004, que incluyen el proceso
de privatización total de Irak, factor sustancial para los intereses
económicos de EE UU.
Asimismo, el modelo de escrutinio, establecido también por Bremer,
basado en una sola circunscripción nacional con reparto proporcional,
plantea un enorme desequilibrio representativo que cuestiona su valor
democrático. En una situación como la de Irak, donde en
multitud de zonas el acceso al voto estaba bloqueado por la inseguridad,
este sistema tiene como consecuencia la sobrerrepresentación
nacional de aquellas regiones donde la seguridad estaba mejor garantizada
y la participación podía ser muy alta, mientras significaba
la incluso no representación de las regiones o ciudades más
afectadas por la inseguridad, donde los electores no pudieron registrarse
(como en Mosul, con tres millones de habitantes), difícilmente
se animaban a votar o simplemente no se podían celebrar las elecciones.
Lo cual inevitablemente se iba a plasmar en una sobrerrepresentación
de los kurdos (la zona más segura y proamericana) y en una debilidad
incuestionable para los suníes, con los chiíes en una
situación
intermedia. Y ésa ha sido la razón primera de que los
principales líderes suníes optasen por el boicot electoral
revalorizándose en negativo. La falta de representación
significativa suní en un Parlamento encargado de supervisar la
elaboración de una nueva Constitución convierte en ilegítimo
todo el proceso, pero, además, si no participan en la elaboración
constitucional, la Carta Magna puede ser rechazada en las cuatro provincias
iraquíes con mayoría suní cuando sea sometida a
referéndum, lo que equivale a invalidarla, dado que si dos tercios
de los votantes en tres provincias la niegan, ésta no se puede
aprobar. Lo que en principio fue una improvisada concesión a
los kurdos se ha convertido en un
instrumento para quienes los estadounidenses consideran la comunidad
más hostil, los suníes. Es por ello que ahora se abre
un proceso de componendas para que aparentemente los suníes puedan
estar presentes y participar, poniendo de manifiesto la banalidad de
las elecciones.
Estos comicios, celebrados en precario bajo una férrea ocupación
militar extranjera, han estado principalmente al servicio del presidente
Bush para presentar un aparente "éxito" frente a la
montaña de fracasos que caracteriza su empresa en Irak y para
contener la explosión de la resistencia chií. Sin embargo,
la mayor parte de los iraquíes que han votado ha sido porque
piensan en la salida de los estadounidenses de su país. Pero
los EE UU no han invertido más de 100.000 millones de dólares
y, por ahora, unos 1.500 muertos para salir de Irak sin haber conseguido
crear el Estado cliente que exigen sus intereses económicos,
políticos y estratégicos en Oriente Medio. La argumentación
actual es que no pueden irse hasta que el ejército y policía
iraquíes estén capacitados para garantizar la seguridad.
Pero la realidad es que son la ocupación y la mezcla de manipulación
y dominación política de EE UU las que crean las condiciones
para que la rabia y la violencia se hagan cada vez más sangrientas,
para que la resistencia tenga una gran capacidad de infiltrar a esas
fuerzas de seguridad iraquíes y para que otra buena parte de
las mismas deserten continuamente. Es un círculo vicioso que
se hace cada vez más extremo, a lo que se une que las elecciones
han contribuido a dividir y enfrentar aún más a los nacionales
de este país abriendo posibles riesgos de "balcanización".
Se ha acentuado el sentimiento sectario y comunitario en un país
en que esos sentimientos sólo se dirigían contra el régimen,
pero no alteraban la convivencia entre kurdos, suníes y chiíes.
Ahora, tras estas elecciones, los suníes tienen un sentimiento
creciente de que los chiíes de Alí al Sistani están
colaborando con los estadounidenses para afirmarse en el poder contra
ellos y que los kurdos pueden
lograr incluir el gran centro petrolífero de Kirkuk en el Kurdistán
(no es por azar que el primer atentado tras las elecciones haya tenido
lugar en esta ciudad). Para los kurdos, Kirkuk es innegociable y están
dispuestos a utilizar su veto constitucional y a su ejército
de peshmergas contra las resistencias árabe y turcomana. Todo
esto está promoviendo una rabia virulenta, teniendo en cuenta
que los suníes, que se sienten la comunidad fundadora del Estado,
ven que los chiíes tienen el peso de la demografía, que
los kurdos tienen el apoyo de los EE
UU y que ambos pueden agrupar los grandes yacimientos de petróleo.
Por otra parte, si bien la integración de los chiíes en
el poder es un factor clave para cualquier democratización en
Oriente Medio, el hecho de que esto pueda tener lugar de la mano de
una fuerza ocupante extranjera, lejos de tener el efecto positivo deseado,
puede significar un verdadero desastre para su legitimación y,
por tanto, para la convivencia. Pero el panorama se complica aún
más porque el universo chií en absoluto es monolítico
y cuenta con importantes milicias. Los chiíes que se agrupan
en torno al carisma de Alí al Sistani han votado porque la agenda
prometida era establecer una fecha para la retirada estadounidense,
y bajo esa condición el movimiento de Múqtada al Sáder
aceptó, tras el levantamiento de Nayaf en agosto pasado, contener
su resistencia y sumarse a la
negociación que proponía Sistani. Sin embargo, representantes
de la lista avalada por Sistani han ido relegando esa parte de su promesa
electoral, e incluso Ibrahim Jaafari, portavoz de Al-Da'wa y uno de
los candidatos a ser primer ministro, ha expresado que "si los
EE UU saliesen rápidamente, podría ser el caos".
La reacción de Múqtada al Sáder ante un Gobierno
representado por ese liderazgo puede significar el enfrentamiento. Pero
si, además, tenemos en cuenta que otro importante movimiento
chií que tiene garantizado formar parte del nuevo Gobierno es
el Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Irak
de Abdel Aziz al Hakim, que cuenta a su vez con una importante milicia,
las
Brigadas Badr, cabe preguntarse si las va a tener que acabar utilizando
contra la llamada insurgencia suní o contra la posible resistencia
de Al Sáder, con consecuencias desastrosas de radicalización
y violencia. En conclusión, estas elecciones no han hecho sino
abrir la caja de Pandora. Eso sí, el caos, la mayor violencia
y división iraquíes, permitirá a EE UU seguir defendiendo
su "deber" de permanecer en Irak para garantizar la estabilidad,
la democracia y las libertades.