No ha habido quórum
Javier Ortíz


El Gobierno considera que el respaldo que obtuvo en el referéndum del pasado domingo, que alcanza poco más de un tercio del censo -el 35,8%-, representa «una mayoría suficiente».

Ignoro por qué misteriosas razones le parecerá suficiente. A cambio, me consta que no es mayoría. Para hablar de mayoría, aquí y en Tegucigalpa, se requiere contar con la mitad más uno. En las votaciones serias, cuando no hacen acto de presencia dos de cada tres inscritos, se decide que no hay quórum y, en consecuencia, el acto se da por nulo. No digamos nada si, encima y para más recochineo, una parte sustancial de los pocos que acuden optan por hacer pedorretas al organizador.

Cabe especular hasta la extenuación sobre por qué la aplastante mayoría del electorado no se presentó en los colegios electorales. Vengo diciendo desde 1977 -desde el mismo día en el que Tierno Galván afirmó que su partido, el PSP, había obtenido pocos votos, pero «de gran calidad»-, que los sufragios no se interpretan; se suman. Cada cual puede conferirles el sentido que tenga a bien. Son incomprobables.

Que no me cuenten que aquí los asuntos internacionales no motivan al personal. Hubo un conflicto internacional que sacó a millones de españoles a la calle, y cuidado que manifestarse es más costoso que votar. La cuestión no está en el ámbito, sino en el trasfondo. Y el trasfondo de este referéndum resultaba demasiado turbio.

Me aplico el cuento a mí mismo (dejo de preguntarme qué querrá decir que en donde más fuerza ha tenido el no haya sido en Euskadi, en Cataluña y en Madrid) y renuncio a especular con los resultados. Me limito a constatar lo incontestable: que ellos pidieron al electorado que respaldara un Tratado y que la aplastante mayoría les ha dado la espalda, sea negándose a responderles (súmense ahí la abstención, los votos en blanco y los nulos), sea diciéndoles lisa y llanamente que no.

¿Que les da igual? ¿Que van a hacer de todas las maneras lo que les venga en gana? ¿Que son capaces de volver negro lo blanco y afirmar sin pestañear que se sienten respaldados abrumadoramente? Ya. Pero supongo que habrá quien reflexione sobre ello y tome nota de la bajeza intelectual y moral que se requiere para llamar mayoría al 34,8% y para dar saltos de alegría diciendo que el apoyo del 34,8% es una muestra estupenda de lo que quiere el 100%.

He estado leyendo y oyendo cómo pintan los políticos del PSOE y del PP lo sucedido, y cómo son capaces de apoderarse incluso de los votos contrarios, de los blancos y de los nulos, con tal de inflar el único dato que al parecer les importa, que es la participación.

Sólo han conseguido que me arrepienta de haber acudido a votar. Después de madurar lo sucedido, vuelvo sobre mis pasos. Si nada de lo que realmente hagamos o dejemos de hacer les importa, ¿para qué darles satisfacción votando?

[Es copia del artículo publicado por El Mundo el 23 de febrero de 2005]

 


No votar o votar no
Javier Ortiz


«Hay que votar, y hay que votar sí...». El presidente del Gobierno vuelve una y otra vez sobre ambas consignas cada vez que se dirige a la población en estas horas previas al referéndum sobre el Tratado que establece la llamada «Constitución Europea». Lo mismo hace el máximo dirigente del PP, aunque tal vez con un punto de rotundidad algo menor.

Los dos saben que ambas actitudes ciudadanas -la abstención y el voto negativo- resultan igual de nocivas para su modo de hacer política en el escenario europeo.

Igual de nocivas, aunque cada una a su modo.

La abstención puede llegar por diversas vías. Puede provenir del desinterés por la política, en general. O por la política institucional, más en concreto. O por la política que se hace en la UE, aún más específicamente. También puede ser fruto de la decisión consciente de un sector del electorado, que opte por no responder a una pregunta que considera mal planteada y enmarcada en una campaña tramposa, que finge dar una gran importancia a su opinión en un asunto que, de hecho, ha sido ya decidido sin contar con él.

Si la abstención -en cualquiera de sus formas, imposibles de discernir- alcanza mañana muy elevadas cotas, los defensores del «Sí» se sentirán desautorizados. Y con razón. ¿Les hará eso ver que se están pasando mucho en la práctica de guisarse y comerse por su cuenta el potaje comunitario? Es una posibilidad. Una posibilidad interesante, dicho sea de paso.

El voto negativo tiene en parte menos fuerza que la abstención, en la medida en que satisface la mitad del deseo de los convocantes del referéndum («Hay que votar»), pero la recupera gracias a su superior valor militante. Es menos equívoco. De registrarse una tasa importante de noes, los dos partidos que se alternan en La Moncloa, y con ellos el continente entero, tendrían que admitir que una estimable parte de la población de por aquí no se pone fácilmente en columna de a dos, marchen.

Dado que el resultado del referéndum de mañana no tiene más fuerza vinculante que la meramente moral -y ésa sólo en la medida en que los gobernantes quieran concedérsela-, huelgan por entero las amenazas catastrofistas que están manejando en estas últimas horas con la obvia intención de intimidar a la ciudadanía. Si las urnas les dan un bofetón, nada se hundirá en los abismos. Sencillamente, tendrán que encajarlo. Deducir que ya les vale de hacer las cosas así y tomar nota de que su hábito de gobernar para el pueblo -supuestamente para el pueblo- pero sin el pueblo despierta cada vez menos simpatías.

Su problema es que hace ya demasiado tiempo que se han olvidado de que democracia significa gobierno del pueblo. Del pueblo. Esto de que sean unos pocos los que lo deciden todo y sólo se acuerdan de la ciudadanía para pedirle su aplauso final tiene otro nombre, también muy histórico: se llama oligarquía.

[Es copia del artículo publicado por El Mundo el 19 de febrero de 2005]

 

 

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