SOCIALISTAS CRÍTICOS CON EL TRATADO CONSTITUCIONAL EUROPEO
Pastor Antón González

Cuando faltan 10 días para el referéndum, a estas alturas todo está ya dicho a favor del NO al Tratado constitucional europeo. Por eso, vamos a tomar ahora en consideración algunas poderosas razones de socialistas notables y, por supuesto, formaremos nuestro criterio electoral con nuestro propio discurrir. Ya me adelanto al argumento que critique mis citas (porque conocemos a nuestros clásicos y no por la "excusatio non petita…") diciéndome que no se pueden tomar aislada y solamente unas afirmaciones y no tener en cuenta las razones contrarias también explicitadas o que no se pueden descontextualizar unas frases, tomadas en un sentido, en el conjunto de un discurso mucho más amplio y de sentido opuesto.

Por tanto, ya aviso, dada nuestra capacidad de elegir, tendremos aquí en cuenta unos pero no otros de los argumentos expuestos por esos mismos socialistas y, por supuesto, nos atendremos a lo escrito por ellos, literalmente, ¡¡faltaría más¡¡. Pero no se escandalicen los lectores, pues así es el juego actual de la democracia de mercado, en la que los partidos políticos son las empresas que nos ofrecen sus productos, a través de la publicidad (que ellos llaman programas o discursos) y no del estímulo para el razonamiento (a los que promueven el Sí sólo les basta con que echemos mano de nuestras emociones, pensando en "valores, principios e ideales" con los que sin duda, dicen, votaríamos afirmativamente, pues ya se sabe que siempre hemos llegado tarde a todos los sitios y ahora no hay que volver a hacerlo, y les importa poco o nada que los electores escuchemos o leamos, también, todo lo que se escribe para promover el No en el referéndum), tratando de captarnos al máximo número de ciudadanos (consumidores) como electores (o clientes, aunque ellos les llamen votantes). Y nosotros elegimos una alternativa u otra. En eso consiste la opción pública, la elección social. Como electores, elegimos entre las alternativas existentes, aún sabiendo que ninguna de ellas, seguramente, nos satisface al 100%, pero reúne más razones para ser la elegida.

Otra cosa sería discutir sobre que los partidos políticos y sobre cuáles de ellos, alcanzado el poder, se olvidan de la satisfacción de nuestras demandas o deseos a los que suplantan con decisiones que, supuestamente, toman en nuestro nombre arguyendo que son las que nosotros, como pueblo soberano, les reclamamos. Que les pregunten a los españoles pescadores, agricultores, labradores y ganaderos, obreros de muchas zonas industriales, los últimos los de Astilleros de Izar, por ejemplo, que "sufrieron" en sus carnes las "políticas europeas" en los últimos 15 años, y que se averigüe quiénes demandaron de ellos las políticas de la no producción por encima de un límite, impuesto por Bruselas por supuesto, de la no subvención o la no protección del Estado a sus sectores deprimidos o en crisis, etc. Y que no se nos saquen a pasear los "fondos de desarrollo provenientes de la UE", para conjurar los riesgos de las respuestas a los problemas anteriores. Para eso pagamos los impuestos que pagamos, y que queremos seguir pagando y no que se reduzcan en beneficio de la desprotección social. Quién determinó aquellas políticas. ¿Qué políticos las formularon? ¿A cuáles de ellos elegimos nosotros? ¿A quiénes rinden cuentas? Desde luego si son los de la Comisión Europea (presidida antes por un italiano y ahora por un portugués, y formada con Comisarios ingleses, alemanes, franceses...etc, pero también con otros españoles, como Loyola de Palacio, Solbes o Almunia, a la cabeza de los dirigentes de políticas económicas), a esos no los elegimos nosotros democráticamente hasta ahora, ni seguiremos votándolos en las próximas elecciones europeas a pesar de lo que pueda aprobarse con la nueva Constitución Europea, donde nada se dice, precisamente, de la extensión de la democracia para elegir al gobierno europeo a través del voto popular en las urnas.

Pues bien, ya se sabe que en la "elección política" las opciones elegidas no reúnen nunca el 100% de las virtudes o bondades o excelencias que nos gustarían. No nos satisfacen en su totalidad. Por ello, se trata de elegir "el mal menor", y poner y pesar en la balanza argumentos a favor y argumentos en contra para elegir una u otra alternativa. Y eso es lo que vamos a hacer en el referéndum del 20 de febrero. Para ello, me he ilustrado, e invito a los lectores a que lo hagan también, con la lectura de muchos documentos, y particularmente del libro que ahora cito.

En el libro "Construyendo la Constitución Europea" (editado por el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, Noviembre 2003, de cuyas páginas 10 a 13 he obtenido las citas que hago en este artículo), Josep Borrell y Carlos Carnero (Diputados del PSOE en el Parlamento Europeo), así como Diego López Garrido (Diputado del PSOE en el Congreso), afirman colectivamente que en el Tratado constitucional europeo (TCEU) se recogen "bastantes" de los planteamientos que mantuvieron en la Convención redactora de la que formaron parte. Señalan como aspectos más positivos del TCEU, que suponen "un hito en el progreso hacia la simplificación del funcionamiento de la Unión y su acercamiento a los ciudadanos", los de:

- "integrar la Carta de Derechos Fundamentales, que consagra nuestros valores comunes como el pilar básico de la Unión",
- recoger "por primera vez en un Tratado europeo el concepto de pleno empleo y de economía social de mercado",
- y respecto del Parlamento Europeo "acrecentar considerablemente sus poderes con la extensión del voto por mayoría cualificada y de la co-decisión a 40 nuevos ámbitos, aunque no incluyen los trascendentales temas de la fiscalidad, la política social y la política exterior".

No obstante, tan conspicuos socialistas (no sé si antes socialistas que europeístas o al revés), son "conscientes de las carencias del proyecto constitucional en el ámbito de las políticas comunes", y están "preocupados por las lagunas del proyecto en materia económica y social".

Así, siguen señalando en su libro, que "el reconocimiento informal del Eurogrupo y su Presidencia estable, la representación exterior común de la zona euro y la base jurídica para los servicios públicos, son progresos insuficientes. El Banco Central Europeo sigue sin comprometerse con el crecimiento y el empleo. La coordinación de las políticas económicas entre sí y con las políticas sociales sigue siendo demasiado débil. Para que Europa pueda dotarse de una política ambiciosa a favor del crecimiento y del empleo, necesitará de una verdadera coordinación de las políticas económicas, de decisiones por mayoría cualificada en materia social y fiscal, y de la capacidad de invertir en el futuro a través de infraestructuras y conocimiento".

Ante tales insuficiencias, afirman que "habrá que seguir luchando" por superarlas.

Como puede observarse, la tesis de estos notables es similar a lo que manifiestan otros miembros de la izquierda política y sindical, española y europea, que consiste en reconocer (en algunos foros, en algunos espacios públicos, no ante las cámaras de la TV) las profundas insuficiencias y debilidades del TCEU, especialmente en los aspectos relacionados con las políticas sociales (con lo que se cubren las espaldas para que, cuando caigan chuzos de punta desde la UE, poder achacárselo a las políticas "dominantes" de los partidos derechistas europeos), pero a la vez afirmar con rotundidad que es mejor tener una Constitución así aprobada para poder, eso sí, modificarla con posterioridad en un sentido más progresista o de izquierdas, antes que rechazarla y no poder en ese caso avanzar en la construcción de la Europa social, que por supuesto ellos defienden (evidentemente no diciéndonos que si se produjese la aprobación por los 25 Estados miembros, cosa harto improbable, cualquier modificación en el futuro sería muy difícil, por no decir que imposible, al requerirse la unanimidad para ello).

En cualquier caso, tomemos nota de los aspectos positivos y negativos señalados por tales dirigentes políticos. Yo me quedo, sobre todo, con sus preocupaciones "por las lagunas del proyecto en materia económica y social".

Analicemos, individualmente, pensando como ciudadanos en nuestra vida cotidiana y en nuestro "bienestar social", y no hagamos caso a las propagandas mediáticas que no nos informan sino que sólo "masajean" nuestra mente, privándola del derecho al librepensar, que por supuesto todavía tenemos, teóricamente. Esa publicidad, no obstante, hay que reconocer que evita, eso sí a los más vagos o despreocupados o que les importa poco la UE, la elaboración de un discurso propio, difícil de elaborar ya de por sí ante tamaño bodrio literario e infumable articulado (monumento a los burócratas europeos del confusionismo y oscurantismo jurídico-normativo) que ni los más entendidos acaban de entender del todo para explicarnos sus bondades, más allá de decirnos 4 lugares comunes en cuanto a principios o valores con los que ninguno podríamos estar en contra desde posiciones democráticas.

Hagamos un momento para leer, al menos, lo que algunos divulgadores, mejor dotados para la comunicación, han conseguido digerir para explicárnoslo de modo accesible. Y, mientras que haya tiempo, escuchemos o leamos las razones positivas y los argumentos en contra del Tratado. Y votemos luego. Pero no desconozcamos, en cualquier caso, que si se rechazara el TCEU no sólo no pasaría nada, para los ciudadanos, pues seguiríamos con lo que tenemos ya hoy (el Tratado de Niza que durará todavía 2 años más en el mejor de los casos que es el tiempo dado para aprobarlo en los 25 países de la UE), sino que conseguiríamos, item más, abrir un nuevo periodo constituyente, esperanzador e ilusionante, que podría solo en ese caso contribuir al nacimiento de un "demos" europeo y por supuesto a una nueva ilusión de ciudadanía europea que hoy no existe.

Rechazando el Tratado, proyectaríamos como españoles (quizás el pueblo europeo más respetado hoy por los ciudadanos de toda la Unión por nuestra actitud frente a los EEUU y por la derrota que infringimos al PP como gobierno mentiroso que no contó con su pueblo para la toma de decisiones tan graves como la participación en la guerra de Irak) al conjunto de la Unión Europea un discurso nuevo, moderno, europeo y autónomo, que consiste en decirle a sus políticos (no sólo a los del gobierno) que SEGUIMOS CREYENDO EN LA NECESIDAD DE QUE EXISTA EL ESTADO Y QUE SIGA HABIENDO POLÍTICAS DE ESTADO QUE VERTEBREN Y ARTICULEN LOS INTERESES Y NECESIDADES SOCIALES, Y ASEGUREN LOS MÍNIMOS ESENCIALES PARA VIVIR DIGNAMENTE REDISTRIBUYENDO LA RIQUEZA. Que seguimos creyendo en el valor de lo público, bien gestionado por unos políticos que deben rendir cuentas a sus electores y no ocultarse bajo el manto de la púrpura de Comisarios no elegibles. Que es lo contrario de lo que se pretende con el "trágala" de que ahora aprobemos el TCEU sin haber participado, ni siquiera como pueblo, a través de nuestras Cortes, en su elaboración.

Rechazando el TCEU daríamos un mensaje de esperanza al conjunto de los ciudadanos europeos, para que nos alejemos inexorablemente de las políticas ultra-neo-liberales, y al conjunto de trabajadores y electores de "a pie", de que los españoles DESEAMOS UNA NUEVA CONSTITUCIÓN en Europa, SÍ, PERO SOCIAL Y AVANZADA, QUE IGUALE DERECHOS POR ARRIBA A LOS 25 ESTADOS MIEMBROS, y NO un Tratado preñado (en su Título III) de políticas neoliberales que preconizan la reducción del poder de los Estados en beneficio de los mercados, de los empresarios y de las instituciones financieras, y que, además, ponen en peligro los logros sociales hasta ahora alcanzados a los que, por cierto, España aún no ha llegado ni a alcanzar las cotas de bienestar de otros grandes países europeos.

¿Queremos que nos reduzcan las pensiones públicas del futuro? ¿Queremos primar la suscripción de Planes de Pensiones individuales que sean los que aseguren nuestro bienestar como pensionistas a pesar de que sólo las rentas altas son los que pueden mantener esos Planes que puedan ser rentables en el momento de la jubilación? ¿Queremos que sea el mercado quien determine los precios de las viviendas o del suelo sin intervención de los Estados o de los poderes públicos? ¿Queremos que no haya subvenciones estatales o de las Administraciones públicas para que nos protejan en el caso de catástrofes laborales o necesidades colectivas de sectores productivos especiales? ¿Queremos olvidarnos de unas rentas básicas de ciudadanía garantizadas por los Estados para hacer más igualitaria y justa la redistribución de la riqueza de las sociedades? ¿Queremos dejar de pensar en los millones de pobres del mundo que viven con menos de 1 dólar al día al no adoptarse políticas gubernamentales de condonación de la deuda externa o de aumento sustancial de la ayuda al desarrollo? ¿Queremos olvidarnos de los ciudadanos del mundo que acuden a nuestras tierras en busca de algo que comer, porque en sus países no soportan más ni la esclavitud ni la degradación física o moral, que es lo que el Tratado pretende sellando las fronteras a cal y canto? ¿Queremos seguir dejando que la usura campe por sus fueros en las instituciones financieras en su relación con la ciudadanía, con el visto bueno del Banco Central que marca sus actuaciones, y que los bancos nos cobren comisiones hasta por respirar mientras que entramos en sus oficinas a, sólo, retirar del cajero nuestro dinero, con el beneplácito de los gobernantes de Bruselas? ¿Queremos que nuestra cultura sucumba ante los poderes del imperio que expande la suya por todo el mundo al impedirse la protección estatal de sus creadores y artistas que no se someta a los designios de los gobernantes europeos? ¿Queremos que nuestra sanidad se nos vaya deteriorando tanto que tengamos que acudir en el futuro sólo a los hospitales privados o concertados con los seguros de asistencia privada e individual? ¿Queremos la deslocalización de las empresas transnacionales, auspiciada siquiera pasivamente por Bruselas, que sólo buscan sus intereses en el mercado olvidándose de las personas que a la postre siguen produciendo las plusvalías "y si te vi no me acuerdo"? ¿Queremos la privatización progresiva de los pocos servicios públicos que nos van quedando? .......¿Queremos preguntarnos qué carallo queremos?

Lo determinante para que la ciudadanía formemos nuestro juicio electoral es pensar en "las políticas comunes" de la Unión Europea reflejadas en el TCEU que son, además, las que nos afectarán cotidianamente, siendo esas políticas precisamente la esencia del Tratado (abandonada la retórica de los principios y valores, muy bonito y poco discutible en general, salvo matices singulares, el Título III de las "políticas" que nos afectan día a día ocupa más de las 2/3 partes del mismo; por cierto, se calcula que un 80% de las actuales políticas de nuestro país y del gasto público dependen de las decisiones políticas de la Comisión Europea).

Ante esas políticas, tenemos que VOTAR y no abstenernos en esta ocasión, si es que estamos informados suficientemente. Y debemos afirmar que otra Constitución Europea debe ser posible, en la práctica y con nuestro voto, y que el mejor camino para "luchar por ello" (como decían los Diputados socialistas citados pensando seguramente en otro método de protesta) es NO ratificar el actual Tratado y, rechazándolo mayoritariamente, comenzar otro proceso que haga posible una nueva Constitución.

Los españoles, siendo los primeros (no sólo en "desempleo" o en "inflación" o en "bienestar social precario" o en "sueldos bajos y no europeos", a los que en la última década nos condujo la política del PP coligada con los gobernantes europeos), tenemos, cuando votemos, una oportunidad única de impulsar un nuevo periodo constituyente para construir otra visión más progresista de la Europa inserta en un mundo globalizado que, como señalan los socialistas citados al comienzo de este escrito, hoy está "desestabilizado por el unilateralismo americano y el resurgimiento de los nacionalismos" y en el que "las fuerzas del mercado" actúan "como si fueran su único arquitecto".

8 de febrero de 2005.
PASTOR ANTÓN GONZÁLEZ
Re(d)forma en Serio

 

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