Anticlericales
Genaro Chic García

¿Por qué no nos querremos dar cuenta de que ser anticlerical hoy es ser antibancario? El Dinero se basa en la fe, es fiduciario, y no vive ni en el espacio ni en el tiempo, pero lo ocupa todo, el espacio y el tiempo. No tiene forma, pero adopta la que le interesa y cada grupo lo llama de una manera (yen, libra, dólar, euro...) aunque es único en su polimorfismo. Sus sacerdotes organizan nuestra vida como les da la gana y nos humillan cuando vamos a confesar nuestros pecados de codicia con ellos lo mismo que los de la antigua religión lo hacían si le exponíamos los de lujuria, que era algo a lo que la propia Naturaleza nos impulsaba, lo mismo que, tanto ayer como hoy, nos sigue llevando a querer poseer cosas. Como decía Fustel de Coulanges, no hay nada más poderoso que una creencia (en realidad una fe), que aunque es fruto nuestro nos subyuga y hacemos lo que nos dice, incluso ponernos una bomba en la barriga y hacerla estallar. Y no hay creencia (fe) más poderosa que la del Dinero.

Una fe de la que, por ser colectiva, no te puedes sustraer, aunque tu sepas que no va más allá de tu creencia, que encima es de carácter inmanente. Y nuestra progresía, su inventora, se dedica a seguir atacando a los sacerdotes de las religiones trascendentes, lo que, tal como están las cosas, es como si nos dedicáramos a perseguir a los sacerdotes de Júpiter o de Amón Ra.

Perdóneseme que me haya extendido de esta manera, pero puestos a pasar a la acción, creo que la única verdaderamente efectiva es el conocimiento. Aunque sea una opción desesperada porque la fe colectiva es enorme: la gente no duda de la existencia del dinero, le tiene auténtica fe, y en la fe no caben dudas, como sí ocurre en la creencia (que el sol sale todas las mañanas es una fe; que la tierra gira alrededor del sol es una creencia). La fe es autoconfirmante, y esto lo saben los que la administran. Por eso pueden ponernos a trabajar gestionando nuestro dinero (nuestra fe), a través de internet por ejemplo, para fortalecer su poder, su carácter sacro (intocable : ¿hay banqueros en la cárcel por ser banqueros?), sin tener que exponer prácticamente nada. Si alguien ataca nuestra fe (un pirata informático, por ejemplo) y disminuye nuestro mana, nuestra parte de sacralidad, encima debemos sentirnos culpables de nuestro pecado de disminución social. Y si cuando vamos a comulgar a un cajero automático algún sacristán nos mete una hostia no consagrada, ellos procurarán que nos quedemos con esa hostia simple, que duele, porque tendrán que defender la honorabilidad pública del sacristán, aunque luego lo crucifiquen en privado. Y esto no hay ni izquierda ni derecha que lo arreglen. Por eso pienso que lo más que cabe hacer es tomar conciencia de ello y reclamar para nosotros el control de nuestros propios mitos. O sea, la libertad.


13 de febrero de 2005

 

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