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La fantasía de la democracia en un Estado
árabe
procede: http://www.pagina12web.com.ar/diario/elmundo/4-31557.html
Por Robert Fisk *
En lugar de democracia, léase fantasía.
En estos días Irak se está volviendo algo tan escabroso
para nuestros grandiosos líderes que les arrojarán a los
perros lo que sea o a quien sea con tal de salvarse. La BBC,
la CIA, la inteligencia británica, o cualquier periodista que se
atreva a señalar las mentiras que nos llevaron a la guerra, será
apedreado con más mentiras. Cuando sugerimos que Irak nunca fue
terreno fértil para la democracia occidental, se nos acusa de racismo.
¿Acaso creemos que los árabes no son capaces de producir
democracia?, se nos pregunta. ¿Pensamos que son infrahumanos?
Esta clase de patrañas proviene de la misma familia de insultos
con los cuales se etiqueta como antisemitismo a todas y cada una de las
críticas contra Israel. Si acaso nos atrevemos a recordarle al
mundo que los principales proselitistas neoconservadores proisraelíes
Perle, Wolfowitz, Feith, Kristol, entre otros ayudaron a que
el presidente George W. Bush y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld,
nos empujaran a esta guerra con profecías grotescamente incorrectas
en torno a la formación de estados árabes democráticos
y proisraelíes, entonces se nos acusa de racistas sólo por
mencionar sus nombres.
Por tanto, limitémonos a recordar únicamente lo que los
neoconservadores impulsaban en aquel otoño dorado de 2002, cuando
Tony planeaba al lado de George la destrucción del Hitler de Bagdad.
Iban a rediseñar el mapa de Medio Oriente, y pensaban llevar democracia
a la región. Los dictadores iban a caer o sumarse, de ahí
la importancia de convencer al mundo de que el ridículo Kadafi
es estadista (gracias, Jack Straw) por haber renunciado a
sus infantiles ambiciones nucleares. Así la democracia florecería
desde el Nilo hasta el Eufrates. Los árabes querían democracia.
Iban a arrebatárnosla. Seríamos amados, bienvenidos, elogiados
y apreciados por haber llevado allí este tan codiciado producto.
Desde luego, los neoconservadores se equivocaron.
La última contribución a la defensa de estos hombres provino
de David Brooks, del New York Times. En realidad escribe
las personas tachadas de neoconservadores (...) no tienen mucho contacto
entre ellas. Ha habido cientos de referencias, por ejemplo, al insidioso
poder que Richard Perle tiene sobre las políticas del gobierno,
pero me han dicho funcionarios de alto nivel que él no ha tenido
reuniones significativas con Bush o Dick Cheney desde que éstos
asumieron la dirigencia (...). Todas las evidencias sugieren que Bush
llegó a sus conclusiones de manera independiente.
Qué bueno que los funcionarios de alto nivel nos informan
no sólo de esto, sino también que comparten el hilarante
comentario de que Bush llega por sí solo a sus conclusiones. Brooks
incluso trata de borrar la palabra neoconservador, o necon,
de la narrativa de la guerra de Irak con la absurda frase con es
la abreviatura de conservador y neo es la abreviatura de judío.
Ahora, el simple uso de la frase neoconservador puede ser
antisemita: Brooks de hecho concluye su artículo anunciando que
el antisemitismo vive un resurgimiento.
Si eso es lo mejor que tienen para amenazar a sus críticos, entonces
los señores Wolfowitz, Perle y demás deben estar dándose
a la fuga. Ellos nunca dijeron que la democracia iba a funcionar. Ellos
no tienen influencia sobre Bush. Ellos no tenían el poder. Pero
si a duras penas hablaron con él. ¿Neoconservadores? ¿Quiénes?
Pero fueron los neoconservadores, al igual que el mismo Israel, los que
defendieron más fervientemente la invasión a Irak.
Para esto se defendieron con el devastador, y muy cierto, hecho de la
vida en la mayor parte de Medio Oriente: casi todos los estados árabes
son escuálidas, corruptas y brutales dictaduras. No hay sorpresa
en ello. Nosotros creamos a la mayoría de esos dictadores. Nos
deshicimos de reyes y príncipes cuando éstos no tuvieron
autoridad suficiente para controlar a las masas, y luego apoyamos a un
montón de miserables generales y coroneles, la mayoría de
los cuales vestía alguna variante de losuniformes militares británicos,
con águilas en el quepí en lugar de coronas.
Así, el rey Farouk fue suplantado, indirectamente, por el coronel
Nasser (y por el general Sadat y el general de la fuerza aérea
Mubarak), el rey Idris fue sustituido por el coronel Kadafi (el servicio
exterior británico adoraba al joven Kadafi), y la monarquía
posterior a la Primera Guerra Mundial del rey Faisal fue sustituida, eventualmente,
por el partido Baaz y Saddam Hussein.
Nunca quisimos que los árabes tuvieran democracia. Cuando los egipcios
lo intentaron en los años 30, y parecía que expulsarían
a Farouk, los británicos enviaron a la oposición a la cárcel.
Nosotros los occidentales trazamos las fronteras de la mayoría
de las naciones árabes, inventamos sus estados y entronizamos a
los líderes que nos eran leales. Los bombardeábamos, desde
luego, si nacionalizaban el Canal de Suez, si ayudaban al ERI o si invadían
Kuwait.
Pero los neoconservadores, Bush y después, inevitablemente, Blair,
querían que tuvieran democracia. Ahora bien, hay muchos árabes
que quisieran tener un poco de esa preciosa sustancia llamada democracia.
De hecho, cuando emigran hacia Occidente y logran obtener pasaportes estadounidenses,
británicos, franceses o de cualquier otro lugar occidental, muestran
la misma aptitud para la democracia que nosotros. Los iraquíes
de Dearborn, Michigan, son como los demás estadounidenses: votan
mayoritariamente por los demócratas, se divierten y
trabajan como cualquier otro ciudadano estadounidense amante de la libertad.
Por tanto, no hay nada genético en la incapacidad del mundo árabe
en lograr la democracia.
El problema no son los pueblos sino el ambiente, la construcción
de una sociedad patriarcal y, lo más importante, los estados artificiales
que creamos para ellos. No producen ni pueden producir democracia. Los
dictadores a los que pagamos, armamos y beneficiamos han regido mediante
la tortura y el sistema tribal. Al encontrarse en naciones en las que
en muchos casos no creían, los pueblos árabes confiaron
únicamente en sus tribus. Los reyes eran tribales: los hashemitas
vinieron del noreste, de lo que hoy se llama Arabia Saudita, y los dictadores
también son tribales. Saddam, como se le dice al mundo repetidamente,
era de Tikrit. Y este hombre sin escrúpulos se hizo del poder mediante
una red de alianzas tribales y sectarias. Cuando irrumpimos en su país,
por supuesto, dijimos a los iraquíes que les daríamos democracia.
Tendrían elecciones libres.
Recuerdo la primera vez que caí en la cuenta de lo deshonesta que
era esta promesa. Fue cuando Paul Bremer, el fallido procónsul
estadounidense en Irak, dejó de hablar de democracia y empezó
a referirse al gobierno representativo, que para nada es lo
mismo. Esto ocurrió cuando gente como Daniel Pipes, primo del ala
derecha de los neoconservadores, a quienes ya no podemos mencionar, comenzó
a promover no la democracia para Irak, sino una autocracia
de mentalidad demócrata.
Bremer dice que no puede haber elecciones antes de junio, cuando la
soberanía se traspase, lo cual es en sí
una mentira porque será a un grupo de iraquíes elegidos
por Estados Unidos e Inglaterra al que se le traspasará
la mítica soberanía del país.
Después y será necesario rezar
para que esto se cumpla se celebrarán las elecciones democráticas
que le prometimos al pueblo iraquí y que ahora reclaman los vociferantes
chiítas. Aun si estas elecciones se celebran algún día,
la mayoría de los iraquíes votará según su
tribu y su religión. Así es como ha funcionado su sistema
político los últimos cien años y así es como
funciona el actual consejo interino elegido por los estadounidenses.
Ahí vamos otra vez. No hay armas de destrucción masiva.
No hay nexos entre Saddam y el 11 de septiembre de 2001. No hay democracia.
Echenle la culpa a la prensa. Echenle la culpa a la BBC. Echenle la culpa
a los espantos. Pero no culpen a Bush y Blair. Y no culpen a los neoconservadores
estadounidenses que ayudaron a empujarnos hacia estedesastre. Ellos ni
siquiera existen. Y si decimos que sí existen, ya sabemos de qué
van a tacharnos.
* De La Jornada y The Independent. Especial para Página/12.
Traducción: Gabriela Fonseca.
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