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Un Moisés de tercera mano
Rafael Sanchez Ferlosio En cuanto al modelo de colonización holandés, que, salvo por la Guayana y Curaçao, fue poco duradero en América, pues, tras haberse establecido en 1616 poco por bajo de donde cuatro años después arribaría el Mayflower, apenas tuvo tiempo de fundar, en 1652 y bajo el nombre de Nueva Amsterdam, la que sólo 15 años más tarde, habiendo caído en poder de los ingleses, sería rebautizada como Nueva York, fue un modelo que llegó a mezclar, al menos en un punto particularmente sensible, el rasgo de compañía de navegación comercial con el de asentamiento de comunidad religiosa de inspiración veterotestamentaria. Aquel mismo año de 1652 de la primera fundación de Nueva York, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales fundó, como dependencia no ya de la metrópoli, sino de su propia central de Batavia, la Ciudad del Cabo. Las exigencias impuestas a los colonos por la compañía prefiguraron la religiosidad patriarcal y en ciertos casos neomosáica de los futuros bóers: una moralidad intachable en el sentido de la iglesia reformada, una autosuficiencia económica total con prohibición de relaciones tanto con los no holandeses como con los indígenas y, final mente, la lectura de la Biblia en familia, que sólo al padre, erigido en patriarca, competía comentar. Cuando en 1685 la revocación del Edicto de Nantes, o de Tolerancia, por el rey Luis XIV provocó la desbandada de los hugonotes sobre todo hacia Holanda y Alemania, 550 de ellos decidieron embarcarse en los galeones de la compañía y fueron amorosamente recibidos y acogidos en comunidad de los que ya empezaban a llamarse boers (boyeros). Y aquí es donde encaja la observación de que tanto los rasgos de minoría religiosa blanca segregada en la metrópoli comunes a los pilgrims puritanos del Mayflower, a los boyeros holandeses llevados por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales a la Ciudad del Cabo -y, en un principio, sólo como criadores de reses destinadas al aprovisionamiento de los navíos que hacían la carrera de la especiería- y a los hugonotes que se les unieron, como determinadas coincidencias en el tiempo con la ulterior historia de los bóers, sugieren una particular interpretación del sionismo, y especialmente de su corriente extremista "Eretz Yishraël". En 1838, un año después de que los bóers, ya sometidos desde 1806 a la dominación británica, descontentos con ciertas exigencias de la Administración, emprenden, en número de 2.000 familias, el Gran Trek (id est "gran éxodo"), saliéndose, con sus carretas y sus ganados, del territorio colonial, Moisés Montefiore propone la creación de un Estado para los judíos. En 1881, tras la derrota de los británicos por los bóers de la reciente República del Transvaal, presidida por Paul Krüger, la corona acepta la independencia del Transvaal, pero reservándose el control de la política exterior, por lo que algunos grupos de bóers descontentos emprenden un nuevo éxodo y fundan otras dos repúblicas: "Stellalandia" la una, y la otra con el significativo nombre de Goshen (es el nombre de la región de la península del Sinaí, lindera con Egipto, en la que el faraón permitió establecerse con toda su familia y haciendas a Jacob-Israel, el padre de José, su gran ministro e intendente del Alto y Bajo Imperio), y en 1882, León Pinsker, con su libro Autoemancipación -en el que se propone como solución del antisemitismo el asentamiento de los judíos en Palestina- da impulsos al comienzo de la primera Aliá (inmigración de judíos en Tierra Santa). Por otra parte, nada hay más ajeno a la benigna y pacífica religiosidad judía de la sinagoga europea medieval y moderna -surgida del triunfo exclusivo de la secta de los fariseos- que el yaveísmo o el éxodo mosaico y la belicosa invasión de Canaán, ni nada más extraño a la sociedad urbana y burguesa de las juderías de la diáspora y a sus ocupaciones mercantiles, artesanas o de profesiones liberales y con una media de nivel cultural siempre muy superior a la de todo su entorno, que la dedicación a la agricultura o la ganadería. Surge así la fortísima sospecha de que el sionismo no es algo reflorecido en el seno de las propias comunidades judías, a partir de una tradición autóctonamente conservada, sino una artificiosa reinvención secundaria rebotada del veterotestamentarismo rehabilitado ad hoc por ciertas sectas cristianas reformadas, como comunidades religiosas minoritarias perseguidas, especialmente inglesas y holandesas. "Eretz Yishraël" no sería, así pues, sino el último caso de arreglo mediante emigración y establecimiento colonial de una comunidad blanca minoritaria discriminada y perseguida, como en el caso de los pilgrims del Mayflower. Una ya un tanto rancia superproducción norteamericana en tecnicolor sobre el éxodo mosaico se recreaba precisamente en todos los detalles capaces de establecer, sin reparar demasiado -siempre que fuese "por exigencias del guión"- en algún que otro anacronismo, una explícita identificación del pueblo de Israel, esta vez no con los pilgrims del Mayflower, sino con sus feroces sucesores, los pioneers del Destino Manifiesto, con sus carretas de toldo redondo, sus niños con gatitos en los brazos, sus vigorosas mujeres de pañoleta atada a la barbilla y de holgadas y largas sayas remendadas, y hasta un Charlton Heston que, encarnando a toda barba al mismísimo Moisés, daba con estas palabras la salida: "¡Partamos hacia la tierra de la Libertad!". De hecho, las discusiones sobre un arreglo mediante asentamiento colonial para la comunidad judía llegaron a enfocar las cosas, al menos al principio, como si se tratase de cualquier otra minoría social blanca segregada, supuesto que, como territorios idóneos para ello, se barajaron, que yo sepa, por lo menos Uganda, Madagascar y El Canadá, incluso después de haberse propuesto Palestina. Para el propio Herzl estaba claro el papel del judío como el del blanco que, por su superior civilización, está capacitado para colonizar y dominar: 'Tara Europa constituiríamos allí un trozo de muralla contra Asia; seríamos el centinela avanzado de la civilización contra la barbarie" (Der Judenstaat, 1895). ¡Nada, pues, para él, de idílicas comedias pastoriles, de agropecuarias ficciones patriarcales! ¡Poder tan sólo, puro y duro poder territorial, como es propio de todo colonialismo blanco! Pero yo digo: entonces, ¿por qué precisamente Canaán? ¡2.000 años de consanguinidad desparramada -y sin embargo, presuntamente conservada- por cinco continentes no pueden ser realmente más que un caso muy grave de histrionismo historicista! ¡Habiéndosenos perdido, al que más y al que menos, casi todo o aun todo -y a veces hasta la sombra- en todas partes, aún seguimos andando por el mundo como el que no ha perdido nada, como el que todo lo tiene bien guardado en sí mismo y en la que se le antoja decir que es su tierra! A tenor de lo cual, el éxodo sionista sería una expatriación colonizadora, urdida sobre el precedente de las ya referidas minorías cristianas reformadas y sugestivamente maquillado con los alegóricos colores, miméticamente asimilados, de un neoveterotestamentarismo remasticado ad hoc por dichas sectas cristianas protestantes. Al retomar, de este modo, la tradición mosaica de una ya artificiosa rehabilitación cristiana, Eretz Yishraël sería como repatriación, desde el punto de vista de móvil ideológico, algo aún más gratuito y fantasmal de cuanto podría llegar a serlo un pretendido "retorno" de los sefardís a Sefarad. De modo que si el Moisés del veterotestamentarismo protestante era ya un Moisés resucitado ad hoc, como ideología conveniente tanto para los pilgrims del Mayflower como para los pioneers del Destino Manifiesto, y, por tanto, de segunda mano, el Moisés de Eretz Yishraël, reimitado del neoveterotestamentarismo cristiano reformado, sería un Moisés de tercera mano.
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