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UPD: las preguntas incómodas
Félix Ovejero Lucas
Que las cosas le vayan bien a UPD depende, fundamentalmente,
de las reglas del juego electoral, de lo que pase en este tiempo en el
patio político y de sus propias acciones en ese tiempo, de cómo
responda a las dos primeras circunstancias. Las reglas del juego electoral no propician la
aparición de un tercer partido nacional en condiciones de influir
parlamentariamente. Nos lo recuerda cada cuatro años iu, con más
votos y menos escaños que los nacionalistas. UPD quiere cambiar
esas reglas, pero antes ha de jugar con ellas y salir bien parado. Prescindiendo
de esa consideración, que ya es mucho prescindir, se pueden hacer
algunas conjeturas acerca de la procedencia de los posibles votos de UPD.
La pregunta sobre dónde esperan robar los votos se
la han hecho hasta la fatiga a sus dirigentes. Y su respuesta no puede
ser más respetuosamente democrática: los votos pertenecen
a los ciudadanos, no a los partidos. Además, añaden, muchos
se abstienen. Sea como sea, el debilitamiento de los partidos
nacionales debería compensarse con una presencia parlamentaria
lo bastante importante como para convertir a UPD en parlamentariamente
relevante. De otro modo, se podría producir el paradójico
escenario de que, debilitados, los dos grandes partidos acaben por depender
todavía más de los nacionalistas. Desde el punto de vista
electoral, los rivales de UPD no son los nacionalistas. Su rivalidad con
los nacionalistas es política. Si se quiere, matrimonial. UPD no
aspira a gobernar, a ser el partido más votado, sino a ser decisivo
para el que tenga posibilidades de gobernar, es decir, aspira a sustituir
a los nacionalistas, a convertirse en un partido bisagra,
para decirlo con el léxico de ferretería ya consolidado.
Pero es una bisagra con una complicada relación con la puerta.
Tiene que abrirse su camino disputando con partidos a los que no le gustaría
ver definitivamente debilitados. El acontecer político de aquí a
las elecciones, sobre el que poco o nada puede hacer el nuevo partido,
es otra de las circunstancias que condicionará sus resultados.
Aquí lo decisivo es lo que pasa y, no menos, cómo reaccionan
a lo que pasa los otros partidos. En principio, a UPD le irán bien
las cosas si, en el día a día, seguimos dándole vueltas
a los problemas que están en su origen. Algo que no ignora Zapatero,
al que no falta talento para las escaramuzas. Sus propuestas de estos
últimos meses, precipitadamente calificadas como sociales, cumplían
la función, entre otras cosas, de alejar el debate de los problemas
que quiso resolver y que nos ha devuelto amplificados: el territorial
y el terrorista. Y no le iba mal hasta que Ibarretxe levantó la
mano y preguntó acerca de lo suyo: el referéndum sobre la
autodeterminación con fecha fija. Era previsible: los nacionalistas
tienen que colocar sus mercancías en sus particulares zocos. Para
el nuevo partido, no es mala cosa el recordatorio de que los nacionalistas
nunca dan por caducados sus productos. Sus predicciones se confirmarían.
Eso en un primer momento. Más tarde, según reaccione el
Gobierno, las cosas pueden estar menos claras. Incluso, como en el jiu-jitsu,
el presidente podría rentabilizar la acometida nacionalista. Podría
lanzar un doble mensaje que muchos estarían deseosos de creerse:
he hecho lo posible por contentar a los nacionalistas, ahora hay que hacerles
saber que el Gobierno de España no está dispuesto a ceder
a los chantajes. Se acabó lo que se daba. Que sea verdad o no,
la sinceridad del mensaje, resulta irrelevante: las elecciones están
lo bastante cerca como para que no haya tiempo más que para las
grandes palabras, para la pirotecnia. Después de lo corrido, quizá
podemos pensar que mucha tendría que ser la buena fe, o la fe sin
más, de los hipotéticos votantes socialistas, pero, a qué
engañarnos, la digestión de ruedas de molinos no ha sido
nunca un problema para ellos. Sobre el paisaje de fondo enmarcado por esas dos
coordenadas se tiene que desenvolver el nuevo partido. No puede controlar
ni el estado del terreno de juego ni la táctica del rival, pero
sí su modo de jugar. Tiene que encontrar su lugar entre el PSOE
y el PP. Su inserción en el espacio político es peculiar.
Por una parte, atendiendo a la procedencia de sus promotores, la izquierda
es su marca de origen. Por otro, atendiendo a su mensaje, mantiene importantes
coincidencias con un PP que, no sin ambigüedades e incoherencias,
se ha mostrado crítico con la carrera estatutaria y que, por lo
demás, sabe que lo tendrá muy difícil para pactar
con unos nacionalistas cebados en pretensiones por Zapatero. UPD parece
dudar entre presentarse como un partido de izquierda o como un partido
transversal, en el que caben todos, izquierdas y derechas.
Un partido en el que caben todos es distinto de un partido que se dirige
a todos. Para aclararnos, Sarkozy levanta un proyecto de derechas al que
se adscriben, más tarde, personajes que proceden de la izquierda
(¿o es que nos hemos olvidado del equidistante Bayrou, que tantos
entusiasmos despertó?). En UPD, desde el principio, han acogido
a todos. Vargas Llosa no suscribe un proyecto de otros sino que está
en la presentación del proyecto con sus propias ideas. La tentación
es alta: recoger votos de todas partes. Pero también los riesgos:
alejar la fuente de votos más promisoria, los abstencionistas desengañados
del PSOE, que no encontrarían un mensaje suficientemente diferenciado
del PP y que no se reconocen en un partido con liberales como Vargas Llosa,
al tiempo que no se consigue atraer a unos votantes de derechas que, por
lo que se sabe, se mantienen bastante fieles al PP y que no acabarán
de creerse la imagen de la derecha que la propia competencia política
obligaría a cultivar (¡Dios nos conserve la Educación
para la ciudadanía!). El otro perfil con el que UPD se puede presentar
es el de un partido de izquierda que se resiste a desmontar un Estado
en el que ve, antes que la cristalización de eternas esencias,
un instrumento de realización de la justicia, una garantía
de igualdad entre todos los ciudadanos. Seguramente, con ese mensaje atraería
no sólo a los votantes del PSOE descontentos, sino a otros, también
de izquierda, instalados en la abstención, aquellos que ya no votan
al PSOE y que nunca votarían al PP. Esa clarificación
de ubicación, además, evitaría una indefinición
ideológica que puede complicar el propio funcionamiento, atascándolo
en inacabables polémicas de fundamentos , y puede facilitar
una elemental cohesión interna que, más allá de las
consideraciones programáticas, siempre deudoras de las circunstancias,
evita la necesidad de andar cada día buscando diferencias respecto
a un PP que está lejos de ser un partido ultramontano, al menos
no menos que lo es una parte importante de la izquierda europea con problemas
para digerir no ya el matrimonio homosexual sino hasta las parejas de
hecho. La resultante de tales fuerzas se verá en las próximas elecciones. Todo lo demás son especulaciones, incluidas las líneas anteriores. Es poco lo que podemos establecer con certeza. Eso sí, hay una cosa segura, la aparición de Ciudadanos y ahora de UPD ha recuperado las preguntas incómodas. Ya no valen los conjuros vacíos de la riqueza de la diversidad o la España plural. Se acabó el silbar. ~
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