|

No es lo que nos cuentan
Carlos Taibo
es profesor de Ciencia Política en la
Universidad Autónoma de Madrid y firmantedel
manifiesto Para construir otra Europa digamos 'no' al tratado constitucional.
EL PAÍS - Opinión - 16-01-2005
Quienes se han entregado a la defensa del Tratado
Constitucional de la UE gustan de repetir un argumento que tiene su miga:
la razón primera para respaldar el texto en cuestión la
aporta, a sus ojos, el hecho de que la Unión es un islote de prosperidad,
de derechos y de libertades en un mar proceloso.
Olvidemos lo que en otras circunstancias habría de ocupar nuestra
atención: semejante forma de razonar, que esquiva cualquier consideración
sobre el tratado en sí, se asienta en la frágil intuición
de que éste -de la mano de mercaderes y fortalezas envueltos en
retórica hueca- tiene que ratificar, por su rica gracia, las virtudes
reseñadas.
Mayor enjundia tiene el cometido de examinar si esas virtudes son tales,
y de hacerlo a sabiendas de que, de siempre, la UE ha escapado de los
discursos genuinamente críticos. Y es que sobran los motivos para
concluir que la Unión no es ese dechado de venturas que tantos
aprecian. La generosa autopercepción que emite mucho le debe a
la soterrada invención de una tradición que dibuja sin rebozo
un permanente progreso, se desentiende de los desatinos que han marcado
el devenir europeo, arrincona las excepcionalidades -una celtibérica
televidente, que ignoraba al parecer el apoyo de EE UU al general Franco,
se
preguntaba hace poco cómo "los europeos" podemos odiar
al gigante norteamericano y olvidar lo que hizo por nosotros con ocasión
de las dos guerras mundiales...- y emplea la paz labrada tras 1945 como
un arma arrojadiza dirigida contra quienes demandan algo más de
imaginación, de ciudadanía consecuente y de justicia, y
algo menos de mercado.
Con esos mimbres se han forjado varios mitos. El primero bebe de una vieja
distinción que sugiere que hay un modelo de capitalismo "europeo"
vinculado con los Estados del bienestar y afortunamente diferente del
patrón norteamericano. Hora es de preguntarse en qué ha
quedado nuestro capitalismo de vocación social luego de dos decenios
de neoliberalismo floreciente: asistimos a una progresiva fusión
de los patrones invocados, en manifiesto provecho, claro, del estadounidense.
Si entre nosotros perviven elementos vertebradores de los Estados del
bienestar -nadie en su sano juicio lo negará-, ello es así
antes en virtud de una inercia del pasado que de resultas de un proyecto
estrictamente
contemporáneo. En modo alguno puede sorprender, entonces, que la
UE se regocije con una globalización desbocada similar a la que
alientan los gobernantes norteamericanos, como lo revelan, al amparo de
una apuesta por un paraíso fiscal de escala planetaria, el derrotero
de la cumbre que la OMC celebró en Cancún en 2003 y ese
lamentable fiasco desregulador que es el Acuerdo General sobre el Comercio
y los Servicios.
Aunque, en comparación con lo que ocurre a su alrededor, el balance
de la UE en materia de derechos y libertades es más saludable,
no faltan tampoco los borrones, engrosados al amparo de las secuelas de
los atentados del 11-S. Ahí están las nuevas leyes antiterroristas
y el tratamiento elocuentemente represivo del "problema" de
la inmigración, palpables, por doquier, de un tiempo a esta parte.
En la trastienda despunta un pertinaz déficit democrático
-curioso eufemismo éste, forjado con el lenguaje de la economía-
que no hay mayor interés en aminorar: nuestros gobernantes poco
más demandan de la ciudadanía, emisora de molestos ruidos,
que una callada aceptación de lo que llega de arriba.
Así lo testimonia, sin ir más lejos, el malhadado referéndum
que tenemos entre manos.
Pongamos sobre la mesa un tercer mito: para muchos la UE es, por su cara
bonita, un agente internacional abiertamente comprometido con la paz,
la justicia y la solidaridad. Basta con echar una ojeada a la condición
de tantos de nuestros dirigentes -Durão Barroso, por ejemplo- para
percatarse de que algo chirría en el argumento. A la hora de formular
un juicio sobre la política exterior de la Unión, más
provechosa es la evaluación crítica de lo que Francia y
el Reino Unido hacen, respectivamente, en el África subsahariana
y en Irak; de la liviandad objetiva de las ayudas al desarrollo, acompañada
de una sórdida racanería con los socios recién llegados;
de la doble moral que, en relación con la justicia penal internacional,
ha acabado por exhibir la UE en Afganistán, o del
designio de mirar hacia otro lado ante lo que sucede en Palestina o en
Chechenia.
La misma instancia que retira presurosa privilegios comerciales a países
del Tercer Mundo anegados por draconianos programas de ajuste los mantiene
incólumes, en cambio, en el caso de Israel.
Un cuarto mito que adoba a la UE viene a afirmar que en su seno se aprecia
un irreductible propósito de contestar la hegemonía norteamericana.
Qué difícil es
apuntalar esa percepción cuando han amainado los espasmos de independencia
que Francia y Alemania blandieron dos años atrás al tiempo
que todos los miembros de la UE reclaman hoy para sí, con singular
empeño, la condición de aliados de EE UU. Aunque hay que
prestar oídos a la confrontación que mantienen el euro y
el dólar, y a la presunta condición productiva que impregna
al capitalismo propio de la UE, por lo que cuentan menos atraído
por pulsiones especulativas, nada sería más ingenuo que
concluir que al amparo de la moneda comunitaria se barruntan filantrópicos
designios. Digámoslo con claridad: siendo saludable que aparezcan
contrapesos en el camino de la hegemonía
norteamericana, hay que calibrar con tino la naturaleza precisa de aquéllos,
no vaya a ser que a su amparo emerjan elementos tan ruines como los que
distinguen el comportamiento planetario de EE UU. La principal de las
taras que, dicen, acosan a la diplomacia de la UE -la división
que arrastran sus miembros- bien puede ser un elemento de contención,
no en vano desdibuja el horizonte de una imaginable defensa de intereses
tan obscena como la avalada por los gobernantes norteamericanos.
El lector, que no está obligado a hacer propias las consideraciones
anteriores, debe preguntarse, aun así, si gobernantes y medios
no han abrazado entre nosotros una visión de la UE infelizmente
lastrada por lugares comunes y ejercicios de autocomplacencia. Y es que,
no sin paradoja, los valores que menciona el título primero del
Tratado Constitucional -una filigrana retórica - sólo encuentran
reflejo cristalino en la actitud de quienes, con espíritu contestatario,
prefieren disentir, y hacerlo de manera franca, en estas horas.
|