Analfabetismo predigital
Salvador Giner*
Catedrático de Sociología de la Universitat de Barcelona (EL PERIODICO, 04/01/05)

La manía de la sociedad contemporánea por tomarse el pulso a sí misma puede atolondrar. Cada dos por tres alguien nos regala con datos supuestamente objetivos sobre el estado (más bien el mal estado) de nuestros saberes y de nuestros usos tecnológicos. Un estudio de la Generalitat catalana confirma la extendida sospecha de que las mujeres usan las computadoras menos que los hombres (el 20% menos, cielo santo). O que los varones usan más el teléfono portátil que las hembras (dada su injusta posición inferior en la sociedad alguno ya lo sospechaba). O que el uso de las tecnologías en el hogar es muy superior en otros países europeos. Es sano que los sondeos y las encuestas remachen el clavo de lo obvio.

Aunque es todavía mejor si de algún modo se contaminan del espíritu sociológico, que consiste en preguntarse el por qué de algunas cosas (contra una predominante opinión, sociología no es acopio de datos, sino interpretación causal y señalamiento de consecuencias. Si no, no valdría la pena, como oficio. Una cosa es un sondeo, o un material estadístico; otra, la explicación. Lo primero puede hastiarnos por inflación informativa. Lo segundo puede ayudarnos a pensar, principio de la sabiduría).

En todo caso, este país, por dos siglos angustiado por su retraso cultural y científico endémico, ha pasado con donosa despreocupación del analfabetismo literario y aritmético clásico al semianalfabetismo digital e informacional moderno sin un periodo normal de transición. La angustia y los complejos de inferioridad son hoy los mismos, pero se han modernizado. Seguimos en lo de siempre: ¿tiene la cosa alguna explicación? Gran parte de la respuesta es evidente, así que el avisado lector sabrá disculparme si le ahorro una historia concentrada de las Españas, desde la negrura de la Santa Inquisición hasta la sordidez y zafiedad, convertidas en larga dictadura clerical-fascista, en pleno siglo XX.

Sin embargo, hay otra parte que merece evocarse desde las ilustradas páginas de este diario, tan inclinado a fomentar la actitud crítica, reformista y civil entre nosotros. Me refiero a lo que podríamos llamar la trastienda del retraso neotecnológico del país (y de países afines, pero no querría señalar).

El uso desequilibrado --la llamada brecha entre la ciudadanía, o entre regiones y países-- de tecnologías como las internéticas refleja fielmente desigualdades sociales conocidas: de género, clase social, riqueza. Lo más significativo es saber si la tal brecha va camino de cerrarse o no, y también si hay convergencia, o no, con países que ya la han superado o están a punto de hacerlo. No se trata sólo de saber qué porcentajes hacen ésto y aquéllo. Las tendencias cuentan más que otra cosa.

CONVIENE conocer cuántas computadoras hay por 100 habitantes, o por número de hogares. Pero hay que saber sobre todo cómo se utilizan y cuál es el contenido de ese uso. Si las páginas web que produce una sociedad son borrosas, repetitivas, confusas, retóricamente inadaptadas al mensaje, incompatibles con él y llenas de basura --por definición innecesaria-- nos hallaremos ante una población que sufre analfabetismo predigital grave. Es éste un mal que contamina la comunicación, mantiene al país en la inopia, socava su competitividad y le imposibilita ponerse al día.

Quienes han aprendido o hasta enseñado en universidades anglosajonas suelen sufrir lo indecible cuando tienen que leer los incoherentes y verbosos textos que les someten sus alumnos en exámenes o trabajos asignados para aprobar asignaturas en este país.

Falta en ellos con frecuencia el argumento central, la conclusión con su necesario quod erat demonstrandum, la hipótesis que se defiende, la crítica serena. Médicos en sus informes, fiscales en sus dictámenes, jueces en sus sentencias e ingenieros en sus estudios parecen todos ignorar el sagrado principio universal de la cuchilla. Es decir, el de la célebre navaja de Occam: entia non sunt multiplicanda sine necessitate. En lengua llana: ni una palabra de más, ni una de menos. Precisión, economía, claridad.

Avanzaremos poco y mal si la pública obsesión consiste solamente en multiplicar el número de computadoras por aula, y en la generalización de toda la panoplia electrónica y digital por todos los hogares, eso sí, con banda ancha. Iremos en cambio por el buen camino si enseñamos sin tregua y con toda la dedicación posible los hábitos liberadores del pensamiento analítico, la racionalidad, el rigor expositivo y la competencia mental. Son las premisas de todo lo demás.

EN EL PRINCIPIO fue el verbo (racional y con minúscula). Luego vino, o vendrá, la cultura democrática y realmente moderna que también se expresa a través de la informática, la telemática y las otras neotecnologías. La mentalidad adecuada y la competencia analítica son previas a los resultados de plena modernidad. No pongamos el carro delante de la mula.

Si a pesar de todo, llevados por el fetichismo de la llamada sociedad de la información, las gentes responsables opinan que lo crucialmente importante es cubrirlo todo de aparatos electrónicos y que lo demás --¿nuestra propia humanidad pensante y libre, crítica?-- se nos dará por añadidura, abandonemos toda esperanza secular. Quienes no quieran emigrar a Finlandia, siempre podrán cultivar el exilio interior o hacerse ermitaños. Este es un país libre.

 

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