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Democracia deliberativa, en
serio
Félix Ovejero Lucas*
*es profesor de Ética y Economía de la
Universidad de Barcelona.
EL PAÍS - Opinión - 30-12-2004
Rodríguez Zapatero parece haberse tomado
en serio su compromiso con quienes le pedían que no les defraudase.
Buena cosa, atenerse al contrato con los electores. E infrecuente. Por
lo común, cuando la izquierda llega al Gobierno, las tareas de
gestión parecen desplazar a las convicciones ideológicas.
A muchos les parece una suerte: el principio de realidad se impondría
a las insensatas elucubraciones sobre principios y valores. Yo no estoy
tan seguro de que las cosas sean así. Una cosa es reconocer la
realidad y otra reconciliarse con ella. Por lo general, lo que se da en
llamar la gestión, equivale a dar por buenos otros principios,
los que rigen el statu quo. Y es que no hay gestión que se desarrolle
en un limbo ideológico. Entre otras cosas, porque lo que se gestiona
son intereses y poder social. Algo, por cierto, que sabía muy bien
Margaret Thatcher cuando acabó con el Estado de bienestar.
En el entramando ideológico en el que Rodríguez Zapatero
dice basarse, dentro de un genérico compromiso con el republicanismo
o, en una rotulación menos indigesta, ciudadanismo, destaca la
idea de democracia deliberativa. En lo esencial, la democracia deliberativa
se entiende como un sistema de decisiones colectivas en el que los participantes
se ven obligados a defender sus argumentos en un público diálogo
regido por principios elementales de racionalidad e imparcialidad. En
la literatura académica es frecuente oponer la democracia deliberativa
a la democracia de negociación en la que las decisiones no hacen
sino reflejar la fuerza de cada cual, su capacidad para imponer sus intereses,
con independencia de la bondad de sus exigencias.
En principio, la democracia deliberativa asegura un razonable vínculo
entre las decisiones y la justicia. La argumentación pública
obliga a mostrar que, en algún sentido, las tesis defendidas se
corresponden con principios generalmente aceptables, de imparcialidad
o de interés general. Uno no puede decir que hay que hacer una
inversión simplemente porque beneficia a los suyos. En la deliberación,
incluso el tramposo, el que pretenda pasar sus intereses por los intereses
de todos, está obligado a apelar a razones generalmente aceptables.
Tendrá que mostrar que lo que defiende es lo más justo;
por ejemplo, que los suyos son los más necesitados. Si se muestra
que no es así, tendrá que recoger velas.
En su trato con la Iglesia, Rodríguez Zapatero resulta bastante
consecuente con su compromiso deliberativo. Desde el punto de vista democrático,
lo que importa no es la capacidad de presión, ni siquiera si hay
muchos católicos o pocos. El Estado se ha de limitar a asegurar
que nadie tenga problemas para regir su propia vida según sus convicciones
religiosas. Otra cosa es que pretenda que sus convicciones gobiernen la
vida de los demás. Puede hacerlo, pero, en ese caso, ha de jugar
a la democracia. Ningún ciudadano puede verse sometido a la voluntad
de ninguna institución cuyo fundamento último -por más
remoto que sea - carezca de legitimidad democrática. Si la Iglesia
aspira a regular no sólo la vida de los creyentes, sino también
la de todos los demás, ha de estar dispuesta a que sus tesis se
sometan al escrutinio público. Hasta donde se me alcanza no parece
ser ése el caso, al menos mientras las palabras religión,
Iglesia y fe guarden algún significado. Quizá no está
de más decir que lo mismo vale para cualquier religión con
las idénticas aspiraciones. Es decir, casi todas las que se ven
por aquí.
Pero no es ése el único ámbito en donde Rodríguez
Zapatero tiene ocasión de mostrar su compromiso con el ideal deliberativo.
El poder económico no es el menos importante. En buena sensibilidad
democrática cada ciudadano - directamente o a través de
sus representantes- ha de disponer de la misma posibilidad de influir
en las decisiones y de poder hacer oír su voz. El sufragio universal,
una conquista de la izquierda, es seguramente la cristalización
más consumada de ese principio. De hecho, históricamente
el socialismo encontró en ese principio una razón adicional
para criticar otras desigualdades, entre ellas, muy fundamentalmente,
una desigualdad de acceso a la propiedad que se
traduce no sólo en desigual riqueza, sino también en desigual
capacidad de influencia política. Sucede con el empresario que
dispone de medios de comunicación y está en condiciones
de decidir los problemas políticos a debatir o con aquel otro que
amenaza con despidos o cierres si sus peticiones no son atendidas, si
no cabían las políticas laborales.
Con menos dramatismo y mayor cotidianidad sucede cada día cuando
los ministros se ponen al teléfono del banquero de turno. Para
aclarar ideas: el anterior presidente de La Caixa, Josep Vilarasau, podía
tranquilamente ir a proponerle un cambio legislativo al anterior presidente
de la Generalitat y éste aceptarlo (La Vanguardia, 17-11-2004).
Un privilegio concedido a pocos ciudadanos y que aceptamos con la misma
naturalidad con la que acatamos el paso de las estaciones, aunque en el
camino vamos degradando la calidad de nuestra democracia, la justicia
de sus decisiones. Es poco probable que el Gobierno esté en disposición
o en condiciones de atacar el paisaje de fondo que condiciona tales desigualdades
de influencia. Pero si no está en su mano o en su ánimo
actuar sobre el desigual poder económico, sí lo está
administrar su influencia en el poder político.
Otro ámbito en donde el temple deliberativo se calibra es el trato
con las reivindicaciones de lo que sin mucha precisión se da en
llamar "minorías culturales". Sus reivindicaciones hay
que tomárselas en serio desde el punto de vista democrático.
Esto es, hay que discutirlas. Las reclamaciones de los grupos minoritarios
no son el punto de llegada de la democracia, sino de partida. Si el trato
especial a un colectivo es resultado de un debate público informado,
no se podrá decir que goza de ningún privilegio. Ahora bien,
si, sometidas las reivindicaciones a un proceso deliberativo, fracasan,
no será porque sean minoritarias o porque tengan poco poder, sino
porque no tengan razones, porque no están justificadas. No pueden
estar blindadas frente a la argumentación. No cabe decir que han
sido tratadas injustamente porque han fracasado en conseguir concesiones
especiales, sino que han fracasado porque son injustas, porque buscan
un privilegio que resulta injusto con los demás ciudadanos. Una
reivindicación no es justa por ser reivindicación. No basta
con que alguien se sienta oprimido o discriminado para que esté
oprimido o discriminado. La discriminación no requiere la conciencia
de la discriminación: lo sepan o no, las mujeres de la India están
oprimidas. Las reclamaciones en nombre de las peculiaridades o de las
identidades no están más allá del escrutinio democrático.
De otro modo se asume que existen territorios vedados a la ley y a la
justicia. Sin
ir más lejos, es lo que sucede cuando un cargo público se
compromete a aceptar el código de la Moudawana, la ley coránica
sobre asuntos matrimoniales.
Un tercer ámbito de ejercicio de la deliberación es la relación
con los nacionalistas. Aquí el Gobierno tiene un problema de principio.
La democracia deliberativa requiere un compromiso con el interés
general. No hace falta que sea sincero. Basta con que se proclame. La
deliberación no reclama ángeles para desarrollarse. El mérito
no es de los jugadores, sino de las reglas del juego, del diálogo
que obliga a justificar los puntos de vista, a dar razones. La deliberación,
que nos ata a argumentos de imparcialidad, nos deja desnudos con nuestros
intereses parciales. Pero, claro es, el mecanismo sólo funciona
cuando todos comparten la misma comunidad de referencia. Y sucede que
los nacionalistas
proclaman que sólo prestan atención a sus intereses, que
los intereses de los demás no son un argumento a atender. Por eso
les preocupa la balanza fiscal de Cataluña y España, pero
no la balanza entre Barcelona y Lérida. En tal caso no cabe la
deliberación democrática ni los criterios de justicia o
imparcialidad. Sólo quedan los intereses compatibles y la negociación,
no la deliberación democrática.
Los representantes políticos se convierten entonces en simples
"embajadores que defienden intereses distintos y hostiles, intereses
que cada uno debe sostener como agente y abogado, contra otros agentes
y abogados", para decirlo con las conocidas palabras de un clásico
del pensamiento político. No está de más precisar
que lo de embajadores se refiere a los intereses invocados, no a las convicciones
representadas: digan lo que digan, los nacionalistas sólo representan
a los nacionalistas, no a la nación, ni tampoco a las otras naciones
de su nación, si se me permite manejar las palabras con sus mismas
licencias analíticas.
Que la traducción institucional de ideas de esta naturaleza no
sea cosa sencilla no quiere decir que sean un cuento chino. En todo caso
es un cuento chino coherente con un ideal democrático incompletamente
realizado por la izquierda.
Al cabo, no sería el primer cuento chino con implicaciones prácticas.
Con aquello de libertad, igualdad y fraternidad se acabó con sociedades
feudales, con privilegios de origen y se gestaron parlamentos, códigos
civiles, sistemas de pesas y medidas y bastantes cosas más. La
democracia deliberativa, algo menos solemne que la famosa tríada
revolucionaria, también sirve como fuente de inspiración
de diversas propuestas. Modestamente, invita a no ceder ante los poderosos
porque lo sean, ni ante aquellos que reclaman tratos privilegiados.
Algo menos modestamente, obliga a tener punto de vista a la hora de acudir
a las deliberaciones, aunque sólo sea para recordar que el poder
y la defensa de los privilegios no son un argumento.
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