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Cultura
y Poder
José Jímenez Lozano*
La relación entre la cultura y el poder
ha sido siempre objeto de disputas y controversias. Hoy, en el ámbito
de la Unión Europea, y de la mano del concepto de "excepción
cultural", estas disputas alcanzan una intensidad extraordinaria
y obligan a evaluar con detenimiento, precisión y perspectiva histórica,
los efectos que el poder puede causar sobre la producción cultural,
que están lejos de ser siempre benéficos, aunque ocasionalmente
algunos "productores de cultura" puedan beneficiarse de ellos
y, por eso, promoverlos indiscriminada e interesadamente.
Lo que voy a hacer ante ustedes es simplemente
algo parecido a lo que en tiempos de Tomás de Aquino se llamaba
un acercamiento a quaestiones disputatae, sencillamente porque voy a incidir
en un tema como el de las relaciones entre cultura y poder, que lleva
lustros siendo disputado, aunque más bien por exclusivas razones
políticas que porque esa relación sea un problema intelectual
o práctico real. Pero, al fin y al cabo, cuestión disputada
es, y voy a tratarla de ese modo antiguo, y en último término
como se lleva a cabo todo discurso que sólo se limita a la mostración
y al análisis, sin intención alguna de sentencia última.
Me importa decir desde el principio que utilizaré en esta mi exposición
el concepto y la palabra cultura en su acepción tradicional de
conjunto de los pensares, sentires, y manifestaciones artísticas,
con los que los hombres han interpretado y simbolizado la realidad, encontrando
en ella, u otorgándola, significatividad y hermosura. Esto es,
un plus que va más allá de lo meramente dado, y, por un
lado, es un logro ya recibido, y, por el otro, continuamente in faciendo,
porque nuestras miradas de hombre son diferentes, y porque por nuestros
ojos siguen mirando de mil modos, y a través de los siglos, los
ojos de los muertos, sobre cuyos logros estamos instalados y nos aupamos
para ver mejor. Treinta siglos, más o menos, son los que le esperaban,
hasta hace poco, a cualquier niño que se acercaba a la escuela;
y treinta siglos nos hacen guiños en un ademán muy simple
que, a veces, realiza un campesino.
Otro asunto de principio sería la consideración de la cultura
como un segundo estadio de las comunidades humanas. Esto es, la autoconciencia
que una comunidad llega a alcanzar respecto a ese hecho de la cultura.
El rodaje de la historia, en un plano primario y fundante de las cosas,
es, naturalmente, la materialidad; esto es, la realidad económica,
social y política. Si nos trasladamos por un momento al Louvre
o al Museo Británico, y, dentro de estos, a las salas donde se
recoge tanta hermosura y grandeza de antiguas civilizaciones, la inevitable
pregunta es qué ha ocurrido para que todo eso haya como venido
a parar en la horrible fealdad de nuestro mundo, de la que hablaba Walter
Gropius ya hace años, refiriéndose a las edificaciones de
modo más específico. Y claro está que han pasado
muchas cosas, pero, antes de precipitarnos en la contestación,
o de demorarnos en un análisis cultural que es todo un tema por
sí mismo, quizás sea suficiente, para mi intento, echar
una mirada, pongamos por caso, sobre la Marsilia romana y la cabeza del
imperio. Porque también la Marsilia romana como la del siglo XX
era una ciudad fea, sin ningún monumento notable, pero era un emporio
comercial, y quizás Marsella hubiera podido ser enriquecida artísticamente
por los romanos mismos, como hicieron en otras partes, pero sabemos muy
bien que las continuas guerras sólo dejaron margen para que, en
sus entreactos, se tuviera que dedicar todo el esfuerzo al asentamiento
del tráfago comercial, mientras que aquellas otras soberbias culturas
antiguas, cuyos monumentos nos dejan sin habla, ya se habían asentado
política y comercialmente, que es decir que se encontraban en ese
segundo estadio del que vengo hablando. Esto es, como teniendo un oficio
de gente sentada según se decía en la España del
siglo XVI, refiriéndose a aquellas profesiones de tejedor, zapatero
o sastre, por ejemplo, que llegaron a ser sospechosas de ser refugio de
conversos, porque el desempeño de esos sus oficios les permitía
estar cavilando mientras trabajaban; con lo que quiero indicar que, llegadas
a un cierto asentamiento político y comercial, que es decir a sentirse
seguras de sí mismas, también las grandes comunidades humanas
comienzan a hacerse preguntas, igualmente, sobre el mundo, y sobre el
vivir y el ser, pero desde luego buscan la hermosura y el placer de los
sentidos, el ocio, y ese plus por encima de lo dado, que es el arte. Para
evitar lo cual y el puro goce del vivir, y no sólo las cavilaciones
críticas políticas, nazis y comunistas arrasan con la vida
de los cafés en Viena o Praga, y lanzan constantemente a sus rebaños
de Granja a manifestaciones y mostraciones políticas que no les
permitan estar sentados; y mucho menos que estén sentados y cavilando
por su cuenta aquellos individuos que sueñan y hacen sus excursiones
por los adentros de su ánima, e incluso por los países de
la fiebre, y luego vuelven al mundo con sus logros de pensares y hermosuras,
los productores de cultura.
Porque estos logros culturales, obviamente, son asunto de individuos y
no pueden ser producidos por ninguna clase de esfuerzo colectivo, ni como
decisión de poder; de manera que son esa comunidad y ese poder
quienes demandan todo eso a esos individuos. Y una cosa así probablemente
ha sucedido muy pronto en las sociedades humanas, apenas abandonan el
nomadismo y se instalan incluso precariamente.
Sociedad y poder tribales piden a un individuo hábil de la tribu
que traslade la hermosura del mundo a la cueva que los acoge, porque es
hermosura simplemente, -las viejas interpretaciones de dibujos mágicos
han quedado ya bastante quebrantadas-; y esta misma hermosura será
la que acompañe a los muertos con un intenso alegre colorido, para
que tengan luz y no estén solos en la noche eterna.
Y ciertamente que hermosura y pensares también constituyen una
consolidación del poder y producen coherencia social, y pueden
ser instrumentados en este sentido, pero toda la realidad puede ser instrumentalizada,
pero no está necesariamente en la naturaleza de esa realidad, y
en este caso concreto no está en la naturaleza o sustancia de la
producción cultural de la que hablamos, y no puede aceptarse el
alarmante simplismo de la crítica marxista que durante tantos años
ha considerado el hecho del pensamiento o del arte como mero agipprop
para el sojuzgamiento de un pueblo. Y tal hermenéutica se ha hecho
tranquilamente hasta con la poesía de Petrarca y la música
gregoriana o de Monteverdi. Pero, si desde las comunidades más
primitivas la habilidad individual para producir pensamiento o hermosura
ha sido buscada y comprada por los otros individuos de la comunidad y
por el poder, incluso para instrumentalizarla, -que esto es otro asunto-,
es porque los logros de la cultura entera se mueven primaria e inevitablemente,
aunque de un modo muy especial, como demanda y oferta. Porque es el valor
otorgado a esta mercancía lo que hace que sea apreciada o buscada,
y es la propia sustancia de lo cultural la que es considerada por los
compradores como imprescindible para sus vidas.
Es decir, exactamente lo contrario de lo que sucederá en la situación
moderna, en la que la naturaleza o sustancia de la cultura no es la suya,
sino que viene determinada por el poder, que decide lo que es cultura
y lo que no lo es; o por la sustitución de esa sustancia de lo
cultural por algún ersatz o como si, que es invención de
un mercado que se mueve en comunidades de masas para las que cultura ya
no significa nada, y no es nada porque es cualquier cosa, y ese mercado
lo sabe; como sabe igualmente que, desde que el mundo es mundo, la baratija
siempre se ha vendido, porque con frecuencia es mucho más vistosa
que la joya.
Pero seguramente es importante que vayamos más despacio, subrayando
que, según lo que vengo diciendo, hay por lo menos algo muy claro;
y ello es que una cosa es la cultura y otra el poder, y que el poder se
ha comportado a través de los siglos frente a la cultura sencillamente
como consumidor de ella, y que en esta relación se han dado precisamente
los grandes logros culturales en la historia humana.
Pero me parece importante matizar tres tipos esenciales en esa relación
del poder con la cultura, en el plano real e histórico, del poder
y de los individuos productores de cultura. Un primer tipo de relación,
es aquél en el que el poder trata de implicarse en la producción
de cultura creando unas condiciones al menos teóricamente óptimas,
y que viene muy bien representado por una reflexión de Gibbon,
en su Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano, acerca
de estos asuntos culturales. El amor a las letras, algo casi inseparable
de la paz y el refinamiento -escribe- se impuso entre los súbditos
de Adriano y de los Antoninos, hombres cultivados y curiosos, y se difundió
por todo el territorio del Imperio; las tribus más septentrionales
de los britanos se aficionaron a la retórica; se transcribía
y se estudiaba a Homero y a Virgilio a las orillas del Rin y del Danubio,
y los más débiles destellos del mérito literario
recibían las recompensas más espléndidas. Y explica
Gibbon esto en una nota para que sus lectores se hagan idea, contando
que Herodes Ático dio al sofista Polemón más de ocho
mil libras -y libras inglesas de finales del XVIII-; los Antoninos fundaron
una escuela en Atenas, en la que los profesores de gramática, retórica,
política, y las cuatro grandes escuelas filosóficas, impartían
clases con cargo al erario público, para la instrucción
de los jóvenes. El salario de un filósofo era de diez mil
dracmas, entre trescientas y cuatrocientas libras anuales. En otras grandes
ciudades del Imperio se crearon establecimientos similares. Y prosigue
Gibbon informándonos de que los griegos cultivaban con éxito
las ciencias físicas y astronómicas; las observaciones de
Ptolomeo y los escritos de Galeno todavía son objeto de estudio
por quienes han mejorado sus descubrimientos y corregido sus errores;
pero, si exceptuamos al inimitable Luciano, esta época de indolencia
transcurrió sin producir ni un solo escritor de genio original
o destacado en el arte de la composición elegante. Todavía
reinaba en las escuelas la autoridad de Platón y Aristóteles,
de Zenón y Epicuro, y sus sistemas, transmitidos con ciega deferencia
de una generación de discípulos a otra, descartaba cualquier
intento generoso de ejercitar las facultades y ensanchar los límites
de la mente humana... El término poeta se había olvidado,
y el de orador lo habían usurpado los sofistas; una nube de críticos,
compiladores y comentaristas, oscurecían el rostro del saber; y,
a la decadencia del genio, pronto siguió la corrupción del
gusto.
He citado in extenso y casi en su totalidad esta página, porque
me parece admirable en diversos planos de cosas que nos resultan absolutamente
pertinentes en el ámbito de nuestra propia cultura; pero sin duda
es totalmente iluminadora respecto a esa cuestión de la producción
de cultura que es asunto de individualidades, y tiene sus propias leyes,
por decirlo así, de auge o de desmayo y muerte, frente a las que
la mayor protección del poder político no puede hacer nada,
como no sea prolongar en una falsa autoconciencia de esplendor lo que
en realidad es algo muy menesteroso. Y lo que nos muestra esta historia,
entonces, es que, si no hay una cultura real y viva, -y no construida
como un ersatz de cultura- desde luego que toda la asistencia de los poderes
públicos y todo el interés de una sociedad por ella, nada
pueden hacer. Es decir, que no caben patrocinios ni mecenazgos como motores
de cultura, cuando ésta no se da. Pongamos por caso la actual situación
cultural compuesta de una retórica gnóstica, contradictoria
y perfectamente banal de lo que se llama modernidad y a la vez post-modernidad
más el encerado de retales de marxismo, especialmente por su carácter
dogmático, exclusivista y de territio o tablarrasa de todo lo demás;
y no exagera lo mínimo George Steiner cuando escribe que sus producciones
ofrecen el predominio de lo secundario y parasitario, cuyo valor intrínseco
es cero, pero lanzado todo ello a un mercado ansioso ahora de trivialidades,
y mantenido por los poderes públicos con mayor generosidad aún
que los Antoninos, incluso si con ello socavan las bases de lo real, y
aumentan las proporciones de esa parcela de fool people y de gentes intelectualmente
corruptas, en el mejor de los casos, que son cosas que no debieran ser
tomadas tan a la ligera. Sólo hay que pensar en las consideraciones
que hace Manés Sperber, saliendo al paso de las facilidades interpretativas
sobre la influencia del agip-prop del señor Hitler, afirmando con
razón, que nunca hubiera estado éste donde estuvo, por esa
propaganda, si la basura intelectual y moral de la Alemania de Weimar
no hubiera degradado intelectual y moralmente a las gentes, preparándolas
así para recibir a un salvador.
El caso polarmente opuesto sería el del tiempo del Renacimiento,
en el que el poder y el mecenas ni producen cultura, ni intentan crear
digamos un humus que se supone que la facilitaría, como en la historia
que nos cuenta Gibbon; pero esa cultura existe y con una extraordinaria
vida y magnificencia, en una sociedad sentada o segura de sí misma;
y, entonces, además de comprarla, sí puede sostenerla, magnificarla
aún más, abrirla camino, convertirla incluso en Palacio
de Invierno o refugio y restaño de la brutalidad de los tiempos,
para seguir siendo hombres.
El tercer tipo de relación entre poder y cultura del que hablaba
está representado de manera eminencial por la especialísima
relación entre el poder eclesiástico, el gran consumidor
y comprador de producción artística de su tiempo, y el artista
románico. Y me parece interesante una reflexión a este respecto,
porque resulta algo así como una estancia muy singular y con muy
finos matices de esa relación entre poder e individuos productores
de cultura, y también porque parece la que más asegura la
excelencia del logro artístico y la absoluta libertad del artista,
como ha demostrado una historia de varios siglos.
Como es obvio, el tiempo del románico es un tiempo teológico,
es decir, un tiempo en el que la naturaleza, el hombre, y la historia,
son vistos con ojos teológicos, y teológica es la simbolización
de toda la realidad; esto es, la cultura entera. Y la institución
eclesiástica, es, por lo demás, la que de modo más
entitativo echa mano de la expresión artística, por la sencilla
razón de que es un poder cuyos representantes poseen un nivel cultural
mayor y más refinado, y pueden ver en la cultura un valor no sólo
deseable, sino fundante. Y es este poder eclesiástico el que acude
a las gentes del oficio para que construyan, pinten o esculpan, según
las normas de arte o de menestralía, y conforme a la expresión
artística de cada cual, toda una serie de paradigmas teológicos,
que por lo demás son los mismos que los de la cultura y la fe religiosa
de esas gentes del oficio. Y aquí hay toda una cuestión
central, porque esto significa que la relación entre Iglesia-poder
y artista sigue siendo de demanda-oferta, como en el principio, y que
ni el artista ni el producto artístico están mediados por
el poder, hasta un punto que es perfectamente pertinente la pregunta acerca
de si, en realidad, ha habido arte religioso en Occidente, porque una
cosa así no era exigida por la Iglesia-cliente, incluso por razones
teológicas, pero este asunto queda al margen de nuestra reflexión
aquí y ahora.
Lo que me importa subrayar es que, en arte, las formas lo son todo, y
en el Oriente cristiano hay arte religioso, porque las formas, las técnicas,
y el pintor son religiosos. A éste se le prescribe la temática,
pero también las formas y las técnicas: pongamos por caso,
1) la superficialidad o plasmación de todo lo que se pinta en el
primer plano, de manera paralela a la tabla, con lo que queda suprimida
toda la profundidad de la pintura. 2) la perspectiva invertida según
la cual el punto de fuga de la perspectiva no está en el fondo
del cuadro, sino en quien mira, y las figuras se agrandan a medida que
se alejan de esta mirada, las escenas están delante de los edificios
en los que suceden. 3) una perspectiva radial en la que las figuras o
escenas se despliegan en todos los sentidos respecto a una escena central,
sin tener que ver nada con el espacio y el tiempo en que transcurren.
La fuente de la luz del cuadro es totalmente suprimida, y todo el icono
debe estar traspasado por la luz difundida por el pan de oro del fondo,
y los finos rayos de inocopia que el pintor pone en las ropas y en los
rostros de los personajes, y el icono se vuelve transparente.
Incluso las distintas partes del rostro deben conformarse de cierto modo
según una simbólica, de manera que, si nos atenemos a la
teoría y la práctica de este arte religioso, tal y como
se formula y se lleva a cabo en el Oriente cristiano, lo que habría
en Occidente sería arte de contenidos o temas religiosos, desde
luego, pero de ejecución naturalista, obra de hombre, civil y laica.
Esto es, en Occidente, la Iglesia es cliente del artista, pero no ideologiza
ni mediatiza su arte.
El artista románico pinta y esculpe por su cuenta, según
habilidad y arte, y nadie le dice cómo debe hacer, sino solamente
se le pide como cliente que pinte o esculpa una historia que él
contará a su manera. Sólo más tarde, en el Renacimiento,
y por dos razones esencialmente -el hecho cultural de la Reforma, y la
conversión del menestral pintor o escultor en artista demiúrgico-
surgirán las tensiones entre la Iglesia-patrón y los artistas.
Pero, en general, si hasta entonces aquélla ha sido un puro cliente,
ahora se convertirá en mecenas. Y luego será, en la plena
efervescencia del barroco, un arte más religioso-político
que teológico, cuando la institución eclesiástica
sienta la tentación de la instrumentalización y del control
del mundo cultural, y el mecenazgo se transmute en patronato de producción,
y el producto artístico, con frecuencia, en agit-prop, avant la
letre, que implica a los artistas en una tarea idelogizadora; contrarreformista
exactamente. Y algo a retener en esta circunstancia es que ese producto
puede llegar a ser excelso -y lo es con frecuencia-, pero sólo
en la belleza de las formas no necesarias al ser y que inevitablemente
no dicen. Y puede pensarse a este respecto, por ejemplo, en cómo
traduce Murillo un puro concepto teológico abstracto como el de
inmaculada concepción, pintando una hermosa mujer, que llegaría
a personificar tal concepto. El asunto necesitó toda una hermenéutica
para ser entendido; y, si lo pensamos bien, no menor que la que exige
el Guernica de Picasso, agip-prop al fin y al cabo.
En resumidas cuentas, pues, la actitud del poder político ante
el hecho cultural se ha diversificado en la historia según las
actitudes que acabo de esquematizar; pero esto hasta el tiempo de los
camaradas, es decir, la Revolución Rusa. Aquí las cosas
dieron un giro total, incluso si la teoría marxista acerca de la
cultura ofrece las más cambiantes formulaciones en función
de la práctica o conveniencia política. Los hechos nos muestran
que las relaciones del poder con la cultura se manifiestan, desde el principio,
en ese ámbito, con la puesta en marcha de la liquidación
de la cultura llamada burguesa, es decir, la cultura tout court, y la
instalación de la ideología marxista-leninista auténticamente
interpretada en cada momento por el Partido, como única fuente
y piedra de toque de cultura, y única cultura ella misma. Y esto
es lo que sustrae a esta nueva cultura no sólo a cualquier tipo
de crítica, sino al principio mismo de contradicción, ya
que las categorías del pensar y el conocer, y la lógica
formal misma, han quedado eliminadas, al igual que las viejas categorías
estéticas, o éticas.
En este universo, la realidad no existe como significativa, sino en la
medida en que así es decidido, y de la forma en la que es decidido;
y, naturalmente, esto mismo es lo que ocurrirá con la cultura.
La obra de cultura será en tanto en cuanto se decida que sea; y
no puede ser otra cosa que una expresión política; y ese
producto cultural es determinado también en cuanto a las formas
y la técnica, además de en cuanto a los contenidos y sentido,
que deben estar ajustados a ideología y canon. Así que,
si he insistido más arriba con algún detalle en el asunto
de que todo se le dicta a un pintor de iconos, y en que en esas prescripciones
formales y técnicas ya está todo un espíritu que
liquida por sí solo la pintura naturalista, es porque exactamente
es esto lo que ocurre tanto en la teoría estética como en
el pensamiento marxista, especialmente en relación con la singularísima
lógica basada no en categorías de razonamiento en busca
de la certeza, sino en el binomio ontológico de progresista-reaccionario.
Así como en la llamada cultura popular, tan propiciada por los
camaradas como base ideológica naïf, se echa mano de una especie
de pietismo, y praxis existencial de carácter religioso, en el
sentido más serio, más profundo, y más detestable
de lo religioso, al que se refiere constantemente la Biblia.
La filosofía, la literatura, las artes plásticas y la música
anteriores a la Revolución, y, por lo tanto, producciones todavía
fruto de una historia regida por la constricción, también
deben de ser valoradas según las categorías y el sentido
antedichos, porque no son las formas las que dan el sentido, ahora, en
el arte y en el ámbito entero de la realidad, sino que las formas
son excogitadas para producir el sentido canónico o determinado
de antemano. Y fuera de él no debe existir nada que resulte valioso
en el plano cultural, porque cultura única es la producción
así decidida por el Partido. Y, de este modo, se ha dado una destrucción
o una manipulación totales de la cultura heredada, y se ha asegurado
en cierto modo la imposibilidad de reanudar con ella, mediante su soterramiento
y el agit-prop canonizador de los productos culturales ortodoxos. Incluso
si se sabe perfectamente que no alcanzan, con frecuencia, un mínimum
de decencia intelectual y literaria o pictórica, y tampoco pueden
competir en un mercado de masas todavía no educadas en la nueva
cultura.
Stalin se pronunció muy claramente en una reunión con gentes
de cultura, a la que también asistía Gorki, por cierto.
El artista -dijo- debe mostrar fielmente la vida. Y, si muestra fielmente
nuestra vida, no puede dejar de mostrar que se dirige hacia el socialismo.
Eso es, y debe ser el realismo socialista. Es decir, éste debe
ser la pintura icónica de la utopía ya realizada, con lo
que, sea cual sea el casi inevitable pietismo intelectual y estampería
artística al que a ese propósito estaba abocada esa producción
cultural, no se puede negar a Stalin un genio barroco del agip-prop, ni
tampoco que tenía el saber de lo que era cultura, y de lo que eran
el talento y el buen gusto, así como de la inmensa estupidez que
es hacer un juicio político sobre una obra de arte, que es ahora
la categoría vigente, sin embargo.
Cuando Bulgakok, el autor de La caballería blanca fue acusado de
derechista, por su obra teatral Vuelo, Stalin escribió de su puño
y letra, al denunciador en cuestión, que derechista o izquierdista
son términos del Partido. En literatura, háblese de clase,
antisoviético, revolucionario, o antirrevolucionario, pero no de
derechas e izquierdas. Es decir, producto de la casa o no, o conveniente
o no, pero esto es otra cuestión que la de valorar literatura con
esquemas políticos. Y así Stalin mismo hablaba de Dostoievski,
como de un fabuloso conocedor del alma humana, pero considerándole
perjudicial para el pueblo. Exactamente como despreciaba a sus pomposos
académicos y premiados universales, pero los seguía teniendo
allí, porque eran tan útiles, sin embargo. Más claro
no puede ser -una cosa es la literatura y el arte, y otra que nos favorezca
o no- y tal claridad deja, desde luego, en paños menores toda la
gnóstica y farragosa logomaquia de los intelectuales del Partido
y sus anexos ideologizados, modernos y post-modernos.
Pero el caso es que, durante casi cien años ya, se ha conseguido,
que en el detestado Occidente, burgués y democrático, imperasen
esas categorías desde las más altas instancias intelectuales
hasta la escuela, y ésta es la hora en que, desaparecidos los camaradas,
su dogmática prevalece en los medios intelectuales, y se ha conseguido
igualmente la más absoluta espontaneidad en el reconocimiento de
honorabilidad, o hasta la exclusiva de honorabilidad intelectual y moral,
para el hecho de que el poder político en sus diversas formas,
controle y hasta produzca cultura, o burocratice a sus productores. Y,
por cierto, no sólo con su consentimiento, sino con extremado placer
por parte de ellos, y con la consideración añadida de que
esta situación sería la más alta expresión
cultural y el mayor servicio al pueblo. Al señor Lenin, que decía
de esos intelectuales que no son el cerebro de un pueblo, sino su excremento,
no le extrañaría nada; ni tampoco al señor Stalin,
cuando se burlaba de la hinchazón de vanidad de Gorki, asegurando
que era facilísimo instrumentalizarle para la revolución.
Pero el hecho a subrayar es que la figura del productor de cultura ya
no es, en este universo, ni la de un menestral que vende su trabajo, como
en el oficio románico, ni la de un artista o letrado en el sentido
corriente que ha tenido esta palabra desde el Renacimiento para acá,
y ni siquiera la ya bastante sacerdotal figura de los hombres de cultura
en la Ilustración, sino que se manifiesta en la figura de un trabajador
de la inteligencia al servicio del poder, tal y como es diseñado
por una decisión de la Komintern; esto es, una mera ruedecilla
de la gran máquina de la Revolución. Y, llegados a este
punto, me parece que es inexcusable la pregunta por el hecho tan repetido
y todavía vigente de esa disponibilidad a ser instrumentalizados
con extremo placer, y de servir con tanto gusto a señores que tanto
les alaban y desprecian, por parte de los productores de cultura en general,
a la que acabo de referirme.
El profesor Robert Nozick, en un trabajo bajo el título de ¿Por
qué se oponen los intelectuales al capitalismo?, pero entendiendo
como capitalismo el simple funcionamiento de oferta y demanda sin más
calificaciones políticas, y refiriéndose especialmente a
los que él llama forjadores de palabras, explica, desde luego,
que esta denominación incluye a los poetas, novelistas, letristas
literarios, periodistas de diarios y revistas, y numerosos profesores;
pero no incluye aquellos que primordialmente crean y transmiten información
formulada cuantitativa o matemáticamente (los forjadores de números)
o los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras.
Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a
estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado.
Los forjadores de palabras se concentran en ciertos ámbitos ocupacionales:
las instituciones académicas, los medios de comunicación
de masas, la administración. Los intelectuales forjadores de palabras
se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia
libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir
las ideas nuevas. Hay demanda de sus destrezas profesionales, estando
sus ingresos muy por encima de la media. ¿Por qué, entonces,
se oponen al capitalismo de un modo tan exagerado? De hecho, algunos datos
indican que cuanto más próspero es un intelectual y cuanto
más éxito tiene, más probable es que se oponga al
capitalismo.
La respuesta que ofrece el profesor Nozick es que un sistema educativo
basado en la meritocracia, y en el cual esos intelectuales forjadores
de palabras han triunfado y experimentado el reconocimiento y el éxito
de su valía, les prepara muy mal para la vida posterior a la escuela,
porque ésta está regida por los valores del mercado que
no giran en torno al mérito real de cada cual, sino a la oferta
y demanda de unas mercancías o servicios. En primer lugar -dice
Nozick-se podría predecir que, cuanto más meritocrático
es el sistema escolar de un país, más posibilidades hay
de que sus intelectuales sean de izquierdas (Piénsese en el caso
de Francia). En segundo lugar, los intelectuales que fueron frutos tardíos
en la escuela no habrían desarrollado el mismo sentido de derecho
a las recompensas más elevadas; por lo tanto el porcentaje de los
intelectuales tipo fruto tardío, que serán anticapitalistas,
será menor que el de los de tipo fruto temprano. En tercer lugar...
las mujeres no han disfrutado hasta ahora de tales expectativas, por lo
que no sería de esperar que las estudiantes que formaban parte
de la clase académica superior, y que sin embargo sufrieron luego
un desplazamiento descendente, mostrasen la misma animadversión
anticapitalista que los intelectuales varones. Podríamos predecir,
pues, que cuanto más se vea que una sociedad se mueve hacia la
igualdad de oportunidades ocupacionales entre las mujeres, mayor será
la tendencia de sus intelectuales femeninas al mismo anticapitalismo desproporcionado
que muestran sus intelectuales varones.
A los efectos de lo que me propongo decir, este análisis del profesor
Nozick me importa en tanto en cuanto significa, en el contexto en el que
estoy hablando, el rechazo de los productores de cultura de que la producción
de ésta siga instalada en la diferencia poder-cultura, que implica
una demanda y una oferta en un mercado, y la búsqueda de un clima
de reconocimiento y triunfo, asegurados por el poder y al amparo del poder.
La figura del cortesano se ha dado siempre, y, para no irnos demasiado
lejos, podemos recordar que Chateubriand no soportaba la vergüenza
de que hubieran sido los hombres de letras y del arte los que se habían
arrastrado ante Napoleón, mientras no lo habían hecho los
científicos, aunque enseguida hay que decir que, más tarde,
no hubo ya diferencia entre unos y otros, ante sátrapas más
despóticos y, por desgracia, sanguinarios y mortíferos.
Y podríamos alargar esta reflexión con los sarcasmos de
Charles Péguy a propósito de lo que él llamaba el
partido intelectual, pero digamos simplemente que todo esto, tan comprobable,
nos fuerza a comprobar igualmente, y con no menor facilidad, que la inclinación
del, diré yo también, forjador de palabras hacia los sistemas
de Granja, tiene otras razones, además de la tan sutilmente enunciada
por Nozick, y esas otras seculares experiencias, como la de Chateubriand
que son de otro orden de cosas. Estas razones a que me refiero quedan
resumidas más bien en la gran razón de la evangelización
marxista recibida por la intelligentsia como la mayor contribución
a la amplitud de su mente, que conlleva, además, la distinción
intelectual de una escolástica superior que puede enjuiciar siempre
certeramente la realidad, más el añadido de una ética
nominalista de místicas resonancias de estar con un pueblo que
se desprecia, pero que suministra una romántica retórica,
y de haber quedado ungido como demiurgo, forjador también de la
historia. Y ya he señalado lo que Lenin o Stalin pensaban de estos
señores de la inteligencia y de los artistas, y sería suficiente
sopesar luego, incluso muy por encima, el enorme volumen de víctimas
de esa inteligentsia que el sistema tan deseado produjo; pero parece que
todo resulta irrelevante, exactamente como la argumentación lógica,
ante los encantos de la distinción, la autosatisfacción
de pertenecer a una clase sacerdotal iniciada en los secretos de la historia
y juzgadora de la realidad entera, como acabo de decir, y la otra realidad
harto palpable de los reconocimientos y éxitos asegurados.
Y todo esto hasta el punto de que un régimen democrático
que no tenga una institución de lo que podríamos llamar
seguridad social del triunfo y consideración pública de
los forjadores de palabras, aparece, desde luego, como afectado por un
déficit social escandaloso e intolerable, o como sirviendo al puro
imperio de la incultura, ya que sólo es cultura el paradigma, digamos
leninista-stalinista, más o menos condimentado con modernidades.
Y lo cierto es que, con excepción del ámbito anglosajón,
en todos los demás se han puesto en marcha dispositivos institucionales
con aquella idea; o por lo menos son reclamados, de manera perentoria
y con el correspondiente dramatismo, para salvación de la cultura
abandonada escandalosamente, en caso contrario, a las leyes del mercado.
Pero es preciso preguntar enseguida: ¿qué cultura?
Por lo pronto, cuando se hacen afirmaciones tan perentorias y dramáticas,
se están trucando las cosas, o mezclándolas. Desde luego
que el poder político debe comportarse como mero cliente de los
bienes de cultura, o como mecenas de ellos, que en último término
es un cliente que a sí mismo se ha privilegiado en la adquisición
de esos bienes, y los promueve o patrocina, porque también los
valora privilegiadamente; pero ni los produce, ni los condiciona. Pero
claro está también que, en una comunidad política,
hay un patrimonio cultural recibido, cuyo cuidado es de la responsabilidad
del poder político, sencillamente porque constituye la realidad
misma del ser de la comunidad que ese poder representa y administra. Es
una herencia de siglos que nos ha conformado como hombres y como comunidad
específica, o incluso una especie de koiné de naciones como
es el caso de la cultura española, europea e hispanoamericana a
la vez; y esa herencia desde luego que como factum ya consumado, queda
absolutamente al margen de cualquier relación de mercado y de decisión
política distinta a la de su extremo respeto y conservación.
Es sencillamente la herencia de los padres, sin conservar la cual no hay
civilización ni posibilidad de continuación cultural. Es
un depósito intocable de una entidad decisiva y, por decirlo así,
sacral, en tanto que, en el devenir laico de la historia, vendría
a ocupar el lugar de lo religioso colectivo de otros momentos históricos.
Así las cosas, si la cultura de una comunidad fuera de una gran
solidez y profundidad, delicadeza y seriedad, el mercado cultural funcionaría
necesariamente en este sentido, y con estas categorías. Pero esta
realidad sólo pudo darse en la antigüedad con la presencia
de lo religioso -o de la seriedad del ateismo, conciencia plena de la
nada- porque la tensión de lo real dado con lo absoluto invisible,
que alcanza a todo individuo, es la que obliga al hombre a reconocer inevitablemente
la naturaleza trunca de su destino, y a tener espera o desespero frente
a lo radical, lo Real Último, en cuyo seno nace la simbolización
de la cultura más profunda. En el mundo moderno la situación
es muy distinta, y el patrimonio cultural es sectorial sencillamente;
Erasmo no podría hoy hablar de cosas serias con su barbero.
La destrucción de comunidad que supuso la Revolución Francesa
llevó consigo inevitablemente una cesura total de la cultura, patrimonio
de unos pocos, frente a una massa damnata e irremediablemente condenada
a las manifestaciones más menesterosas de un como si de la cultura,
ya que el sueño ilustrado de la extensión de ésta
fracasó. Por otro lado, la irrisión y liquidación
de lo que fue la cultura en su sentido tradicional, comenzada en el periodo
de entreguerras y dada la puntilla por los dos grandes totalitarismos
que la fagocitaron y la convirtieron en anexo e instrumento político,
tornan absolutamente irrelevante esa cantinela de la pobre cultura entregada
al mercado. Lo que significa en realidad esta queja es que la ideología
no tiene facilidades de mercado, quizás y sin quizás se
vende incluso peor que la cultura tradicional, cuyos esplendorosos restos,
en el plano artístico por lo menos, siguen fascinando a las gentes.
Lo que, con ese lamento de la cultura arrojada al mercado se reclama en
realidad, es que el poder político haga un tal ordenamiento e intervención
de la cultura, que logre dos cosas: la destrucción total de la
vieja cultura, como en la China del señor Mao, y el acostumbramiento
al constructo llamado cultura, impuesto por los media y todos los demás
medios, especialmente la asistencia del poder, si es que éste no
es su co-productor y patrono. Cultura del cero y de la nada, de la ausencia
de dignidad y seriedad del pensamiento, y no sólo ausencia de belleza,
sino magnificación de la basura, y de la subversión como
bandera; perpetuo vanguardismo eternamente igual a sí mismo, que
decía Bernard Shaw, juegos de adolescencia inmarcesible, y ocurrencia
como ersatz del genio, el nihilismo de los hombres vacíos, y felices
y redondos, de quienes hablan Eliot y Nietzsche. Y esto es algo que también
puede imponer la mera comercialidad, desde luego, pero sólo de
una manera provisional, circunstancial, y externa; esto es, contando con
que un poder o una sociedad compren todo eso, porque la comercialidad
sólo busca el dinero y no la conversión en un hombre nuevo,
o su modernización e ideologización; y si un día
aquella comercialidad ganase dinero con Tratados de oración, como
sucedió en el XVI español, cuando hasta las mozas de cántaro
no se desprendían de ellos, ahí estaría el mercado.
El mercado no tiene interés, sino por la mercancía vendible,
y obviamente puede inundar de vendible basura el universo mundo; pero
eso sólo sucederá -preciso es repetirlo-, cuando eso sea
lo que se demande o se admita siquiera, porque si los ciudadanos de una
comunidad política tuviesen un nivel de cultura que rechazara la
basura y buscara el pensar y la belleza, o tuviesen el pesar de no poder
alcanzarlos, lo que se vendería sería algo muy diferente,
con toda seguridad.
Pero, para lograr una aproximación a ese ideal, siquiera la que
se ha buscado durante algunos siglos, el poder público no puede
dejar de hacer frente a su deber de instrucción pública
a los más altos niveles posibles para una generalidad, y, desde
luego, mostrando, como poco, el respeto y la estricta conservación
de la cultura que es ese logro de siglos, y, desde luego, no mostrando
ni la sombra de reniego o de vergüenza de esa herencia de los padres.
Mucho menos, claro está, cediendo al terrorismo cultural de los
enemigos de esa herencia, demandando, sosteniendo y hasta vendiendo sus
productos, y mucho menos todavía, otorgándoles incluso el
canon único de lo cultural, que es lo que se ha hecho durante ya
demasiado tiempo. Casi por todas partes. Seguramente, en el santo temor
del Progreso como ananké o Némesis reinante, y en el acatamiento
y como temor y temblor ante esos fabricantes del nuevo constructo cultural,
que han llegado a adquirir el prestigio numénico e inspirar el
temor de brujos de tribu. O quizás porque todos, o casi todos nosotros,
tenemos insensiblemente ya conformadas nuestra inteligencia y nuestra
sensibilidad por la gnoseología y la espontaneidad valorativa de
esa nueva cultura construida en grupo y desde el poder, porque el grupo
productor de poder es ya un poder. O eventualmente, en fin, fascinados
por lo que se llama modernidad; mágica palabra, ciertamente, que,
tomada en serio sin embargo, y no como distinción intelectual de
cócteles mundanos, es algo de una seriedad pavorosa, y supone el
entierro de todo lo que hasta ahora se ha entendido por cultura y humanización.
En ella entran no sólo como categorías indiscutibles, sino
como únicas intelectualmente respetables, ingredientes post-modernos,
y las últimas escolásticas nietzscheanas de los camaradas
pardos, fusionadas con las de los camaradas rojos, en su última
evolución, la de los llamados por Jillian Beker los hijos de Hitler,
y, desde luego, nietos de Lenin, con sus formulaciones, por ejemplo de
terrorismo consumista, o incluso, en grupos de la Iglesia católica
misma, parecidas formulaciones de institucionalidad de la insolaridad,
que justificarían el terrorismo de la barbarie como vindicta moral
o método de concienciación de las masas. En la nueva cultura,
por supuesto.
Desgraciadamente no puedo bajar a un casuismo muy decidero, aunque también
muy doloroso; pero, retomando el hilo de lo que venía diciendo
acerca de aquellos valores ante los que un poder público, o los
poderes públicos de esa koiné a la que antes aludía,
tienen el deber de su respeto y conservación, mencionaré,
al menos, el hecho cultural fundante de la lengua.
La historia muestra constantemente que un pueblo desaparece como tal cuando
olvida o reniega de lo que le ha hecho y ha conformado según un
cierto modo de ser hombres individual y colectivamente, cuando no sabe
lo que se debe a sí mismo y a los demás. Una comunidad política
se condena a sí misma si no preserva todo eso; y, desde luego,
podrá pervivir como construcción jurídica o Estado
nacido de una ideología, pero, sin conexión con la cultura
real del pueblo sobre el que se erige, sólo le queda la fuerza
para mantenerse, y una fuerza exterior y física; y sin aliento
existencial, que es lo que el señor Stalin comprendió muy
bien, por ejemplo, cuando, enfrentado a la Alemania nazi en la Segunda
Guerra Mundial, invocó a la Santa Rusia que él ya había
destruido, pero que sabía que aún pervivía en el
corazón de las gentes.
El régimen soviético había cambiado también
la gramática e incluso el alfabeto, porque sólo con una
gramática infecta puede mantenerse un constructo ideológico,
que siempre es un ens fictum, como un ens fictum es así mismo cualquier
constructo cultural como del que vengo hablando. Y, sin ir más
allá, toda lengua impuesta es una empresa ridícula y destinada
al fracaso, como lo ha mostrado el esfuerzo mismo empleado en ello desde
el emperador Claudio a los camaradas en Rusia o China, o a la liquidación
del griego modernizado, con la consecuencia de que las jóvenes
generaciones griegas no sólo no entienden sus clásicos,
pero tampoco la literatura del propio siglo XX, a Seferis o a Kavafis,
pongamos por caso; y evito aludir a otras empresas de este estilo, que
son más cercanas.
Por la lengua sabemos que somos, y que tenemos que morir, y otras cuantas
realidades esenciales, y quien la toca para instrumentalizarla, o la maneja,
y la da ordenanza, destruye lo humano más profundo, y acaba en
la demencia. Y no me parece que tenga que decir dos palabras más
sobre este asunto de las relaciones entre poder y cultura, salvo para
anotar, como yendo de suyo, que un poder democrático, por su propia
naturaleza, -aunque yo sea suficientemente agustiniano como para no otorgar
el beneficio de suposiciones de virtud a nadie y a nada- no tendría
ni la tentación ni el sueño de ordenar e instrumentalizar
la cultura, ni tampoco de sobreseer su deber de conservar y proteger la
herencia cultural universal, y, lógicamente la propia, la que es
identificatoria de su comunidad socio-política y cultural; a comenzar
por la lengua. Una lengua que, en el caso concreto de la cultura de la
gens hispánica, tiene un plus específico no suficientemente
subrayado, y quizás necesitado de ser presentizado ahora más
que nunca.
Porque la koiné de nuestra lengua por sí sola constituye
un hecho y un topos culturales mayores, en la cultura universal. De hecho,
lo que representa el humanismo en el plano de la literatura es una colosal
revolución que ha sido enfáticamente mostrada por el profesor
Ernesto Grassi, discípulo de Heidegger, en un importante estudio
al respecto que le dedica. Y revolución que consiste, nada más
y nada menos, en que, frente a la filosofía tradicional y racionalista,
según la cual la verdad es un ente fijado por la ratio, que a su
vez sustenta la palabra, entiende que es en la palabra donde se revelan
el ente y su verdad, porque el ente es así captado en su explicitación
histórica, y la retórica o la poesía, la literatura
o escritura alegórica, reclaman así su status de medio de
conocimiento, porque lo originario, lo indeducible, lo primigenio, -y
en ese sentido insondable-, escribe Grassi -no es susceptible de ser manifestado
directamente. Lo indeducible sólo se puede expresar respetando
su pretensión de tal en el ámbito del aquí y ahora
por medio de metáforas y de la palabra indicativa y no demostrativa,
esto es, mediante el lenguaje mítico y no racional. Únicamente
así resulta posible descubrirlo y desvelarlo.
Tal es el entendimiento de las cosas en Vico o Vives, por poner sólo
dos ejemplos, en un proceso que arranca desde Dante, e incluye de algún
modo al propio Erasmo, que se oponen así a la metafísica
antigua y su racionalismo. Y Grassi defiende esta concepción de
la potencialidad del conocimiento literario frente a la filosofía
moderna desde Descartes a Hegel, el pensamiento formal de la filosofía
analítica y la logística, o la concepción exclusivista
científica, y también frente a Heidegger, que ve en último
término en el humanismo la retórica romana, y no, en absoluto,
la primariedad griega del pensar. Y también Grassi señala
que, en España, el Renacimiento es literario y de radical importancia
para el pensamiento, porque lo que lleva consigo, esto es, el estatuto
de conocimiento que reclama la literatura para sí, quiere decir
verdad y pensamiento. Y esta es ciertamente la singularidad del aporte
de la gens hispánica, en el tiempo del humanismo y ahora mismo
frente a un racionalismo formalmente tecnificado, además.
Pero, al decir el aporte, estoy significando que hay otros, y que el poder
político de esa gens hispánica debe potenciarlo, pero obviamente
para que esté ahí, junto a otros aportes, que pueden sernos,
y nos son, absolutamente imprescindibles, porque la cultura humana es
siempre una integración por partes en la más absoluta libertad;
no un producto banalmente comercial a imponer frente a otros. El poder
de las civilizaciones en las que se han producido las grandes culturas
no ha puesto jamás puertas al aire. El proteccionismo cultural
en forma de monopolio, en cualquiera de sus manifestaciones, equivale
sencillamente a la propia asfixia, porque el producto cultural entitativo
es para el universo mundo, para toda criatura humana, para toda comunidad
de seres humanos. O no importa que perezca, en otro caso.
La responsabilidad de los poderes públicos, en todo su ámbito,
fue perfectamente explicitada, quizás como en ningún otro
texto, en estas palabras de Simone Weil en su ensayo, La persona y lo
sagrado, donde dice, A los criminales, el castigo verdadero; a los desgraciados,
a los que la desgracia ha mordido en el fondo del alma, una ayuda capaz
de llevarlos a aplacar su sed en las fuentes sobrenaturales; a todos los
demás un poco de bienestar, mucha belleza y la protección
contra quienes les hagan el mal; en todas partes la limitación
rigurosa del tumulto de las mentiras, de las propagandas y de las opiniones;
el establecimiento de un silencio en el que la verdad pueda germinar y
madurar; esto es lo que los hombres se merecen.
¿Idealismo? Lo terrible de la historia en nuestro tiempo es que
ha encogido y endurecido tanto, que el idealismo se ha tornado realismo
puro, y no hay más sitio para nada más. Pero quizás
sea inevitable, de todos modos, el preguntarnos por cuáles serían
las posibilidades de que un entendimiento de la cultura, como el que aquí
he manejado, es decir, no ideologizado ni vehiculado ideológicamente,
ni desde ningún poder, se abra paso, ya a estas alturas, cuando
la liquidación de la cultura tout-court está tan avanzada.
O, dicho de otro modo, cuando el sistema de Chigaliov, del que Dostoievski
nos habla en sus Demonios, ha obtenido ya un tal triunfo: Cicerón
tendrá la lengua cortada, Copérnico los ojos saltados, Shakespeare
será lapidado ¡He aquí el chigaliovismo! Los esclavos
deben ser iguales, y todos los esclavos son iguales en la esclavitud...
La primera cosa que hay que hacer es rebajar el nivel de instrucción
de ciencias y de talentos. Un nivel elevado de ciencia y de talento no
es accesible más que a las inteligencias superiores y exige esas
inteligencias.
Y, como les decía el sueño de la Ilustración ha sido
frustrado, y tenemos que dar la razón a Aldous Huxley, cuando se
duele acerbamente de que aquello tan hermoso y esperanzador para nuestros
abuelos ilustrados, la enseñanza primaria universal, se hubiera
convertido, de hecho, en el instrumento más eficaz del dominio
del Estado, ha servido para la militarización de las masas, y ha
expuesto a millares de personas a la influencia facilísima de la
mentira organizada, y a la seducción de distracciones continuas,
imbéciles, y degradantes. O, para la producción de semi-letrados,
como diría Teresa de Avila, autosatisfechos con su sabiduría
más bien ingénita, y blindada.
No hace falta añadir que, en este estado de cosas, cultura puede
ser cualquier cosa -incluso la destrucción de la cultura, o algo
que nada tenga que ver con la cultura porque ésta ya no puede ser
entendida-, y que el negocio será de la banalidad y la basura;
y la gran cosecha y beneficio para la Granja. Antes de que se levantaran
los grandes horrendos totalitarismos del XX, los señores europeos
fueron avisados insistentemente, y en balde, de que así serían
las cosas; pero no sé si podemos permitirnos muchas esperanzas
más respecto a que ahora mismo queramos escuchar mejor esos avisos.
No lo sé, pero en los jueguecitos e inconsciencias culturales,
en que estamos entretenidos, no se hace pie para topar con un mínimum
de confianza. Y no cabe ya la buena fe e ingenuidad antigua de los tiempos
de los Antoninos. O, por lo menos, esto es lo que me parece a mí.
¡Ojalá estuviese equivocado, o hubiese tenido un mal sueño!
Pero yo se lo cuento, por si acaso.
* Conferencia pronunciada, en Navacerrada (2.004), por el autor de la
reciente -y muy polémica- novela 'Carta de Tesa'
(http://www.almendron.com/politica/pdf/2005/reflexion/reflexion_0540.pdf)
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