Cultura y Poder
José Jímenez Lozano*

La relación entre la cultura y el poder ha sido siempre objeto de disputas y controversias. Hoy, en el ámbito de la Unión Europea, y de la mano del concepto de "excepción cultural", estas disputas alcanzan una intensidad extraordinaria y obligan a evaluar con detenimiento, precisión y perspectiva histórica, los efectos que el poder puede causar sobre la producción cultural, que están lejos de ser siempre benéficos, aunque ocasionalmente algunos "productores de cultura" puedan beneficiarse de ellos y, por eso, promoverlos indiscriminada e interesadamente.

Lo que voy a hacer ante ustedes es simplemente algo parecido a lo que en tiempos de Tomás de Aquino se llamaba un acercamiento a quaestiones disputatae, sencillamente porque voy a incidir en un tema como el de las relaciones entre cultura y poder, que lleva lustros siendo disputado, aunque más bien por exclusivas razones políticas que porque esa relación sea un problema intelectual o práctico real. Pero, al fin y al cabo, cuestión disputada es, y voy a tratarla de ese modo antiguo, y en último término como se lleva a cabo todo discurso que sólo se limita a la mostración y al análisis, sin intención alguna de sentencia última.
Me importa decir desde el principio que utilizaré en esta mi exposición el concepto y la palabra cultura en su acepción tradicional de conjunto de los pensares, sentires, y manifestaciones artísticas, con los que los hombres han interpretado y simbolizado la realidad, encontrando en ella, u otorgándola, significatividad y hermosura. Esto es, un plus que va más allá de lo meramente dado, y, por un lado, es un logro ya recibido, y, por el otro, continuamente in faciendo, porque nuestras miradas de hombre son diferentes, y porque por nuestros ojos siguen mirando de mil modos, y a través de los siglos, los ojos de los muertos, sobre cuyos logros estamos instalados y nos aupamos para ver mejor. Treinta siglos, más o menos, son los que le esperaban, hasta hace poco, a cualquier niño que se acercaba a la escuela; y treinta siglos nos hacen guiños en un ademán muy simple que, a veces, realiza un campesino.

Otro asunto de principio sería la consideración de la cultura como un segundo estadio de las comunidades humanas. Esto es, la autoconciencia que una comunidad llega a alcanzar respecto a ese hecho de la cultura. El rodaje de la historia, en un plano primario y fundante de las cosas, es, naturalmente, la materialidad; esto es, la realidad económica, social y política. Si nos trasladamos por un momento al Louvre o al Museo Británico, y, dentro de estos, a las salas donde se recoge tanta hermosura y grandeza de antiguas civilizaciones, la inevitable pregunta es qué ha ocurrido para que todo eso haya como venido a parar en la horrible fealdad de nuestro mundo, de la que hablaba Walter Gropius ya hace años, refiriéndose a las edificaciones de modo más específico. Y claro está que han pasado muchas cosas, pero, antes de precipitarnos en la contestación, o de demorarnos en un análisis cultural que es todo un tema por sí mismo, quizás sea suficiente, para mi intento, echar una mirada, pongamos por caso, sobre la Marsilia romana y la cabeza del imperio. Porque también la Marsilia romana como la del siglo XX era una ciudad fea, sin ningún monumento notable, pero era un emporio comercial, y quizás Marsella hubiera podido ser enriquecida artísticamente por los romanos mismos, como hicieron en otras partes, pero sabemos muy bien que las continuas guerras sólo dejaron margen para que, en sus entreactos, se tuviera que dedicar todo el esfuerzo al asentamiento del tráfago comercial, mientras que aquellas otras soberbias culturas antiguas, cuyos monumentos nos dejan sin habla, ya se habían asentado política y comercialmente, que es decir que se encontraban en ese segundo estadio del que vengo hablando. Esto es, como teniendo un oficio de gente sentada según se decía en la España del siglo XVI, refiriéndose a aquellas profesiones de tejedor, zapatero o sastre, por ejemplo, que llegaron a ser sospechosas de ser refugio de conversos, porque el desempeño de esos sus oficios les permitía estar cavilando mientras trabajaban; con lo que quiero indicar que, llegadas a un cierto asentamiento político y comercial, que es decir a sentirse seguras de sí mismas, también las grandes comunidades humanas comienzan a hacerse preguntas, igualmente, sobre el mundo, y sobre el vivir y el ser, pero desde luego buscan la hermosura y el placer de los sentidos, el ocio, y ese plus por encima de lo dado, que es el arte. Para evitar lo cual y el puro goce del vivir, y no sólo las cavilaciones críticas políticas, nazis y comunistas arrasan con la vida de los cafés en Viena o Praga, y lanzan constantemente a sus rebaños de Granja a manifestaciones y mostraciones políticas que no les permitan estar sentados; y mucho menos que estén sentados y cavilando por su cuenta aquellos individuos que sueñan y hacen sus excursiones por los adentros de su ánima, e incluso por los países de la fiebre, y luego vuelven al mundo con sus logros de pensares y hermosuras, los productores de cultura.

Porque estos logros culturales, obviamente, son asunto de individuos y no pueden ser producidos por ninguna clase de esfuerzo colectivo, ni como decisión de poder; de manera que son esa comunidad y ese poder quienes demandan todo eso a esos individuos. Y una cosa así probablemente ha sucedido muy pronto en las sociedades humanas, apenas abandonan el nomadismo y se instalan incluso precariamente.
Sociedad y poder tribales piden a un individuo hábil de la tribu que traslade la hermosura del mundo a la cueva que los acoge, porque es hermosura simplemente, -las viejas interpretaciones de dibujos mágicos han quedado ya bastante quebrantadas-; y esta misma hermosura será la que acompañe a los muertos con un intenso alegre colorido, para que tengan luz y no estén solos en la noche eterna.

Y ciertamente que hermosura y pensares también constituyen una consolidación del poder y producen coherencia social, y pueden ser instrumentados en este sentido, pero toda la realidad puede ser instrumentalizada, pero no está necesariamente en la naturaleza de esa realidad, y en este caso concreto no está en la naturaleza o sustancia de la producción cultural de la que hablamos, y no puede aceptarse el alarmante simplismo de la crítica marxista que durante tantos años ha considerado el hecho del pensamiento o del arte como mero agipprop para el sojuzgamiento de un pueblo. Y tal hermenéutica se ha hecho tranquilamente hasta con la poesía de Petrarca y la música gregoriana o de Monteverdi. Pero, si desde las comunidades más primitivas la habilidad individual para producir pensamiento o hermosura ha sido buscada y comprada por los otros individuos de la comunidad y por el poder, incluso para instrumentalizarla, -que esto es otro asunto-, es porque los logros de la cultura entera se mueven primaria e inevitablemente, aunque de un modo muy especial, como demanda y oferta. Porque es el valor otorgado a esta mercancía lo que hace que sea apreciada o buscada, y es la propia sustancia de lo cultural la que es considerada por los compradores como imprescindible para sus vidas.

Es decir, exactamente lo contrario de lo que sucederá en la situación moderna, en la que la naturaleza o sustancia de la cultura no es la suya, sino que viene determinada por el poder, que decide lo que es cultura y lo que no lo es; o por la sustitución de esa sustancia de lo cultural por algún ersatz o como si, que es invención de un mercado que se mueve en comunidades de masas para las que cultura ya no significa nada, y no es nada porque es cualquier cosa, y ese mercado lo sabe; como sabe igualmente que, desde que el mundo es mundo, la baratija siempre se ha vendido, porque con frecuencia es mucho más vistosa que la joya.
Pero seguramente es importante que vayamos más despacio, subrayando que, según lo que vengo diciendo, hay por lo menos algo muy claro; y ello es que una cosa es la cultura y otra el poder, y que el poder se ha comportado a través de los siglos frente a la cultura sencillamente como consumidor de ella, y que en esta relación se han dado precisamente los grandes logros culturales en la historia humana.

Pero me parece importante matizar tres tipos esenciales en esa relación del poder con la cultura, en el plano real e histórico, del poder y de los individuos productores de cultura. Un primer tipo de relación, es aquél en el que el poder trata de implicarse en la producción de cultura creando unas condiciones al menos teóricamente óptimas, y que viene muy bien representado por una reflexión de Gibbon, en su Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano, acerca de estos asuntos culturales. El amor a las letras, algo casi inseparable de la paz y el refinamiento -escribe- se impuso entre los súbditos de Adriano y de los Antoninos, hombres cultivados y curiosos, y se difundió por todo el territorio del Imperio; las tribus más septentrionales de los britanos se aficionaron a la retórica; se transcribía y se estudiaba a Homero y a Virgilio a las orillas del Rin y del Danubio, y los más débiles destellos del mérito literario recibían las recompensas más espléndidas. Y explica Gibbon esto en una nota para que sus lectores se hagan idea, contando que Herodes Ático dio al sofista Polemón más de ocho mil libras -y libras inglesas de finales del XVIII-; los Antoninos fundaron una escuela en Atenas, en la que los profesores de gramática, retórica, política, y las cuatro grandes escuelas filosóficas, impartían clases con cargo al erario público, para la instrucción de los jóvenes. El salario de un filósofo era de diez mil dracmas, entre trescientas y cuatrocientas libras anuales. En otras grandes ciudades del Imperio se crearon establecimientos similares. Y prosigue Gibbon informándonos de que los griegos cultivaban con éxito las ciencias físicas y astronómicas; las observaciones de Ptolomeo y los escritos de Galeno todavía son objeto de estudio por quienes han mejorado sus descubrimientos y corregido sus errores; pero, si exceptuamos al inimitable Luciano, esta época de indolencia transcurrió sin producir ni un solo escritor de genio original o destacado en el arte de la composición elegante. Todavía reinaba en las escuelas la autoridad de Platón y Aristóteles, de Zenón y Epicuro, y sus sistemas, transmitidos con ciega deferencia de una generación de discípulos a otra, descartaba cualquier intento generoso de ejercitar las facultades y ensanchar los límites de la mente humana... El término poeta se había olvidado, y el de orador lo habían usurpado los sofistas; una nube de críticos, compiladores y comentaristas, oscurecían el rostro del saber; y, a la decadencia del genio, pronto siguió la corrupción del gusto.

He citado in extenso y casi en su totalidad esta página, porque me parece admirable en diversos planos de cosas que nos resultan absolutamente pertinentes en el ámbito de nuestra propia cultura; pero sin duda es totalmente iluminadora respecto a esa cuestión de la producción de cultura que es asunto de individualidades, y tiene sus propias leyes, por decirlo así, de auge o de desmayo y muerte, frente a las que la mayor protección del poder político no puede hacer nada, como no sea prolongar en una falsa autoconciencia de esplendor lo que en realidad es algo muy menesteroso. Y lo que nos muestra esta historia, entonces, es que, si no hay una cultura real y viva, -y no construida como un ersatz de cultura- desde luego que toda la asistencia de los poderes públicos y todo el interés de una sociedad por ella, nada pueden hacer. Es decir, que no caben patrocinios ni mecenazgos como motores de cultura, cuando ésta no se da. Pongamos por caso la actual situación cultural compuesta de una retórica gnóstica, contradictoria y perfectamente banal de lo que se llama modernidad y a la vez post-modernidad más el encerado de retales de marxismo, especialmente por su carácter dogmático, exclusivista y de territio o tablarrasa de todo lo demás; y no exagera lo mínimo George Steiner cuando escribe que sus producciones ofrecen el predominio de lo secundario y parasitario, cuyo valor intrínseco es cero, pero lanzado todo ello a un mercado ansioso ahora de trivialidades, y mantenido por los poderes públicos con mayor generosidad aún que los Antoninos, incluso si con ello socavan las bases de lo real, y aumentan las proporciones de esa parcela de fool people y de gentes intelectualmente corruptas, en el mejor de los casos, que son cosas que no debieran ser tomadas tan a la ligera. Sólo hay que pensar en las consideraciones que hace Manés Sperber, saliendo al paso de las facilidades interpretativas sobre la influencia del agip-prop del señor Hitler, afirmando con razón, que nunca hubiera estado éste donde estuvo, por esa propaganda, si la basura intelectual y moral de la Alemania de Weimar no hubiera degradado intelectual y moralmente a las gentes, preparándolas así para recibir a un salvador.

El caso polarmente opuesto sería el del tiempo del Renacimiento, en el que el poder y el mecenas ni producen cultura, ni intentan crear digamos un humus que se supone que la facilitaría, como en la historia que nos cuenta Gibbon; pero esa cultura existe y con una extraordinaria vida y magnificencia, en una sociedad sentada o segura de sí misma; y, entonces, además de comprarla, sí puede sostenerla, magnificarla aún más, abrirla camino, convertirla incluso en Palacio de Invierno o refugio y restaño de la brutalidad de los tiempos, para seguir siendo hombres.

El tercer tipo de relación entre poder y cultura del que hablaba está representado de manera eminencial por la especialísima relación entre el poder eclesiástico, el gran consumidor y comprador de producción artística de su tiempo, y el artista románico. Y me parece interesante una reflexión a este respecto, porque resulta algo así como una estancia muy singular y con muy finos matices de esa relación entre poder e individuos productores de cultura, y también porque parece la que más asegura la excelencia del logro artístico y la absoluta libertad del artista, como ha demostrado una historia de varios siglos.

Como es obvio, el tiempo del románico es un tiempo teológico, es decir, un tiempo en el que la naturaleza, el hombre, y la historia, son vistos con ojos teológicos, y teológica es la simbolización de toda la realidad; esto es, la cultura entera. Y la institución eclesiástica, es, por lo demás, la que de modo más entitativo echa mano de la expresión artística, por la sencilla razón de que es un poder cuyos representantes poseen un nivel cultural mayor y más refinado, y pueden ver en la cultura un valor no sólo deseable, sino fundante. Y es este poder eclesiástico el que acude a las gentes del oficio para que construyan, pinten o esculpan, según las normas de arte o de menestralía, y conforme a la expresión artística de cada cual, toda una serie de paradigmas teológicos, que por lo demás son los mismos que los de la cultura y la fe religiosa de esas gentes del oficio. Y aquí hay toda una cuestión central, porque esto significa que la relación entre Iglesia-poder y artista sigue siendo de demanda-oferta, como en el principio, y que ni el artista ni el producto artístico están mediados por el poder, hasta un punto que es perfectamente pertinente la pregunta acerca de si, en realidad, ha habido arte religioso en Occidente, porque una cosa así no era exigida por la Iglesia-cliente, incluso por razones teológicas, pero este asunto queda al margen de nuestra reflexión aquí y ahora.

Lo que me importa subrayar es que, en arte, las formas lo son todo, y en el Oriente cristiano hay arte religioso, porque las formas, las técnicas, y el pintor son religiosos. A éste se le prescribe la temática, pero también las formas y las técnicas: pongamos por caso, 1) la superficialidad o plasmación de todo lo que se pinta en el primer plano, de manera paralela a la tabla, con lo que queda suprimida toda la profundidad de la pintura. 2) la perspectiva invertida según la cual el punto de fuga de la perspectiva no está en el fondo del cuadro, sino en quien mira, y las figuras se agrandan a medida que se alejan de esta mirada, las escenas están delante de los edificios en los que suceden. 3) una perspectiva radial en la que las figuras o escenas se despliegan en todos los sentidos respecto a una escena central, sin tener que ver nada con el espacio y el tiempo en que transcurren. La fuente de la luz del cuadro es totalmente suprimida, y todo el icono debe estar traspasado por la luz difundida por el pan de oro del fondo, y los finos rayos de inocopia que el pintor pone en las ropas y en los rostros de los personajes, y el icono se vuelve transparente.

Incluso las distintas partes del rostro deben conformarse de cierto modo según una simbólica, de manera que, si nos atenemos a la teoría y la práctica de este arte religioso, tal y como se formula y se lleva a cabo en el Oriente cristiano, lo que habría en Occidente sería arte de contenidos o temas religiosos, desde luego, pero de ejecución naturalista, obra de hombre, civil y laica. Esto es, en Occidente, la Iglesia es cliente del artista, pero no ideologiza ni mediatiza su arte.

El artista románico pinta y esculpe por su cuenta, según habilidad y arte, y nadie le dice cómo debe hacer, sino solamente se le pide como cliente que pinte o esculpa una historia que él contará a su manera. Sólo más tarde, en el Renacimiento, y por dos razones esencialmente -el hecho cultural de la Reforma, y la conversión del menestral pintor o escultor en artista demiúrgico- surgirán las tensiones entre la Iglesia-patrón y los artistas. Pero, en general, si hasta entonces aquélla ha sido un puro cliente, ahora se convertirá en mecenas. Y luego será, en la plena efervescencia del barroco, un arte más religioso-político que teológico, cuando la institución eclesiástica sienta la tentación de la instrumentalización y del control del mundo cultural, y el mecenazgo se transmute en patronato de producción, y el producto artístico, con frecuencia, en agit-prop, avant la letre, que implica a los artistas en una tarea idelogizadora; contrarreformista exactamente. Y algo a retener en esta circunstancia es que ese producto puede llegar a ser excelso -y lo es con frecuencia-, pero sólo en la belleza de las formas no necesarias al ser y que inevitablemente no dicen. Y puede pensarse a este respecto, por ejemplo, en cómo traduce Murillo un puro concepto teológico abstracto como el de inmaculada concepción, pintando una hermosa mujer, que llegaría a personificar tal concepto. El asunto necesitó toda una hermenéutica para ser entendido; y, si lo pensamos bien, no menor que la que exige el Guernica de Picasso, agip-prop al fin y al cabo.

En resumidas cuentas, pues, la actitud del poder político ante el hecho cultural se ha diversificado en la historia según las actitudes que acabo de esquematizar; pero esto hasta el tiempo de los camaradas, es decir, la Revolución Rusa. Aquí las cosas dieron un giro total, incluso si la teoría marxista acerca de la cultura ofrece las más cambiantes formulaciones en función de la práctica o conveniencia política. Los hechos nos muestran que las relaciones del poder con la cultura se manifiestan, desde el principio, en ese ámbito, con la puesta en marcha de la liquidación de la cultura llamada burguesa, es decir, la cultura tout court, y la instalación de la ideología marxista-leninista auténticamente interpretada en cada momento por el Partido, como única fuente y piedra de toque de cultura, y única cultura ella misma. Y esto es lo que sustrae a esta nueva cultura no sólo a cualquier tipo de crítica, sino al principio mismo de contradicción, ya que las categorías del pensar y el conocer, y la lógica formal misma, han quedado eliminadas, al igual que las viejas categorías estéticas, o éticas.

En este universo, la realidad no existe como significativa, sino en la medida en que así es decidido, y de la forma en la que es decidido; y, naturalmente, esto mismo es lo que ocurrirá con la cultura. La obra de cultura será en tanto en cuanto se decida que sea; y no puede ser otra cosa que una expresión política; y ese producto cultural es determinado también en cuanto a las formas y la técnica, además de en cuanto a los contenidos y sentido, que deben estar ajustados a ideología y canon. Así que, si he insistido más arriba con algún detalle en el asunto de que todo se le dicta a un pintor de iconos, y en que en esas prescripciones formales y técnicas ya está todo un espíritu que liquida por sí solo la pintura naturalista, es porque exactamente es esto lo que ocurre tanto en la teoría estética como en el pensamiento marxista, especialmente en relación con la singularísima lógica basada no en categorías de razonamiento en busca de la certeza, sino en el binomio ontológico de progresista-reaccionario. Así como en la llamada cultura popular, tan propiciada por los camaradas como base ideológica naïf, se echa mano de una especie de pietismo, y praxis existencial de carácter religioso, en el sentido más serio, más profundo, y más detestable de lo religioso, al que se refiere constantemente la Biblia.

La filosofía, la literatura, las artes plásticas y la música anteriores a la Revolución, y, por lo tanto, producciones todavía fruto de una historia regida por la constricción, también deben de ser valoradas según las categorías y el sentido antedichos, porque no son las formas las que dan el sentido, ahora, en el arte y en el ámbito entero de la realidad, sino que las formas son excogitadas para producir el sentido canónico o determinado de antemano. Y fuera de él no debe existir nada que resulte valioso en el plano cultural, porque cultura única es la producción así decidida por el Partido. Y, de este modo, se ha dado una destrucción o una manipulación totales de la cultura heredada, y se ha asegurado en cierto modo la imposibilidad de reanudar con ella, mediante su soterramiento y el agit-prop canonizador de los productos culturales ortodoxos. Incluso si se sabe perfectamente que no alcanzan, con frecuencia, un mínimum de decencia intelectual y literaria o pictórica, y tampoco pueden competir en un mercado de masas todavía no educadas en la nueva cultura.

Stalin se pronunció muy claramente en una reunión con gentes de cultura, a la que también asistía Gorki, por cierto. El artista -dijo- debe mostrar fielmente la vida. Y, si muestra fielmente nuestra vida, no puede dejar de mostrar que se dirige hacia el socialismo. Eso es, y debe ser el realismo socialista. Es decir, éste debe ser la pintura icónica de la utopía ya realizada, con lo que, sea cual sea el casi inevitable pietismo intelectual y estampería artística al que a ese propósito estaba abocada esa producción cultural, no se puede negar a Stalin un genio barroco del agip-prop, ni tampoco que tenía el saber de lo que era cultura, y de lo que eran el talento y el buen gusto, así como de la inmensa estupidez que es hacer un juicio político sobre una obra de arte, que es ahora la categoría vigente, sin embargo.

Cuando Bulgakok, el autor de La caballería blanca fue acusado de derechista, por su obra teatral Vuelo, Stalin escribió de su puño y letra, al denunciador en cuestión, que derechista o izquierdista son términos del Partido. En literatura, háblese de clase, antisoviético, revolucionario, o antirrevolucionario, pero no de derechas e izquierdas. Es decir, producto de la casa o no, o conveniente o no, pero esto es otra cuestión que la de valorar literatura con esquemas políticos. Y así Stalin mismo hablaba de Dostoievski, como de un fabuloso conocedor del alma humana, pero considerándole perjudicial para el pueblo. Exactamente como despreciaba a sus pomposos académicos y premiados universales, pero los seguía teniendo allí, porque eran tan útiles, sin embargo. Más claro no puede ser -una cosa es la literatura y el arte, y otra que nos favorezca o no- y tal claridad deja, desde luego, en paños menores toda la gnóstica y farragosa logomaquia de los intelectuales del Partido y sus anexos ideologizados, modernos y post-modernos.

Pero el caso es que, durante casi cien años ya, se ha conseguido, que en el detestado Occidente, burgués y democrático, imperasen esas categorías desde las más altas instancias intelectuales hasta la escuela, y ésta es la hora en que, desaparecidos los camaradas, su dogmática prevalece en los medios intelectuales, y se ha conseguido igualmente la más absoluta espontaneidad en el reconocimiento de honorabilidad, o hasta la exclusiva de honorabilidad intelectual y moral, para el hecho de que el poder político en sus diversas formas, controle y hasta produzca cultura, o burocratice a sus productores. Y, por cierto, no sólo con su consentimiento, sino con extremado placer por parte de ellos, y con la consideración añadida de que esta situación sería la más alta expresión cultural y el mayor servicio al pueblo. Al señor Lenin, que decía de esos intelectuales que no son el cerebro de un pueblo, sino su excremento, no le extrañaría nada; ni tampoco al señor Stalin, cuando se burlaba de la hinchazón de vanidad de Gorki, asegurando que era facilísimo instrumentalizarle para la revolución.

Pero el hecho a subrayar es que la figura del productor de cultura ya no es, en este universo, ni la de un menestral que vende su trabajo, como en el oficio románico, ni la de un artista o letrado en el sentido corriente que ha tenido esta palabra desde el Renacimiento para acá, y ni siquiera la ya bastante sacerdotal figura de los hombres de cultura en la Ilustración, sino que se manifiesta en la figura de un trabajador de la inteligencia al servicio del poder, tal y como es diseñado por una decisión de la Komintern; esto es, una mera ruedecilla de la gran máquina de la Revolución. Y, llegados a este punto, me parece que es inexcusable la pregunta por el hecho tan repetido y todavía vigente de esa disponibilidad a ser instrumentalizados con extremo placer, y de servir con tanto gusto a señores que tanto les alaban y desprecian, por parte de los productores de cultura en general, a la que acabo de referirme.

El profesor Robert Nozick, en un trabajo bajo el título de ¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?, pero entendiendo como capitalismo el simple funcionamiento de oferta y demanda sin más calificaciones políticas, y refiriéndose especialmente a los que él llama forjadores de palabras, explica, desde luego, que esta denominación incluye a los poetas, novelistas, letristas literarios, periodistas de diarios y revistas, y numerosos profesores; pero no incluye aquellos que primordialmente crean y transmiten información formulada cuantitativa o matemáticamente (los forjadores de números) o los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras. Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado. Los forjadores de palabras se concentran en ciertos ámbitos ocupacionales: las instituciones académicas, los medios de comunicación de masas, la administración. Los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas. Hay demanda de sus destrezas profesionales, estando sus ingresos muy por encima de la media. ¿Por qué, entonces, se oponen al capitalismo de un modo tan exagerado? De hecho, algunos datos indican que cuanto más próspero es un intelectual y cuanto más éxito tiene, más probable es que se oponga al capitalismo.

La respuesta que ofrece el profesor Nozick es que un sistema educativo basado en la meritocracia, y en el cual esos intelectuales forjadores de palabras han triunfado y experimentado el reconocimiento y el éxito de su valía, les prepara muy mal para la vida posterior a la escuela, porque ésta está regida por los valores del mercado que no giran en torno al mérito real de cada cual, sino a la oferta y demanda de unas mercancías o servicios. En primer lugar -dice Nozick-se podría predecir que, cuanto más meritocrático es el sistema escolar de un país, más posibilidades hay de que sus intelectuales sean de izquierdas (Piénsese en el caso de Francia). En segundo lugar, los intelectuales que fueron frutos tardíos en la escuela no habrían desarrollado el mismo sentido de derecho a las recompensas más elevadas; por lo tanto el porcentaje de los intelectuales tipo fruto tardío, que serán anticapitalistas, será menor que el de los de tipo fruto temprano. En tercer lugar... las mujeres no han disfrutado hasta ahora de tales expectativas, por lo que no sería de esperar que las estudiantes que formaban parte de la clase académica superior, y que sin embargo sufrieron luego un desplazamiento descendente, mostrasen la misma animadversión anticapitalista que los intelectuales varones. Podríamos predecir, pues, que cuanto más se vea que una sociedad se mueve hacia la igualdad de oportunidades ocupacionales entre las mujeres, mayor será la tendencia de sus intelectuales femeninas al mismo anticapitalismo desproporcionado que muestran sus intelectuales varones.

A los efectos de lo que me propongo decir, este análisis del profesor Nozick me importa en tanto en cuanto significa, en el contexto en el que estoy hablando, el rechazo de los productores de cultura de que la producción de ésta siga instalada en la diferencia poder-cultura, que implica una demanda y una oferta en un mercado, y la búsqueda de un clima de reconocimiento y triunfo, asegurados por el poder y al amparo del poder.

La figura del cortesano se ha dado siempre, y, para no irnos demasiado lejos, podemos recordar que Chateubriand no soportaba la vergüenza de que hubieran sido los hombres de letras y del arte los que se habían arrastrado ante Napoleón, mientras no lo habían hecho los científicos, aunque enseguida hay que decir que, más tarde, no hubo ya diferencia entre unos y otros, ante sátrapas más despóticos y, por desgracia, sanguinarios y mortíferos. Y podríamos alargar esta reflexión con los sarcasmos de Charles Péguy a propósito de lo que él llamaba el partido intelectual, pero digamos simplemente que todo esto, tan comprobable, nos fuerza a comprobar igualmente, y con no menor facilidad, que la inclinación del, diré yo también, forjador de palabras hacia los sistemas de Granja, tiene otras razones, además de la tan sutilmente enunciada por Nozick, y esas otras seculares experiencias, como la de Chateubriand que son de otro orden de cosas. Estas razones a que me refiero quedan resumidas más bien en la gran razón de la evangelización marxista recibida por la intelligentsia como la mayor contribución a la amplitud de su mente, que conlleva, además, la distinción intelectual de una escolástica superior que puede enjuiciar siempre certeramente la realidad, más el añadido de una ética nominalista de místicas resonancias de estar con un pueblo que se desprecia, pero que suministra una romántica retórica, y de haber quedado ungido como demiurgo, forjador también de la historia. Y ya he señalado lo que Lenin o Stalin pensaban de estos señores de la inteligencia y de los artistas, y sería suficiente sopesar luego, incluso muy por encima, el enorme volumen de víctimas de esa inteligentsia que el sistema tan deseado produjo; pero parece que todo resulta irrelevante, exactamente como la argumentación lógica, ante los encantos de la distinción, la autosatisfacción de pertenecer a una clase sacerdotal iniciada en los secretos de la historia y juzgadora de la realidad entera, como acabo de decir, y la otra realidad harto palpable de los reconocimientos y éxitos asegurados.
Y todo esto hasta el punto de que un régimen democrático que no tenga una institución de lo que podríamos llamar seguridad social del triunfo y consideración pública de los forjadores de palabras, aparece, desde luego, como afectado por un déficit social escandaloso e intolerable, o como sirviendo al puro imperio de la incultura, ya que sólo es cultura el paradigma, digamos leninista-stalinista, más o menos condimentado con modernidades. Y lo cierto es que, con excepción del ámbito anglosajón, en todos los demás se han puesto en marcha dispositivos institucionales con aquella idea; o por lo menos son reclamados, de manera perentoria y con el correspondiente dramatismo, para salvación de la cultura abandonada escandalosamente, en caso contrario, a las leyes del mercado. Pero es preciso preguntar enseguida: ¿qué cultura?
Por lo pronto, cuando se hacen afirmaciones tan perentorias y dramáticas, se están trucando las cosas, o mezclándolas. Desde luego que el poder político debe comportarse como mero cliente de los bienes de cultura, o como mecenas de ellos, que en último término es un cliente que a sí mismo se ha privilegiado en la adquisición de esos bienes, y los promueve o patrocina, porque también los valora privilegiadamente; pero ni los produce, ni los condiciona. Pero claro está también que, en una comunidad política, hay un patrimonio cultural recibido, cuyo cuidado es de la responsabilidad del poder político, sencillamente porque constituye la realidad misma del ser de la comunidad que ese poder representa y administra. Es una herencia de siglos que nos ha conformado como hombres y como comunidad específica, o incluso una especie de koiné de naciones como es el caso de la cultura española, europea e hispanoamericana a la vez; y esa herencia desde luego que como factum ya consumado, queda absolutamente al margen de cualquier relación de mercado y de decisión política distinta a la de su extremo respeto y conservación. Es sencillamente la herencia de los padres, sin conservar la cual no hay civilización ni posibilidad de continuación cultural. Es un depósito intocable de una entidad decisiva y, por decirlo así, sacral, en tanto que, en el devenir laico de la historia, vendría a ocupar el lugar de lo religioso colectivo de otros momentos históricos.

Así las cosas, si la cultura de una comunidad fuera de una gran solidez y profundidad, delicadeza y seriedad, el mercado cultural funcionaría necesariamente en este sentido, y con estas categorías. Pero esta realidad sólo pudo darse en la antigüedad con la presencia de lo religioso -o de la seriedad del ateismo, conciencia plena de la nada- porque la tensión de lo real dado con lo absoluto invisible, que alcanza a todo individuo, es la que obliga al hombre a reconocer inevitablemente la naturaleza trunca de su destino, y a tener espera o desespero frente a lo radical, lo Real Último, en cuyo seno nace la simbolización de la cultura más profunda. En el mundo moderno la situación es muy distinta, y el patrimonio cultural es sectorial sencillamente; Erasmo no podría hoy hablar de cosas serias con su barbero.

La destrucción de comunidad que supuso la Revolución Francesa llevó consigo inevitablemente una cesura total de la cultura, patrimonio de unos pocos, frente a una massa damnata e irremediablemente condenada a las manifestaciones más menesterosas de un como si de la cultura, ya que el sueño ilustrado de la extensión de ésta fracasó. Por otro lado, la irrisión y liquidación de lo que fue la cultura en su sentido tradicional, comenzada en el periodo de entreguerras y dada la puntilla por los dos grandes totalitarismos que la fagocitaron y la convirtieron en anexo e instrumento político, tornan absolutamente irrelevante esa cantinela de la pobre cultura entregada al mercado. Lo que significa en realidad esta queja es que la ideología no tiene facilidades de mercado, quizás y sin quizás se vende incluso peor que la cultura tradicional, cuyos esplendorosos restos, en el plano artístico por lo menos, siguen fascinando a las gentes.

Lo que, con ese lamento de la cultura arrojada al mercado se reclama en realidad, es que el poder político haga un tal ordenamiento e intervención de la cultura, que logre dos cosas: la destrucción total de la vieja cultura, como en la China del señor Mao, y el acostumbramiento al constructo llamado cultura, impuesto por los media y todos los demás medios, especialmente la asistencia del poder, si es que éste no es su co-productor y patrono. Cultura del cero y de la nada, de la ausencia de dignidad y seriedad del pensamiento, y no sólo ausencia de belleza, sino magnificación de la basura, y de la subversión como bandera; perpetuo vanguardismo eternamente igual a sí mismo, que decía Bernard Shaw, juegos de adolescencia inmarcesible, y ocurrencia como ersatz del genio, el nihilismo de los hombres vacíos, y felices y redondos, de quienes hablan Eliot y Nietzsche. Y esto es algo que también puede imponer la mera comercialidad, desde luego, pero sólo de una manera provisional, circunstancial, y externa; esto es, contando con que un poder o una sociedad compren todo eso, porque la comercialidad sólo busca el dinero y no la conversión en un hombre nuevo, o su modernización e ideologización; y si un día aquella comercialidad ganase dinero con Tratados de oración, como sucedió en el XVI español, cuando hasta las mozas de cántaro no se desprendían de ellos, ahí estaría el mercado. El mercado no tiene interés, sino por la mercancía vendible, y obviamente puede inundar de vendible basura el universo mundo; pero eso sólo sucederá -preciso es repetirlo-, cuando eso sea lo que se demande o se admita siquiera, porque si los ciudadanos de una comunidad política tuviesen un nivel de cultura que rechazara la basura y buscara el pensar y la belleza, o tuviesen el pesar de no poder alcanzarlos, lo que se vendería sería algo muy diferente, con toda seguridad.
Pero, para lograr una aproximación a ese ideal, siquiera la que se ha buscado durante algunos siglos, el poder público no puede dejar de hacer frente a su deber de instrucción pública a los más altos niveles posibles para una generalidad, y, desde luego, mostrando, como poco, el respeto y la estricta conservación de la cultura que es ese logro de siglos, y, desde luego, no mostrando ni la sombra de reniego o de vergüenza de esa herencia de los padres. Mucho menos, claro está, cediendo al terrorismo cultural de los enemigos de esa herencia, demandando, sosteniendo y hasta vendiendo sus productos, y mucho menos todavía, otorgándoles incluso el canon único de lo cultural, que es lo que se ha hecho durante ya demasiado tiempo. Casi por todas partes. Seguramente, en el santo temor del Progreso como ananké o Némesis reinante, y en el acatamiento y como temor y temblor ante esos fabricantes del nuevo constructo cultural, que han llegado a adquirir el prestigio numénico e inspirar el temor de brujos de tribu. O quizás porque todos, o casi todos nosotros, tenemos insensiblemente ya conformadas nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad por la gnoseología y la espontaneidad valorativa de esa nueva cultura construida en grupo y desde el poder, porque el grupo productor de poder es ya un poder. O eventualmente, en fin, fascinados por lo que se llama modernidad; mágica palabra, ciertamente, que, tomada en serio sin embargo, y no como distinción intelectual de cócteles mundanos, es algo de una seriedad pavorosa, y supone el entierro de todo lo que hasta ahora se ha entendido por cultura y humanización. En ella entran no sólo como categorías indiscutibles, sino como únicas intelectualmente respetables, ingredientes post-modernos, y las últimas escolásticas nietzscheanas de los camaradas pardos, fusionadas con las de los camaradas rojos, en su última evolución, la de los llamados por Jillian Beker los hijos de Hitler, y, desde luego, nietos de Lenin, con sus formulaciones, por ejemplo de terrorismo consumista, o incluso, en grupos de la Iglesia católica misma, parecidas formulaciones de institucionalidad de la insolaridad, que justificarían el terrorismo de la barbarie como vindicta moral o método de concienciación de las masas. En la nueva cultura, por supuesto.

Desgraciadamente no puedo bajar a un casuismo muy decidero, aunque también muy doloroso; pero, retomando el hilo de lo que venía diciendo acerca de aquellos valores ante los que un poder público, o los poderes públicos de esa koiné a la que antes aludía, tienen el deber de su respeto y conservación, mencionaré, al menos, el hecho cultural fundante de la lengua.

La historia muestra constantemente que un pueblo desaparece como tal cuando olvida o reniega de lo que le ha hecho y ha conformado según un cierto modo de ser hombres individual y colectivamente, cuando no sabe lo que se debe a sí mismo y a los demás. Una comunidad política se condena a sí misma si no preserva todo eso; y, desde luego, podrá pervivir como construcción jurídica o Estado nacido de una ideología, pero, sin conexión con la cultura real del pueblo sobre el que se erige, sólo le queda la fuerza para mantenerse, y una fuerza exterior y física; y sin aliento existencial, que es lo que el señor Stalin comprendió muy bien, por ejemplo, cuando, enfrentado a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, invocó a la Santa Rusia que él ya había destruido, pero que sabía que aún pervivía en el corazón de las gentes.

El régimen soviético había cambiado también la gramática e incluso el alfabeto, porque sólo con una gramática infecta puede mantenerse un constructo ideológico, que siempre es un ens fictum, como un ens fictum es así mismo cualquier constructo cultural como del que vengo hablando. Y, sin ir más allá, toda lengua impuesta es una empresa ridícula y destinada al fracaso, como lo ha mostrado el esfuerzo mismo empleado en ello desde el emperador Claudio a los camaradas en Rusia o China, o a la liquidación del griego modernizado, con la consecuencia de que las jóvenes generaciones griegas no sólo no entienden sus clásicos, pero tampoco la literatura del propio siglo XX, a Seferis o a Kavafis, pongamos por caso; y evito aludir a otras empresas de este estilo, que son más cercanas.

Por la lengua sabemos que somos, y que tenemos que morir, y otras cuantas realidades esenciales, y quien la toca para instrumentalizarla, o la maneja, y la da ordenanza, destruye lo humano más profundo, y acaba en la demencia. Y no me parece que tenga que decir dos palabras más sobre este asunto de las relaciones entre poder y cultura, salvo para anotar, como yendo de suyo, que un poder democrático, por su propia naturaleza, -aunque yo sea suficientemente agustiniano como para no otorgar el beneficio de suposiciones de virtud a nadie y a nada- no tendría ni la tentación ni el sueño de ordenar e instrumentalizar la cultura, ni tampoco de sobreseer su deber de conservar y proteger la herencia cultural universal, y, lógicamente la propia, la que es identificatoria de su comunidad socio-política y cultural; a comenzar por la lengua. Una lengua que, en el caso concreto de la cultura de la gens hispánica, tiene un plus específico no suficientemente subrayado, y quizás necesitado de ser presentizado ahora más que nunca.

Porque la koiné de nuestra lengua por sí sola constituye un hecho y un topos culturales mayores, en la cultura universal. De hecho, lo que representa el humanismo en el plano de la literatura es una colosal revolución que ha sido enfáticamente mostrada por el profesor Ernesto Grassi, discípulo de Heidegger, en un importante estudio al respecto que le dedica. Y revolución que consiste, nada más y nada menos, en que, frente a la filosofía tradicional y racionalista, según la cual la verdad es un ente fijado por la ratio, que a su vez sustenta la palabra, entiende que es en la palabra donde se revelan el ente y su verdad, porque el ente es así captado en su explicitación histórica, y la retórica o la poesía, la literatura o escritura alegórica, reclaman así su status de medio de conocimiento, porque lo originario, lo indeducible, lo primigenio, -y en ese sentido insondable-, escribe Grassi -no es susceptible de ser manifestado directamente. Lo indeducible sólo se puede expresar respetando su pretensión de tal en el ámbito del aquí y ahora por medio de metáforas y de la palabra indicativa y no demostrativa, esto es, mediante el lenguaje mítico y no racional. Únicamente así resulta posible descubrirlo y desvelarlo.

Tal es el entendimiento de las cosas en Vico o Vives, por poner sólo dos ejemplos, en un proceso que arranca desde Dante, e incluye de algún modo al propio Erasmo, que se oponen así a la metafísica antigua y su racionalismo. Y Grassi defiende esta concepción de la potencialidad del conocimiento literario frente a la filosofía moderna desde Descartes a Hegel, el pensamiento formal de la filosofía analítica y la logística, o la concepción exclusivista científica, y también frente a Heidegger, que ve en último término en el humanismo la retórica romana, y no, en absoluto, la primariedad griega del pensar. Y también Grassi señala que, en España, el Renacimiento es literario y de radical importancia para el pensamiento, porque lo que lleva consigo, esto es, el estatuto de conocimiento que reclama la literatura para sí, quiere decir verdad y pensamiento. Y esta es ciertamente la singularidad del aporte de la gens hispánica, en el tiempo del humanismo y ahora mismo frente a un racionalismo formalmente tecnificado, además.
Pero, al decir el aporte, estoy significando que hay otros, y que el poder político de esa gens hispánica debe potenciarlo, pero obviamente para que esté ahí, junto a otros aportes, que pueden sernos, y nos son, absolutamente imprescindibles, porque la cultura humana es siempre una integración por partes en la más absoluta libertad; no un producto banalmente comercial a imponer frente a otros. El poder de las civilizaciones en las que se han producido las grandes culturas no ha puesto jamás puertas al aire. El proteccionismo cultural en forma de monopolio, en cualquiera de sus manifestaciones, equivale sencillamente a la propia asfixia, porque el producto cultural entitativo es para el universo mundo, para toda criatura humana, para toda comunidad de seres humanos. O no importa que perezca, en otro caso.

La responsabilidad de los poderes públicos, en todo su ámbito, fue perfectamente explicitada, quizás como en ningún otro texto, en estas palabras de Simone Weil en su ensayo, La persona y lo sagrado, donde dice, A los criminales, el castigo verdadero; a los desgraciados, a los que la desgracia ha mordido en el fondo del alma, una ayuda capaz de llevarlos a aplacar su sed en las fuentes sobrenaturales; a todos los demás un poco de bienestar, mucha belleza y la protección contra quienes les hagan el mal; en todas partes la limitación rigurosa del tumulto de las mentiras, de las propagandas y de las opiniones; el establecimiento de un silencio en el que la verdad pueda germinar y madurar; esto es lo que los hombres se merecen.

¿Idealismo? Lo terrible de la historia en nuestro tiempo es que ha encogido y endurecido tanto, que el idealismo se ha tornado realismo puro, y no hay más sitio para nada más. Pero quizás sea inevitable, de todos modos, el preguntarnos por cuáles serían las posibilidades de que un entendimiento de la cultura, como el que aquí he manejado, es decir, no ideologizado ni vehiculado ideológicamente, ni desde ningún poder, se abra paso, ya a estas alturas, cuando la liquidación de la cultura tout-court está tan avanzada. O, dicho de otro modo, cuando el sistema de Chigaliov, del que Dostoievski nos habla en sus Demonios, ha obtenido ya un tal triunfo: Cicerón tendrá la lengua cortada, Copérnico los ojos saltados, Shakespeare será lapidado ¡He aquí el chigaliovismo! Los esclavos deben ser iguales, y todos los esclavos son iguales en la esclavitud... La primera cosa que hay que hacer es rebajar el nivel de instrucción de ciencias y de talentos. Un nivel elevado de ciencia y de talento no es accesible más que a las inteligencias superiores y exige esas inteligencias.

Y, como les decía el sueño de la Ilustración ha sido frustrado, y tenemos que dar la razón a Aldous Huxley, cuando se duele acerbamente de que aquello tan hermoso y esperanzador para nuestros abuelos ilustrados, la enseñanza primaria universal, se hubiera convertido, de hecho, en el instrumento más eficaz del dominio del Estado, ha servido para la militarización de las masas, y ha expuesto a millares de personas a la influencia facilísima de la mentira organizada, y a la seducción de distracciones continuas, imbéciles, y degradantes. O, para la producción de semi-letrados, como diría Teresa de Avila, autosatisfechos con su sabiduría más bien ingénita, y blindada.

No hace falta añadir que, en este estado de cosas, cultura puede ser cualquier cosa -incluso la destrucción de la cultura, o algo que nada tenga que ver con la cultura porque ésta ya no puede ser entendida-, y que el negocio será de la banalidad y la basura; y la gran cosecha y beneficio para la Granja. Antes de que se levantaran los grandes horrendos totalitarismos del XX, los señores europeos fueron avisados insistentemente, y en balde, de que así serían las cosas; pero no sé si podemos permitirnos muchas esperanzas más respecto a que ahora mismo queramos escuchar mejor esos avisos. No lo sé, pero en los jueguecitos e inconsciencias culturales, en que estamos entretenidos, no se hace pie para topar con un mínimum de confianza. Y no cabe ya la buena fe e ingenuidad antigua de los tiempos de los Antoninos. O, por lo menos, esto es lo que me parece a mí. ¡Ojalá estuviese equivocado, o hubiese tenido un mal sueño! Pero yo se lo cuento, por si acaso.


* Conferencia pronunciada, en Navacerrada (2.004), por el autor de la reciente -y muy polémica- novela 'Carta de Tesa'

(http://www.almendron.com/politica/pdf/2005/reflexion/reflexion_0540.pdf)

 

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