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El 'no' a la Constitución europea es la
única opción para
consolidar las políticas sociales en la UE
LA CATÁSTROFE SERÍA VOTAR
'SÍ'
Bernard Cassen
Director general de Le Monde Diplomatique
Traducción de Xavier Nerín
Los dirigentes
de los partidos de gobierno franceses, reunidos por sus colegas de los
otros países europeos y por la Comisión, llevan a cabo entre
la opinión pública una campaña para la ratificación
de la Constitución que apela al miedo y no a la razón. En
Francia
consiguieron una primera victoria cuando, el 1 de diciembre, en el referendo
interno del Partido Socialista (PSF), el sí obtuvo una mayoría
del 59%.
Sin embargo, su inquietud persiste: los sondeos muestran un fuerte ascenso
del no relacionado, aunque sólo en parte, con la aceptación
de la candidatura de Turquía por el Consejo Europeo. Los argumentos
de estos dirigentes se basan principalmente en la evocación de
una crisis europea si gana el no. Ello no sólo es falaz, sino que,
por el
contrario, todo hace pensar que el único escenario catastrófico
es el del sí.
1. Ni urgencia ni miedo: ¡la vida sigue
en la UE! ¿Qué pasaría realmente si Francia u otro
país se negara a ratificar la Constitución europea? Desde
el punto de vista jurídico, la respuesta es: "Estrictamente
nada". El Tratado de Niza, en vigor desde el pasado 1 de mayo, así
como los tratados precedentes, seguirán rigiendo la UE hasta el
2009, como está previsto, y algunas de sus disposiciones hasta
el 2014. No hay pues ni urgencia particular ni motivo de inquietud.
2. Los propios gobiernos solicitarían con
toda urgencia un nuevo tratado. Políticamente, en cambio, el rechazo
de la Constitución crearía una situación nueva. Habría
que negociar otro tratado en función de las aspiraciones antiliberales
que se habrían expresado en
Francia y quizá también en otros países, porque todos
los gobiernos tienen un interés vital en que la primera parte de
la Constitución, que habría sido rechazada con el resto
del tratado, entre en vigor. Esta primera parte racionaliza los procedimientos
institucionales de la UE y, efectivamente, le permite funcionar de manera
más eficaz.
3. Un tratado social, ¡ahora! El PSF dice:
"Inmediatamente después de la ratificación de la Constitución,
y con el resto de las fuerzas socialdemócratas, nos pondremos manos
a la obra para elaborar un nuevo tratado, esta vez social". Éste
ha sido el ejercicio confiado
por el Partido Socialista Europeo a Pascal Lamy, que presentó en
Madrid, el 27 de noviembre, la plataforma de una "Europa social"
a la baja. Salvo si es para adoptar este programa residual, ¿podemos
imaginar que Blair, Berlusconi y sus consortes, que habrían
conseguido constitucionalizar el neoliberalismo, aceptaran renunciar a
su victoria poniéndose a hacer política social, cuando nada
les obligaría a ello?
En cambio, si la Constitución fuera rechazada, se habrían
creado las condiciones, bajo la presión del NO, para intentar elaborar
inmediatamente este famoso tratado social, complementario a las disposiciones
institucionales de la primera parte de la actual
Constitución. En otras palabras, si el PSF sigue creyendo en su
eslogan de la campaña de las elecciones europeas -- "Y ahora
la Europa Social" - , el NO constituye su única posibilidad
de traducirlo en actos. En cambio, si ganara el sí, el adverbio
ahora significaría dentro de 10 o 20 años, incluso 50, como
ha predicho Giscard d'Estaing. Si fueran consecuentes con sus ambiciones
proclamadas, los dirigentes socialistas, al igual que los de Los Verdes,
militarían activamente por un NO que volviera a abrirles el juego.
4. ¿Quién teme a la democracia?
Lo abriría más aún cuanto que los movimientos sociales
europeos podrían movilizarse por un tratado social. Lo que no es
todavía el caso, y tiene su explicación. Salvo en Francia
y Bélgica, la Constitución no ha sido sometida a debate
entre las opiniones públicas europeas, y los partidos de gobierno
-- socialistas, liberales, conservadores y democristianos-- sólo
hablan de la "unión sagrada" para ocultar su contenido
neoliberal. A excepción del PSF, las organizaciones, sindicales
u otras, que apelan al sí, se han guardado bien de consultar previamente
a sus afiliados.
La victoria del no permitiría eliminar esta capa de plomo poniendo
de manifiesto en todos los países de la UE tres exigencias democráticas:
la de un verdadero debate nacional divergente sobre el proyecto europeo;
la de una consulta de los miembros de todas las
organizaciones que deban pronunciarse sobre el futuro tratado, y la de
un referendo popular en cada país donde exista este procedimiento,
con la opción, ahí donde no exista, de modificar la Constitución
nacional para introducirlo.
Los partidarios del sí se comportan como si experimentaran un doble
temor: miedo a que nos apropiemos realmente del contenido del tratado,
pues la experiencia demuestra que no gana al ser conocido; y, consecuencia
lógica, miedo a que todos los ciudadanos se
pronuncien directamente.
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