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Cuestión de matemáticas
Hagamos matemáticas como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y descubramos cómo el 20 por ciento de las personas más ricas del mundo consumen el 86 por ciento de los recursos del planeta, y esto es igual a decir que la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios. Los dos elementos de una misma ecuación tienden a guardar conexión. Es esta conexión a la que apuntaba el PNUD en 1998 cuando más o menos venía a decir que toda colmada cara occidental tienen su desoladora cruz. Pero pocos se enteraron y de los que se enteraron pocos lo retuvieron Circula tanta información interesante por ahí. Mucho más interesante que el Producto Interior Bruto de las 48 naciones más pobres del mundo que es inferior al patrimonio de las tres personas más ricas del planeta. Claro que cualquier conexión entre los multimillonarios y la pobreza se basa en un ejercicio de mala fe, de puro azar, y las ochocientos millones de personas que pasan hambre a diario nada tienen que ver con los obesos del Norte. Si el gasto en perfumes en Europa y Estados Unidos supera al gasto mundial en seguridad alimentaria, nadie debería torturarse, pues cada estatus social conlleva unas necesidades y algunos necesitan oler bien tanto como otros comer. Si toda la comida que se produce en el mundo fuera distribuida tocaríamos a 2760 calorías. Es decir, que ningún ser humano pasaría hambre, y probablemente, tampoco obesidad, con lo cual solucionaríamos dos problemas a la vez. Pero no se puede, el hambre y la obesidad forman parte de dos realidades distintas, sin interacción. El PNUD se empleó a fondo denunciando los ecos escandalosos que proyectan determinadas cifras, pero el problema reside en que la capacidad de imaginación y relación la tenemos un poquito atrofiada. Así que echemos mano del glamour y dejemos que las estrellas nos guíen. Por ejemplo, el conocido peinado de la actriz Meg Ryan cuesta 600 dólares, es decir, el presupuesto diario de 600 desconocidos niños subsaharianos. De acuerdo. Seguimos. Lo que el admirado David Beckham cobra semanalmente mil trescientas veces el salario mínimo interprofesional mensual de su afición madrileña, que aún así, le jalea dentro y fuera del terreno de juego. La estupenda actriz Nicole Kidman por su parte acaba de batir un record Guiness cobrando casi cuatro millones de dólares por un anuncio de Chanel número 5. Más o menos lo que cobrarán varias generaciones de chinos por llenar de juguetes un Toys R Us. Menos mal que los récords se clasifican siempre a la alza, pues sería muy difícil encontrar a la persona peor pagada del mundo por exceso de competencia. Otro apunte para la reflexión. El sesudo actor de Hollywood Ben Afleck adquirió un inodoro con rubíes, diamantes, zafiros y perlas incrustadas para su antigua amada Jennifer López. Cómo valorar este hecho, puede que se pregunte alguno. Pues sabiendo que cada uno tiene sus necesidades. Unos necesitan beber agua no contaminada y otros defecar en inodoros de diseño. Perfecto. Hagamos un ejercicio práctico. Desarrollemos nuestra capacidad de relación. Coja usted una revista de estilo, cualquiera, sume el precio de los trajes que se van a llevar esta temporada, el precio de los muebles de diseño de los personajes de moda, los perfumes, los relojes. Siga y sume. Si se equivoca unos pocos dólares no pasa nada. Es pequeña diferencia será sólo lo que una familia haitiana dispone para pasar una semana. Y cuando haya acabado, coja un informe del PNUD y calcule cuántas familias se pueden alimentar con un frasco de Chanel número 5. Le proponemos aún un ejemplo más práctico: el 20 por ciento más privilegiado dispone de 60 veces más recursos que el 20 por ciento más pobre. Si pertenece al primer grupo coloque 60 pollos en su salón, siéntese y reflexione. Si tiene suerte llegará a la conclusión de que sus pollos y el único pollo que le toca a su contraparte del Sur, no guardan ninguna relación, y además ni es culpa suya, ni usted va a cambiar nada repartiendo sus pollos. Eso debe de ser más o menos lo que piensa Meg Ryan cuando se corta el pelo, Nicole Kidman cuando se echa perfume y Jennifer López cuando se sienta en el retrete. Eso es a fin de cuentas lo que pensamos todos porque si nos ponemos a relacionar puede que nos carguemos el espíritu de la Navidad, la armonía mundial, el glamour que nos hace soñar y la costosa sonrisa de David Beckham. Relájese. Tenga en cuenta que la reflexión
es subversión, así que evítela y disfrute de las
Navidades. Y sobre todo, olvídese de las matemáticas.
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