Últimamente es casi imposible escapar al monotema único. Huyendo de la caja tonta, haciendo zapping en la radio, saltando la mayor parte de los titulares idénticamente repetidos en los diarios y rechazando participar con las amistades en tertulia sin fin sobre más de lo mismo... no podemos evitar toparnos en el Metro con esas nuevas pantallas gigantes que ahora también nos acosan gritando el alimento espiritual generosamente prodigado (sin aparente oposición de quienes pueden decidir algo en esto que dicen es nuestro Estado de Derecho 'y bienestar' Democrático) hasta la suciedad: ya Aldous Huxley nos anticipó un Mundo Feliz cuyo abracadabra o panacea universal era el 'soma', la droga suministrada por el Estado para mejor controlar colectivamente a su sociedad. Como aquel Demonio (de los cuentos que acunaban nuestra infancia) cuya lema definitorio era "Nuestro nombre es legión, y somos muchos", el mantra hipnótico con el que hay ahora general consenso para apacentarnos tiene diversos nombres; y su pretensión letal se presenta en el quimérico envoltorio de tentaciones épicas, por una Identidad suprema ('seréis como dioses' o sea tal que aquel del que habría que creer que nos dijera 'yo soy el que soy'): ahora lo que definitivamente se estila es la "Autodeterminación (sí/no)"... En pos de ello vamos a vernos azacanados -¡fuera cualquier otra grosera consideración de más prosaicos objetivos materialistas!- con calendarios ya imparables al menos durante todo el año próximo, que además habemos comenzado firmando por (una prioridad de) los nuevos "derechos civiles y nacionales" ante la antigualla -algunos diz que 'casposa'- de los "sociales", y sin añadir reivindicación expresa de los "económicos" (pues parece que también hay izquierdas para las que se acabó aquello de que 'todavía hay clases'), por más que no cabría haberse caído jamás hasta la incorrección de no apuntar, en cambio, a la "desigualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres". ¡Pues qué bien!

Pero la faena no resultaría tan eficaz si para espantar el gusanillo de la insatisfacción común por asuntos muy concretos no se nos pusiera el trapo emotivo de bienintencionada solidaridad con sujetos señalados como oportunos objetos de 'victimismo': así, recientemente hemos sido empujados a conmocionarnos, por ejemplo, con las penosas situaciones de un presidente de Autonomía al que no le dieron la razón en una votación parlamentaria, de cierto ministro que no lograra precisamente aplausos durante la breve incursión a una manifestación previamente ninguneada por los terminales mediáticos tanto del gobierno como de su Partido... e incluso de 2 personas detenidas ilegalmente -durante unas pocas horas, para serles tomada declaración sin duda con exquisitos modales- a raíz del suceso anterior. Aunque, casualmente, no suele recordarse que aquí -entre nosotros- hay para condolerse infinidad de hogares sacudidos por tragedias o torturas bastante más injustas y por tanto susceptibles de arrastrar al desquicie, ante los que el mínimo pudor debe invitar a contener todo jeremiadismo descabellao como los citados.

No haría falta reiterar el penoso rosario de miserias socioeconómicas que aún, a estas alturas, tenemos pendiente de atender en esta sociedad tan (pos)moderna, donde cualquier observador del debate político habría de pensar que "sigue bien" todo, al menos en los niveles básicos de 'las cosas de comer'... y del vivir: hoy nos hemos enterado de que el "comité de sabios" progresista, cuidadosamente escogido por la presidencia de un Ente público, propone destinar más de un billón -o millón de millones- de las antiguas pesetas a saldar créditos de la televisión, justo a la vez que se nos reitera la imposibilidad de llegar a concretar la prometida garantía de que no perderán por la inflación aun más (de su exiguo) poder adquisitivo cuantos tienen que conformarse al cobro de un SMI de 17'1 euros por jornada completa en trabajos que siempre coinciden ser 'de mierda'... Están esos 'paraísos fiscales' (¡y laborales!) de la Castellana... Y tenemos en nuestras calles a otros miles de conciudadanos trastornados por alguna crueldad de caracter más irreparable...

Por ello esta mañana me ha parecido que acaso fuera pertinente recordar, como un mero botón de muestra, a alguna de esas últimas Víctimas de carne y hueso con sangre, lágrimas e inconsolado dolor, cuyo nombre tantas veces se toma en vano mas con las que tan poco dados somos -lógicamente- a ver de cara. Y como se me ha ocurrido lo he dispara(ta)do, que para algo ha de valernos estar en esta peña íntima donde tan pocas veces corremos el riesgo de escuchar demasiado vocerío.
Paco González.

. Ana Iríbar (La "socialización del sufrimiento" comenzó por ella) *
Pablo Ordaz

Mataron a su marido, concejal en San Sebastián. Ana tenía entonces 31 años y un hijo de 14 meses. Él la había llamado para decirle que almorzaría fuera. Y ella recuerda que tenía al niño en brazos y que la radio estaba encendida, que el locutor dijo algo de un atentado en la Parte Vieja y que no necesitó escuchar más. Apagó la radio y soltó a su hijo: "No le quería transmitir la amargura que estaba empezando a sentir".

Luego hay un periodo de tiempo que Ana apenas recuerda, unas horas, tal vez días. Es justo el momento que mejor recogen los diarios de entonces. La conmoción, las largas colas ante la capilla ardiente, el entierro multitudinario y las palabras de condena. Cuando la memoria se hace nítida otra vez, Ana se ve sola, en las calles de su ciudad, empujando el cochecito de su hijo Javier. "Me cambió la vida y me cambió el paisaje. Seguí viviendo en la misma ciudad, pero ya no era la misma; seguí cruzándome con las mismas personas, pero ya no eran las mismas. Yo creía que, después de que mataran a mi marido, el mundo se iba a detener, que los autobuses dejarían de circular y la gente dejaría de ir al trabajo, pero resultó que no. La ciudad se me volvió agresiva. Las madres con las que me encontraba cada día en el parque dejaron de saludarme. Me sentí como un fantasma, como una persona que pasea por la calle y a la que todo el mundo mira, pero para la que nadie tiene un mínimo gesto de cariño, un apretón de manos. Aquello fue desolador, tan tremendo que añadió más dolor al que ya tenía. Y yo me preguntaba: ¿qué está pasando aquí?".

Han pasado 10 años y Ana Iríbar está sentada en una cafetería de Madrid. Éste, que podría parecer un dato intrascendente, es, sin embargo, fundamental en esta historia. En cuanto Ana encontró la respuesta a la frialdad de sus vecinos -"me dejaron de saludar por miedo, sólo por miedo"- se marchó de San Sebastián. "La sociedad vasca ha vivido muchos años sometida al miedo, que es el objetivo que ha perseguido el terrorismo. ETA sabía muy bien que matando a uno conseguía amedrentar a 100.000 o a un millón. Por eso mataron a Gregorio. Él decía bien alto y bien claro lo que otros muchos callaban, lo que aun hoy otros muchos se siguen callando. Lo sabía y por eso lo mató. Si bien es verdad que esa estrategia de matar a uno para que otros muchos se amedrenten también ha dado resultado. Si no, ¿por qué esa frialdad con las víctimas? A mi cuñada Consuelo [hermana de Gregorio] y a Cristina Cuesta [hija de otro asesinado y activista fundadora de la plataforma ciudadana Basta Ya que comenzó a manifestarse ante cada nueva víctima en el País Vasco, fuera del color que fuera] les dijo el dueño de un bar que dejaran de ir a tomar café. Otros clientes se habían quejado. Su presencia allí les podría traer problemas...".

De hecho, la semana pasada, cuando acudió a San Sebastián para presentar el acto que hoy honrará la memoria de su marido, se dio cuenta de que en la mesa, frente a los periodistas, estaban otras tres personas que, como ella, no habían podido soportar tanta presión y habían puesto tierra de por medio... El nuevo exilio vasco con nombres y apellidos. "Es tremendo, pero nos hemos ido muchísimos. Creo que somos 200.000 las personas que hemos abandonado el País. Yo me encuentro a gente así todos los días. Gente que no conozco. Estas navidades, en la cola para comprar turrón, una señora me dijo: 'Yo también soy vasca, y también me tuve que ir'. Y el otro día conocí a la abuela de un chaval del colegio de mi hijo. Era viuda de un empresario que se tuvo que marchar porque no estaba dispuesto a pagar el impuesto etarra...".

La conversación siempre vuelve a Javier. Ana recuerda que fue a los cuatro años cuando su hijo -"que es igual de tenaz que su padre"- no se conformó con el recurrente "papá está en el cielo" y se empeñó en saber más. "Me preguntó que cómo había muerto y le tuve que decir que lo habían matado. '¿Y por qué? ¿Y quién? ¿Y dónde está el asesino de mi padre...?' Era muy pequeño, pero le tuve que explicar las cosas, dejándole muy claro que no hay que querer para los demás lo que no se desea para uno mismo, que nosotros somos demócratas, que la única venganza a la que podemos aspirar es la justicia. Se lo iba explicando a mi niño y a la vez me lo iba diciendo a mí misma. También yo tenía que hacer un esfuerzo por entender...".

* (Al aprobar HB en 1995 la ponencia "Oldartzen" de KAS, que propuso "socializar el sufrimiento", ETA comenzó a concretar la eliminación de significativos rivales políticos con exigencia de negociación por el Estado...), Pablo Ordaz - EL PAÍS - 22-01-05.

 

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