LAS HERMOSAS
Gonzalo Rojas.


Eléctricas, desnudas en el mármol que pasa de la piel a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea, pisan el mundo, pisan la estrella
de la suerte con sus finos tacones y germinan, germinan como plantas
silvestres en la calle, y echan su aroma duro verdemente.

Cálidas impalpables de verano que zumba carnicero. Ni rosas ni arcángeles:
muchachas del país, adivinas del hombre, y algo más que el calor
centelleante, algo más, algo más que estas ramas flexibles que saben lo que
saben como sabe la tierra.

Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería de ojos azules y
otras llamaradas urgentes en el baile de las calles veloces. Hembras,
hembras en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.

¿QUÉ SE AMA CUANDO SE AMA?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la luz de
la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor? ¿Quién es? ¿La
mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, o este sol colorado que es mi
sangre furiosa cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer ni hay hombre sino un
solo cuerpo: el tuyo, repartido en estrellas de hermosura, en partículas
fugaces de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las
calles, de no poder amar trescientas a la vez, porque estoy condenado
siempre a una, a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
EL FORNICIO

Te besare en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente
besare, mi vergonzosa, en esos muslos de individua blanca, tacara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire felino de tu fragancia, te dijera
española mía, francesa mía, inglesa, ragazza, nórdica boreal, espuma de la
diáspora del Génesis ¿qué más te dijera por dentro?
¿griega, mi egipcia, romana por el mármol?
¿fenicia, cartaginesa, o loca, locamente andaluza en el arco de morir con
todos los pétalos abiertos, tensa la cítara de Dios, en la danza del
fornicio?

 

Te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, mi posesa,
te todavía enloqueciera allí, en el frescor ciego, te nadara en la
inmensidad insaciable de la lascivia, riera frenético el frenesí con tus
dientes, me arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo de otra pureza,
oyera cantar las esferas estallantes como pitágoras, te lamiera, te
olfateara como el león a su leona, para el sol, fálicamente mía, ¡te amara!

 


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