|

Manipulación
y heroísmo
Quico Rivas
La exposición que el Círculo de Bellas Artes de Madrid dedicó
a las
Brigadas Internacionales llega ahora al Palau de la Virreina de Barcelona.
Una nueva oportunidad para arrojar luz sobre un capítulo desatendido
de la
Guerra Civil.
Las dos bazas sobre las que Stalin cimentó su control de la situación
española fueron la venta de armas al gobierno republicano y las
Brigadas
Internacionales. Las armas fueron pagadas a precio de oro, nunca mejor
dicho, con el oro del Banco de España y «¡a qué
precio!», exclaman Lefebvre
y Skoutelsky, comisarios de esta exposición. En cuanto a las Brigadas
Internacionales, uno de los aciertos de la cita consiste en no ceñirse
al
contingente de 35.000 voluntarios procedentes de más de veinte
países
movilizados tras un acuerdo de la Komintern en septiembre de 1936: «Hemos
ampliado la noción de Brigadas Internacionales a los demás
voluntarios, en
particular a los militantes anarquistas extranjeros. Asímismo,
hemos
intentado comprender cómo la solidaridad circulaba por diferentes
circuitos, los de la "agitación-propaganda" comunista,
por supuesto, pero
también los del Gobierno Republicano, la Generalitat de Cataluña
y los
movimientos de izquierda». En total, varias decenas de miles de
hombres y
mujeres procedentes de todo el mundo, lo más granado y bravo de
una
generación, y la triste evidencia de haber sido un instrumento
en manos de
la alta política no resta ni un ápice de valor a la dimensión
moral y épica
de su gesta.
¡Y qué alto precio pagaron por ello los que sobrevivieron
a la guerra
española! Los procedentes de países sojuzgados por el fascismo
se
incorporaron a la Resistencia. Los que procedían de gobiernos supuestamente
democráticos sufrieron persecuciones y humillaciones. Los rusos
fueron
directamente ejecutados o enterrados en el Gulag. En el movimiento
comunista de los años cincuenta, haber participado en la guerra
de España o
haber destacado en la Resistencia era una mancha y no un motivo de orgullo.
Escasez sospechosa
No deja de ser extraño que, tratándose de un capítulo
tan relevante de
nuestra guerra, y siendo ésta un acontecimiento histórico
sobre el que la
bibliografía no cesa de crecer, los trabajos dedicados a las Brigadas
Internacionales sean tan escasos, sin hablar de la sospechosa escasez
de
imágenes sobre las mismas. «Los republicanos perdieron. Sobre
España cayó
una cortina de hierro, la burocracia soviética se hizo con toneladas
de
archivos, llegó el olvido. De hecho, hasta esta exposición
y el libro a
ella dedicado (publicado en España por Lunwerg), las imágenes
de las
Brigadas Internacionales eran pocas y siempre las mismas». Este
libro no es
una historia de las Brigadas, ni esta exposición agota el tema
en sus
aspectos iconográfico y documental, pero sí arrojan luz
sobre un capítulo
no por legendario menos oscuro de nuestra guerra.
Porque si la guerra española fue el tablero sobre el que se experimentaron
estrategias bélicas y máquinas de guerra, técnicas
de propaganda y de
adoctrinamiento político, el telón donde las grandes potencias
se afilaron
las uñas, también fue el territorio sobre el que se fundó
el fotoperiodismo
moderno. Una parte importante de las imágenes de esta muestra la
constituyen las portadas espectaculares de VU, Regards, Ce Soir, Match,
Spain at War... o sus equivalentes españolas -Ahora, Estampas,
Crónica-,
sin olvidar los despliegues fotográficos de diarios como La Vanguardia
o
ABC. Muchas de esas cabeceras, independientes en apariencia, estaban
manejadas en la sombra por aquel personaje maquiavélico al servicio
del
Komintern que fue Willy Muzenberg, mezcla de financiero rojo y genio de
la
propaganda. El caso más paradigmático fue quizás
el de VU, fundada en 1928
por Lucien Vogel, un referente en la prensa ilustrada por el uso de la
foto, el fotomontaje y la tipografía. Siempre contó con
la colaboración de
los mejores fotógrafos: Brassaï, Kertész, Capa, Namuth,
Reisner... y llegó
a fletar un avión para cubrir semanalmente los acontecimientos.
Las aportaciones de esta exposición son numerosas y de todos los
órdenes.
Lefebvre y Skoutelsky han tenido la posibilidad de hurgar por primera
vez
en numerosos archivos, fondos y legados. Entre ellos, por ejemplo, el
de
André Marty, uno de los principales jefes de las Brigadas que se
ganó el
sobrenombre de «Carnicero de Albacete». Tras su exclusión
del Partido
Comunista Francés, y poco antes de morir en la cárcel, confió
sus últimos
archivos al historiador Jean Maitron. Fueron, asimismo, los primeros en
consultar, tras la caída del Muro, los archivos de las Brigadas,
«impecablemente inventariados» en Moscú dentro de los
de la Internacional
Comunista. Localizaron álbumes de milicianos dispersos en diferentes
ciudades de Europa, en los que encontraron clichés de Luis Escobar,
el
fotógrafo de estudio, o las donaciones realizadas por antiguos
voluntarios
a la Tamiment Library de Nueva York, la Marx Memorial Library de Londres,
los archivos socialistas de Gante o la Biblioteca de Documentación
Contemporánea de París. Encontraron no sólo fotografías
anónimas o de
autores poco conocidos, sino también muchos clichés, negativos
y tirajes de
época de algunos de los gigantes del fotoperiodismo que velaron
sus
primeras armas precisamente en la guerra de España. Es el caso
de Robert
Capa y de Gerard Taro, su compañera, que murió en la batalla
de Brunete.
Una víctima de lo que ahora se llamaría el fuego amigo.
O el caso del buen
amigo de la pareja, el polaco judío alias Chim, que durante las
postguerra
emigró a Nueva York y, con el nombre de David Seymour, fundó
la legendaria
agencia Magnum. Una maleta que perteneció a Juan Negrín,
apareció en
Suecia, en 1979, con negativos de Capa, Chim y Taro.
Historias rocambolescas
Como esta maleta, muchos materiales y documentos han tenido historias
rocambolescas. En los 80, un ciudadano anónimo que no dejó
dirección se
presentó en la sede madrileña del Partido Comunista y depositó
una maleta
con 1.200 negativos, cuyo origen, así como el de sus autores, sigue
siendo
un misterio. Se trata de un legado impresionante con fotos de las batallas
de Belchite y de Teruel, del congreso de Escritores antifascistas de
Valencia, de la despedida de Barcelona... Confrontando los negativos con
otros de época se ha podido saber que algunos son de Walter Reuter,
uno de
los tres fotógrafos alemanes -los otros dos eran Walter Namuth
y Georg
Reisner- que ya vivían en España en tiempos de la República
y cuya obra se
presenta hoy casi por primera vez. El gran Agustín Centellés,
«el Capa
español», depositó una bolsa con 4.000 negativos en
el campo de refugiados
de Argelés y no la recuperó hasta el año 75. Aún
no ha aparecido, por el
contrario, la maleta que Dezvo Revai, llamado Turai, entregó en
circunstancias similares a un oficial soviético. Los autores han
podido
establecer que fue el fotógrafo «oficial» de las Brigadas
y han logrado
expurgar de aquí y de allí algunas de sus obras. Tampoco
se ha localizado
aún el grueso del archivo de la Agencia Mayo, formada por una pareja
y un
trío de hermanos, comunistas los cinco, perdido se supone en algún
lugar de
la antigua URSS. Tuvieron fama de ser los más intrépidos
en un oficio en el
que todos lo eran, y algunas instantáneas aquí expuestas
de Madrid bajo las
bombas así lo atestiguan. También han tenido acceso al legado
de 270
negativos que Katy Horna, fotógrafa anarcosindicalista emigrada
a México,
cedió a los Archivos de Salamanca. El legado a los archivos de
los
socialistas flamencos de Gante del fotógrafo Nubelss, llegado a
Barcelona
para participar en la Espartaquiada. A los fondos del brigadista Jacquet,
miembro del PCF y comisario político de la 12ª Brigada, especialmente
correspondencia, comprados en un mercado de ocasión. También
se exponen y
se publican por primera vez fotografías del franco-colombiano Manuel
Moros,
que a partir del 43 ejerció como pintor.
Figuran aquí los carteles y postales de Giandante, el espectacular
cartel
del gran Paul Colin o los libros de Ilia Ehrenburg editados en Moscú
con
maqueta de El Lissitzsky, así como numerosos materiales, documentos
y
filmaciones que resultaría demasiado prolijo referenciar. La sensación
que
transmiten todas esas imágenes es de gran cercanía y de
mucha urgencia, y
muy probablemente en esta combinación estriba su prodigiosa carga
emotiva.
Cercanía que no es sólo física y urgencia que no
es sólo temporal, sino
corrientes de simpatía con la causa de los hombres y mujeres que
se
batieron el cobre por la causa de la libertad. Y ese espíritu,
a la postre,
está por encima de banderías y manipulaciones políticas.
|
|