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La autodeterminación, una
gran decepción
James Petras
AQUELLOS de nosotros que alcanzamos la madurez política
en los años 60 creíamos firmemente que la autodeterminación
de las naciones era un derecho sagrado que debía apoyarse en todas
partes y en todas las épocas. Existían bastantes motivos
para creer en este derecho: los pueblos de Indochina, de la República
Dominicana y de Cuba presentaban resistencia a las intervenciones militares
de EEUU; el pueblo checo se oponía a la invasión rusa, y
los argelinos luchaban por su independencia contra el colonialismo francés.
Ultimamente, sin embargo, han surgido buenas razones para que reflexionemos
sobre nuestra respuesta automática de apoyo a llamamientos a favor
de la autodeterminación que podrían resultar falsos y engañosos.
En los últimos 10 años algunos países viables y pacíficos
como Yugoslavia se han desmembrado con un saldo de centenares de miles
de muertos, personas desplazadas y vidas rotas. Los movimientos separatistas
se han convertido en las garras de las grandes potencias que intentan
por la fuerza establecer para sí nuevos ámbitos de influencia
empleando la conocida estrategia de dividir y conquistar.
En segundo lugar, muchos de estos nuevos estados han quedado subordinados
a otras nuevas potencias; la secesión de una unidad política
ha sido el puente a la subordinación a otro conjunto de potencias
políticas y económicas. Las antiguas naciones que formaban
la URSS constituyen el mejor ejemplo. Su independencia fue de muy corta
duración, ya que se han convertido en una especie de repúblicas
bananeras de Asia, dirigidas por autócratas asociados con las multinacionales
petroleras y las potencias occidentales.
En tercer lugar, el término nacional se ha hecho problemático.
La mayor parte de los regímenes de Europa del Este rompieron con
el Pacto de Varsovia y el CAME.. para convertirse en socios subordinados
de la OTAN y de la UE.
Cuarto, el prefijo auto- del término autodeterminación es
una cortina detrás de la cual se oculta una serie de actores sociales
y políticos, muchos con una agenda de sometimiento social, cultural
y político: Afganistán es el paradigma. EEUU, Arabia Saudí
y otros estados musulmanes reaccionarios financiaron, entrenaron y suministraron
armamento y dinero a fanáticos religiosos y líderes tribales
reaccionarios que se dedican a asesinar a los maestros que enseñan
a leer y escribir a las niñas. La posterior destrucción
de un Estado laico y las cruentas guerras tribales hicieron retroceder
a Afganistán a un despotismo medieval que emplea el terror contra
las mujeres y los demócratas laicos. El auto de la autodeterminación
de Afganistán era claramente la antítesis de otros valores
democráticos fundamentales.
Quinto, muchas de las naciones e identidades étnicas que se consideran
oprimidas contienen importantes minorías. Cuando estos nacionales
oprimidos llegan al poder suelen castigar a las minorías y negarles
el derecho a la autodeterminación. En Kosovo la mayoría
albanesa ha empleado el terror contra la minoría serbia como parte
de su política de secesión, en gran medida producto de las
ambiciones anexionistas de los líderes autoritarios del Estado
de Albania. En Bosnia, estas prácticas también han sido
comunes. En otros países las víctimas se han convertido
en opresores. Los israelíes tratan a los palestinos como ciudadanos
de segunda clase; los catalanes fomentan y llevan a la práctica
una política educativa monolingüe que perjudica a los hispanohablantes,
casi el 50% de la población de Cataluña.
Lo que ha quedado claro con la reciente avalancha de declaraciones de
independencia es la peculiar naturaleza de los apoyos internacionales.
Mientras EEUU proclama su apoyo a la autodeterminación de Bosnia,
bombardea e invade Panamá, arresta a su dirigente, Noriega, y lo
procesa y encarcela en Miami. Asimismo, en lo que concierne a la independencia
de los países de Europa del Este, los gobiernos de Europa Occidental
y de EEUU condenaban la dominación rusa, aunque después
de producirse la liberación de las principales industrias nacionales,
ahora ellos ejercen un control importante de los medios informativos y,
al ser los principales acreedores, dirigen su política económica.
Los nacionalistas que antes criticaban el dominio soviético han
pasado a ser los súbditos eslavos de los regímenes occidentales
neoliberales. Si se examina este proceso de liberación nacional
desde una perspectiva histórica más amplia, queda claro
que debajo de la retórica nacionalista yace la competencia de las
grandes potencias por la clientela local. En la práctica, lo que
en realidad se discute es la elección de una u otra potencia hegemónica
y las ventajas sociales y políticas que puedan extraer las elites
nacionales para sí mismas y sus seguidores inmediatos.
Las potencias occidentales y sus clientes, los defensores de la liberación
nacional, no toman en cuenta la enorme destrucción a largo plazo
que suelen fomentar en países de por sí pacíficos
y en desarrollo. El caso de la antigua Yugoslavia nos sirve de lección.
Alemania intervino directamente, fomentando el nacionalismo croata y esloveno,
mientras que EEUU lo hizo para apoyar la secesión de Bosnia. Los
miembros de los distintos grupos nacionales que habían convivido,
trabajado, contraído matrimonio y estudiado pacíficamente
durante más de 40 años quedaron divididos, convertidos en
sanguinarios adversarios. La propaganda occidental fomentó el mito
de los milenarios odios de los balcanes para ocultar el papel intervencionista
de Occidente en la propagación de rabiosos nacionalismos. A los
medios informativos se les olvidó hablar de las anteriores décadas
de convivencia pacífica. Como consecuencia, la federación
socialista de provincias autónomas quedo desmembrada en una serie
de miniestados que dependen de las grandes potencias, se produjo un gran
trastorno económico, así como violentas venganzas entre
antiguos amigos y vecinos. Todo en nombre de la autodeterminación.
Algunos progresistas podrían argumentar que el apoyo selectivo
a la autodeterminación de ciertos países por parte de las
potencias imperiales de Occidente no comprometen el principio en sí,
que sigue siendo un pilar de la política democrática. Estos
mismos progresistas también podrían argumentar que las violaciones
de los derechos de las minorías cometidas por pueblos y naciones
anteriormente oprimidos no ponen en duda el principio de la autodeterminación,
sólo indican que se debe ampliar y profundizar. Contra estos argumentos
yo sostengo que la lógica de la autodeterminación conduce
a la proliferación de miniestados, cada vez más susceptibles
de ser absorbidos por las multinacionales y los poderes hegemónicos.
Yo sugiero que no se maneje el principio de la autodeterminación
como dogma universal aplicable en todos los lugares y en cualquier época.
Debe considerarse en un sentido más pragmático y flexible,
examinándose su aplicación en relación con otros
valores democráticos y en el contexto del bienestar de la sociedad.
Una federación yugoslava imperfecta en la que se negociaban las
ventajas relativas de las distintas naciones era preferible con mucho
a la destrucción, la muerte y la dependencia fomentada por los
rabiosos chovinistas que siguen proclamando las virtudes de los estados
independientes.
Un Afganistán laico y en desarrollo, gobernado por un régimen
de izquierda apoyado por la URSS, que fomentaba la igualdad entre los
sexos, la separación de la religión de la política
y la reforma agraria era más desarrollado que el actual escenario
hobbesiano, respaldado por EEUU, en el que los patriarcas y señores
de la guerra bombardean ciudades, amputan miembros de presuntos ladrones,
y reducen a las mujeres al analfabetismo y la servidumbre.Entendamos que
es falso el dilema entre estas dos soluciones absolutas: la autodeterminación
o el sometimiento. Sobre todo, es necesario entender la naturaleza ambigua
de los términos con los que se pretende definir la autodeterminación.
El contenido social y político del prefijo auto- es fundamental.
¿Son los grupos que controlan el proyecto de autodeterminación
patriarcas reaccionarios, chovinistas autoritarios dispuestos a quitarse
el vestido típico del campesino sojuzgado para ponerse el uniforme
del antiguo opresor?El apoyo a los movimientos de autodeterminación
nacional debería condicionarse al carácter emancipador de
sus dirigentes, a su tolerancia y respeto hacia las minorías, y
sobre todo, a su determinación de servir al pueblo, en lugar de
derrocar a los antiguos amos para convertirse ellos en los nuevos.
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