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José Hierro
( 3/ 4/ 1.922 - 21/ 12/ 2.002 ) José Hierro
tiene 14 años cuando estalla la guerra civil. Su padre es detenido
en 1937 y no saldrá de la cárcel hasta 1941. Son datos de una biografía que Hierro solía escamotear. «No tuve intención de ocultarlo ni de contemporizar con el régimen franquista. Simplemente me parecía una ordinariez declarar le voy a contar lo que he sufrido... Me parecía patético», afirmó en una entrevista de 1991. Su poesía eludirá igualmente el biografismo sentimentaloide, consciente de que su historia es la de «un hombre común» no la llevará a su obra para sumergirnos en el tremendismo ni en el banderismo panfletario, sino para presentarnos la raíz común, hecha de alegría y dolor, que late en el conflicto de la experiencia que se sabe compartida. En su primer libro, Tierra sin nosotros (1947), esta experiencia carcelaria queda recogida en un poema titulado pudorosamente «A un lugar donde viví mucho tiempo». Ante ese lugar, que es la cárcel, interroga: «¿No te acuerdas de nuestro
gozo, Y el poema concluye: «Días de ayer, ¡Dios
os perdone Por eso, incluso en los primeros libros,
(Tierra sin nosotros, 1947, Alegría, 1947, Con las piedras, con
el viento, 1950) donde la evocación de esos días terribles
de país en guerra y posguerra está tan presente, cabe también
una lectura intemporal según las claves que se mantienen en su
obra futura: condenación y supervivencia. Dolor y alegría.
Y así nos deja una identificación de la alegría con la mera conciencia de saberse vivo, su forma de afirmar en la vida. José Hierro hace de su obra un ejercicio para dar fe de vida, no sólo de su vida, y así es como consigue darla de todo su tiempo, y no sólo del de la Quinta del 42 (1952), que es otro de sus libros con el que seguirá ahondando en una visión poética del mundo que implica, como toda su obra, una ética de la resistencia. Su reclamo de la palabra sencilla, sobria, su economía de recursos expresivos tiene como ideal la palabra cantada que nos llega sin intermediarios; por eso trabaja tanto la musicalidad y la plasticidad en cada poema. Repeticiones incesantes y encabalgamientos son sus dos técnicas básicas. Si el uso del encabalgamiento persigue darle fluidez al discurso, un aspecto narrativo, a veces como de prosa para llegar al buscado aire de naturalidad, el motivo de las reiteraciones obedecerá al conflicto de ese estar sin salida, ya que en la cosmovisión del poeta la vida, concebible unida a un tiempo, a un lugar y a un movimiento, con frecuencia se ve enfrentada a nociones como «lo sin tiempo», «lo sin tierra», o «la inmovilidad». «Imaginar y recordar / se superponen
y confunden» porque la poesía no es otra cosa que «acción
/ de espectros, vino con remordimientos» dirá en el Libro
de las alucinaciones (1964). Vivir, que «del vivir nace el cantar»
y «cuando la vida se detiene, escribir sobre lo pasado o sobre lo
imposible». Con un desdoblamiento de voces (Cuaderno de Nueva York, 1998) se cierra la obra de un poeta que ha elevado a categoría estética la pérdida y la derrota, la penuria de los acosados y excluidos, la del hombre común. Miembro de esa promoción de posguerra
(«Yo creo que está por perfilarse todavía la promoción
o más bien oleada de posguerra, a la que, por cronología,
pertenezco», dijo él) y marcado como ellos por el peso de
un pasado vigilante, supo dejarnos como lección intemporal esa
que consiste en dignificar la derrota al tiempo que se afirma la vida.
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