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Enseñanza pública y
concertada, un inevitable antagonismo
Colectivo (Por la reconstrucción de la enseñanza pública)
Baltasar Gracián.
http://www.colectivobgracian.com/
Introducción
Las reformas del sistema educativo anteriores a la LOCE (de las que la
LOGSE es la ley más emblemática) sometieron a la red pública
a un proceso de degradación, cuyos efectos, indeseados o no, tendieron
a transformarla en asistencial. Subrayar la función educadora de
la escuela, contraponiéndola a la específicamente formativa,
fue la coartada para negar el derecho a una educación de calidad
a una gran parte de los ciudadanos. La LOCE continúa el proceso
de eliminación de la calidad de la enseñanza pública.
Pero la lógica de la LOCE, no sólo es la misma que subyace
a las leyes anteriores de nuestro país, sino a todas las reestructuraciones
que se han realizado en los sistemas educativos de los países de
nuestro entorno. Desde la óptica neoliberal, el "estado del
bienestar" es un despilfarro y el objetivo del déficit cero
sirve de pretexto en todos los países para recortes acelerados
de los gastos sociales como sanidad, cobertura del desempleo y ... educación;
una política "sin apellidos", como dice el Sr. Aznar,
que, con sólo diferencias de detalle, comparten todos los gobiernos
que se someten a las directrices del FMI y sus ámbitos regionales
como la OCDE o la propia Unión Europea.
¿Cómo debemos interpretar la frase "adaptación
de la formación a las necesidades actuales de la economía",
que aparece, más o menos literalmente, en la exposición
de motivos de todas estas reformas? El FMI recomienda recortar el gasto
público y desreglamentar el mercado de trabajo, la nueva economía
necesita una mano de obra barata, sin cualificar, que pueda formarse en
cursillos de quince días, y a la que pueda despedir sin problemas.
En este contexto, la frase sólo admite una interpretación:
hay que abaratar los costes de formación, desestructurar las titulaciones
para acomodarlas a la desreglamentación laboral y descualificar
de forma generalizada a la sociedad. En definitiva, se trata de que el
Estado renuncie a su responsabilidad educativa, de reducir la red pública
a un servicio asistencial, subsidiario de la privada, y de abrir el "mercado
educativo" a los intereses privados, lo que cubre muchos aspectos:
mercado editorial, informático, enseñanza a distancia o
por ordenador y ... la privatización de la enseñanza.
La mercantilización de la educación forma parte de los cambios
estructurales que están sufriendo todas las sociedades, en su organización
económica, cultural y social, destinados a producir una globalización
uniformadora al servicio de los intereses de los poderes económicos.
Como una de sus consecuencias, el Estado, en lugar de entender la educación
como un proceso que ayuda al individuo a alcanzar una autonomía
personal, un pensamiento crítico y una capacidad para participar
activamente en la sociedad, considera al alumno sólo como mano
de obra potencial, cuya formación se debe abaratar. En ese contexto,
resulta un despilfarro que la mayor parte de la población alcance
una comprensión racional del mundo. Si añadimos que, para
la empresa privada, es un negocio muy rentable la atención de las
clases acomodadas que huyen de la degradación del sector público,
se cierra la trampa que acaba con la auténtica libertad de educación
(la que consiste en progresar hacia la igualdad de oportunidades), y se
ponen las bases para la privatización del sistema educativo y para
la producción de desigualdades sociales cada vez más profundas.
Pero convertir un servicio público como la educación en
mercancía no ha sido tarea fácil. Ha sido necesario estimular
el consumo de un artículo que, hasta hace poco, tenía costes
limitados (colegio, libros y, a veces, uniformes, transporte y servicios
complementarios como comedor) y que era ofrecido de forma gratuita por
su principal proveedor, el Estado. Ha sido necesario, pues, que éste
abandonase, de forma progresiva, en manos privadas sus obligaciones al
respecto. La descentralización del sistema educativo fue un primer
paso necesario, como parte de la diversificación de la oferta,
precisa para su adaptación a la potencial capacidad de consumo
-determinada de facto por la estrecha correlación que hay entre
renta, nivel de estudios y expectativas de formación para los hijos
(lo que configura un panorama de consumo potencial muy diferenciado, que
la oferta de productos educativos tiene que desarrollar y al que debe
adaptarse). Un poco de historia nos puede ayudar a entender como ha tenido
lugar este proceso en nuestro país.
El desarrollo de las fuerzas productivas
La estructura ramificada del sistema diseñado por la LOGSE sustituyó
a otra reticular donde el flujo escolar hacia los estudios superiores
era regulado, más que por la estructura del sistema educativo en
sí o por el precio de los estudios, por la dificultad económica
de las clases populares para alargar la vida escolar de sus hijos.
Hasta 1970, el sistema educativo constaba de dos vías diferentes:
una instrucción Primaria elemental, a la que podían acceder
las clases populares, y una Secundaria, preparatoria de los estudios superiores,
inicialmente reservada a las clases dirigentes. Aunque, en mayor o menor
medida, existían ciertos mecanismos de promoción social,
la rigidez del sistema de clases y la distribución geográfica
de los centros de educación secundaria, situados en las grandes
ciudades (lo que los hacía inaccesibles para una gran parte de
la población), fueron factores suficientes para mantener funcional
esta estructura hasta los años sesenta.
Esta situación, sin embargo, se vio ampliamente superada por los
cambios sociales que trajo consigo la expansión económica
de la década de los sesenta. El desarrollismo provocó una
emigración masiva del campo a la ciudad, favoreció el crecimiento
de los suburbios industriales de las grandes ciudades y se acompañó
de un aumento de la natalidad. Estos efectos, combinados con una demanda
creciente de mano de obra cualificada, afectaron profundamente al sistema
educativo, desembocando, al no ser el precio de la enseñanza excesivo,
en la prolongación generalizada de la vida escolar. Todo ello llevó,
a pesar de tratarse de un sistema fuertemente clasista en sus orígenes,
a la masificación de la Secundaria y de la Universidad.
Todo ello se siguió de una serie de reformas del sistema educativo.
Los ejes de estas reformas fueron tres: aumento progresivo de la edad
de escolarización obligatoria hasta hacerla coincidir con la edad
laboral; reforma de la formación profesional, retrasando la edad
de matrícula y, consecuentemente, la de titulación (lo que
se justificó como una forma de dignificar sus titulaciones); y
aplicación de un modelo comprensivo a lo largo de la enseñanza
obligatoria, que hacía pesar más el significado terminal
de esta etapa que el propedéutico. Lo que se acompañó,
además, de un debilitamiento de la función del Estado en
la homologación de títulos y diplomas.
Este proceso ya había tenido lugar en otros países, la única
característica verdaderamente propia del nuestro fue el retraso
con que se produjo. En la mayoría de ellos, la masificación
universitaria había sido seguida por unas reformas, anunciadas
como " democratizadoras " y desarrolladas sobre los mismos tres
ejes que en nuestro país: reforma de la formación profesional,
extensión de la comprensividad y alargamiento de la obligatoriedad
escolar hasta los dieciséis años. Como resultado se obtuvo
una regulación del flujo escolar y una disminución generalizada
de la cualificación de la sociedad.
El inevitable papel de la Iglesia en la Historia de nuestro sistema educativo
Aunque el proceso español ha seguido los mismos pasos que los de
otros países de nuestro entorno, no hay que olvidar las características
propias de la historia de nuestro sistema educativo. Hasta 1970, el régimen
franquista delegó en la Iglesia Católica la educación
secundaria (bachillerato), dirigida a las capas medias y altas de la sociedad,
reservando para el Estado un papel subsidiario. Una Primaria y una Universidad
en su mayoría pública (aunque con notables excepciones,
todas ellas centros de la Iglesia Católica) y una formación
profesional casi inexistente completaban el escenario educativo. En reconocimiento
por la "función social" de los colegios religiosos, el
Estado subvencionaba a la Iglesia Católica, que además gozaba
de enormes prerrogativas (entre ellas, un trato fiscal privilegiado).
Paradójicamente, el Estado homologaba los títulos de Bachiller
mediante los exámenes de Reválida, ejerciendo así,
a través del sector público, un control sobre la red educativa
religiosa.
Como hemos indicado, en la década de los sesenta, los efectos del
desarrollo económico hicieron saltar las barreras sociales del
antiguo y elitista sistema educativo, masificando secundaria y universidad,
y provocando un proceso de crecimiento del sector público, obligado
a acoger al nuevo contingente de alumnos. En 1970, con la LGE, el Estado,
forzado por los hechos, reconocía por primera vez su responsabilidad
en la educación de todos los ciudadanos. La ley que modificó,
además, la estructura del sistema educativo, alargando dos años
la Primaria (transformada en EGB) y reduciendo, correspondientemente la
Secundaria (transformada en BUP), con el fin de desviar a una parte de
los alumnos que se dirigían hacia el Bachillerato, trató
de desarrollar una Formación Profesional seria, que funcionó
mal y no sirvió para desmasificar el Bachillerato ni, por tanto,
la Universidad, para lo que se tuvo que recurrir a la práctica
del numerus clausus, a través de los exámenes de selectividad.
A la muerte de Franco, el desprestigio del nacional-catolicismo empujó
a sectores importantes de las clases medias, en buena parte pertenecientes
a los de niveles de estudios más elevados, a escolarizar a sus
hijos en la red pública. La relación entre pública
y privada se invirtió respecto a la situación vivida diez
años antes y los colegios religiosos pasaron a representar alrededor
del 30% de la escolarización en secundaria. Entre los años
1970 y 1990 la enseñanza pública fue mayoritaria en España
y, lo que es más importante, su prestigio igualó o superó
al de la privada. En la práctica, la oferta educativa de Bachillerato
sólo se diferenciaba ideológicamente. La elección
más importante de los padres era entre educación religiosa
(de pago) o pública (gratuita). Las órdenes religiosas perdieron
importantes sectores sociales y su recuperación ha necesitado muchos
años y un considerable esfuerzo estatal.
El esfuerzo del Estado: las subvenciones
Este esfuerzo ha sido, en parte, económico. Ya el régimen
franquista, además de conceder a la Iglesia Católica enormes
privilegios, le otorgó créditos ventajosos para construir
sus colegios y, aunque la necesidad de responder al incremento demográfico
y a las nuevas demandas educativas obligaron a que, entre 1964 y 1971,
la mayor parte de las inversiones del Estado en enseñanza se dirigiera
al sector público, la iniciativa privada siguió contando
con una parte nada despreciable del presupuesto educativo estatal. En
1970, la LGE, con el pretexto de garantizar la gratuidad a una demanda
creciente, inició una política de subvenciones que cubría
entre el 50 y el 100% de los gastos de personal y funcionamiento. Estas
subvenciones estaban supeditadas a una serie de condiciones (atender a
poblaciones marginadas, estar situados en zonas con deficiente escolarización
pública, etc.,) que nunca se cumplieron, lo que no impidió
que las subvenciones se cobrasen. Por otra parte, la ley reconocía
al sector privado un carácter subsidiario del público.
Entre 1973 y 1982, las subvenciones pasaron de 1.510,9 millones a 78.922,1
millones de pesetas. Con la llegada del PSOE al poder, las subvenciones
a la Iglesia Católica siguieron aumentando (313.474 millones de
pesetas en 1994) y, en algunas Comunidades Autónomas, se extendieron
a niveles educativos no obligatorios. Felipe González se atrevió
a decir que "ningún gobierno de la derecha ha regalado tanto
dinero a la enseñanza privada". Evidentemente, estas subvenciones
han seguido aumentando bajo el gobierno del Partido Popular.
Inciso: cuando la gratuidad no supone igualdad
La gratuidad tiene un carácter igualitario en cuanto que ofrece
un bien a todos por igual, haciéndolo accesible a aquellos que
antes no tenían acceso a él. Es, pues, un mecanismo de redistribución
social. Cuanta más calidad contenga el bien gratuito, más
atractivo será, mayor será el número de personas
que opten al mismo y, puesto que todos por igual obtendrán el beneficio,
mayor será la cota de igualdad obtenida.
Una subvención "igual para todos" lógicamente
no redistribuye nada, desde el punto de vista de la justicia social deja
las cosas en el punto de partida de las desigualdades. Pero si, como ocurre
con las subvenciones que acabamos de mencionar (o como, más tarde,
con las concertaciones), el mecanismo de "gratuidad" consiste
en subvencionar a aquellos que, existiendo el servicio público
gratuito, optan por una alternativa "de pago", el resultado
será el contrario del que se propone, una vuelta hacia atrás
en el mecanismo de redistribución social y una tendencia a que
las desigualdades aumenten. La palabra gratuidad se transforma, así,
en un eufemismo que sirve para disfrazar un mecanismo de destrucción
de un servicio público. En el colmo de la hipocresía, la
última reforma de los conservadores (LOCE, 2002), denomina "extensión
de la gratuidad" a la de las concertaciones a los niveles no obligatorios
(bachillerato e infantil) que acelerará el proceso de destrucción
de la red publica.
El esfuerzo del Estado (continuación): el desarrollo de la red
privada necesita del deterioro previo de la red pública
Pero la ayuda económica no podía ser suficiente. Las subvenciones
permiten bajar precios pero no igualar los de la pública (gratuita).
La privada necesitaba captar alumnos escolarizados en centros públicos
y, para asegurarse el éxito, debían entrar en juego otros
factores de atracción. Era necesario estimular la competencia entre
centros privados y públicos.
Aunque es obvio, tal vez sea conveniente indicar que competencia y servicio
público son conceptos antagónicos. En cualquier esfera de
la economía, la existencia de un servicio público de calidad
impide el desarrollo del sector privado, cuyas posibilidades quedan reducidas
a aspectos superfluos, suntuarios o de prestigio. Es más, el desarrollo
de este sector depende totalmente de la previa degradación del
público. Esto, que vale para cualquier sector de la economía,
es igualmente aplicable en educación, donde la existencia de una
red pública de calidad impide el desarrollo de la privada y, mutatis
mutandis, el desarrollo de la red privada requiere, como condición
previa, el deterioro de la pública.
¿En virtud de qué se puede competir en educación?
El prestigio social es un criterio limitado. Dos criterios son verdaderamente
funcionales para los padres: el resultado del proceso educativo, con las
expectativas de futuro que abre para sus hijos, y el tipo de relaciones
sociales que estos establecen en los centros escolares.
Respecto al primero de estos dos criterios, mejorar en términos
absolutos los resultados de la red privada suponía un esfuerzo
enorme, sin embargo, la mejoría en términos relativos, contando
con la "leal" colaboración del Estado, era más
sencilla. El éxito de la red privada se supeditaba, así,
a que los resultados de la red pública empeorasen.
La concertación de plazas públicas, complemento necesario
de la libertad de elección de centro
En 1978, la nueva Constitución española reconoció
el derecho a la "libertad de educación" que, interpretado
de forma interesada (como derecho a la libre elección de centro)
por los conservadores y por la Iglesia, fue una pieza clave en el proceso
posterior. A esto hay que sumar las dos lecturas que se han hecho, en
nuestro país, de la financiación pública de la red
privada: 1) como forma de cubrir las necesidades de escolarización,
asegurando la gratuidad, allí donde la red pública no llegaba
(interpretación idealista, desmentida por los hechos); y 2) como
subvención económica, igual para todos, sobre la que los
padres puedan ejercitar su derecho a la libre elección de centro
escolar para sus hijos, obviamente, este derecho está supeditado
a las posibilidades económicas de la familia. El concepto de libertad,
como antes el de gratuidad, pierde su carácter igualitario y se
transforma en un eufemismo que sirve para edulcorar un proceso de privatización.
En 1985, la LODE estableció una serie de medidas en cuanto a gestión,
autonomía y proyectos educativos de los centros docentes, que trataban
de estimular la competencia y contribuir a que los centros privados arrebataran
al sector público la parte de alumnado que resultaba económicamente
más atractiva. No hay que olvidar que, aunque estas medidas se
establecieron con carácter general, su significado era, y es, diferente
en los centros privados y en los públicos. La gestión de
estos últimos corresponde a las autoridades educativas, a las que
los equipos directivos están cada vez más supeditados y
que son las responsables últimas de los resultados de esta red.
Una de estas medidas resultó esencial en el éxito del proceso:
las subvenciones a la educación privada pasaron a tener el carácter
de "concertaciones". El cambio de denominación supone
un cambio de significado importante, mientras que las subvenciones tenían
el carácter de ayuda como reconocimiento de una labor de "interés
social", la concertación supone un contrato entre dos partes
en términos de igualdad. El cambio es, incluso, más profundo:
mientras que las subvenciones reconocían un papel subsidiario a
la red privada, la concertación supone una modalidad de gestión
privada de la "oferta pública de plazas escolares". Estado
y empresa firman un contrato por el que el primero financia a la segunda
y da el carácter de oferta pública a las plazas así
concertadas.
La confusión entre red pública y oferta pública (confusión
a la que tanto el PP como el PSOE contribuyen) permite que se dé
la paradoja de que, existiendo demanda de plazas públicas, se justifica
el cierre de centros públicos y la ampliación de los privados
en la libre elección de los padres. Así pues, concertación
y libre elección son dos factores complementarios en el proceso
de privatización de la enseñanza pública.
El deterioro del sistema público
Sin embargo, el mecanismo no hubiera funcionado bien si el principal "producto"
educativo, la formación del alumno, no se hubiera diversificado
y, en concreto, si no se hubiera favorecido el deterioro del sistema público.
Paso esencial para reconducir la libre elección de los padres hacia
la red privada.
Los "conciertos", supuestamente, exigen a la empresa privada
cumplir una serie de condiciones (plena gratuidad, no discriminación
en la admisión de alumnos, cubrir necesidades escolares donde no
llega la red estatal y atender a poblaciones escolares de condiciones
económicas desfavorables), que permiten diferentes lecturas políticas
(cada partido gobernante las interpreta con mayor o menor rigor, favoreciendo
-siempre- pero en mayor o menor grado, el desarrollo de la privada) y
que, además, la mayor parte de las veces simplemente no se cumplen.
Aunque los centros "concertados" cobran del Estado por un servicio
que, en teoría, ofrecen gratuitamente, en la práctica, existen
numerosos mecanismos (uniformes, clases de refuerzo, actividades extraescolares,
etc.) que hacen que, salvo excepciones, el alumno pague un suplemento,
variable según el centro, que establece un amplio abanico de ofertas
educativas. Los centros privados tienden, así, a seleccionar económicamente
a su alumnado, lo que equivale a seleccionar los alumnos con mejores expectativas
de formación y concentrar en la red pública los de peores
expectativas. Esta selección constituye el principal mecanismo
de deterioro de la escuela pública
Por otra parte, los privilegios de que goza la red privada (que aumentan
con cada nueva ley) favorecen una selección suplementaria que permite
eliminar a los alumnos más conflictivos, con peores resultados
o, simplemente, a los que pueden perjudicar su imagen. En este sentido,
destaca la importancia del hecho de que la mayoría de los centros
concertados sean religiosos: el ideario de centro considera, entre otras
cosas, el carácter confesional del centro, hecho que ya de por
sí permite eliminar a una buena parte del alumnado inmigrante.
Por si esta autoexclusión no funcionase, algunos colegios religiosos
han hecho ya valer su carácter para evitar "activamente"
la matrícula de alumnos de otras religiones.
Finalmente, la movilidad del alumnado, absolutamente restringida dentro
del sector público, es otro factor de selección. El resultado
de todo ello es que el alumnado con peores expectativas se concentra en
los centros públicos, donde los resultados empeoran y caen los
niveles, con lo que se deteriora su imagen y se estimula la huida de nuevos
sectores del alumnado.
El Estado interventor (o el imprescindible papel de los gestores de la
Enseñanza pública)
Frente a la insistencia recalcitrante de los defensores de la LOGSE en
responsabilizar al profesorado y a la falta de recursos de la actual situación
de la Enseñanza pública, en nuestra opinión, hay
que denunciar que la principal responsabilidad corresponde a la política
educativa. El sistema, tal y como lo acabamos de describir, basado en
los siguientes tres ejes: gratuidad (subvenciones a la red privada), libertad
(de elección de centro) y selección (por parte de la red
privada), es ya funcional y conduce al progresivo deterioro de la red
pública. Pero, aunque desde el punto de vista de la legislación
las bases del proceso estén puestas, el gestor puede acelerar o
frenar el proceso en mayor o menor medida (aquí podemos situar
las diferencias entre las políticas seguidas por el PP o por el
PSOE).
La política seguida por las autoridades académicas, se fundamenta
siempre en considerar oferta pública de plazas escolares tanto
la de los centros públicos, como la de los privados-concertados.
A partir de esta identificación, la distribución geográfica
de las diferencias sociales facilita el fraccionamiento del sistema educativo
en una jerarquía de centros que tienden a reproducir y ampliar
esas diferencias. Un factor relacionado con el anterior, la movilidad
del alumnado (también asociada al nivel económico familiar),
permite completar y corregir esa adaptación. La bien documentada
correlación entre renta, nivel de estudios de los padres y expectativas
educativas para los hijos es la clave del éxito del mecanismo puesto
en marcha por las autoridades académicas con el fin de adaptar
la oferta educativa de plazas escolares al mercado.
La realidad que hemos descrito se desarrolla con diferentes velocidades,
dependiendo de quiénes sean los partidos gobernantes en las diferentes
Comunidades Autónomas, aunque lo haga siempre en la misma dirección.
La política seguida por los gestores de la red pública tiende
a complementar la seguida por los de la red privada mediante varios mecanismos:
- La política de reparto del alumnado:
El reparto de plazas escolares entre centros públicos y concertados,
aunque controlado por las autoridades académicas, no responde a
una planificación, por su parte, de las plazas públicas,
sino al simple ajuste de éstas al nivel de demanda de crecimiento
de la red privada.
- Criterios de escolarización diferentes en centros públicos
y privados:
La escolarización en centros públicos favorece a las familias
con nivel de renta más bajo, criterio que, claro está, no
se aplica en los centros concertados. Esta discriminación positiva
actúa como un factor de concentración de los alumnos con
menores expectativas (complementario a la selección ya realizada
por la privada), y provoca, como consecuencia, la disminución de
las expectativas del conjunto del alumnado de los centros públicos,
apartando, finalmente, de éstos a los alumnos con mayor nivel económico
y mejores expectativas, lo que, cerrando el círculo, potencia la
concentración. Por otra parte, en la red pública, la localización
de la vivienda familiar determina el centro de escolarización del
alumno. Este factor no cuenta de igual forma en la privada, donde los
alumnos pueden (pagando) desplazarse más o menos libremente; esta
movilidad funciona, obviamente, como un factor añadido de selección
económica del alumnado.
- La aplicación de los criterios pedagógicos previstos por
la LOGSE:
Evidentemente, en este proceso, las leyes del mercado no actúan
libremente. Existe una intervención del Estado, que actúa
negativamente para los intereses de la red publica, que se ve obligada
a cumplir condiciones que la privada evita. Lógicamente, la red
pública no podría en ningún caso, sin perder su carácter
de servicio público, realizar una selección del alumnado
como la que hace la privada.
Además, la extensión de la comprensividad a los 16 años
(LOGSE, 1992) se acompañó de la imposición de una
metodología pedagógica hiperburocratizadora (conocida, en
la jerga del profesorado de secundaria, como "pedagogía LOGSE"),
que, bajo un discurso psicopedagógico que mezcla conceptos de muy
distintas corrientes (constructivismo, cognitivismo, etc.) sin corresponder,
verdaderamente a ninguna, ha servido para justificar y anticipar una caída
de los niveles del alumnado. Esta imposición, como es lógico,
no afectó de la misma manera a todos los centros. Por una parte,
la autonomía de los centros privados les ha permitido evitar a
sus alumnos los efectos más negativos de la reforma. Por otra,
las autoridades académicas la aplican de forma desigual en los
distintos centros públicos, según el origen del centro (antiguos
centros de BUP o de FP). Como resultado se produce una caída desigual
del nivel de conocimientos adquiridos por el alumnado, que reproduce y
amplifica los resultados en cuanto titulación (los alumnos de los
centros con mayor índice de titulación adquieren, en general,
un nivel más alto de conocimientos y viceversa).
La adaptación de la oferta a la capacidad de consumo
El resultado de todo ello es un sistema educativo fragmentado en el que
los padres pueden elegir dentro de una oferta, supuestamente gratuita,
pero que, en la práctica, va desde lo gratuito hasta lo muy caro,
que ofrece, además de un amplio abanico de expectativas académicas,
diferentes posibilidades de relaciones sociales. Resultados académicos,
cuestiones de prestigio social, connotaciones ideológicas y, en
las Comunidades Autónomas con "lengua propia", la posibilidad
de realizar los estudios en español o en la correspondiente lengua
autonómica, diversifican la oferta educativa adaptándola
a la capacidad de consumo de los padres.
Ante una oferta variada, son los " clientes ", en nuestro caso
los padres, los que, según sus posibilidades, deciden qué
prefieren y cuáles son los criterios de calidad que debe cumplir
el " producto ", en nuestro caso la enseñanza. Las últimas
reformas no sólo han tenido por objetivo que la libertad de elección
se ejerza en función del poder adquisitivo (y, con ello, que la
educación cumpla un papel reproductor de las diferencias sociales),
sino que, además, han definido unos criterios de calidad, distintos
a los del mercado, que imponen a los padres de los alumnos de la red pública
y, en aras de esa supuesta calidad, fomentan la descualificación
de las clases populares.
Las exageraciones pedagogicistas de los defensores de la LOGSE han dado
pie a que la sociedad se forme la imagen de una Escuela Pública
en la que lo más importante no es aprender. El esquema pedagógico
utilizado, basado en "centros de interés", "temas
transversales", etc. (que siempre han estado en los esquemas didácticos
de todas las materias como recursos pedagógicos inevitables) ha
llevado a que en muchas materias desaparezcan los esquemas didácticos
propios de las mismas, necesarios para su transmisión rigurosa.
La insistencia en que aprender es diferente de aprender a aprender, además
de ser rigurosamente una retórica hueca, ha vaciado de contenido
esas materias y, en definitiva, ha contribuido a crear una imagen no propedéutica
de la Escuela Pública.
De todo ello resulta que la oferta educativa es percibida por los padres
con muy diferente imagen: pública, fuertemente comprensiva o escasamente
propedéutica; privada concertada, todo lo propedéutica que
la comprensividad impuesta le permite, con un amplio abanico de posibilidades;
privada no concertada, fuertemente propedéutica. Frente a esta
oferta, el factor decisivo para ejercer la "libertad de elección"
es el económico: sólo las familias más acomodadas
tienen acceso a la oferta completa. La selección final cubre tres
aspectos: económico, cultural y académico. Lógicamente,
aquellas familias que, económica y culturalmente, pueden elegir,
escogen las opciones que mejor aseguren a sus hijos el camino de los estudios
superiores. Las capas medias terminan por abandonar la Enseñanza
Pública, mientras que a las capa sociales que carecen de los recursos
mínimos se les reserva un sistema público cada vez más
degradado.
No deja de ser curioso que, mientras la elección de centro depende
de la voluntad de los padres, atraídos principalmente por una enseñanza
que asegure a sus hijos, en la medida de lo posible, el camino hacia los
estudios superiores, a la oferta pública se le exija una imagen
que resta importancia a los aspectos propedeúticos. Son evidentemente
las capas más desfavorecidas de la sociedad las que se ven obligadas
a disfrutar de los criterios de calidad del sistema público, mientras
que el resto de la sociedad huye de ellos. El resultado de este esquema
educativo, que se autoproclama igualitario, es una dislocación
social que tiende a invertir las tendencias compensadoras que la expansión
económica de los años sesenta había producido. Al
igual que antes en otros países, nos encontramos ante la paradoja
de que los resultados de la democratización de la enseñanza
son elitistas, mientras que los del anterior sistema clasista se vieron
superados por al propio desarrollo de la sociedad y terminaron por ser
compensadores.
Conclusiones
En definitiva, la fragmentación de nuestro actual sistema educativo
contribuye a aumentar las desigualdades sociales a través de los
siguientes mecanismos: 1) la combinación dentro de la oferta pública
de plazas de carácter privado (concertadas) y público; junto
con 2) la interpretación conservadora del principio de libertad
de educación (como libertad de elección de centro); 3) los
recursos legales (uniformes, transporte, comedor, actividades complementarias,
clases de refuerzo, actividades extraescolares, clubes de alumnos, etc.)
que permiten a los centros privados cobrar por un servicio que, supuestamente,
deben dar de forma gratuita, y con ello hacer una selección económica
de su alumnado; 4) los privilegios de que gozan (ideario, proyecto educativo
y ahora, con la LOCE, especialización de centro) que les permiten
hacer una selección complementaria del alumnado, eliminando a los
problemáticos, conflictivos, con problemas o, simplemente, a los
que pueden perjudicar la imagen del centro; 5) los criterios de escolarización
seguidos por las autoridades académicas, diferentes para los centros
públicos (prima el menor nivel de renta y la cercanía al
centro, lo que imposibilita la movilidad en esta red) y para privados
(criterios propios derivados de su "ideario" o de su "proyecto
educativo"); y, finalmente, 6) la política seguida por las
autoridades académicas que han utilizado el sistema de concertaciones,
no para complementar, sino para suprimir las plazas públicas existentes.
La nueva legislación conservadora (LOCE, 2002) promete agravar
esta situación con la extensión de las concertaciones a
los niveles no obligatorios (educación infantil y postobligatoria)
y con nuevos privilegios a la privada que favorecerán aún
más la selección legal de los alumnos.
La necesidad de una escuela pública, laica y gratuita
En el largo y duro empeño por extender la enseñanza y universalizar
el derecho de todos los ciudadanos a la educación, como bien social
de responsabilidad pública, se han ido definiendo una serie de
funciones de carácter individual y colectivo para la Enseñanza
pública. Los procesos de privatización y desmantelamiento
de los sistemas públicos de educación arrastran consigo
la eliminación de los fines y conquistas sociales inscritos en
ellos a lo largo de dos siglos. El avance de la privatización de
la enseñanza no sólo supone el trasvase de lo público
a la esfera de lo privado, un mayor coste para las familias y la creación
de un mercado desigual regido por la oferta y la demanda, sino la desaparición
irremediable de las funciones que sólo pueden tener al Estado,
en su pretensión de representar al conjunto de los ciudadanos,
como impulsor y garante de la igualdad de trato, de la no discriminación
por razones económicas, étnicas o de creencias, de la integración
de las diferencias en un mismo proyecto político (por idealista
que ello sea), del acceso al saber para el desarrollo y enriquecimiento
de la propia personalidad, con independencia de los avatares del mercado,
etc.
Sólo el Estado (considerando a todos los ciudadanos como sujetos
de iguales derechos y deberes, con independencia de su origen social,
económico y cultural) puede asegurar el mismo derecho y posibilidad
de acceso a todos los niveles de educación, con la sola condición
del esfuerzo y capacidad de los individuos. La Escuela pública
es el instrumento esencial de transmisión de la cultura y redistribución
del saber, como patrimonio de la humanidad, poniéndolo al alcance
de todos los individuos para satisfacer sus aspiraciones y desarrollo
integral como personas. El conjunto de las funciones atribuidas a la Escuela
pública no puede ser asumido por la privada.
Tampoco se puede relegar a lugar secundario el carácter necesariamente
laico de todo sistema público de educación. Una escuela
laica es la única garantía de respeto a la libertad de conciencia
de todos los ciudadanos y, además, una condición indispensable
para la convivencia de las diferentes creencias, en tanto se preserva
un espacio común público, remitiéndolas al ámbito
de lo personal y privado. Sólo desde una postura laica es posible
considerar a los ciudadanos como tales, en igualdad de derechos y deberes,
y miembros participativos de proyectos sociales y políticos comunes
que, coherentemente, no pueden estar ligados a las particulares diferencias
de credos. La división "confesional" de los alumnos (sea
dentro del mismo centro en determinadas horas o por centros de diferente
"carácter" o ideario religioso) es un atentado discriminatorio,
incompatible con el carácter de bien público y general que
se atribuye a la educación (es puro sarcasmo el escandalizarse
por agrupaciones flexibles de alumnos por niveles de conocimiento y dar
por buena la segregación confesional en el marco escolar). Bajo
el gobierno del Partido Popular, nuestro país sufre un proceso
de regresión acelerada en este sentido. La Iglesia Católica
no sólo recupera poco a poco el papel que cumplió de 1940
a 1970, como educadora de las capas medias y altas de la sociedad, sino
que amparándose en un Concordato de 1953, renegociado en 1979,
ha conseguido introducir la religión en el curriculum de la educación
pública (ya lo hacía legalmente en sus centros concertados),
la LOCE ha supuesto un paso más en la consideración de esta
materia como parte esencial del curriculum de todos los alumnos, obligando
a los centros públicos a introducir como materia alternativa "el
hecho religioso" con el mismo carácter, y en algunos casos
más horas, que las ciencias.
Por todo ello, a pesar de la claudicación de las llamadas "fuerzas
de izquierda" ante el proceso de privatización, que consideran
"irreversible", consideramos imprescindible luchar para restablecer
la unidad del sistema público de educación con una única
titularidad de los centros y una única fuente de financiación,
de manera que se pueda garantizar una misma escuela, con iguales derechos
y con iguales condiciones y posibilidades, para todos los ciudadanos.
En ese sentido es necesario reclamar la reversión de la política
de conciertos hasta conseguir la total desaparición de las subvenciones
estatales a la escuela privada. Reclamar a los centros concertados el
cumplimiento de sus supuestas obligaciones, como pretende la mayor parte
de los partidos de izquierda y de los sindicatos, nunca pasará
de píos deseos. Nadie puede obligar a los centros privados a dejar
de ser empresas privadas con sus propios intereses económicos e
ideológicos, dispuestos, por otra parte, a llevarse la mayor porción
de los fondos públicos que les sea posible.
Colectivo Baltasar Gracián
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