El declive del materialismo asturiano

CarlosJavier Blanco Martín.

Rebelión
Profesor de Filosofía (Ciudad Real)

Un fantasma recorre el mundo. Es el fantasma del materialismo. La palabra 'fantasma' evoca la ambigüedad e inconsistencia de una imagen, ora habitante de brumas en pasillos objetivos, los pasillos de la Academia, ora huésped flotante de la conciencia subjetiva de alguna gente. Ser materialista es ser una cosa muy grande. Por tal militancia, bajo la conciencia misma de serlo, se amontonan los residuos "triturados" de una milenaria tradición. Pobres despojos: Platón y los estoicos, Spinoza, Kant, Hegel y Marx, todos son cadáveres que tuvieron una vez vida y ahora se ven arrojados desde un remolino destructivo (progressus-regressus). Estos pobres despojos le dicen al materialista: "esto fuimos, y ahora todo te lo entregamos. Saca de esta procesión de enanos el mejor jugo para tu materialismo. Nosotros sólo somos esto: tradición. Ya somos entregados".

Y el materialista, albacea y legatario, se entrega efectivamente. Su puesto es el de vigía en una torre, llama sagrada que se mantiene viva en lo alto, cúspide de las más sacras tradiciones. Su saber "de segundo grado" lo tritura todo, aniquila sólo con la mirada. La tradición que le precede es "metafísica" que pasa por los dientes implacables de una "dialéctica". Pero la historia de la dialéctica misma (desde Platón hasta Hegel y Marx) es también "metafísica". Esta mala madre, paridera de materialismo, junto con todos sus "ismos" equivalentes (idealismo, monismo, vale decir, la ideología) ya ha pasado por el molinillo escondido en la Universidad . Se es "materialista" o no se es. El mundo exterior al materialismo debe recibir de inmediato este implacable veredicto: "idealista, ideólogo". Unos severos jueces escondidos tras las montañas, truenan con desdén y mirada de basilisco sobre ese inculto entorno, nube de confusión. Los últimos ilustrados, paladines de la ciencia y la racionalidad, mantienen bien alta la antorcha de Atenea, y abren sus grandes ojos de búho, fulminan la falsa conciencia, angostan la superstición y la metafísica. Burbuja de razón en medio de gran hostilidad e incomprensión, creen que el silencio y el desdén hacia el no-materialista ("pensar es siempre pensar contra alguien" dicen los muy leninistas a ratos) puede ser recíproco.

La escuela materialista de Gustavo Bueno se ve a sí misma, a un tiempo, como la (única) depositaria legítima de una tradición filosófica inmensa y como la (única) vía abierta y original que le queda al análisis crítico (de segundo grado) de todas las formaciones ideológicas brotadas, en un primer grado, y que coexisten de forma desintegrada en nuestro entorno social, en nuestro presente.
La admirable obra de este filósofo no es cosa de ser analizada aquí, y no seré quien tenga que reseñar su trayectoria intelectual ni sus obras más importantes. Es preferible para mí la tarea de estudiarlas. En concreto, la Teoría del Cierre Categorial, junto a otras interesantes aportaciones a la filosofía de la religión y a la metafilosofía, no se pueden ignorar en el pensamiento contemporáneo, salvo por deliberada malevolencia, que en el fondo es ignorancia. Sé muy bien que en este país abundan las conspiraciones de silencio, y la obra de Bueno las ha padecido en fases, coyunturas y círculos determinados de la academia y de los mass media. Pero su caso no es único. Otros lo han padecido y lo padecen, sin esperanzas de recuperación. En cambio, Bueno se ha recuperado con creces de esta conspiración de silencio, y hasta es un filósofo de moda, amén de "fenómeno" televisivo.

El victimismo y la esclerosis intelectual de que hacen gala muchos seguidores de Bueno constituyen muy malos síntomas en el momento de evaluar una adecuada implantación académica de una escuela, si es que esta existe. Creo que una metodología, o mejor, un estilo filosófico que se reconozca en el aire de familia como "materialista", sería muy saludable para la universidad española, y por irradiación desde ésta, en el descoyuntado y tecnocrático bachillerato actual. En vistas del triste panorama académico de la filosofía hispana, más bien propio de una colonia, una escuela "autóctona", que salga de sus montañas y eduque a generaciones enteras en un estilo crítico, racional, dialéctico y materialista, sería una de las mejores lluvias que pudieran refrescar este erial académico y mediático llamado España. Pero la burbuja cerrada ya sólo entiende por materialismo filosófico lo que figura en un supuesto "núcleo duro" de consignas que, dicho sea de otra parte, sólo suelen aparecer en la obra del maestro como esquemas y expedientes muy laxos y "en ejercicio".

Citemos, a modo de ejemplo, la férrea acepción fisicalista del concepto buenista de "operación". Este es clave en su Teoría del Cierre Categorial y en verdad en toda su obra. Aproximación y separación de términos fisicalistas, donde el sujeto aparece como mero mediador entre dichos términos, desprovisto él mismo de construcción. Ese sujeto operatorio, puramente baconiano, y residuo de relaciones y transformaciones fisicalistas, es un ente postizo en una teoría gnoseológica que se reclama constructivista, pero que contiene en sus ejes un sector, el operacional, enteramente falto de evolución y construcción cuando es propuesto. Con un postizo así ¿qué valor poseen las declaraciones litúrgicas de escuela que pasan por marcar distancias entre su materialismo filosófico y los positivismos y fisicalismos? Si a fin de cuentas el sujeto operatorio es un autómata fisicalista, o un mero centro lógico de unión y separación mecánica de los términos, por qué tantas alforjas para un viaje como este?
Toda escuela filosófica es autocrítica, mientras no se trata de una secta, y problemas de envergadura como éste deberán constituirse en focos de atención racional y de revisión, no en motivos de escisión, de herejía.
Otro ejemplo, con vistas a reconocer si tenemos a la vista un "materialismo filosófico" verdaderamente autocrítico, o por el contrario, sólo hay un mero grupo seguidor de consignas, y por lo tanto, nada que tuviera que ver con una escuela de filosofía: el geometricismo.
Pregunto: ¿es la geometría una feliz analogía o modelo para el modo de proceder racional y constructivo que debe caracterizar al saber filosófico?
La Teoría del Cierre Categorial es una gnoseología notablemente deudora de la Crítica de la Razón Pura de Kant. Las páginas, perdurables, en las que Kant nos previene contra el geometricismo filosófico parecen haber caído en saco roto entre muchos de los seguidores de las ideas de Bueno. La filosofía no debe contar, entre las ciencias positivas, con ninguna que sea su favorita, ni debe tampoco tomar una elegida como ejemplar. La tentación pitagorizante y platónica es muy fuerte en el materialismo filosófico, pero traiciona de pleno el proyecto nuclear de la Teoría del Cierre Categorial: reconocer la especificidad irreducible de cada ciencia. Es peculiar y muy diversa la potencia gnoseológica que cada disciplina ha alcanzado en su historia constitutiva. Hacer una valoración de la heterogeneidad de esos "racimos" de cientificidad mediante el arsenal de la Teoría del Cierre Categorial se opone frontalmente a cualquier proyecto reductor o monista. Ni siquiera "analógicamente" la geometría constituye el "primum" y ella misma es una ciencia única y autocontenida. El racionalismo barroco, lo mismo que el pitagorismo y el platonismo, no son, "sin más" la Filosofía. Forman, en el mismo sentido kantiano que retomamos aquí, verdaderos extravíos y tentaciones de todo punto desafortunadas a la hora de poder hacer un mapa o una panorámica de las ciencias tras los análisis oportunos de las disciplinas fácticamente existentes.

Razonar filosóficamente a golpe de demostraciones geométricas es un error de tipo material. Los términos, tal como se prestan en la pluralidad de la experiencia, no se ceñirán nunca a rígidos corsés formalistas, de igual manera que no todas las materias primas pueden recibir formas cualesquiera. Lo mismo que señalamos en gnoseología, cabe apuntarse en el terreno de la ontología. La idea -metacientífica y metafilosófica- de una geometría de las ideas, ni siquiera es una afortunada metáfora a la hora de concebir un sistema que es necesariamente laxo, y lleno de orgánicas interdependencias, un sistema que pueda organizar formalmente las ideas tal y como las concibe el materialismo filosófico. La rigidez pitagórica casa muy mal con la tradición materialista en filosofía, que siempre insiste en la propia estructuración de la materia, dada ésta en la experiencia a muy diversas escalas o capas de construcción1. Las ideas constituyen en realidad esquemas prácticos de acción específicamente humana, que trascienden los diversos campos o ámbitos de realización operatoria. Las ideas siempre parten de categorías (técnicas, económicas, físicas, etc.) previas, pero no se circunscriben a una sola de ellas. Como es lógico, estas ideas, trascendentales con respecto a sus campos de procedencia, no pueden encajar geométricamente entre sí, hablando en general. De manera inevitable estarán relacionadas unas ideas con otras, no por razones formales, sino porque todas brotan de y se refieren a la experiencia organizada de una sociedad humana al nivel que le permita el desarrollo de sus fuerzas productivas, y bajo la forma en que esta experiencia social se estructura dentro de unas determinadas relaciones de producción.

El geometricismo de la escuela de Bueno, discutible en ontología y en gnoseología, deja de ser inocente y exento de peligros cuando entramos con todo su aparato en terrenos abonados por problemas de ética y política. En ellos el filósofo ha de moverse no como el frío matemático que añora ser, sino como el esmerado artista y el prudente estratega que (una parte de la) sociedad espera de él. Pretender razonar "al modo geométrico" sobre la conveniencia ética y política de la pena de muerte, sobre la unión nacional del estado español, o sobre el papel de este estado en el concierto internacional, por dar algunos ejemplos, no puede ser síntoma de simple puerilidad. El materialismo filosófico entendido como tradición, y no como un sectarismo es, en tanto que filosófico, completamente abierto en este tipo de cuestiones. Desde el análisis crítico y exhaustivo de diversos argumentos en pro o en contra de alguna resolución práctica, no se podrá nunca adoptar una postura unívoca.

El materialismo filosófico como tradición no es otra cosa que el marxismo en los terrenos políticos, éticos y sociales. Siempre me sorprendió sobremanera que, a pesar de las abundantes adherencias al marxismo registradas en las declaraciones de la "Escuela de Oviedo", o mejor dicho, de personas que dicen pertenecer a este ente, se repita sin parar una serie de dogmas y consignas que pertenecen más bien a la ideología acrítica del estalinismo. O sea, que la coyuntural alianza ideológica de esta filosofía haya de ser con el marxismo más degenerado, deleznable y de derechas: culto al estado (como si al margen de él, toda comunidad humana fuera mera basura "fenoménica"), centralismo político-burocrático, y positivismo (lo que fácticamente es, es lo racional, mientras que aquello que debería ser, no pasa de la utopía, o sea, basura, nuevamente). La crítica a todas aquellas causas que defiende la izquierda actual (no a la guerra, no a la pena de muerte, no al centralismo, no al trasvase del Ebro, etc.), sólo puede hacerse desde la derecha más rancia, que nada sabe del movimiento social, aunque este tenga sus carencias (que las tiene, sin duda). Sólo puede pasarse a la más extrema derecha política quienes ya desde siempre han vivido en ella, aunque hubiera una fuerte coloración roja en sus banderas: el estalinismo. Caída la unión soviética hay que buscar otros soles imperiales que calienten más.

Demasiado Stalin, y muy poco Marx, desgraciadamente. Y de éste último, muy poca filosofía materialista la que se aprovecha, realizándola. Muy poca filosofía marxista la que se estudia, no ya sólo en Oviedo, sino en la generalidad de la universidad española. En modo alguno, muchos de quienes nos dedicamos a la docencia y a la investigación dentro de esta gran tradición de materialismo filosófico, queremos aceptar dogmas y consignas completamente vergonzosas con las que no deseamos vernos confundidos. Trabajamos dentro de un estilo y un método íntimamente comprometidos con la emancipación humana. Por muy agudamente que Bueno y otros seguidores suyos esgriman tesis "provocativas", debe tenerse siempre en cuenta que en éstos terrenos "no-geométricos", los argumentos posibles y hasta plausibles, no son demostraciones. Los problemas antropológicos, éticos y políticos requieren no perder de vista, jamás, las líneas y composiciones de fuerzas sociales e ideológicas (realmente) presentes en una formación social. Y el filósofo materialista, lejos de creerse un Sócrates rompedor de los huevos que hay en la cesta, debería siempre formarse como un militante, un combatiente, incluso al lado de compañeros de viaje que pueden parecer ignorantes y obtusos, pero compañeros que podrán ser educados en primer lugar y de una forma correcta.
Hace ya una serie de años, cuando escribía mi primer borrador de "La Totalidad Social"2 veía el panorama hispánico de la filosofía con irritación y malestar. Y eso me sucedía partiendo de la realidad más cercana, que era la realidad de la filosofía en Asturias. Lo que podría haber sido un rico semillero de filosofía viva y original, frente a la erudición acartonada y la mera filología que se practica en las otras tierras (salvo excepciones individuales, naturalmente), se había ido transformando a lo largo de los años 80 y 90 en un sectarismo de la mayor mediocridad. Conocí a personas semejantes a loros, repetidores de esas consignas-dogma y tomé nota de un curioso fenómeno de "culto a la personalidad", centrado en torno a la figura de Bueno. Entre tanto, la producción de estudios realmente originales y valiosos había decaído de una manera pasmosa. Hacer un análisis gnoselógico de una ciencia determinada es tarea ardua por cuanto supone el estudio y el conocimiento de esa ciencia, además de la propia tradición filosófica. Otros ámbitos de investigación, donde se esperaba del materialismo nuevas contribuciones, en ontología, en política, sobre la técnica, la economía, la religión y el mito, la psicología, la ética, etc. empezaron a echarse en falta. Fueron campos abandonados, quizá por falta de personas debidamente cualificadas para abordarlos. En lugar de esto, un sinfín de escritos e inquietudes fáciles de satisfacer, cómodamente polémicas, se publicaron ad nauseam, casi todos referidos a temas de actualidad periodística, programas de TV, y el consabido "problema de España" entre las más diversas coyunturas políticas. El Culto a la Razón de los materialistas filosóficos fue sustituido por una especie de "filosofía del corazón", complementaria de la prensa del mismo órgano. Tantos chascarrillos y vanas polémicas ad hominem a cargo de tantos filósofos de escuela tuvieron que coincidir puntualmente con la deriva mundana que las últimas obras de Bueno han tomado en dirección a los temas sociológicos y políticos. El afán "polémico" de toda esa producción (tanto de la escuela como del maestro) predomina ya sobre la verdadera lucha ideologica que se está librando en el país. En "La Totalidad Social" y en los escritos ulteriores, he denunciado el uso vulgar que este materialismo asturiano hace del marxismo. De la imponente tradición materialista de análisis y crítica social, aún no superada en nuestros tiempos, sólo se recitan ya algunas consignas groseras, como las críticas relativas al par base-superestructura, o algunos presupuestos claramente estalinistas referidos al papel de Estado (centralista). Se está tratando a Marx como si fuera un perro muerto, cegando de manera necia el afluente más rico de instrumentos para un análisis social, ético y político de una formación social capitalista, arsenal del que no es posible prescindir, y del que no se puede hacer burla. Si la filosofía aparece en la lucha política como una suerte de "ciencia ideológica" no lo será por su carácter falso o deformado, sino por la función emancipadora, crítica y racional en el seno de un sistema más amplio de ideologías ante las cuales puede y debe imponerse, en virtud de su mayor nervio crítico (de segundo grado), por su racionalidad ejercida en contacto con todo lo que le es próximo, incluido el marxismo, y que llega hasta su identificación con él.

Denostar de forma soberbia a los movimientos sociales y (potencialmente) revolucionarios no es lo mismo que ejercer la crítica dentro de ellos, educando a compañeros de viaje. Fundirse en un mismo coro "españolista" que sume sus voces al insulto permanente que la ultraderecha lanza contra todo planteamiento nacionalista e no tiene nada que ver con la filosofía, y menos con una "demostración racional" de la unidad de España, cosa por lo demás imposible, como imposible es ejercitarse en un método que ignora y desprecie los hechos históricos, desoyendo nuevamente a Marx. Este materialismo vive completamente ciego a las tendencias que vive el país, por lo que se niega a sí mismo, se anula como filosofía cuya suprema norma es transformar el mundo, interpretándolo. Y por lo que respecta a la triste realidad social asturiana, no parece ser sino la quintaesencia misma de su derrota y declive como país. Una país el asturiano que una vez fue avanzadilla cultural dentro del estado, como pocas comunidades, así como la punta de lanza de la conciencia obrera y social en medio del torpor español predominante.

1 Véase mi artículo "Constructivismo", pps. 148-153 en J. Muñoz y J. Velarde (eds.), Compendio de Epistemología, Madrid, Trotta, 2000.
2 Nómadas. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas. Nº 4, http://www.ucm.es/info/eurotheo/nomadas/4/cbmartin.htm

 


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