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Nacionalismo y dinero
Juan Francisco Martín Seco Estrella Digital. España, abril del 2005. Todos los ríos desembocan en el mar y todas
las reivindicaciones nacionalistas terminan en la financiación
y en el dinero. Los catalanes son especialmente propensos a estos planteamientos
y, por eso, el presidente de la Generalitat el otro día, en su
conferencia de Madrid, volvió a la carga con el déficit
fiscal de Cataluña. Pero no, cuando los nacionalistas, "y a estos efectos Maragall es ante todo nacionalista", invocan el déficit catalán, lo usan en una acepción totalmente distinta, están queriendo indicar que la Comunidad de Cataluña contribuye al Estado central con bastante más de lo que recibe de éste. Tal planteamiento tiene un error de principio, sobre todo para aquel que se llame socialista, porque no son las Comunidades Autónomas las que contribuyen sino los ciudadanos. En un Estado moderno, por muy federal que sea, los impuestos recaen siempre sobre los ciudadanos. Son éstos los que soportan el gravamen y no los territorios. La contribución por regiones o condados es propia del feudalismo o de aquellos sistemas que de forma anacrónica se mantienen como privilegios, fueros, se dice, como vestigios de la Edad Media, tales como el cupo vasco. Un ciudadano catalán no paga ni más ni menos tributos que un ciudadano andaluz con su misma capacidad económica. Y así debe ser en un sistema fiscal moderno. La distribución territorial de la carga fiscal es una mera consecuencia de este principio de igualdad general y de la distribución regional de la riqueza. Ese discurso errático que dice que hay que poner un límite a la solidaridad interregional se asienta en dos enormes falacias. La primera, hablar de solidaridad cuando habría que pensar en términos de justicia. Un sistema fiscal progresivo pretende redistribuir la renta en la creencia de que la distribución primaria realizada por el mercado es errónea e injusta. La renta y la riqueza de catalanes y madrileños se obtiene en Andalucía o Extremadura, y viceversa. Se trata por tanto de restablecer en parte la justicia distorsionada por el juego de oferta y demanda. En segundo lugar, la pretensión de limitar esa redistribución regional es en realidad un intento de limitar el potencial redistributivo del sistema fiscal, dado que aquélla es un resultado meramente automático de éste. Las transferencias de recursos entre regiones son tanto más cuantiosas cuanto más progresivo es el sistema fiscal y más diferencia hay entre sus rentas. Maragall suele argumentar que las Comunidades deben contribuir en proporción a su renta y recibir en función de su población. A primera vista puede pensarse que son criterios lógicos y aceptables, pero por poco que se reflexione uno se da cuenta que esconden una sutil trampa. En un sistema fiscal progresivo los contribuyentes no pagan en proporción a sus ingresos. Los impuestos se incrementan en una proporción mucho mayor de lo que aumenta la renta. La población tampoco parece que sea el único criterio a tener en cuenta a la hora de determinar los recursos que una región debe recibir; por ejemplo, la densidad de esa población puede ser una variable que también afecte a la hora de determinar el coste de los servicios. La pretensión de limitar la capacidad redistributiva
del Estado no es nueva. Los grupos económicamente fuertes lo han
intentado siempre. No tiene nada de extraño que se reclame desde
las fuerzas políticas de derecha. Lo que resulta inexplicable es
que lo exijan aquellos que afirman pertenecer a un partido de izquierdas.
Cuando el señor Maragall afirma que hay que limitar la solidaridad
interterritorial está comportándose de la misma manera que
las fuerzas económicas cuando demandan menor progresividad fiscal.
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