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¿Viva la corrupción?
José Vidal Beneyto
EL PAÍS - Internacional - 05-03-2005
El conocido publicista norteamericano Moisés
Naim, director de la revista Foreign Policy, una de las plataformas ideológicas
con mayor capacidad de irradiación en EE UU, acaba de publicar
en este diario un fervoroso alegato en favor de la corrupción.
En línea con el supuesto básico del liberalismo radical
de que no hay estímulo más eficaz para la transgresión
que la prohibición, el autor nos propone la secuencia argumental
clásica en este tipo de demostraciones: la corrupción es
consustancial a la humanidad y por eso es tan antigua como ella, con lo
que es imposible de determinar y de medir, y oponerse a ella no sólo
es inútil sino perverso por los efectos negativos que esa oposición
genera. Las leyes anticorrupción, los códigos de conducta
empresarial, la acción de las ONGs que luchan por mantener comportamientos
éticos en la actividad económica -Transparencia Internacional,
etc.- son para Moisés Naim, que los cita explícitamente,
causantes de múltiples daños colaterales pues "pretender
restringir la cultura del soborno y la codicia... es una ilusión
paralizante". O como escribe de forma aún más lapidaria:
"La guerra contra la corrupción esta minando la democracia".
La única razón que aduce para tan descalificatorias imputaciones
es que la corrupción polariza en exclusividad el debate político,
obsesionando con este tema a los medios de comunicación y a los
ciudadanos e impidiendo que se ocupen de las cuestiones y problemas verdaderamente
importantes. Además la descalificación a la que lleva de
los posibles candidatos corruptos confía las más altas responsabilidades
políticas a personalidades quizá honestas pero incapaces
que causan verdaderos desastres, sin olvidar que sus bienintencionadas
promesas al no verse cumplidas aumentan aún más la frustración
y el rechazo de la política por parte de la ciudadanía.
Claro que para llegar a tan halagüeños panorama y diagnóstico
ha tenido que centrar la intervención corruptora en el ámbito
político y funcionarial, considerando irrelevante su presencia
en el económico-social e ignorando su absoluta potencia determinante
en el funcionamiento del sistema. Los grandes protagonistas de la corrupción
para nuestro autor son Helmut Kohl, Kim Young Sam, Bettino Craxi, Alain
Juppé, Menem, Salinas de Gortari y otros jefes de Estado latinoamericanos,
algunos obligados a dimitir antes de finalizar sus mandatos. Ni una sola
palabra de Enron, Parmalat, Halliburton, el monstruoso fraude de la Bolsa
de Nueva York que desde hace más de veinte años blanqueaba
dinero con los ahorros de los pequeños inversores y tantos y tantos
casos que forman la tupida trama de una cleptocracia mundial paralegal
o de guante blanco como no se había conocido nunca, diferenciada
de la criminalidad organizada, aunque en relación con ella en los
paraísos fiscales. Pero tanto la corrupción económico-empresarial
como la político-gubernativa hoy sólo son inteligibles desde
la perspectiva de la corrupción sistémica que es la que
efectivamente las genera y las hace inteligibles. La reprobable conducta
de Henri Emmanuelli como tesorero del partido socialista, su procesamiento,
condena y posterior vuelta triunfal a la política sólo se
entiende en el contexto de un sistema político-económico
que empuja a un militante honesto a transgredir la ley para cumplir su
cometido político.
Silenciando los condicionamientos de un sistema que considera intocable
Moisés Naim procede en una primera fase a la banalización
de la corrupción para acabar cantando sus excelencias: la prosperidad
coexiste hoy con niveles importantes de corrupción justamente en
los países de crecimiento más puntero: China, India, Tailandia.
Y ¿cómo vamos a descalificar un sistema que nos hace vivir
y progresar? Lo que nos está diciendo el director de Foreign Policy
es que en una época de competencia implacable, el moralismo compasivo
no es de recibo. Naim da un paso más en el desmontaje no ya del
modelo europeo sino occidental de sociedad. Hemos cancelado el pluralismo
político instaurando el pensamiento único, hemos sectarizado
los partidos, hemos convertido la política en ejercicio cratológico,
hemos sacralizado las multinacionales, hemos acabado con el trabajo como
fundamento de la actividad económica y base de su retribución,
convirtiéndolo en un ejercicio precario para el sólo consumo,
hemos cambiado los valores por los placeres, el esfuerzo por la trampa.
Que a uno de los líderes ideológicos de los EE UU le parezca
un deseable mal menor, tal vez pueda explicar el triunfo del fundamentalismo
religioso en su país.
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