|

La guerra contra la corrupción
perjudica al mundo
Moises Naim
EL PAÍS - Opinión - 03-03-2005
Hace aproximadamente una década en el mundo
estalló una erupción de corrupción. Nadie sabe si
el estallido lo produjo un aumento en los actos de corrupción;
por definición, ésta es inmedible. Lo que sí sabemos
es que de repente un problema tan antiguo como la humanidad misma pasó
a dominar el debate público casi en todas partes. La ola de democracia
que sacudió al mundo en esa época hizo que fuese más
difícil seguir ocultando los sucios tejemanejes de dictadores ladrones,
burócratas corruptos y empresarios especializados en trasquilar
al Estado. Además, durante la Guerra Fría, las dictaduras
cleptócratas se especializaron en canjear su apoyo a una de las
dos superpotencias a cambio de que se les tolerara su pillaje. Terminada
esa guerra, estos negociados geopolíticos se hicieron menos frecuentes.
Simultáneamente, la revolución de la información
y la explosión en las comunicaciones hicieron que cualquier escándalo
de corrupción se convertiese rápidamente en noticia mundial.
Inevitablemente, la frecuencia de los escándalos hizo que el mundo
llegara a la conclusión de que había más corrupción
que nunca. Con igual inevitabilidad, se produjo un clamor popular para
declararle la guerra a la corrupción.
La respuesta al clamor no tardó. Los países promulgaron
leyes anticorrupción, las empresas adoptaron estrictos códigos
de conducta, y se crearon organizaciones no gubernamentales como Transparencia
Internacional para identificar y avergonzar a los países con su
ranking de naciones corruptas. Fiscales y jueces especiales junto con
poderosos zares anticorrupción y comisiones contra el enriquecimiento
ilícito brotaron por todas partes.
Los escándalos de corrupción implicaron a jefes de Estado
que con frecuencia terminaron fuera del poder, en la cárcel o en
el exilio. El alemán Helmut Kohl, el surcoreano Kim Young Sam,
Bettino Craxi en Italia o Alain Juppé en Francia son sólo
algunos de los ejemplos, por no mencionar la larga lista en America Latina.
En todo el mundo también se enjuició y encarceló
a altos funcionarios gubernamentales y empresarios. Así, lo que
hasta entonces era impensable se volvió casi rutinario. Las acusaciones
de corrupción se convirtieron en un arma política y electoral
común y muy potente. Se hizo normal entre los candidatos a cualquier
cargo público declararse jefe de la campaña de "manos
limpias", y acusar al adversario de cómplice del viejo orden
corrupto. La honestidad del candidato reemplazó a su competencia
o su "vision de futuro" como requisito para ganar elecciones.
Así, más de un honesto incapaz llegó a los más
altos cargos; con el agravante de que a veces la honestidad demostró
ser más ilusoria que real. No así la incompetencia. Las
reputaciones periodísticas o el éxito económico de
cualquier medio ya no podían ignorar el apetito del público
por saber cada vez más sobre la deshonestidad -real o presunta-
de sus gobernantes. En esta guerra mundial contra la corrupción,
el acontecimiento definitorio fue la Convención Contra la Corrupción
de la ONU, de 2003, respaldada por más de 100 países.
Desgraciadamente, la información que nos llega del frente de batalla
no es esperanzadora. "Los últimos 10 años han sido
profundamente decepcionantes", afirma Daniel Kaufmann, uno de los
principales expertos internacionales en actividades anticorrupción.
"Se ha hecho mucho, pero se ha logrado poco. Lo que estamos haciendo
no está funcionando".
De hecho, yo voy más allá. Creo que la guerra contra la
corrupción ha causado enormes daños colaterales sin realmente
disminuir la corrupción existente. La guerra contra la corrupción
está minando la democracia, ayudando a que se elijan líderes
equivocados y distrayendo a las sociedades de sus otros problemas urgentes.
La corrupción se ha convertido con demasiada facilidad en el diagnóstico
universal para las enfermedades de un país. Si al menos pudiéramos
restringir la cultura del soborno y la codicia, se nos dice, los otros
problemas serían más fáciles de solucionar. Ésta
es ilusión paralizante. Si bien es cierto que la corrupción
es una plaga desastrosa, no es tan cierto que su mengua resolverá
los problemas más profundos que realmente retardan o paralizan
el progreso. De hecho, creerlo así hace más difícil,
si no imposible, obtener el respaldo popular para políticas públicas
indispensables. ¿Para qué aprobar reformas fiscales necesarias
si los ingresos públicos se esfuman en corrupción? ¿Por
qué los Estados Unidos deben aumentar su contribución a
los fondos para el desarrollo y llevarlos al nivel prometido si la corrupción
se los va a comer? ¿Para qué privatizar una empresa pública
ineficiente si la venta será carcomida por la corrupción?
Como todos los lugares comunes, estas creencias sin duda tienen mucho
de cierto. Pero son también excusas para no hacer nada y que paralizan
procesos que a la larga pueden ayudar más a disminuir la corrupción
que las reiteradas denuncias moralizantes contra la misma.
La obsesión por la corrupción también domina el debate
público excluyendo otros problemas cruciales. Las causas profundas
de la bancarrota de la educación, de hospitales que no funcionan,
o de una economía estancada no pueden competir por la atención
popular con los titulares sobre el último escándalo de corrupción.
Claro que estos problemas son acrecentados por la corrupción. Pero
en su esencia son generados por condiciones que a menudo tienen poco que
ver con el comportamiento de funcionarios gubernamentales deshonestos.
Tal es la obsesión anticorrupción que aun cuando otros problemas
nacionales logran convertirse en una prioridad, la búsqueda de
sus soluciones con frecuencia vuelve a caer en la lucha contra la corrupción
como principal, cuando no único, remedio.
Pero quizás el peor daño colateral provocado por esta fijación
sea la inestabilidad política que origina. En muchos países
los electorados ya tienen sobradas razones para estar decepcionados con
sus gobernantes. La corrupción alimenta esta decepcion y amplifica
las expectativas poco realistas que la población usualmente tiene
sobre los esfuerzos que son necesarios para hacer que su país progrese.
Además, la impaciencia popular, exacerbada por la creencia de que
casi todos los de arriba están llenándose los bolsillos,
acorta aún más el tiempo delque disponen los Gobiernos para
mostrar resultados. Así, para mitigar la ya exacerbada impaciencia
de los votantes, los políticos se ven obligados a ofrecer mucho
y a muy corto plazo. Normalmente les es imposible cumplir con sus promesas;
lo cual exacerba la decepción popular y la desconfianza hacia los
políticos.
Por ejemplo, desde 1990, once jefes de Estado latinoamericanos han sido
destituidos u obligados a dimitir antes de finalizar sus mandatos. En
todos los casos, la corrupción jugó un rol importante. Aunque
estas expulsiones a menudo fueron plenamente justificadas, en varios casos
la corrupción era sólo una excusa para deshacerse de un
presidente ya debilitado por otras razones. Los escándalos de corrupción
que involucraron a Salinas en México o Menem en Argentina, por
ejemplo, sólo arreciaron cuando la economía de esos países
entró en crisis. En general, la falta de progreso del país
suele ser interpretada como una manifestación más de la
corrupción. Esta creencia alimenta la ficción de que si
los votantes sencillamente se deshacen de la actual tanda de funcionarios
corruptos y encuentran un líder honesto, el progreso vendrá
casi automáticamente. En cierto modo, Silvio Berlusconi en Italia,
Hugo Chávez en Venezuela y Vladímir Putin en Rusia, llegaron
al poder gracias al repudio público contra la enorme corrupción
de los regímenes que les precedieron. Sin embargo, en cada uno
de los tres países la corrupción ha aumentado y la democracia
ha sido menoscabada por las actuaciones de los nuevos gobernantes "anticorrupción".
No cabe duda de que la corrupción es un azote. Pero tampoco cabe
duda de que no todos los países afectados por la corrupción
están colapsando. Hungría, Italia y Polonia son sólo
algunos ejemplos de países en los que la prosperidad ha coexistido
con niveles importantes de corrupción. China, India y Tailandia
no sólo no se están hundiendo, sino que prosperan, a pesar
de una corrupción generalizada. Lógicamente, sería
mucho mejor que todos estos países tuvieran un sistema judicial
honesto e independiente, respeto por el imperio de la ley, un sector público
despolitizado y un sistema educativo sólido. Pero éstos
son resultados, no prescripciones. Recomendarle a un país que tenga
un buen sistema educativo o judicial o menos corrupción es banal.
Claro que debe luchar por tenerlos, pero ¿cómo? Estos objetivos
son el producto de esfuerzos sostenidos durante generaciones a todos los
niveles de la sociedad. Recomendarles a estos países que se zafen
de las cadenas de la corrupción -como hacen a menudo inversionistas
extranjeros, políticos, directivos de instituciones multilaterales
o conocidos articulistas- los hace lucir honestos, moralistas y visionarios.
Lástima que con consejos como ésos es muy poco lo que se
puede hacer.
|