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La nación contra el nacionalismo
Bernard Cassen Este art. fué publicado en la edición española de le Monde Dimplomatique en marzo de 1998, nº 29
Yo o el caos": ya, en tiempos de De Gaulle, el latiguillo político de la falsa alternativa era algo solemne. Pero su énfasis retórico y la personalidad de quien lo formulaba le dieron la suficiente aparatosidad como para que permaneciera en la memoria. No podrá decirse lo mismo del juego que practican los buenos apóstoles de un mercado que, para ellos, no sólo es "rey", sino casi Dios, ya que procede de "las leyes de la gravitación económica", es decir, de la mecánica celeste: será la mundialización o nada, pues "la mundialización es" (1). En una versión menos perentoria, que deja una posibilidad de elegir entre el buen tiempo y el granizo, la proposición se convierte en "la mundialización o el nacionalismo". La solemne palabra es lanzada y difundida entre todos los que cuentan en Francia como miembros del "círculo de la razón". Poco importa que nunca se haya precisado el sentido exacto del término "nacionalismo" y que la mundialización se reduzca, para algunos, a Internet. Estamos ante un juego típicamente francés: ese tipo de cuestiones no se plantea en Gran Bretaña o en Alemania, menos todavía en Japón o en Estados Unidos. En una obra cuyo título retoma el grito de "¡Viva la nación!" (2) lanzado el 20 de septiembre de 1792 en Valmy por los soldados-ciudadanos para infundirse valor frente a los prusianos, en la primera gran batalla de la Revolución francesa, Yves Lacoste analiza el destino de lo que él llama una "idea geopolítica", en la medida que plantea los problemas del territorio, de la lengua y del poder. Se centra en mostrar que en Francia está íntimamente ligada al problema de la integración de los inmigrados y que existe un gravísimo peligro de abandonarla al Frente Nacional, el único que habla de ello, pero para convertirlo en un arma de exclusión. Lo que puede llevar a quienes se sienten rechazados por la nación a causa de sus orígenes, a "un repliegue identitario que reduce la nacionalidad francesa a una comodidad administrativa y conduce ya a ciertos movimientos asociativos a reivindicar el reconocimiento de una minoría musulmana o árabe en Francia". Un caso de figura ideal, conviene precisar, para la difusión de las tesis lepenorracistas, las únicas que son "nacionalistas" en el actual paisaje político francés. (La expresión se refiere a Jean-Marie Le Pen, líder del ultraderechista Frente Nacional. N. del T.). Efectivamente, en la Francia contemporánea, el nacionalismo no se confunde con la nación: utiliza como pretexto una "cuestión nacional" para atacar a los partidos en el poder e intentar instalarse en su lugar. El historiador Maurice Agulhon ha podido oponer las ideas nacionalistas que resume el proverbio británico "My country right or wrong" ("Mi país, con razón o sin ella"), que coloca a la nación por encima de los valores al "patriotismo republicano", que, a su vez, coloca los valores por encima de la nación. Pierre-André Taguieff preguntándose sobre la hipermediatización reciente del nacionalismo y su demonización advierte que ésta se extiende abusivamente a toda forma de identidad colectiva, en particular a la nación, y que lo que se nos presenta como el antinacionalismo no es, de hecho, sino "antinacionismo": "Lo nacional ya no está de moda en el universo de los ensayistas mediáticos. Estos últimos reciben el refuerzo de los partidarios de la sociedad planetaria, sin fronteras, así como de los doctrinarios de una Europa de las regiones. La única verdadera democracia es la democracia del mercado" (3). A este respecto, hay que citar al teórico de la Liga Norte en Italia, el senador Gianfranco Miglio: "La (...) nación no existe (...). La perspectiva de la unidad europea debe realizarse entre grandes regiones ligadas por intereses comunes".
Un juego con suma negativa
En esa misma línea, Emmanuel Todd, al denunciar "L'illusion économique" (4), ve en el rechazo de la creencia colectiva nacional el hilo conductor entre fenómenos europeísmo, mundialización, descentralización, multiculturalismo que nada vincula en apariencia: "Ultraliberalismo y europeísmo, aparecidos en los años ochenta para dominar el imaginario de los estratos superiores de las sociedades occidentales, tienen en común la negación de la existencia de las naciones y el dejar de definir entidades colectivas auténticas. (...) El rechazo de la nación se expresa aquí "hacia arriba", por un deseo de disolverse "hacia abajo", exigiendo entonces la fragmentación del cuerpo social mediante la descentralización geográfica o por el confinamiento de los inmigrados en sus culturas de origen en nombre del derecho a la diferencia". ¿Por qué hablar de "ilusión" económica? Se trata sin duda de una de las tesis más originales de la obra de Emmanuel Todd el invertir la causalidad comúnmente admitida entre la acción de las fuerzas económicas mundializadas, de los "mercados", y la implosión de las creencias colectivas. Para él, existen invariantes antropológicas y culturales cuya evolución modifica a su vez las estructuras de la producción y de los intercambios: "La explosión de las naciones produce la mundialización, y no al revés. En Francia, al igual que en Estados Unidos e Inglaterra, es el antinacionismo de las élites, por utilizar el eficaz término de Pierre-André Taguieff, el que conduce a la omnipotencia del capitalismo mundializado. La vuelta de una conciencia colectiva centrada en la nación bastará para transformar al tigre de la mundialización en un gato doméstico totalmente aceptable". Este análisis lleva al autor a ver en el librecambismo el mecanismo fundamental de la destrucción de las solidaridades y de todo sentimiento de pertenencia colectiva, es decir, de "toda estructura de eternidad que define a un grupo capaz de perpetuarse más allá de la vida individual", y sin la cual el individuo queda aislado en su miedo, el de su propia e ineluctable desaparición. La argumentación de Emmanuel Todd se ha ridiculizado o silenciado en la mayoría de los media que han informado sobre su libro: el librecambio, credo central del ultraliberalismo, no se discute en Francia, mientras que en Estados Unidos, por ejemplo, es objeto de vivos debates intelectuales entre los economistas. En ese lado del Atlántico, basta con denunciar el "proteccionismo" para zanjar cualquier discusión. Se comprenden las razones de ese juego de manos: no sólo el librecambio no aumenta la riqueza global del mundo, sino que constituye el principal motor del crecimiento de las desigualdades en el propio seno de las naciones. El razonamiento se apoya en multitud de trabajos universitarios norteamericanos y puede resumirse sumariamente así: el librecambio, basado en un mercado planetario único del trabajo y del capital, hace converger los salarios y los beneficios del capital hacia una media mundial. En este sentido, "en los países desarrollados, los salarios de los individuos débilmente cualificados, puestos en competencia con la mano de obra ilimitada del Tercer Mundo, van a bajar, los de los trabajadores fuertemente cualificados, raros a escala mundial, van a aumentar, así como la remuneración relativa del capital; otra rareza en un planeta con fuerte crecimiento demográfico". Emmanuel Todd no prosigue el razonamiento, pero podemos hacerlo en su lugar: los trabajadores no-cualificados del Sur siempre encontrarán a otros trabajadores no-cualificados dispuestos a ocupar su puesto. Pese a que el librecambio produce ganadores, que celebran sus logros, constituye empero un juego de suma negativa para la inmensa mayoría de los trabajadores, así como, por lo demás, para las empresas, Efectivamente, estas últimas, en virtud de la desconexión geográfica, cultural y psicológica entre la oferta y la demanda inducida por el librecambio, se hallan en "un universo económico en el cual el empresario ya no tiene el sentimiento de contribuir, por los salarios que distribuye, a la formación de una demanda global a escala nacional". Y la adición de compresiones nacionales de esta demanda no puede tener como resultado, evidentemente, un aumento de la demanda mundial. En adelante, frente a la superproducción, principal característica de la actual crisis asiática (5), las empresas están dispuestas a todo, no ya para obtener beneficios sino sencillamente para sobrevivir. De ahí la necesidad de un retorno al proteccionismo para garantizar el mantenimiento de las protecciones sociales, de los servicios públicos, de las infraestructuras materiales y de los sistemas educativos, bien entendido, precisa el autor, que "una economía protegida en el plano exterior puede seguir siendo liberal y competitiva en el plano interior". Pero semejante paso "presupone una concepción de la colectividad y de la legalidad" y "no se puede dejar de lado a la nación". Denis Collin llega a una conclusión idéntica, a partir de un recorrido minucioso, en La Fin du travail et la mondialisation (6), pero esta vez desde un punto de vista marxista que no es el de Emmanuel Todd: "Defender la democracia y la libertad de los pueblos supone, pues, una defensa de la forma de nación, por desagradable que pueda parecer a aquellos de nosotros que han sido educados en el espíritu del "internacionalismo proletario" o de una fraternidad sin fronteras (...) Sin duda, las naciones no son eternas: nacen, se desarrollan y mueren; pero el hecho nacional en sí mismo me parece eternamente indisociable de la constitución de la sociedad humana como sociedad política". Hay que acabar con otro tópico: la idea de que lo nacional, la nación constituyen "dobleces", que mundialización y universalidad son una misma cosa. En una obra particularmente acertada sobre la guerra económica (7), Philippe Labarde y Bernard Maris condenan esta amalgama. Advierten que la mundialización entraña simultáneamente la uniformización cultural del mundo (Coca Cola, MacDonald's, etc.) y la compartimentación de los seres humanos, "ya que el mercado mundial exige la guerra entre cada nivel socio-profesional (campesinos, funcionarios, cuadros intermedios, jubilados, activos, etc.), entre cada ciudad (lo que es bueno para Flins no es bueno para Vilvorde), (ciudades en disputa por asentamientos industriales. N. del T.), entre las regiones, las razas, los sexos...". Inseguridad generalizada, guerra de todos contra todos, desigualdades crecientes, trivialización cultural, pérdida de todos los marcos de referencia, soledad en medio de la multitud: el balance provisional de la mundialización, bajo la égida del capitalismo planetario y en su exclusivo provecho, no debiera prestarse a discusión. No es este el caso, sin embargo, a juzgar por la marejada mediática. ¿Cómo explicarlo? Emmanuel Todd trata de hacerlo al señalar que la ceguera de que dan prueba, contra toda evidencia, las clases superiores europeas "tan desorientadas como las de los años treinta" no obedece sólo a intereses materiales. Hay que buscarla fuera de la esfera económica: "Debemos admitir la existencia, en el corazón del ser humano, de un programa de negación de la realidad, capaz de generar la ilusión necesaria para vivir". En esas condiciones, cuando el grupo la nación es borrado, "el individuo llega a la evidencia central, intolerable. El programa humano de huida de la realidad entra en acción. Fuera de las creencias colectivas, el largo plazo ya no tiene sentido. Puede instalarse una preferencia por el corto plazo, de los hombres, de las sociedades y de las economías". Aparte de la nación, "idea simple" pero que admite Yves Lacoste, pudo ser peligrosa, "creencia colectiva razonable", dice Emmanuel Todd ¿qué recurso subsiste frente a la barbarie de la mundialización? Mañana, ¿tal vez Europa? Pero, desde luego, no la de Maastricht ni del Banco central. ---------------- (1) Esas tres fórmulas son utilizadas por Alain Minc en su ensayo La Mondialisation heureuse, Plon, París, 1997. (2) Yves Lacoste, Vive la nation. Destin d'une idée géopolitique, Fayard, París, 1997. (3) Pierre-André Taguieff, "Du Front national", Le Banquet, París, nº 10, primer semestre de 1997. Esta idea fue desarrollada previamente en Les Fins de l'anti-racisme, Michalon, París, 1995. (4) Emmanuel Todd, L'Illusion économique. Essai sur la stagnation des socétés développées, Gallimard, París, 1998. (5) Léase François Chesnais, "Acumulación de operaciones dudosas en el sistema bancario internacional", Le Monde diplomatique, edición española, febrero de 1998. (6) Denis Collin, La Fin du travail et la mondialisation. Idéologie et réalité sociale, L'Harmattan, París, 1997. (7) Philippe Labarde y Bernard Maris, Ah Dieu! que la guerre économique est jolie!, Albin Michel, París, 1998.
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