El matrimonio: otra guillotina de la libertad (1)
 
            Cuando eres niño/a, la gente te pregunta en broma si ya tienes novia/o. Cuando eres adulto te preguntan cuándo te vas a casar o te recomiendan que lo hagas porque te hace falta.
            ¡Como si los demás supieran lo que yo necesito!. Ellos necesitan lo que todo el mundo. Pierden su identidad. Uno más del rebaño.
            Quienes te aconsejan la opción del matrimonio te plantean la alternativa: matrimonio o soledad. Pero esto es una emboscada para atraparte entre las líneas de un contrato matrimonial. Se “olvidan” de que cualquier cónyuge puede quedarse solo por defunción, separación o divorcio del otro cónyuge, con lo que el problema de la soledad, volvería a presentarse de nuevo. Pero es que tropezar en casa siempre con la misma persona te hace añorar la soledad, sino que se lo digan a los/as “Rodríguez”.
            Por otro lado, desde el matrimonio, las relaciones con los amigos del otro sexo, prácticamente desaparecen para evitar infidelidades y discrepancias. Según las costumbres actuales mayoritarias, si alguien me ama, no puede amar simultáneamente a otro/a. Es el principio de identidad de la lógica aristotélica aplicado a las relaciones afectivas. Una lógica distinta podría afirmar lo contrario. Cuestión de lógica.
            Una cierta dosis de soledad es necesaria para desarrollar nuestras propias capacidades. Pero nada obliga a quien no se casa a vivir siempre solo. Puede vivir en comunidad, en comuna o con otra persona con quien le une un vínculo afectivo y/o profesional sin precisar la duración y, permitiendo, las relaciones del otro con cualquier otra persona. Ninguna ley impide estas relaciones pero, la opinión pública, no te comprenderá y puede perjudicar a los disidentes.
            La Opinión Pública es una AUTORIDAD que hoy empapa numerosas relaciones humanas. Es de sentido común; es la opinión mayoritaria del rebaño humano. Se difunde por los medios de comunicación de masas y de persona a persona. Para ella, casarse es signo de madurez y formar una familia algo casi inevitable para una persona en su sano juicio.
            Para favorecer la comunicación directa, para combatir la soledad que se incrementa por momentos, la familia como institución debe desaparecer.
            Para generalizar la autogestión y la participación asamblearia, la familia que educa para mandar y obedecer, es un obstáculo.
            La dependencia, el dominio, el futuro previsible, los celos, el aburrimiento y la monotonía acompañan la marcha nupcial con sus acordes gélidos.
            Por eso no me caso.
 
            (1) Gerardo Fernández. Aparecido en el boletín nº3 de la Asociación Antipatriarcal.

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-((7S.7MI)).- Maiatzak 22. 23 de Mayo.