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Los peligros de Darwin y Berlusconi
Por Leonardo Moledo



Este Berlusconi, verdaderamente es una maravilla; lástima que sea primer
ministro de Italia, pero si no, sería perfecto: prohibir la teoría de Darwin
para menores de 14 años es algo que requiere, por cierto, audacia e
imaginación (además de ignorancia, estupidez y brutalidad). Pero lo cierto
es que por fin alguien se atreve a arrancar a los pobres párvulos de las
garras de Darwin e introducir el relato bíblico, costillas y manzanas
incluidas (que, de paso, previene a los tiernos infantes sobre los peligros
del conocimiento).
Por cierto, el buen Berlusconi no fue el primero. En 1928, en los Estados
Unidos, durante el famoso Juicio del Mono, un maestro de escuela, John
Thomas Scopes, fue condenado por enseñar la teoría de la evolución en un
juicio realmente memorable. Por la acusación actuó Bryant, varias veces
candidato a la presidencia de los Estados Unidos, que defendió la
literalidad de la Biblia y sostuvo que el mundo había sido creado en el año
4315 a. de C., a las seis de la tarde ("¿hora del Este u hora del Oeste?",
preguntó el defensor, Darrow). La obra de teatro Heredarás el viento,
llevada al cine en varias versiones da cuenta del jocoso espectáculo, que
fue uno de los primeros juicios transmitidos por radio en los Estados
Unidos. El ex presidente norteamericano Reagan (actualmente con Alzheimer)
dijo, en sus buenas épocas, "tener sus dudas" sobre el darwinismo. Hace no
mucho, un estado norteamericano aprobó una ley según la cual no se podía
preguntar en los exámenes sobre el tema, y los fundamentalistas cristianos
(muchos de los cuales contribuyeron a llevar a George Bush a la presidencia)
insisten en que se enseñe la teoría bíblica en lugar del darwinismo, o por
lo menos en un pie de igualdad, ya que en última instancia se trata de
"discursos equivalentes" (en lo cual coinciden, notablemente, con corrientes
posmo que se tildan de progresistas. Otra de las buenas cosas que tiene la
medida de Berlusconi es poner en negro sobre blanco la relación de la
derecha con la ciencia y mostrar el riesgoso camino que toman ciertas
corrientes progresistas que desconfían de lo científico y lo racional).
Cuando en la Argentina se reformaron los Contenidos Básicos Comunes, el
entonces presidente Menem, por presión del evolucionado monseñor Quarracino,
debió interrumpir su diaria lectura de Sócrates para indicar al entonces
ministro de Educación Jorge Rodríguez que se sacara de los CBC toda mención
a Darwin o Lamarck. El papa Juan Pablo II, en una muestra de delicada
actualidad (y debilidad), por su parte señaló que "los nuevos conocimientos
conducen a reconocer en la teoría de la evolución algo más que una
hipótesis". Según dijo Letizia Moratti, ministra de Educación italiana, la
juventud no puede exponerse desde tan temprano a una cosa tan brutal como el
darwinismo.
Sabias palabras. Al fin y al cabo, la historia de la creación bíblica exhibe
una amplia panoplia educativa, didáctica y dulce: enseña los días de la
semana, estimula la artesanía y el trabajo manual (amasado del barro), la
práctica vocal (soplido para dar vida, utilísimo para quienes vayan a
estudiar instrumentos de viento), una primera aproximación anatómica (la
costilla), avances zoológicos (la serpiente) y botánicos (la manzana) y una
explicación muy a la moda de la peligrosidad, maldad y -¿por qué no?-
inferioridad de las mujeres. Sin hablar de las condenas, y el fuego eterno
(hace muy poco, de paso, la Cámara de Diputados italiana propuso un proyecto
de ley que establece que la tortura no es tortura si se la practica una sola
vez. Las torturas infernales que, aunque eternas, se aplican una sola vez,
¿son entonces torturas?). ¿Hay alguna manera mejor de preparar las mentes de
los niños?
La teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin en su libro El Origen
de las Especies en 1859, en cambio, establece que todos los organismos
vivos, sin ninguna excepción, descienden de formas de vida anteriores por
"selección natural", esto es, mediante la lucha por la supervivencia y la
capacidad de transmitir los rasgos adaptativos a su descendencia. Así, el
hombre y el chimpancé tienen un antepasado común; también el hombre y la
rata, por caso. ¿Se puede corromper de esta manera a mentes puras de 14
años? Pero además, la evolución requiere de la reproducción sexual, y de la
lucha por la vida, el alimento y la pareja: ¿es justo que los jóvenes
italianos deban exponerse a esa historia de pornografía y violencia? ¿No
están precisamente allí las raíces de tantos males modernos? ¿Suspender la
enseñanza del darwinismo no es acaso una manera sencilla de terminar con la
delincuencia, la violencia, la droga, el terrorismo, la homosexualidad, y ya
que estamos, con la inmigración ilegal y la inseguridad? ¿No es más práctico
que bajar la edad de imputabilidad?
Lo único reprochable de estas medidas es su cortedad. Parece verdaderamente
ridículo prohibir la teoría de Darwin y no la de Copérnico, o la de Newton,
la de Pasteur o la de Einstein, que son igualmente perniciosas para la
juventud. Si no se prohíben rápidamente estas últimas, se podría pensar que
Berlusconi tiene miedo de que, a la luz del darwinismo, se lo considere
entre lo que suele llamarse "testimonios vivientes de la evolución",
verdaderos "fósiles vivientes"; ejemplares vivos que prueban el darwinismo,
ya que han permanecido, por algún azar, sin evolucionar y están igual que
hace millones de años, conservando rasgos que han desaparecido en la mayoría
de sus congéneres. Los hay entre los moluscos, entre los reptiles, y ahora,
parece, entre los primeros ministros.

Buenos Aires 29 abril 2004