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Sábado,
17 de Febrero de 2007
HERMÓGENES DOMINGO TASCÓN
POCAS O NINGUNA son las firmas de columnas en la prensa
diaria o semanal que se hayan sustraído a tratar con su
pluma el problema del maltrato a las mujeres. Salvo
opiniones a favor, las hay para todos los gustos, pero en
general muestran rechazo a esos comportamientos, como ocurre
también en el resto de la población. Las diferencias emergen
al examinar los argumentos que se esgrimen para ofrecer
explicaciones y soluciones al problema. En no pocas
ocasiones se observan, bajo opiniones aparentemente
sensatas, prejuicios y falsos mitos sobre las relaciones de
pareja. Y no son descuidos. Se trata de supuestos o
creencias que solemos dar como válidas porque así figuran en
la conciencia social y nos han sido transmitidas durante
años de socialización y siglos de historia, persistiendo a
pesar de su demostrada falsedad. Buena parte de ellas son
conocidas como falacias viriles cuya función es reforzar las
relaciones de dominio-sumisión entre hombres y mujeres.
Tanta es su fortaleza que hasta logran seducir no pocas
mentes cuyo nivel cultural haría suponer lo contrario.
Conocida la sustancia de los mitos, éstos implican riesgos
añadidos en el ámbito de las relaciones de pareja. No
debemos olvidar que afectan a la forma en que nos vemos y
relacionamos hombres y mujeres, en demasiados casos con
resultados de maltrato e incluso muerte de éstas.
Pero mejor que con abstracciones podemos descender a la
realidad concreta para apreciar lo que aquí se quiere
denunciar y desmontar. Algunas citas de una columna de
opinión publicada hace varias semanas, precisamente con el
título «Malos tratos», permitirán comprobar cómo se utilizan
falsos mitos para urdir explicaciones realmente engañosas
que pueden pasar por sesudas.
Comenzaremos por una referencia a la baja repercusión social
que parece tener el problema del maltrato a las mujeres. El
texto de opinión indicado citaba una de las causas: la
insensibilización provocada por noticias reiteradas sobre
maltratos. A ello habría que añadir el tratamiento morboso
que frecuentemente reciben en los medios. Un factor clave y
que suele pasar desapercibido son los apelativos utilizados
para este tipo de violencia, como doméstica o de género.
Ambos desenfocan el problema real. En el primer caso se
reduce al ámbito de lo privado, cotidiano y poco importante.
El calificativo «de género» es inespecífico e induce a
equiparar la violencia hacia las mujeres con la de sentido
inverso, lo cual es un error muy extendido, pero no
inocente. ¿Por qué no llamarla por lo que es?: violencia
machista o sexista. El texto indicaba, gratuitamente, q ue
nadie se ha preocupado por el origen de estas formas de
violencia. Pues nada menos cierto. Son muchas las
investigaciones realizadas sobre la violencia en general y
hacia las mujeres en particular. La bibliografía es extensa,
como también las causas, y todas tienen raíces en el sistema
patriarcal vigente en nuestra sociedad. ¿Quiénes, pues,
mejor que los hombres podríamos poner remedio? Sería ya un
gran paso levantar nuestra voz contra la violencia de
nuestros semejantes, porque el silencio nos hace cómplices.
Planteando soluciones, el autor del texto adoptaba una
perspectiva del todo conservadora, con una interpretación
idílica de la familia y el matrimonio como formas históricas
de convivencia. Sin embargo le fallaba la memoria, pues la
realidad social nunca ha sido esa.
Detrás de ambas instituciones ha estado siempre el
patriarcado, y eso significa poder del varón y subordinación
de la mujer. El respeto en ellas nunca se ha aplicado por
igual, sino privilegiando al primero. De modo que si, como
indicaba el autor, esas instituciones permitieron «ver en el
otro a una criatura sagrada aureolada de dignidad, libertad
y nobleza», no cabe decir lo mismo para «la otra». Ya sería
deseable un progreso hacia relaciones basadas en dichos
valores, que son también derechos humanos básicos, pero la
memoria nos dice que no los encontraremos mirando al pasado.
Quedan para el final los mitos más peligrosos. El primero
afirma que «un hombre empieza a pegar a su pareja cuando ha
dejado de quererla». Los estudios lo desmienten y apuntan
que un hombre maltrata a su pareja cuando cree que tiene
algún derecho o poder sobre ella y advierte que puede
perderlo, recurriendo entonces a la violencia para restaurar
la situación. El maltratador no es un perturbado; lleva
hasta el límite una pauta bien aprendida en el sistema
patriarcal sobre cómo debe tratar a «su» mujer, que¿, por
cierto, ¡no es suya!. Si además creemos que cuando ceden los
afectos «es natural que surja la violencia», ya tenemos el
cóctel que permite comprender y hasta justificar a quienes
matan a su pareja porque la relación se ha roto o porque ya
no la quieren. ¿Verdad que esto nos suena? Desgraciadamente
sí, más de una vez por semana hay hombres en nuestro país
que lo ejecutan al pie de la letra.
Por supuesto, debemos suponer que amparar o animar
comportamientos violentos no es la intención de quienes
manifiestan su opinión en los medios. Sin embargo, las
creencias que manejamos y el lenguaje con que se expresan
pueden llevar una carga mortífera dependiendo de dónde y
ante quién se emplean. No olvidemos que los medios de
comunicación son creadores de opinión y por ello es tan
importante el papel que pueden jugar en la resolución del
problema social que supone la violencia machista.
Publicado como Tribuna en
DIARIO DE LEÓN (Sábado, 17 de Febrero de 2007) |