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Lunes,
8 de Agosto de 2005
ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ
Aparece como una noticia importante en la edición del Bierzo
del Diario de León que «catorce mujeres han comenzaron en
Ponferrada un curso de boxeo». Cada persona es libre de
apuntarse a los cursos que quiera. Mi estupor no tiene nada
que ver con estas catorce jóvenes.
Mi estupor tiene que ver con quien ha tenido la idea de
promover esto como una actividad «contra la discriminación
de sexos» dentro del Segundo Plan de Igualdad del Consejo
Comarcal del Bierzo. Creo sinceramente que el Consejo
Comarcal debería replantearse la finalidad de ese curso.
Mi estupor tiene también que ver con el énfasis que pone y
la visión que sobre la igualdad tiene la responsable del
reportaje que aparece en el Diario de León, el sábado 30 de
julio de 2005, sobre este tema: «golpes directos contra el
machismo y ganchos perfectos contra la discriminación
sexual». «Sin bajar la guardia, catorce mujeres bercianas
acaban de emprender una lucha con un curso de boxeo para
defender la igualdad de condiciones entre hombres y
mujeres». «Las jóvenes bercianas interpretan en el mundo
real el papel de jóvenes luchadoras inmersas en fuerza y
voluntad para equipararse al sexo opuesto». «El Consejo
Comarcal del Bierzo ha trasladado el conflicto
discriminatorio a la esfera deportiva, un terreno olvidado
en políticas de igualdad». «Así, se brinda una oportunidad
para demostrar que no existen barreras sexuales en la
práctica de deportes tradicionalmente masculinos». Y tiene
que ver con el «humor gráfico» que le acompaña en un
contexto que se relaciona muy directamente con la violencia
machista.
Las estrategias de igualdad no son aquellas que proponen a
las mujeres igualarse en el machismo con los hombres. Es
hora ya de que los hombres empecemos a cambiar. De que
dejemos de concebir la igualdad como una calle de dirección
única en la que las mujeres tienen que aprender a ser como
los hombres. Es mejor que no aprendan a imitarnos. Tal como
denuncia Michael Moore (2003): «¿A cuántas mujeres se les ha
ocurrido exterminar a una raza entera? ¿Cuántas mujeres han
vertido petróleo en los océanos, agregado toxinas a nuestros
alimentos o insistido en que los deportivos utilitarios sean
cada vez más grandes? De las 816 especies vitales para el
ecosistema que se han extinguido desde que Colón se extravió
y apareció por aquí, ¿cuántas creen que fueron liquidadas
por mujeres? Todos sabemos la respuesta», dice. ¿Es este el
modelo que han de imitar las mujeres para parecerse a los
hombres?
¿Y si los hombres somos los que nos planteamos cambiar?
Aprender a concebir el mundo desde la perspectiva de la
cultura femenina. Desde la ternura, el afecto, el cuidado,
la comunicación y la solidaridad. «Ellas continuaron
alumbrando vida, mientras nosotros seguíamos destruyéndola
siempre que podíamos», sigue diciendo este autor. Las
mujeres llevan años, y siglos, reflexionando sobre su
condición y la situación vital en la que viven. Pero ¿cuándo
vamos a reflexionar nosotros?
Es necesario que se produzcan cambios en la idea de qué es
ser hombre. Hay que iniciar la deconstrucción de lo que se
entiende como masculinidad, igual que se ha hecho y se
continúa haciendo con lo que se entiende con feminidad en
sentido tradicional. Los hombres como grupo, debido a
nuestra posición de dominio, no analizamos nuestras formas
de comportamiento, nuestras reacciones y formas de actuar y
tendemos a pensar que nuestra forma de actuar, como el
boxeo, es la natural, la que corresponde, por lo que somos
más reacios al cambio. Ni siquiera nos lo hemos planteado. Y
pocos son los talleres que se vienen planteando en este
sentido. Aunque cuando se han hecho han tenido bastante
éxito, a juicio de quienes los han organizado.
Si en vez de dirigir sólo las acciones formativas y de
sensibilización hacia las mujeres las dirigiéramos más hacia
los hombres, que son los que realmente tenemos que cambiar,
quizá las cosas empezaran a funcionar mejor. Porque ya hemos
visto muchos cursos, mucha formación a la que asisten de
forma invariable las mujeres, mientras muchos hombres se
quedan en los bares jugando la partida. ¿Y si nos atrevemos
a llevar «la formación al monte», ya que «el monte no quiere
ir a la formación», es decir, a los sitios ocupados
«tradicionalmente» por los hombres?
Por supuesto que «no hay deportes de hombres y deportes de
mujeres, ambos pueden ser practicados con independencia del
sexo» como se explica en el artículo. Lo que se trata es de
si, para promover la igualdad, la política adecuada es
enseñar a las mujeres a actuar y entrenarse de acuerdo con
los comportamientos y la cultura machista que se viene
cuestionando desde hace años y que es una de las raíces y de
las causas de que haya tantas mujeres asesinadas por esa
violencia cultivada con tanto esmero en dicha cultura
machista. ¿C ómo es posible que diversas asociaciones y
colectivos se estén manifestando todos los lunes a las ocho
de la tarde en Ponferrada contra la violencia machista cada
vez que una mujer es asesinada por un hombre y a la vez se
promocione como forma de educar en la igualdad la exhibición
de la agresión y la violencia?. ¿Es así como enseñaremos a
nuestros hijos e hijas a resolver los conflictos? ¿Cómo
vamos a educar en la igualdad en los colegios y enseña r a
nuestro alumnado a convivir y a resolver los problemas
pacífica y cooperativamente si se nos pone como modelo y
ejemplo de igualdad la agresión gratuita?
Porque no olvidemos que este llamado «deporte» no es
únicamente una competición. Lo importante de él es la
exhibición que conlleva. El mostrar ante los espectadores -y
algunas espectadoras- la agresión entre dos seres humanos,
hasta que uno de ellos o ellas es derribado y destrozado.
¿Es así como se propone el Consejo Comarcal del Bierzo
potenciar la igualdad?
Los chicos hemos sido socializados y educados en una cultura
violenta de una magnitud sin precedentes. ¿Queremos ahora
incorporar a las chicas a esta cultura? Los niños nacemos
con capacidad para expresar nuestras emociones pero se nos
socializa fuera de ellas o se nos enseña a expresar la
ternura a través de la rudeza, (apretones de mano, palmadas
en la espalda, exigencia,...). Nos han enseñado a no llorar
y a pelear: «quien da primero, da dos veces», sentenciaban
los más viejos de mi clase.
Termino con una cita que me parece significativa de lo que
he pretendido transmitir con este escrito: «¿Por qué no nos
hacemos a un lado y les cedemos el puesto a ellas para que
dirijan el mundo? Ya sé que usted es un paleto reaccionario
que no quiere ver mandar a las mujeres. Pero si dejáramos
que fueran ellas quienes se preocupen de construir una
planta nuclear en Bahrein o de declarar la guerra a China o
de decidir si las transmisiones de fútbol son de interés
general, viviríamos ocho años más. Pues, hala, a callar»
(Moore, 2003, 149). Pero, por favor, que no se dedique el
dinero de los contribuyentes y las contribuyentes a enseñar
a las mujeres también a pegar más alto, más fuerte y más
duro.
No integremos a las mujeres, creyendo trabajar por la
igualdad, en la masculinidad dominante, que aplasta la
humanidad de la gente. Los niños y las niñas lo que
necesitan, por el contrario, son modelos más positivos,
sanos e integrales en los hombres con quienes comparten su
hogar y sus comunidades; modelos que les permitan un
desarrollo cimentado en la equidad, la libertad y la
esperanza. Si no podemos darles, hoy y aquí, la sociedad que
necesitan y merecen, debemos al menos intentar ofrecerles
modelos de conducta que reflejen nuestro compromiso con el
cambio y con la paz, para que les sea menos difícil afrontar
la segregación, la inseguridad y la violencia que, de hecho,
les estamos legando en herencia si seguimos por este camino.
Publicado como Tribuna en
DIARIO DE LEÓN (Lunes, 8 de agosto de 2005) |