
RUFINO ALMEIDA
CONSECUENTES
Este texto se publicó en el diario "La Opinión", de Trenque Lauquen, provincia de Buenos Aires, el 5 de mayo de 2003. El autor es miembro y escribe en nombre de la Asociación Argentina de ex Detenidos Desaparecidos.
Cuando la desgracia parece interminable ante el poder y la impunidad, los pasos avanzados por los que luchan se declaman desandados por aquellos que siempre miran de afuera y analizan la vida desde la idea. Según los "puros", todo se derrumba ante la perfección que otorga la ciencia política, o la ciencia a secas. Como si la verdad fuera única y positiva. Como si la muerte y los asesinos fueran siempre ajenos, y ellos no portaran la peste.
La dictadura, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde y mañana posiblemente Kirtchner son nombres que indican el proceso histórico en la Argentina. Dueños del dolor, la represión, la muerte, la entrega, la injusticia, el hambre, sin embargo no nos son ajenos. Su poder como su impunidad crecen en tanto abandonamos la lucha, bajamos los brazos cotidianos y pretendemos olvidar.
Treinta mil desaparecidos y muchísimos argentinos más, lo supimos y lo sabemos. No nos vanagloriamos por saber, sino por tener el corazón y la voluntad del maestro. Cuando esta "bella profesión" que es pretender vivir con justicia también es arriesgar la vida.
Muy poco se juega en una elección, mientras todo se pierde o se realiza día a día, según seamos consecuentes.
Quizás por eso, podamos compartir hoy esta pieza que publicó la página web Pimienta Negra.
En 1947, Albert Camus publicó "La peste". Más de medio siglo después, a pesar de todo, los problemas básicos del hombre continúan siendo los mismos. La peste es otra, pero la batalla se plantea en iguales términos. Reproducimos aquí un fragmento clave. Traducción: Rosa Chacel, EDHASA, 1990.
Los que se dedicaron a los equipos sanitarios no tuvieron gran mérito al hacerlo, pues sabían que era lo único que quedaba, y no decidirse a ello hubiera sido lo increíble. Esos equipos ayudaron a nuestros conciudadanos a entrar en la peste más a fondo y los persuadieron en parte de que, puesto que la enfermedad estaba allí, había que hacer lo necesario para luchar contra ella. Al convertirse la peste en el deber de unos cuantos se la llegó a ver realmente como lo que era, esto es, cosa de todos.
Esto está bien; pero nadie felicita a un maestro por enseñar que dos y dos son cuatro. Se le felicita, acaso, por haber elegido tan bella profesión. Digamos, pues, que era loable que Tarrou y otros se hubieran decidido a demostrar que dos y dos son cuatro, en vez de lo contrario, pero digamos también que esta buena voluntad les era común con el maestro, con todos los que tienen un corazón semejante al del maestro y que para honor del hombre son más numerosos de lo que se cree; tal es, al menos, la convicción del cronista. Éste se da muy bien cuenta, por otra parte, de la objeción que pueden hacerle: esos hombres arriesgan la vida. Pero hay siempre un momento en la historia en el que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro está condenado a muerte. Bien lo sabe el maestro. Y la cuestión no es saber cuál será el castigo o la recompensa que aguarda a ese razonamiento. La cuestión es saber si dos y dos son cuatro. Aquellos de nuestros conciudadanos que arriesgaban entonces sus vidas, tenían que decidir si estaban o no en la peste y si había o no que luchar contra ella.
Muchos nuevos moralistas de nuestra ciudad iban diciendo que nada servía de nada y que había que ponerse de rodillas. Tarrou y Rieux y sus amigos podían responder esto o lo otro, pero la conclusión era siempre lo que ya se sabía: hay que luchar de tal o cual modo y no ponerse de rodillas. Toda la cuestión estaba en impedir que el mayor número de hombres muriese y conociese la separación definitiva. Para esto no hay más que un solo medio: combatir la peste. Esta verdad no era admirable: era sólo consecuente.