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El Regreso a Casa. Reflexión sobre los feminicidios en Ciudad Juárez.
A los integrantes de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, cuyas batallas nos permiten a todos tener aún una casa, un mundo posible a donde volver.
“Al contrario de lo que se piensa generalmente, la modernidad técnica no neutraliza nada, sino que hace resurgir una cierta forma de lo demoníaco. Ciertamente neutraliza también en la indiferencia y el tedio, pero por este motivo y precisamente en esta medida, convoca el retorno de lo demoníaco”
J. Derrida. Dar la muerte.
“…la otra posibilidad que tiene la voluntad en el tiempo que le deja su ser contra la muerte: la fundación de las instituciones en las que la voluntad, más allá de la muerte, asegura un mundo cuerdo, pero impersonal.”
E. Levinás. Totalidad e infinito.
I. La intervención.
A lo largo del año de 2004 y los primeros meses de 2005 Gabriel Araujo y yo tuvimos oportunidad de trabajar con la Organización No Gubernamental “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” en Ciudad Juárez, Chihuahua. Esta organización está constituida por familiares y amigos de algunas de las jóvenes asesinadas en esa entidad. Exigen justicia, se apoyan unos a otros solidariamente y claman por que no haya ni una mujer asesinada más.
En ese período, una vez al mes me reuní con los integrantes de ese grupo por un fin de semana cada vez, procurando apoyar el fortalecimiento de su organización mediante la reflexión ordenada sobre su contexto y sus experiencias. Durante el desarrollo de esos trabajos pude participar de un cierto clima social, pude compartir la profunda incertidumbre venida de la desconfianza en los modos de ser de lo jurídico, lo judicial, la “administración de justicia” y sobre todo, de la indiferencia del poder frente al dolor y la angustia de los desprotegidos.
Todas las estructuras gubernamentales devenidas de la necesidad de la ley y de su aplicación, con su calidad de instancias superiores de la sociedad – calidad tan brutalmente desmentida en los días que corren –, tienen una expresión particularmente conmocionante en su displicencia alrededor de los homicidios de mujeres en esta entidad fronteriza, crímenes visibilizados a través de la denuncia constante e infatigable de muchas mujeres y hombres que no han podido mantenerse al margen y en silencio ante el horror.
Al mismo tiempo, la organización en particular a la que aquí se hace referencia, es muestra de la potencia de la solidaridad humana y las tramas vinculares a las que da lugar aún en medio de la desgracia y para más, a causa de ella.
Así, como una primera reflexión respecto de lo compartido con sus integrantes, en el presente trabajo se abordan las aristas de una infamia en que la trasgresión, el dolor y el miedo convocan, desde la necesidad más apremiante de lo humano, a una creación de prácticas y discursos mediante los que la solidaridad y la insurrección hacen que vuelva desde la muerte un sentido posible para la vida, es decir, una casa, un mundo humano al cual volver.
II. Asesinato y Ley.
El mundo es creación humana, es trama vincular, es reconocimiento del otro, trascendencia de la inmediata finitud particular, por la institución cuya duración excede la personal existencia y cuya eficacia manifiesta la creación de sentido para la vida, que humaniza.
La institución primera es la institución de la sociedad misma (Castoriadis). Primera por su condición primordial, constitutiva de lo humano que se concreta en la proliferación de vínculos solamente posibles en la medida en que una autocontención del impulso es evidencia del reconocimiento de otro frente a mí. Autocontención que modula nuestras afecciones recíprocas mediante complejas tramas normativas que han de garantizar la sostenibilidad del mundo humano. Autocontención, freno que se me impone desde la ambigüedad identificación-diferenciación, mismidad-extrañeza, que me hace posible ser con el otro, desde el otro que me mira y a quien miro a la vez como mi igual y como ese que no soy, y cuya experiencia me es por fuerza enigmática, pero cuya existencia me es imprescindible para constituir mi propia presencia ante sus ojos.
Soporte fundamental para el sentido, para el quiebre de la experiencia monádica, indiferenciada, solipsista y caótica, prehumana, que precede a la palabra, al mundo de sentido, al entorno habitable, el otro me es imprescindible y la preservación de su vida constituye mi única posibilidad de sobrevivir.
La institución de la sociedad es entonces institución de Ley, como limitación, como exigencia de autolimitación, fuente de identidad y promesa de sentido para la existencia. No matarás es pues, el núcleo duro de toda ley, de todo fundamento para lo legal.
Así, una comunidad humana presupone la fuerza que obliga al cumplimiento de su ley, como única posibilidad para su existencia. La transgresión –siempre posible–, si se produce es anomalía execrable que sacude y amenaza toda la estructura regulativa aún compleja y contradictoria, que permite la existencia de lo social mismo. Luego, la indiferencia es por excelencia la reacción insoportable de frente a la transgresión y por la necesidad de preservación del mundo humano.
Si bien las leyes en lo particular son configuraciones específicas y transitorias en la medida en que son históricas, esta condición expresa justamente la capacidad, la aptitud de cada sociedad para instituir un modo de ser particular, un mundo que le es propio, que es su hogar, su casa. Su propia transformación y la capacidad de abrogar y prescindir de ciertas modalidades de la regulación, en nada se parece a la violación de lo instituido, sino por el contrario, proviene del apremio por instituir, de la pulsión de significar, de la recreación permanente del mundo, de un mundo que es desde el impulso ético esencialmente mundo para los otros, para los sujetos de ahora y del porvenir y desde allí, es institución dativa incondicionalmente, extremo de la eticidad que supone la necesidad de crear mundos mejores cuya concreción no estará al alcance de esta sociedad instituyente, sino que trasciende en su duración el breve fragmento del Tiempo, en que transcurre una vida, la vida de una generación.
Pero ello no implica que toda ley particular sea a su vez legítima, sino que de hecho, muchas de ellas carezcan de legitimidad por cuanto se apartan de su fundamento y simulando ser leyes, son custodias de intereses particulares que abandonan el horizonte de la comunidad humana, de la justicia. En el campo de la ley, se desarrollan múltiples y desgarradoras batallas de la Ley contra las leyes emanadas del interés y la conveniencia de uno que se ha olvidado de los otros como su propio fundamento. Mediante esas batallas incesantes, se constituye mundo.
III. Nuestras hijas asesinadas.
En Ciudad Juárez, las autoridades –que carecen de autoridad en su sentido estricto, pues han perdido el respeto y el reconocimiento de su papel como garantes de la Ley y por ende, de la vida–, esas autoridades, es decir, las instancias gubernamentales organizadas en los tres poderes, reconocen el derecho a participar públicamente en la exigencia de justicia, de alto a la impunidad y de interlocución nacional e internacional, exclusivamente a los familiares consanguíneos directos de las mujeres asesinadas. Así, sostienen la improcedencia del derecho a participar públicamente de los amigos, los vecinos, las organizaciones solidarias, los demás, en los reclamos que les exigen el cumplimiento de su deber. Pero sobre todo, así militan cotidianamente en favor de la indiferencia de los demás, en la institución de una denegación perversa de los lazos que nos unen con otro ser humano y su desgracia, su reclamo de justicia, su necesidad de reconstruir el mundo abatido por la muerte cruel y violenta.
Sin lograrlo, las instancias oficiales se esfuerzan por clasificar a los reclamantes legítimos y separarlos una y otra vez, de los inoportunos y los impertinentes, de los que nada tienen que hacer en el ágora desde donde se reclama justicia por y para las jovencitas muertas. Una y otra vez organizan listados y censos de los “afectados”, entre los que incluyen a veces a los viudos, a veces a los hijos, a veces a las madres, a veces a quienes se ocupan de los huérfanos.
Los demás, están de más, sobran, estorban, entorpecen, nada tienen que hacer allí. A los reconocidos se les exige presentarse a las reuniones a título personal y nunca “como organización”, so pena de quedar excluidos de las mesas de diálogo, de las concertaciones, de los informes oficiales, de los “apoyos”.
Para excluir, operación medular de la clasificación, se apela a insólitos datos como el lugar de aparición de los restos, la imputación a las muertas de actividades ilícitas o indecentes, o la ausencia de reclamantes. Excluyendo fingen disminuir la magnitud del horror y culpabilizan a las víctimas irrevocablemente ausentes. Ésta se lo buscó, la otra se lo merecía, ésta más no da el perfil. Con cada nueva forma de categorizar avanzan en la institución de la soledad individual como único modo de afrontar la trasgresión última de la Ley primera. Operan disolviendo vínculos, alimentando la sospecha, la desconfianza y la vergüenza. Explotando los sentimientos de culpa que atormentan a los sobrevivientes. Con argumentos banales y estremecedores, colocan la eficiencia como justificación para su modo de operar. “No se puede tratar con todos”. “Que pasen de uno en uno”. “Los demás no tienen relación con el caso”. “¿Usted es madre de víctima?” “¿Cuántas madres tiene en su organización?” “¿A quién representa usted?”
Los asesinatos de nuestras hijas son destrucción del mundo y futuro arrebatado. No son casos numerados en el expediente criminalístico. No son muertes anónimas de personas, que no conciernen a nadie sino a sus consanguíneos dolientes. Son disolución del mundo que es nuestra casa.
Estas niñas asesinadas, estas jovencitas muertas en el horror de la victimización más extrema, por cuanto no han tenido posibilidad de defenderse, son por necesidad nuestras hijas. Son nuestras, de todos, en un vínculo filial que viene de su juventud y de su porvenir trunco, de nuestro futuro como comunidad humana, jóvenes cuya desgracia nos involucra en una amenaza de suspensión de todo porvenir posible para nuestro mundo.
IV. La pobreza es pobreza de organización y no de bienes materiales.
Ciudad fronteriza, vecina inmediata de El Paso, de los Estados Unidos, Juárez ha resentido por décadas su condición de patio trasero, maquiladora barata, paso de emigrantes “ilegales”, paso de contrabando, paso de drogas. Pasar, devolverse, quedarse, signan modalidades del éxito y del fracaso. Asentamiento urbano que es depósito de autos en desuso, ubicación de diversiones riesgosas, de parrandas para gringos; dominio conocido de narcotraficantes, prefiguración de la debacle en la que se precipita nuestro país, Ciudad Juárez desborda desigualdades y miseria en todos sus rincones.
En Ciudad Juárez no se asesina a mujeres de la clase social económicamente poderosa. Se asesina a niñas que trabajan en las maquiladoras, a jóvenes desempleadas, a madres adolescentes, a estudiantes pobres. Sus muertes señalan un modo de categorizar, una clasificación de hecho, –de hecho brutal e inconmensurablemente violento–, una clasificación que las marca como indefensas. Se las puede matar porque están indefensas. Son víctimas porque son pobres y ser pobres es un modo de ser de la indefensión. Se expresa así una ligazón terrible de la escasez de bienes materiales con la indefensión y esta ligazón queda naturalizada como si fuera esencial y forzosa.
Sin embargo, su indefensión proviene de la ausencia de recursos organizativos para enfrentar el peligro, la corrupción y el silencio, de un modo distinto del hecho crudo de su pobreza material.
Y si pudiera relacionarse la indefensión con la pobreza, ello sería indefectiblemente por el hecho de que el silencio y la corrupción generalizados en la forma de la indiferencia por el destino del otro, constituyen la pobreza más desastrosa de nuestra sociedad y nuestro tiempo. La propia idea de pobreza material se sostiene con frecuencia en referencia a modalidades de consumo que dan lugar a parámetros de bienestar implicados en el desperdicio y el exceso, y extraños a la mayor parte de los seres humanos, además de ajenos a su aptitud para la dignidad, para la acción deliberada, para la alegría y el dolor.
Pero la relación que tejen las autoridades entre la pobreza y los asesinatos es otra cosa, es una relación pragmática y estratégica profundamente perversa. Intentan continuamente acallar a los familiares de las víctimas ofreciéndoles bienes materiales, con lo que introducen una separación de estas familias respecto de su entorno social, haciendo peligrar o quebrantando de hecho los vínculos solidarios o la posibilidad de su emergencia, ya de por sí debilitada.
Cada vez que la causa de las mujeres asesinadas alcanza la escena pública nacional o internacional con cierta fuerza, aparecen nuevos programas de “ayuda” con la intención de ofrecerles la ¡“reparación del daño”!. Reparación que no es sino la proliferación del daño, por el olvido de la justicia y la destrucción de la Ley.
Un pie de casa, becas para los huérfanos, una cantidad mensual en efectivo a las madres que eran abuelas y ahora enfrentan fatigadas, la crianza de los niños huérfanos. Cuando las familias aceptan los apoyos, son acusadas públicamente de lucrar con su dolor y su desgracia.
Es preciso comprender que no son estos bienes materiales en sí los que corrompen las tramas vinculares, sino el contexto creado para colocarlos como mordaza, como atención privilegiada de circunstancias de miseria que no se atienden a menos que uno tenga una asesinada en su currículum familiar y que alguna coyuntura efímera obligue a ofrecer algo que no sea la determinación en favor de la justicia y contra el crimen. Canto de sirenas en donde se debilitan los procesos colectivos, hipnotizan y comprometen a quienes desde su aflicción tienen la autoridad y la fuerza para demandar la restitución de un mundo humano.
La prensa local dice denunciar los “beneficios” económicos que reciben las familias de las víctimas, en particular de quienes persisten en su reclamo ético y político de un alto a la depredación impune de las jóvenes juarenses. Y se desata la peste de la envidia. Los demás pobres, desesperados, acusan, sospechan, ponen distancia.
La compasión humana, la identificación con el dolor del otro, la voluntad de solidaridad se quebranta entre los indefensos y quedan, quedamos todos, cada vez más indefensos. Todos somos cada vez más pobres.
V. La herencia de las jóvenes muertas.
Heredamos de nuestros padres un mundo y con esa herencia, construimos otro mundo para nuestros hijos. Es posible, sin embargo, una desconcertante fractura de la secuencia temporal que configura mundo de generación en generación, un quiebre que se presenta con el acontecimiento terrible que es la muerte del hijo, de la hija. Con ella, el futuro se trastoca y aparece una herencia anómala que vuelve del hijo hacia los padres, con una potencia feroz por el dolor, por la imperiosa necesidad de reconstruir, por la experiencia de catástrofe que significa la cancelación repentina de una promesa de futuro. El hijo, la hija muerta, deviene ancestro.
El heredero perdido, simultáneamente a su condición filial de sucesor, ahora antecede, pues ha recorrido brutal y anticipadamente el camino de la finitud hecha desaparición irrevocable. El tiempo humano queda así dislocado, el futuro aparece imposible y convertido en pretérito. Como horizonte borrado, ciega de golpe el sentido del hacer humano.
En tanto comunidad engendramos generaciones nuevas que constituyen la experiencia anticipada del futuro, la potencia de ser en el mundo y del mundo mismo como entorno de acogida. Los hijos son la perseverancia hoy de la vida humana para mañana. Si el hijo era pues futuro, la herencia adviene entonces desde el futuro, con toda su capacidad de mandato, de interrogación y de promesa.
La herencia es el modo de la vuelta a casa. El regreso a casa de nuestras hijas asesinadas, es su herencia viva, modo espectral de presentificación que denuncia, anuncia, ofrece y reinstala un futuro posible en tanto la memoria mantenga viva la insurrección contra el silencio, la indiferencia, la impunidad ante la crueldad y la destrucción de mundo.
Pero ¿qué han heredado a sus padres estas hijas masacradas? La memoria del modo horrible de su muerte no forma parte de esa herencia pues esa memoria no es otra cosa que la huella de la infamia y como tal, no es capaz de producir sino estupor, culpa, parálisis y a lo sumo odio y deseo de venganza. En el trabajo del olvido que modela la memoria, los rasgos específicos del horror han de ser borrados, para preservar la memoria de la vida y lo que desde ella puede heredarse. Del horror ha de permanecer solamente la sombra, el perfil vago que no deja olvidar que la destrucción demencial es siempre posible.
Si bien, la muerte es condición para la herencia humana -no biogenética- no es lo que se hereda otra cosa sino lo que ha podido tener su lugar, su tiempo de creación y su forma, durante la vida.
Tangiblemente, algunas de estas jóvenes han heredado a sus padres, sus propios hijos. Nietos vueltos hijos. Pero las que no los tuvieron, dejan como herencia también esa posibilidad perdida, y el mundo que sería necesario crear para ellos. Con la memoria de su vida y la expresión alguna vez manifiesta de sus proyectos de hacer, reclaman herederos también para una prefiguración vital, para dirigir la vida en algún sentido. Heredaron también una nostalgia de volver a verlas, que se aparece en los rostros de las otras jóvenes que hoy viven y a las que hay que preservar a toda costa del destino aciago de nuestras hijas desaparecidas. Heredan a sus padres las tramas vinculares que las acogieron en su generación, los amigos, los novios, los vecinos que testifican su ausencia pero que testifican también sus gestos cotidianos, los rasgos particulares de su vitalidad. Pero sobre todo, heredan a sus padres una tarea, ahora incrementada, de construcción de un hogar para lo humano, creación que les correspondía y que han dejado pendiente pero irrenunciable.
Su herencia es interrogación hacia sus padres, es decir, a todos los que estupefactos les precedieron y les sobreviven; es decir, a todos nosotros. Interrogan sobre el desbocamiento de los modos de la destrucción y la crueldad, -tolerados en la indiferencia-, que convirtiéndolas en máquinas para el placer, la diversión macabra o la ira, cegó sus existencias. Reclaman un mundo en el que deje de aparecer la reiterada posibilidad de esta violencia. Su legado es una invocación de Ley.
VI. La organización solidaria y el reclamo ético de Justicia.
…no para un hacer justicia que se limitaría a sancionar, a restituir y a resolver en derecho, sino para la justicia como incalculabilidad del don…
J. Derrida. Espectros de Marx.
Cuando los cuerpos de estas jóvenes aparecieron, apareció el dolor inmenso y también la rabia, pero sobre todo, aparecieron la ternura y la solidaridad. Los vecinos, los amigos, los compañeros y en muchos casos, hombres y mujeres desconocidos, hicieron presencia, encendieron velas, llevaron flores, sirvieron café, marcharon, acompañaron, escribieron, abrazaron, sollozaron. La primera aparición de las hijas perdidas fue un abrazo doloroso que puso a unos cerca de otros.
A veces, esas cercanías ritmaron su aparición en constancias e insistencias que dieron lugar a grupos, que procurando organizarse reclamaron y siguen reclamando justicia. Todo reclamo de justicia es por necesidad un reclamo en colectivo, acompañado, pues aquello a lo que se apela es a la restitución del mundo habitable, a la reparación de la comunidad quebrantada. No puede reclamarse justicia en solitario. Ninguna justicia puede advenir como reparación del daño infligido a la persona, al individuo como un asunto que le concierne solo a él, a su pérdida, a su dolor particular. Nadie puede hacer que esas niñas regresen a la vida y se borre de ellas el sufrimiento al que fueron sometidas. Ni la tortura más terrible sobre los cuerpos y las vidas de sus victimarios operarían nunca una reparación que es imposible. Es más, en la venganza se propagaría el mismo mal que abatió esas vidas inocentes.
¿Cuál es entonces la justicia que puede reclamarse? ¿Cuál es la restitución posible?
Los funcionarios gubernamentales exhibidos frente a la opinión pública internacional, tasan el dolor de las familias afectadas y calculan la pretendida “reparación del daño” en una extraña negociación que por su propia naturaleza pisotea el más elemental sentido de la Justicia.
La única justicia posible es la que acoge la herencia de esas jóvenes en un reclamo pronunciado reiteradamente desde los miles de voces que en muchos rincones de la tierra entienden la justicia: ¡Ni una muerta más! porque entienden que hemos sido todos afectados personalmente por el quebrantamiento de la Ley que sostiene el mundo.
¿Qué razón de ser tendrían si no, las organizaciones que siguen actuando a pesar de su irreparable pérdida, a pesar de que nada de lo que se haga les devolverá la vida a nuestras hijas? En su reclamo, nos devuelven la vida a todos, el sentido de la vida para todos, que es la única forma posible para la vida humana.
El reclamo contra la impunidad así, actúa no desde el deseo de venganza, sino desde el deseo de responsabilidad. Todos aquellos que sostienen desde la corrupción y la indolencia la posibilidad de otro crimen, deben respondernos por su corrupción y su indolencia, deben quedar impedidos de alentar el progreso del odio y de la desaparición del mundo.
Estos personajes sin rostro, sin un rostro humano, depredadores de la existencia, por su parte ocupan su tiempo fabricando culpables y produciendo nuevas víctimas entre otros inocentes a los que mediante la tortura incriminan y procesan judicialmente, ayunos de todo sentido de justicia. Para su desconcierto, los amigos y familiares de estas nuevas víctimas se han unido a los deudos de nuestras hijas en el mismo clamor y han sido acogidos por éstos, en el seno de las mismas organizaciones que incansablemente reconstruyen nuestra casa.
Cuando los funcionarios gubernamentales les ofrecen dineros y bienes materiales pretenden silenciar la voz más noble de su lucha cotidiana, la que les permite salir del abatimiento paralizante y la que les da fuerza para la vida: la de la herencia que recibieron de sus hijas. Apuestan a corromper la generosidad con la que exponen cotidianamente sus vidas, sus honras, su tranquilidad. Así entienden los funcionarios la justicia. Como cálculo económico del dolor, como mentira, como venganza ejecutada contra el inocente. Ahí realizan la perversidad de sus simulacros, pretendiendo usurpar la justicia que restituye la posibilidad de vivir a quienes antecedimos y a quienes vendrán después de las muertes de estas jóvenes.
VIII. El regreso a casa es la vuelta al mundo humano, a la red o tejido social.
A los integrantes de “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” se les pregunta con frecuencia porqué han tomado ese nombre y porqué siguen sosteniéndolo. Cuando se autonombraron de esa manera como organización, sus hijas efectivamente estaban en calidad de desaparecidas y su lucha se orientaba por la esperanza de recuperarlas con vida. Cuando sus restos aparecieron, o cuando el tiempo debilitó la esperanza de hallarlas con vida y fue apareciendo un temor casi hecho certeza de su muerte, siguieron llamándose “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” y no cesaron en su lucha.
Hombres y mujeres cuya vida cotidiana se desenvolvía en las tareas de la supervivencia, del cuidado de sus familias y en su propio esparcimiento, que no se habían planteado la necesidad de participar activamente en la transformación de su sociedad, ni se habían involucrado en organizaciones sociales o civiles, con el asesinato o la desaparición de una joven a quien se hallaban vinculados se vieron de pronto lanzados a espacios públicos, a interlocuciones políticas, a entornos sociales en donde debían explicar una y otra vez su experiencia y su reflexión, su expectativa y su demanda, su esperanza y su exigencia.
Mujeres tímidas que nunca habían salido de su ciudad o de su pueblo, que nunca habían tomado la palabra fuera del círculo de sus íntimos, se vieron entonces viajando por el país y por el mundo llevando su testimonio y recogiendo las muestras de solidaridad y la respuesta activa de muchos otros a favor de sus causa. Aprendieron a construir los expedientes en los que se reúnen las pruebas que las autoridades se niegan a considerar en las investigaciones de los feminicidios y a documentar las pruebas de las ineptitudes y traiciones de los funcionarios encargados de las averiguaciones. Entraron en un universo que las llevó, a medida que su movimiento fue cobrando fuerza, a la posibilidad de apoyar ellas mismas a otras causas, de otros movimientos y otros reclamos. Sintieron por primera vez que son –como somos todos, muchas veces sin aceptarlo– responsables del mundo en que vivimos y de la necesidad de reconstruirlo a partir del anhelo de justicia. La muerte de sus hijas trajo la muerte de su indiferencia por el mundo.
Últimamente se va haciendo frecuente escuchar que hay ciudades con una tasa de feminicidios mayor que la de Ciudad Juárez. (Hay quienes consideran una buena idea tasar los asesinatos de mujeres). Estos discursos que pretenden borrar el horror normalizándolo, comienzan a toparse con que la ignominia de esas otras ciudades es su indiferencia cómplice o su miseria organizativa. Organizaciones sociales, amigos y familiares de esas mujeres asesinadas en la oscuridad del silencio, comienzan a ver en las organizaciones juarenses la inspiración sobre una vía posible para la dignificación de su dolor.
Nuestras hijas están de regreso a casa y en su regreso han vuelto a través de la herencia expresada en la memoria de sus vidas y en el modo inaceptable de sus muertes. Han vuelto desde el acontecimiento mismo de su asesinato convertidas en una exigencia de Ley y en una restitución del mundo como nuestra casa. Su regreso ha sido posible porque su herencia ha sido aceptada, acogida y honrada por las organizaciones que se constituyeron a partir de sus desapariciones, su regreso las hace nuestras hijas y hace del mundo nuevamente nuestra casa. Así, el nombre de esta organización que inicialmente expresaba una esperanza hecha exigencia, hoy parece el emblema de una potencia de creación que viene desde la muerte.
IX. La muerte siempre como fondo desde el que se produce la vuelta a una casa que no será nunca la misma.
Es sólo la muerte del otro donde se encarna la anticipación de la propia muerte. Esta asimetría es la que da nombre a la muerte y la convierte en el fundamento del vínculo con los otros…La muerte se nos otorga como una prefiguración de todo vínculo, como la posibilidad de vislumbrar un destino.
R. Mier. Derrida: Los nombres del duelo, el silencio como claridad.
Ha sido desde siempre la muerte, la conciencia de la propia finitud aprehendida solo desde la muerte del otro, lo que ha producido la necesidad de sentido para la vida y lo que ha creado un mundo humano, un mundo capaz de ser nuestro hogar.
Sin la memoria del otro desparecido, sin la huella de su rostro, el lenguaje, la sociedad, lo humano serían imposibles e inútiles. Bastaría la barbarie y el exterminio. Bastaría para simplemente desaparecer. Sin el otro vivo y por vivir, la anticipación de la propia muerte no engendraría sino el miedo y la desesperación. Cada hombre, cada mujer, es el otro vivo que continúa la creación del mundo que dejaron los muertos.
Continúa en la discontinuidad que es la ausencia del otro y la trasformación necesaria que traiciona el legado como preservación, en la herencia aceptada. Asumir la herencia será necesariamente transformarla y trastocar lo que la muerte misma ya ha trastocado irreversiblemente. Nada será igual.
Es el que ha dejado de ser el que señala que nuestra propia ausencia será memoria en otros y que hay un legado por entregar en cada uno, producto de lo que su paso por el mundo pudo mostrarle acerca de éste. Legado que señale lo que no podrá seguir siendo. Final que fuerza un inicio.
En la memoria del otro desparecido, las tramas vinculares trascienden en el tiempo humano la muerte como acontecimiento y ponen la vida del otro por encima de la propia vida. La memoria del otro desparecido es el fundamento para el otro presente y para el otro porvenir. Es el soporte de la condición humana como condición ética que nos obliga a responder con la propia vida, por la vida del otro.
Pero la muerte acontecida por la vía de una crueldad ejecutada toma otro sesgo. Obliga a un vuelco que regresa del duelo silencioso e íntimo, a los despojos del mundo quebrantado.
Los asesinos de las mujeres de Ciudad Juárez, tanto como sus cómplices, apuestan por el olvido como desmemoria, como pérdida radical del legado de nuestras hijas, como garantía de que la destrucción puede avanzar sin que nada ni nadie le haga frente. Apuestan a la soledad y al silencio, no como una dignidad doliente sino como impotencia, no como impotencia frente a la muerte sino frente a la crueldad misma.
Cada día en que se multiplican los lazos solidarios en virtud de la acción de los herederos de nuestras hijas, la apuesta de la barbarie se pierde. Cada vez que se olvida la injusticia y se derrota su causa en la fatiga y el agotamiento de un mundo sin memoria, despoblado de los rostros de los otros, los asesinos del mundo ganan sus apuestas.
Batalla perenne sin victoria definitiva, habrá mundo mientras no se derrote la memoria, la responsabilidad por la vida del otro, antes que la propia vida.
BIBLIOGRAFÍA
| Derridá, Jacques. | Dar la muerte. Editorial Paidós. Barcelona, 2000.
Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo de duelo y la nueva internacional. Editorial Trotta. 4ª. Edición. Madrid, 2003
Fuerza de ley. El “fundamento místico de la autoridad”. Editorial Tecnos. Madrid, 2002 |
| Castoriadis, Cornelius. | La institución imaginaria de la sociedad. Vol. 1. Marxismo y teoría revolucionaria. Editorial Tusquets. 1ª.Edición. Barcelona, 1983.
La institución imaginaria de la sociedad. Vol. 2 El imaginario social y la institución. Editorial Tusquets. 1ª. Edición. Barcelona, 1989.
Sujeto y verdad en el mundo histórico social. Seminarios 1986-1987 La creación humana I. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2004. |
| Levinás, Emmanuel. | Totalidad e infinito. 2ª. Edición. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1987
El tiempo y el otro. 1ª. Edición. Ediciones Paidós. Barcelona, 1993
La huella del otro. 1ª. Edición. Editorial Taurus. México, 2000
Entre nosotros. Ensayo para pensar en otro. Editorial Pre-Textos. Valencia, 2001 |
| Mier, Raymundo. | Derrida: Los nombres del duelo, el silencio como claridad. En Derrida. “Las muertes de Roland Barthes” Editorial Taurus. México, 1998. |
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